La chica de las flores Capítulo 20
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Capítulo 20

—Muchas gracias —le dije al hombre, devolviéndole la tarjeta del banco.

Acababa de pagarme una gran cantidad de dinero por las nueve macetas con plantas variadas que se había llevado. La mayoría eran de gran tamaño y había cargado con ellas él solo.

Por más que le insistí, no me dejó ayudarlo ni en un viaje hasta su vehículo.

Debía tener un transporte grande, tipo monovolumen o furgoneta, porque los troncos y las grandes hojas, por su altura y lo que ocupaban, no cabían en el maletero de un coche normal. Así como tampoco podía tumbarlos.

—No hay de qué —me sonrió—. Ahora ya eres libre.

—Sí, y me voy mucho más feliz que antes.

Reí y su sonrisa se amplió.

—Me alegro de haber colaborado en ello. —Asintió.

—De nuevo, muchas gracias. Si tienes alguna duda sobre el cuidado y el mantenimiento de las plantas, puedes pasarte por aquí o llamarme para preguntarme. ¿De acuerdo? Da igual el tiempo que haya pasado.

—Gracias, Eimy. Eres muy amable.

Le sonreí y lo acompañé hasta la puerta, colgándome el bolso cruzado al pecho porque esta vez sí que me iba.

Salimos a la calle y me despedí del cliente. Este se fue calle abajo y pensativa, cerré con llave la puerta de la floristería y bajé la persiana. Una vez que bloqueé el candado fui hasta mi moto, la que como siempre se encontraba justo enfrente.

Miré la hora en el reloj de pulsera, para comprobar que todavía faltaban siete minutos para llegar a tiempo a la plaza del mercado. Estaba muy cerca, por lo que me sobraría tiempo.

La plaza era muy conocida, un punto clave de encuentro para muchos porque era muy fácil ubicarla y también llegar hasta ella.

Hoy día, y desde hacía bastantes años, no había ningún mercado en ella. Eso fue en el pasado. De ahí el nombre que tenía, porque albergó el primer y único mercado de la ciudad.

Era conocida por ello y por los recuerdos de lo grande que fue el mercado. Según lo que había escuchado, porque yo no llegué a verlo, fue un lugar donde se podía encontrar de todo lo que se te pasara por la cabeza. No solo alimentos.

Me puse el casco y me monté en la moto. Sonreí al arrancar y eché hacia atrás con cuidado, para salir del estacionamiento. Enseguida me incorporé a la carretera y recorrí las pocas que me llevaron hasta la zona más próxima a la plaza.

Volví a aparcar la moto y solo tuve que caminar unos metros para entrar en la zona peatonal. La plaza era el inicio de esta. Otro punto a favor para que todo el mundo conociera la plaza del mercado, ya que la zona peatonal atraía a muchas personas.

Tanto de día como de noche, ya que había comercios, restaurantes variados, bares, una coctelería y varios pubs .

El bar donde trabajaba mi amigo Bruno se encontraba en la misma plaza del mercado, por lo que, si a Natalie le parecía bien, quería llevarla a tomarnos algo allí.

Como ya esperaba, llegué unos minutos antes de la hora que había quedado con Natalie, por lo que la esperé sentada en un banco y decidí avisarla.

Eimy: Acabo de llegar, pero no tengas prisa.

Me dejé el móvil en las manos y me puse a observar a la gente ir de un lado a otro.

Desde lejos miré hacia la terraza del bar de Manuel, donde trabajaba Bruno, pero no vi a mi amigo.

—¡Hola!

Al escuchar la voz alta y animada de Natalie, sonreí y me giré para mirarla.

Venía caminando hacia mí, con una mano en alto. Me levanté del banco y le correspondí al saludo. Cuando se paró frente a mí nos abrazamos.

—Al final has llegado antes que yo —dijo con diversión.

—La floristería está cerca y con la moto soy más rápida.

—Sí. ¡Qué ganas tenía de volver a verte!

—Yo también —le dije con sinceridad.

—A Greta la he dejado mosqueada cuando le he dicho que habíamos quedado —rio—. Estaba esperando a un cliente y le llevará un buen rato atenderlo, así que no ha podido apuntarse.

Me agarró de un brazo, sonriéndome.

