Capítulo 24
Salí del baño recién duchada, seca y envuelta en la toalla. Acababa de secarme el pelo, por lo que solo me faltaba arreglarme para salir.
La salida de hoy era especial. Estaba nerviosa y es que, por fin, iba con mis amigos a la casa de Natalie. Ella misma me había enviado la ubicación.
Era viernes, las siete de la tarde, y el plan era ir a su casa, estar un rato allí, entre que hacíamos las presentaciones, nos la enseñaba y nos tomábamos algo. Después íbamos a salir a cenar.
Lo único que sabía era que Greta estaría, porque no iba a perdérselo. Palabras de Natalie. Pero no tenía ni idea de si hoy conoceríamos al novio y futuro marido.
En todas las veces que había hablado con Natalie, en ninguna de esas ocasiones ella comentó si Eduardo iba a estar hoy en la casa o no. Y yo no había querido preguntarle. Sinceramente, tampoco pensé en ello mientras hablábamos, por llamada o por mensaje.
Tailor y Cata estaban igual de ilusionadas y emocionadas que yo. En cambio, a Bruno le daba bastante igual ver la casa de Natalie. Lo que sí quería era conocer a Greta e ir a cenar todos en grupo.
Mis amigos hacía días que sabían lo de la invitación de la boda, lo que los incluía a ellos también. Lo habíamos hablado y al final, los tres me habían dicho y remarcado que la decisión final era mía. Sobre todo, me repitieron que no me sintiera presionada por ellos.
Yo todavía no sabía qué hacer, por muchas vueltas que le había dado al tema. Lo peor era que hoy debía darle una respuesta definitiva a Natalie y mis amigos también, cuando ella les dijera en persona que los invitaba a su boda.
Llegué hasta la cómoda, de donde saqué de un cajón la braga. Era lo único que iba a ponerme de ropa interior, ya que no necesitaba sujetador. El top que llevaría incluía sujeción para el pecho.
Después de ponerme la braga dejé la toalla del cuerpo a un lado, para ir al armario. Cogí de él una falda corta monísima y el top con el que me encantaba conjuntarla. Este tenía tirantes finos y un escote en pico, y se ajustaba bastante a mi cuerpo. No llegaba a estar pegado del todo.
Al terminar de vestirme me calcé las sandalias de tiras con cuña y volví al baño, para echarme crema en la cara, maquillarme, cepillarme el pelo y recogérmelo de un lado en la parte delantera con varias horquillas. Por último, me perfumé.
No tardé mucho, ya que solo me apliqué la máscara de pestañas, el colorete y el pintalabios.
Cuando volví a la habitación me colgué el bolso que prepararé antes de ducharme y cogí el móvil. Recorrí el pasillo mientras leía el mensaje que me había enviado Cata. En él me ponía que ya venían en camino, en el coche de Bruno. Las había pasado a buscar, ya que íbamos a ir los cuatro juntos.
Del mensaje hacía unos diez minutos, por lo que no dudé en apagar todas las luces y salir del piso. Después de asegurarme de dejar bien cerrada la puerta, me dirigí al ascensor y bajé hasta la planta principal, para salir a la calle.
Tuve que esperar muy poco, antes de que aparecieran. Sonreí en cuanto vi el coche de Bruno y de esa manera caminé hasta él.
—Hola —los saludé al entrar en los asientos traseros.
Cata y yo nos abrazamos, ya que era la que iba sentada detrás. Taylor estaba en el asiento del copiloto y nuestro amigo conducía.
Nos saludamos como pudimos, entre risas y besos, y Bruno se incorporó a la carretera para ir hacia la dirección de Natalie. Puse la ubicación en mi móvil y se lo di a Taylor, para que fuera dirigiendo a Bruno.
Ninguno de los cuatro sabíamos muy bien dónde se encontraba exactamente la casa de Natalie. La zona nos sonaba, pero nunca habíamos ido. Hasta hoy.
—Tiene que ser una zona pija —comentó Taylor al cabo de un rato, atenta a la pantalla de mi teléfono—. A dos calles, gira a la izquierda.
Bruno la miró divertido, ya que hablaba acelerada para anticiparse a la voz que iba dando las indicaciones.
—Tiene que serlo. Natatie y su futuro marido está a otro nivel que nosotros.
—A uno bastante superior —dijo con diversión Taylor.
—Mejor para mí. Así mi coche saldrá intacto —comentó Bruno—. Lo mismo se le pega algo.
—Eres muy tonto —le dije, antes de reírnos las tres.
Cata y yo nos quedamos en silencio y mientras todos observábamos las zonas por las que pasábamos, las únicas voces que se oyeron fueron las de Taylor y la del GPS.
—Vaya… —Silbó Taylor.
Después de un buen rato de que Bruno girara a la izquierda, de varias rotondas y carreteras largas, el cambio en las viviendas y en las calles fue muy significativo.
