Capítulo 22
Eimy
—¿Qué vas a hacer, cariño?
Levanté la cabeza, apartando la vista de las flores para mirar a mi madre.
La hora de parar al mediodía, de cerrar la floristería e ir a mi despacho a comer, debía estar muy cerca.
Desde que mi madre llegó sobre las nueve y media de la mañana, no habíamos dejado de trabajar en las decoraciones para la boda de Natalie. Ella había estado entretenida copiando los arreglos florales que creé el día anterior.
Yo me había dividido entre, atender a los clientes que habían entrado a la tienda, preparar los encargos de la web, y continuar con los arreglos de la boda.
A ella estaba refiriéndose mi madre, precisamente. O más bien al hecho de que Natalie me había invitado. Nada tenía que ver con el trabajo.
—No lo sé —contesté pensativa.
—Yo diría que sí lo sabes —me sonrió—. Te hace ilusión ir. Te lo he visto en la cara mientras me contabas tu encuentro con Natalie de ayer por la tarde, y me decías lo bien que os fue y cómo terminaste invitada a su boda.
—Sí. Me haría ilusión ir, la verdad —admití, con una mueca—. Pero, mamá, será una boda muy importante, por quién es ella y, sobre todo, por quién es su padre. Su familia tiene muchísimo dinero y todo será muy lujoso.
Sacudí la cabeza.
—Yo… no sé. No le he dicho nada a mis amigos porque no tengo ni idea de lo que haré.
Me da vergüenza asistir, pero, por otro lado, me daría mucha pena no ir y no estar presente en un día tan especial para Natalie, después de que ella me haya invitado.
Ha sido un gran detalle y un paso más en nuestra amistad.
—Hija, no puedes rechazar la invitación porque sus padres sean ricos y supongo que ella también.
—Ricos se queda corto —suspiré.
—Da igual. Si vas a ser su amiga, debes quererla por lo que es, no por lo que tiene.
—Es lo que hago. Nunca miro otra cosa que no sea a la persona.
Fruncí el ceño.
—Lo sé —me sonrió y me miró con cariño—. Soy tu madre. —Me hizo un guiño y le sonreí—. Pero ahora mismo estás valorando todo menos disfrutar con ella en el día de su boda. Te lo ha puesto muy fácil, porque estarían contigo Cata, Taylor y Bruno.
—Y Greta, de vez en cuando, imagino.
—Sí. Otro motivo más, ya que vuestra relación de amistad también está comenzando.
—No tengo ni idea de cómo irán los invitados —dije con una mueca—. ¿Y si no me arreglo acorde con los demás?
—No digas tonterías —rio—. Hija, tienes muy buen gusto y un vestido de fiesta, es lo que es.
—Ya… No sé. Y después está el regalo. ¡No voy a presentarme en la boda con las manos vacías! Y a Natalie no puedo comprarle cualquier cosa. Ella debe tener de todo, a un nivel que yo no aspiro.
—Pero te insistió en que su regalo serías tú si aceptaras ir, ¿no?
—Sí, pero ¿cómo voy a ir sin nada? Le agradezco todo lo que me dijo, infinitamente, pero yo no soy capaz de presentarme en su boda sin…
—¿Qué? —me preguntó ladeando la cabeza.
—¿Y si no le cobro las decoraciones para la boda?
Mi madre agrandó los ojos.
—Pero, Eimy, eso es mucho —habló con sorpresa—. ¿Y tu ilusión por el ingreso tan bueno que suponía este trabajo? Te hacía estar más tranquila porque iba a ser una estupenda inyección de dinero.
Negó con la cabeza.
—No lo veo. Si ese es tu pensamiento, mi consejo es que no vayas y que termines el trabajo para cobrarlo. Lo necesitas, hija.
—Mamá —le sonreí—. Tu preocupación es la mía. Yo mejor que nadie sé lo que hay, pero sería el regalo perfecto y uno al nivel de lo que pienso que sería lo correcto.
—¿Y qué pasaría contigo y con la floristería?
Frunció el ceño.
—Todo continuaría igual. Lo único que cambiaría es que no ingresaría nada por todo este trabajo. El problema será Natalie, convencerla de que acepte. Aunque si no lo hace no asistiré a la boda.
Me encogí de hombros.
—Oh. Hola.
Me extrañó lo que dijo mi madre, después de que apartara la mirada de mí.
Agrandé los ojos con sorpresa, al ver a Ander, el cliente fijo de cada semana, parado al lado de la puerta.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Por qué no se había hecho notar para interrumpirnos a mi madre y a mí? ¿Cómo no habíamos escuchado la puerta ni a él entrar?
La verdad era que no había cerrado con llave, como solía hacer cuando estaba sola. No siempre, pero en algunos momentos sí que lo hacía. Y también era cierto que la puerta no producía ningún ruido. Debido a lo silenciosa que era había sucedido esto.
Mi madre estaba igual de sorprendida que yo, por lo que estaba haciéndose las mismas preguntas. Habíamos estado tan concentradas hablando de la boda y de todo lo demás, que Ander había pasado desapercibido para ambas.
Y mira que era difícil, porque volvía a llevar su traje de chaqueta y estaba impresionante. Aparte de que su presencia se hacía notar porque llenaba los espacios.
Me levanté despacio de la silla, sin apartar la vista de él.
—Hola —lo saludé.