—Vaya… Bueno, la próxima vez.

—Claro. Eso le he dicho yo, pero se ha enfadado igualmente, porque también quería verte —me dijo, con un guiño.

—Al final me pones colorada —hablé entre risas.

—Pues solo he empezado, porque tengo que decirte bien y en persona, lo maravillada que me has dejado con los adornos que has hecho. Son una pasada, Eimy. Estoy deseando verlos colocados y lo precioso que quedará cada espacio.

—Gracias —sonreí, con un poco de vergüenza—. No sabes lo feliz que me hace que te gusten tanto y, sobre todo, me da mucha tranquilidad. Con tanto entusiasmo e ilusión se trabaja de maravilla.

—Puedes sentirte orgullosa y satisfecha, porque es imposible que lo hagas mejor. El día de mi boda será mucho más bonito con todo lo que vas a hacer.

—Muchas gracias, Natalie.

—Solo digo la verdad. A ver si te lo crees —rio.

Nos sonreímos.

—En esta plaza hay un bar en el que trabaja un amigo mío. ¿Te parece bien ir ahí? Me gustaría que os conocierais.

—Oh, ¡genial!

—Pues vamos —le dije sin perder la sonrisa.

La guie hasta la terraza del bar, a la que llegamos enseguida. Mientras ocupábamos una mesa, María me saludó desde lejos y me hizo un gesto con el que me dio a entender que iba a avisar a Bruno. Ella era otra camarera del bar, compañera de mi amigo.

Le correspondí al saludo y le sonreí agradecida por el detalle.

—Se está genial aquí.

—Sí —estuve de acuerdo.

Corría una brisa perfecta y muy agradable.

—Nunca me ha dado por pararme en este bar —comentó, observando lo que nos rodeaba.

—Espero que no suene mal… —le dije y me miró rápido—. Pero no creo que te muevas mucho por esa zona.

Hablé un poco cohibida porque era la segunda vez que nos veíamos y no teníamos casi confianza. Fuera del trabajo, porque como florista Natalie me había dejado clarísimo que confiaba plenamente en mí.

Para mi tranquilidad, ella sonrió de medio lado.

—Puedes hablarme con total naturalidad y cercanía, Eimy —me pidió—. Es verdad que no vengo cada semana por aquí, y que a lo mejor pasan varias porque me muevo por otros sitios, pero no es por nada en especial. Es como cuando te acostumbras a una rutina y no sales de ahí.

Se encogió de hombros.

—No tiene nada que ver con el dinero que tiene mi familia o yo —me sonrió—. Te darás cuenta de que me gusta moverme por todos los sitios y relacionarme con toda la gente. Y, por supuesto, no pongo por delante nada por el valor económico que tiene.

Nos miramos sonriéndonos y dimos punto final a la conversación sobre ese tema.

—Hola.

Al oír a Bruno, mi sonrisa se amplió y levanté la cabeza hacia él.

—Hola —le devolví y me hizo un guiño.

Me levanté para darnos un abrazo y un beso. Después los presenté.

—Él es Bruno, un buen amigo —le dije a Natalie.

—El mejor, sin duda —intervino él, con un ligero carraspeo.

Natalie y yo reímos.

—Eso, el mejor —repetí, mirándolo divertida—. Y ella es Natalie, la novia de la boda en la que estoy trabajando.

—Vaya… —reaccionó mi amigo, sorprendido—. Encantado de conocerte, Natalie. Eimy me ha hablado muy bien de ti.

—Me alegro —rio ella—. Es un placer conocer a alguien importante para Eimy.

Se levantó de la silla y se dieron un abrazo corto. A mí no se me borró la sonrisa mientras los observaba.

—¿Qué os apetece tomar? —nos preguntó Bruno, cuando Natalie y yo ocupamos nuestras sillas.

—Para mí un refresco de limón —le pidió Natalie.

—Trae dos —hablé.

—De acuerdo. Enseguida vuelvo.

—Imagino que vienes mucho aquí por Bruno —comentó Natalie, cuando nos quedamos solas.

—Sí. Aunque si algún día pruebas los desayunos y las tapas, sabrás que no es solo por él —reímos—. Este es el punto de encuentro en el que quedo con mis amigas, cuando salimos. Se llaman Taylor y Cata y también les he hablado de ti y de Greta.

