Capítulo 23
—¿No vas a hablarme de ese cliente? —me preguntó mi madre.
—¿De qué cliente exactamente, de todos los que han venido esta mañana?
Sonrió.
—Del último de la mañana. El que se ha ido hace un rato con un ramo precioso de rosas rosadas. Después has cerrado la floristería para comer y descansar un rato. ¿Necesitas algún dato más?
Negué con la cabeza, mientras masticaba la comida. Antes de hablar tragué sin prisa, al igual que bebí un sorbo de agua.
—Se llama Ander. ¿Qué quieres que te diga de él? No creo que pueda aportar nada interesante ni nuevo, porque, quitando las últimas veces, las anteriores tenía que sacarle las palabras a cuentagotas, para que saber qué tipo de ramos quería.
Me encogí de hombros.
—Has hablado tú más con él hoy, que yo en todas las veces que viene desde que abrí la floristería.
—A veces las palabras sobran. ¿No crees?
—No sé a qué te refieres.
Mi madre soltó una carcajada y como me había propuesto ignorar todo lo relacionado con Ander, volví a llevarme a la boca un tenedor lleno de comida.
Estaba riquísima. Mi madre había madrugado más de la cuenta para prepararla y dejarle una parte a mi padre, para que no tuviera que liarse en la cocina cuando llegara a casa del trabajo.
—Deberías saber que tanta negación llama más la atención.
—No estoy negando nada, mamá. Solo estoy diciéndote cómo son las cosas.
—Pues por cómo os habéis mirado he pensado…
—Nada. De verdad —la interrumpí—. Ander es un cliente estupendo. Viene varios días cada semana, sin faltar ni uno, de manera que es fijo de la floristería y como has visto, se lleva unos ramos grandes y preciosos. No porque los prepare yo —reí y ella sonrió.
Cogí el vaso para beber un poco más de agua.
—Se gasta mucho dinero en cada ramo. Hasta ahí puedo decirte. Ah, bueno, y también que coincidimos en el restaurante al que me invitó Bruno.
—¿El pijo?
Reí.
—Sí. El pijo —le confirmé con un guiño.
—Vaya. Aunque ya se ve que debe tener dinero. Es evidente la clase que tiene. ¿Será empresario? ¿Un directo de banco? Lo digo por el traje.
—No tengo ni idea, mamá, y tampoco voy a preguntarle.
Negué con la cabeza, antes de continuar hablando.
—Entre semana, el traje es como su uniforme de trabajo.
Pero cada vez que viene lleva uno diferente, claro.
Las únicas ocasiones que lo he visto sin traje fueron el sábado pasado, que se saltó su norma de venir entre semana a la floristería, y el domingo en el restaurante en el que estuve con Bruno.
—¿Y dices que viene varias veces por semana y se lleva ramos como el de hoy?
—Sí.
Me limpié la boca con la servilleta.
—Y varía mucho de flores.
—Es interesante.
—No sé dónde ves lo interesante, pero lo que sí sé es que, es estupendo para mi negocio —le dije, con un guiño.
—Eso parece —sonrió—. Podías entablar conversación con él, empezar tú la próxima vez que venga. A mí me ha caído muy bien.
—¿De qué habéis hablado? —le pregunté, sin mostrar mucho interés.
—Le he enseñado lo que estaba haciendo y él me ha hecho algunas preguntas. Nada importante.
Levanté la cabeza para mirarla.
—¿Qué te ha preguntado?
—Uy, ya no me acuerdo casi —dijo y se hizo la pensativa.
Eleve las cejas porque no colaba. Así de simple. A mi madre le dio igual, continuó con lo mismo.
—Como ya te he dicho hemos hablado del trabajo. ¿Quieres un poco más?
Me acercó el recipiente en el que quedaba bastante ensaladilla rusa y negué con la cabeza. Era lo primero que habíamos comido. Ella se sirvió un poco más y después le puso la tapa al recipiente.
—Hoy me ha salido muy buena. A tu padre le va a encantar —dijo antes de llenarse la boca.
—A mí también me ha encantado. Está riquísima —le confirmé, sonriendo.
—Gracias, cariño. El recipiente está a la mitad, llévatelo y así tienes una parte de la cena hecha.
—¿Una parte? Con la ensaladilla tengo la cena completa.
Reímos por la manera en la que cogí el recipiente.
—¿Esta tarde viene Taylor?
—Sí. Quedamos en que vendría mañana por la tarde, pero me ha escrito a media mañana para decirme que se adelantaba a hoy.
—Al final deja su trabajo para unirse a ti —dijo riendo.
—Le ha cogido el gusto. Sí. —Negué sonriendo—. Ojalá pudiera ofrecerle trabajo, pero hoy día eso es impensable —suspiré.