Metí las manos en los bolsillos, para ocultar el pequeño temblor que me entró. Estaba observándome de una manera que me puso muy nerviosa. Eso, y recordar lo de la cámara de refrigeración y nuestro encuentro en el restaurante, terminó por alterarme.
A pesar de ello, me mostré lo más normal posible porque no quería que mi madre notara algo diferente en mí. Tenía serias dudas de que lo consiguiera, ya que, todo lo relacionado conmigo ella lo pillaba todo al vuelo.
Evité mirar a mi madre para no ponerme más nerviosa y sonreír con naturalidad. Al menos fue mi intención, que lo consiguiera o no ya era otro tema.
—Perdona. No te hemos oído entrar.
—No pasa nada. Yo tampoco he hecho para que me oyeras. No quería interrumpiros.
Solté un suspiro involuntario al escuchar su voz. Tenía algo tan especial…
Miré de reojo a mi madre. Ella ya tenía toda la atención en mí.
Salí de detrás del mostrador que había utilizado para ayudarme a trabajar y me acerqué a Ander.
Mi madre había hecho suya mi zona de trabajo, por lo que yo me había quedado y adaptado a la otra que tenía reservada para atender a los clientes.
El interior de la floristería era un caos de cubos con agua y flores, muchas flores por todos los lados.
—¿Qué flor quieres para hoy? —le pregunté.
—Rosas.
—¿Rojas o de algún otro color?
—Lo dejo a tu elección.
—Si quieres darle algún significado…
No tuve suerte y no me aclaró para quién era el ramo que iba a llevarse. Me quedé con las ganas y la necesidad de saberlo, por un gran motivo.
Como no me contestó continué hablando.
—El significado de cada una puede variar, pero siempre dentro de la misma línea. Las rosas de color rojo, ya debes saber que simbolizan el amor y la pasión. También respeto y admiración.
—Sabía lo del amor y la pasión.
Su voz sonó un poco más ronca de lo normal, pero ignoré ese detalle y le sonreí.
—Es por lo que más se las conoce. Sí. Las rosas blancas representan paz, armonía, nuevos comienzos y espiritualidad.
Las de color rosa expresan gratitud, ternura, cariño sincero, admiración y simpatía.
Las amarillas se relacionan con la amistad, la alegría y el optimismo.
Las naranjas, tonos salmón o melocotón, son entusiasmo, energía y vitalidad.
Aunque te adelanto que estas se me han acabado.
Desvié la atención hacia mi madre. Se movió e hizo un ruido lo suficientemente fuerte como para destacar. Ella disimuló muy bien el motivo real por el que me había interrumpido, ya que tenía la mirada puesta en otro lado.
—Las rosas azules expresan lo imposible, el deseo de alcanzar lo inalcanzable, el misterio y lo extraordinario. Las moradas históricamente están relacionadas con la nobleza y simbolizan un flechazo intenso o un amor elegante y misterioso. Estas transmiten un encanto más sutil que las rojas.
—Son estas —dijo mi madre.
Ander y yo la miramos. Tenía una rosa morada en alto y le sonreí, asintiendo.
—Esas moradas son realeza, dignidad, encanto, atracción y espiritualidad.
Y, por último, están las negras. Estas suelen vincularse con la muerte, pero también simbolizan un nuevo despertar, el renacimiento, la fuerza ante la adversidad y el cierre de ciclos.
Amor eterno, misterio, lo desconocido, transformación, y luto y despedida.
Mi madre comenzó a tararear una canción mientras volvía a concentrarse en el trabajo. Aunque no nos perdió de vista a Ander y a mí, pero muy disimuladamente.
—Esos son los colores básicos. Después se pueden encontrar otras variaciones —le dije a él.
Me encogí de hombros, dando la explicación por concluida.
Me había lanzado a ello porque en más de una ocasión me había pedido que le explicara las diferencias entre unas flores u otras. Y en este caso, como había dejado a mi elección el color de las rosas, no quería equivocarme y dar un mensaje incorrecto e irreal.
—Así que prefiero que la elección sea tuya —comenté.
—Entiendo —sonrió de medio lado.
No fue una gran sonrisa, pero me conformé con lo que parecía un inicio de sonrisa.
—Un ramo de las de color rosa —me pidió.
—Claro —le sonreí.
Le di la espalda y caminé por la floristería, tomando distancia de él. Las rosas que quería no las había sacado de la cámara de refrigeración, ya que no tenía pensado utilizarlas.
Hasta allí fui a sacar el cubo en el que las mantenía frescas y vivas.
Cuando volví a la zona principal de la floristería, cargando con el cubo, elevé las cejas al ver a Ander al lado de mi madre.
Estaba apoyado en el mostrador de la zona de trabajo, con los brazos, y mi madre le enseñaba y le hablaba del centro que estaba haciendo. Llegué a escuchar que le decía que era creación mía, para la decoración de la boda que nos había escuchado hablar.
Al oírme, ambos miraron hacia mí, pero yo seguí mi camino hasta el otro mostrador. Solté el cubo en el suelo y me senté en la silla, poniéndome los guantes de trabajo.
Mi madre volvió a hablarle y mientras los escuchaba de fondo, preparé el ramo para Ander. Lo hice como sabía que le gustaba. Era lo que tenía que fuese un cliente fijo y fiel, que me había dado tiempo a conocer sus gustos.
Hablo en lo referente a los ramos, a mi trabajo, por lo demás pasaba palabra porque no lo conocía.