—Estaría bien quedar todos, ¿no?

—Claro.

—Eimy, si ves que me embalo mucho, dímelo sin problema, ¿vale? No va a sentarme mal que me frenes —sonrió—. Cuando me emociono lo quiero todo lo más rápido posible.

Reímos.

—Por mí no hay problema. A mis amigos les encantará la idea.

—¿El qué? —me preguntó Bruno, parado a mi lado.

Dejó las latas de refresco en la mesa, junto con los vasos con hielo y limón.

—Estamos hablando de quedar en grupo, contigo y con Taylor, Cata y Greta —le conté.

Natalie y yo abrimos las latas y llenamos los vasos.

—Me apunto —se animó rápido Bruno—. No hay nada que me apetezca más que estar rodeado de bellezas —sonrió de medio lado.

—No le hagas caso —le pedí a Natalie, riendo.

—Conmigo no tienes nada que hacer —le dijo Natalie, riendo también.

Para dejarlo más claro levantó la mano en la que su anillo de compromiso brilló.

Bruno silbó al verlo, haciendo reír más a Natalie. El anillo era impresionante.

—Quién sabe, lo mismo consigues que mi amiga Greta ceda un poco —habló ella, con un pequeño carraspeo.

La miré divertida, pensando en la posibilidad que había dejado caer. Me gustó y me lo imaginé.

Después de un poco más de conversación con Bruno, él tuvo que dejarnos solas para continuar trabajando.

—Me ha caído genial —dijo animada Natalie.

—Me alegro. Pero no me extraña, Bruno encaja con todas las personas.

—Tiene un carácter muy bueno. —Asintió—. Oye, no podemos dejar pasar lo de quedar con nuestros amigos. Estoy emocionada por conocernos todos.

—Yo también y como he dicho, a Taylor y a Cata les hará mucha ilusión.

—Pues entonces solo queda buscar un día en el que todos podamos y ya está. Yo me encargo de Greta.

—Vale. Yo de los míos.

—Estupendo. Nos vamos informando y comentando las fechas. ¡Qué bien! El día de la boda estarás más acompañada.

—¿Cómo? —le pregunté sin entenderla.

—Como siempre me he adelantado —dijo y se tapó la boca.

Después soltó una carcajada.

—Era una sorpresa.

Puso los ojos en blanco.

En cualquier otra ocasión me hubiera hecho gracia, pero en esta me había dejado tan impresionada que no moví ni las pestañas.

—Tenía pensado decírtelo de otra manera, pero ya da igual —dijo, con una gran sonrisa—. Estás invitada a mi boda, Eimy. ¿Qué te parece?

Agrandé los ojos.

—¿Yo? —Me señalé.

—Sí —rio—. No puedes faltar. Y, por favor, y te lo digo muy en serio, no quiero ningún regalo tuyo. ¿Vale? De verdad, solo quiero que estés en mi boda, nada más. Ese es el mayor regalo que puedes hacerme.

—Pero… Joder.

—Y ahora que hemos estado hablando de nuestros amigos, y que vamos a conocernos todos, me haría mucha ilusión que fueran contigo a la boda Bruno, Taylor y Cata. Por eso he hecho ese comentario. Espero que se animen, al igual que tú —dijo con ilusión.

—No sé qué decir. No me esperaba esto. Para nada.

Negué con la cabeza, alucinada.

—De eso van las sorpresas. —Me hizo un guiño.

Bebió un sorbo de su refresco y la imité, para aplacar el sofoco que me había entrado.

—Y por el vestido no te preocupes —continuó hablando—. Si quieres estrenar uno, puedes comprarte el que quieras. Por supuesto. Sin problema y a tu gusto. Nada de etiquetas ni pensar en lo que llevarán los demás. ¿Vale?

Asentí, no muy segura.

—Aunque también quiero que tengas en cuenta que, si quieres, tienes mi vestidor a tu disposición para elegir entre mis muchos vestidos de fiesta. Créeme, te sorprenderás de todos los que tengo y algunos incluso sin estrenar.

—Dios mío…

Esa fue mi reacción, por la que Natalie rio con ganas.