—Estás haciéndolo muy bien, hija. La floristería va cada vez mejor y te da para vivir. Trabajas duro para ello, nadie está regalándote nada.
—Sí —amplié mi sonrisa.
—Por eso me duele, en cierta manera, que vayas a perder la oportunidad de conseguir un buen ingreso por lo de la boda.
—No sé lo que haré al final.
Bajé la mirada al plato vacío y dejé el recipiente de nuevo en la mesa.
—Tengo que valorar muchas cosas —dije pensativa.
—Habla con Taylor esta tarde. Ella te dará su punto de vista, para hacer una cosa u otra, y estoy segura de que te ayudará.
—Sí, será lo mejor —dije haciendo una mueca—. Quería esperar, pero tampoco tiene mucho sentido. Ah, no te he dicho que si todo va bien iré a final de esta semana con Taylor, Cata y Bruno a la casa de Natalie.
Me levanté para recoger los platos, los cubiertos y los vasos. Mi madre se encargó de los recipientes, el vacío y el de la ensaladilla rusa.
—No hablo de la casa de sus padres, sino de la que compartirá con su futuro marido una vez se casen. Allí también estará Greta. La intención es que nuestros amigos se conozcan y de paso, como Natalie quería enseñarme su casa…
—Qué bueno, cariño.
—Tanto Natalie como Greta me caen genial, y por lo naturales y cercanas que han sido siempre conmigo quiero afianzar la amistad.
—Me alegro. Lo mejor es estar rodeada de personas buenas.
Asentí.
Como los platos eran de plástico, los tiré a la basura. Los cubiertos y los vasos los lavé en el baño. A falta de fregadero, era lo que había.
—¿Quieres un café? —le pregunté al entrar en el despacho.
Mi madre ya había recogido su parte y limpiado la mesa baja. Volvía a estar sentada en el sofá.
—Vale.
Fui hasta la cafetera y preparé dos cafés. Los llevé a la mesa de enfrente del sofá, en la que habíamos comido, junto con las cucharillas y el azúcar.
Me senté a su lado en el sofá y cada una nos preparamos el café a su gusto.
—Ay, ¡ese debe de ser tu padre!
Se incorporó de un salto y fue rápido a por su móvil. Cuando vio quién le llamaba, asintió hacia mí y le sonreí.
—Hola, cariño —saludó a mi padre, mientras se sentaba en la silla de mi mesa de trabajo—. Sí. Acabamos de comer.
Me desconecté de ellos. Me descalcé y subí las piernas al asiento del sofá, para estirarme un rato rodeada de cojines.
Cogí el móvil de la mesa y entré en la aplicación de mensajes, al ver que tenía mensajes de Taylor.
Tailor: Hola, amiguísima.
Sonreí, apretando los labios para contener la risa.
Tailor: Acabo de terminar de comer. Si no ves rápido este mensaje estaré ya echándome una pequeña siesta. Pero puedes escribirme, dejo el móvil en silencio. Nos vemos en un rato. Besazos.
Decidí no contestarle, pero sí le puse un corazón a cada uno de sus mensajes.
Bloqueé el móvil y lo dejé en la mesa. Mi madre continuaba hablando con mi padre. Miré durante unos segundos al techo y después cerré los ojos, para descansar lo máximo posible antes de volver a trabajar.
Tenía un poco más de media hora para relajarme y fue lo que hice.
—Estoy despierta —le dije a mi madre, todavía con los ojos cerrados.
Ya había terminado de hablar con mi padre y se había sentado en la otra punta del sofá. Cabíamos perfectamente las dos, aunque yo estuviera estirada.
—Descansa, cariño. Yo también voy a hacerlo un rato.
—Vale —susurré.
—¿Tienes puesta una alarma en el móvil?
—Sí.
—Pues ya está.
En cuanto pronunció esas palabras me giré para quedarme de lado y abracé un cojín, acomodándome más de lo que estaba.
Sonreí un poco, al notar las piernas de mi madre cerca de las mías.
No solía dormir los mediodías. Daba igual que me echara para relajarme, como estaba en este momento. Lo normal era que cerrara los ojos y descansara la vista, pero esta vez, al hacerlo, me dejé arrastrar por el sueño.
Solo iba a ser una cabezadita, porque tenía mucho trabajo por hacer y, sobre todo, debía pensar bien la decisión que iba a tomar con respecto a la boda.
No quería defraudar a Natalie, ni quitarles a mis amigos la oportunidad de vivir una boda como la que sería la de Natalie. Pero ir en las condiciones en las que mi reciente amiga me dijo no las veía bien. No me sentía cómoda.