En esta parte de la ciudad no había edificios, solo casas que tenían como máximo dos alturas. Alguna vimos con tres.
Las casas estaban rodeadas por zonas verdes y las entradas eran por caminos que llevaban hasta los garajes de las viviendas.
—Debe ser una urbanización —comentó Cata, sin perderse detalle mirando por su ventanilla—. Nunca había venido a esta zona.
—Normal. Por aquí no se nos ha perdido nada —dijo riendo Taylor.
—Ya —rio Cata también.
Yo estaba muy entretenida admirando por dónde pasábamos.
—Hay mucha tranquilidad —dije—. Es como si de golpe estuviéramos en otro sitio completamente diferente.
—Pues ahora más. Me da a mí que entramos en una parte muy exclusiva.
Las tres miramos a Bruno. Nuestro amigo nos señaló hacia las dos barreras que había en la carretera. Había una para cada dirección y solo una se encontraba levantada. Era hacia la que íbamos nosotros.
Un hombre vestido de seguridad, al ver el coche de Bruno, salió de la caseta que estaba situada entre las dos barreras.
—Joder. ¡Qué nivel! —dijo sorprendida Cata.
—Ya te digo —comentó Taylor, con el mismo asombro.
—Buenas tardes —habló el hombre, cuando Bruno paró a su lado.
—Buenas tardes —le devolvió nuestro amigo—. ¿Necesitamos autorización o algo?
—No, tranquilo. Con tener anotada la matrícula tengo suficiente. Es para controlar el movimiento y quién entra y sale.
—De acuerdo.
—Pueden seguir.
—Gracias —le dijimos al unísono.
Bruno se puso en marcha y continuó circulando por la carretera.
Una vez pasamos el control, las viviendas y las parcelas cambiaron de nuevo. Entramos a una parte en la que todo era más grande, amplio. Las casas eran como pequeñas mansiones con jardines alrededor.
Cada terreno era precioso y destacaba la vegetación bien cuidada, de varias tonalidades de verdes.
—Creo que voy a pasar de entrar en la casa de Natalie —dijo Taylor.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Te intimida todo esto?
—¿Qué dices? —me preguntó ella, antes de soltar una carcajada—. Lo que quiero es aprovechar el tiempo para ir picando puerta por puerta, para ver si en alguna de estas casas de ensueño hay un dueño joven y soltero. O un hijo con esas características. Me adapto a todo. No tengo problema.
Cata, Bruno y yo reímos con ganas.
—Pues si vamos a la boda y veis la mansión de los padres de Natalie… —comenté con diversión.
—Dios, eso tiene que ser increíble —suspiró Cata.
—Sí —sonreí.
—Ya hemos llegado —dijo Bruno.
Los cuatro centramos la vista en la casa que quedó a nuestra derecha, una vez Bruno estacionó justo en línea recta de la entrada. Nos separaba de ella una verja, un camino que partía el césped de la parte delantera y una pequeña escalera de dos escalones.
Había mucho sitio para estacionar. Imaginaba que aquí poca gente lo hacía en la calle.
—Qué pasada —habló Taylor, sin apartar la vista de la propiedad.
—Qué lujo vivir en un sitio así —suspiró de nuevo Cata—. Me apunto contigo a ir por las demás casas. Tú una acera y yo la otra.
Reímos.
—Otro día —les dije—. Ahora vamos a que conozcáis a Natalie y a Greta.
Bruno me hizo un guiño. Él iba con ventaja, ya conocía un poco a Natalie.
Nos bajamos del coche y nos acercamos a la puerta de la verja. Pulsé el timbre, pero no se escuchó la voz a través del aparato ni tampoco abrieron.
En cambio, sí que se abrió la puerta de la vivienda. Mis amigos y yo miramos hacia esa dirección y sonreí al ver a Natalie con una sonrisa de oreja a oreja.
Desde esa posición nos abrió y dio varios pasos para salir de la casa. Se quedó en el pequeño rellano de la entrada, sin bajar la escalera.
Bruno empujó la puerta de la verja y entramos a la propiedad, para recorrer el camino estrecho que nos llevaba hasta Natalie.
—¡Bienvenidos! —nos recibió ella con mucha alegría.
Espontánea y cercana, como siempre había sido conmigo, se abrazó a Bruno. Mi amigo le correspondió de la misma manera y después de un beso en la mejilla, me abrazó a mí con fuerza.
—Qué ilusión teneros aquí. Tenía muchas ganas de conoceros —nos dijo y miró a mis amigas.
—Ellas son Taylor y Cata —se las presenté, señalándolas por orden.
—Es un placer, Natalie —dijo Cata.
—Ay, igualmente. El placer es mío.
Se lanzó a abrazarla también y después pasó a Taylor.
—Adelante. —Se apartó de la entrada y nos señaló hacia dentro—. Como si estuvierais en vuestra casa.