Capítulo 18
Ander
—¿Quiénes son? —me preguntó Leo, cuando llegué a la mesa.
Me senté en mi silla despacio, mirando a mis amigos. Quinn también estaba.
No entraba en nuestros planes terminar en este restaurante, pero nos llamamos a media mañana y, entre unas cosas y otras, salió el tema de quedar para comer. Fue Quinn quien propuso venir aquí y con eso tuvieron mi confirmación.
Como le había dicho a Eimy y a su acompañante Bruno, este restaurante era uno de mis preferidos y pocas veces rechazaba la posibilidad de venir.
Cogí mi copa de vino y me la llevé a los labios, mientras miraba sin ningún disimulo hacia la mesa donde estaba la pareja. Me daba igual que Eimy me pillara observándolos, aunque no fue el caso. Ambos estaban entretenidos en la conversación que tenían.
Desde que la vi entrar al restaurante con ese hombre, me había preguntado varias veces si era verdad que lo eran. A ser pareja, me refería.
Podían ser amigos o familiares, como hermanos o primos. A pesar de no parecerse en nada.
—Estás aumentando nuestra intriga —dijo Quinn, al no responder a la pregunta de Leo.
Dirigí la atención a mis amigos y dejé la copa en la mesa.
—Ella es la dueña de la floristería a la que voy a comprar los ramos. La que me los hace a mi gusto.
—¿La florista? —preguntó con curiosidad y sorpresa Leo.
—Eso acabo de decir —le contesté elevando las cejas.
Negué con la cabeza, al ver su amplia sonrisa.
—Me he levantado a saludarla porque la veo cada semana. Ya está —terminé de decir.
—Ayer apareciste en tu casa con otro ramo —recordó Quinn.
Cuando llegué, como ya sabía porque hablé con Quinn, él y Leo me esperaban en mi casa. Más concretamente en el porche, al aire libre y tomando unas cervezas con Mairi.
Por cierto, tal como esperaba, a Mairi le encantó el ramo.
—Cierto —dije.
—Así que este fin de semana lleváis pleno en veros los dos días —continuó Quinn.
Me encogí ligeramente de hombros, antes de volver a beber un poco de vino.
Nos quedamos en silencio cuando el camarero vino con los platos de comida. Se lo agradecimos y no tardamos en probar lo delicioso que estaba todo.
Un día más no nos defraudó. Los bocados que nos llevamos a la boca estaban exquisitos.
—¿No nos vas a contar qué te traes entre manos con esa mujer? —me preguntó Quinn.
Lo miré serio y pensativo, antes de contestarle.
—No sé dónde ves eso —le dije—. Lo único que hago es ir a su floristería a comprar ramos de flores, cuando me apetece.
—Varias veces por semana —intervino Leo.
—Así es. ¿Algún problema?
—Ninguno —contestó riendo.
—Eso pensaba.
Me llevé un tenedor con comida a la boca y, cuando tragué, bebí un sorbo de vino.
—Hoy has descubierto que tiene pareja —siguió Quinn.
—¿Por qué tienen que ser pareja? —le preguntó Leo—. Pueden ser familiares, amigos, o incluso un rollo de unos días.
Pensó lo mismo que yo, aunque la última parte podría habérsela ahorrado.
—Tal vez… —habló pensativo Quinn, observándome fijamente.
—Deja de mirarme así —le advertí, negando con la cabeza.
—Estoy analizando la situación —me dijo.
Arqueé una ceja.
Mis amigos soltaron una carcajada al ver mi cara, pero no fueron los únicos que rieron. Otras risas captaron mi atención, las de Eimy.
En esta ocasión decidí mirar hacia ella con discreción. Verla fuera de la floristería, donde se mostraba profesional, me llamaba muchísimo la atención.
Se la veía muy relajada y estaba preciosa siendo ella, al natural. Me había alegrado ver que estaba recuperada del cansancio, ya que el cambio era muy evidente. Las ojeras ya no eran visibles, y no era porque se las hubiera cubierto con maquillaje.
Solo había que apreciar sus gestos y su expresión para darse cuenta de que se encontraba bien.
Volví a beber otro sorbo de vino, pensando en lo que sucedió ayer en la cámara de refrigeración de la floristería.
Cuando miré de nuevo a mis amigos, estos me observaban con la diversión reflejada en sus caras. No se perdían ni un detalle, por mínimo que fuera.
—Es muy interesante lo que estamos descubriendo. ¿Verdad, Leo? —habló Quinn.
—Bastante —estuvo de acuerdo él—. Quién nos lo iba a decir, ¿eh?
—Solo necesita un poco más de tiempo —dijo Quinn.
Se refirió a mí y siguió hablando como si yo no estuviera delante. Los escuché mientras comía lo más tranquilo posible.
—Cuando llegue el momento, se sincerará con nosotros. Somos sus mejores amigos —añadió Quinn.
—Estoy de acuerdo. —Asintió Leo—. Hay que esperar a que se decida a mover ficha con la florista, más de lo que lo ha hecho ya. Hoy no es el día adecuado, por el hombre que la acompaña.
—Yo apuesto a que no está con él —comentó Quinn.
—Pero si antes has dicho que eran pareja —rio Leo.
—Me has convencido con tus opciones.
Rieron ambos.
Durante un buen rato estuvieron hablando de lo mismo, mientras yo los ignoraba. Incluso me dio tiempo a acabar de comer, ya que solo me centré en eso y en disfrutar del momento.
—¿Vais a terminar en algún momento? —les pregunté.
Me limpié la boca y dejé la servilleta sobre la mesa.
—¿Estás molesto por algo? ¿Tienes alguna preocupación, amigo? Cuéntanos, estamos aquí para escucharte, apoyarte y aconsejarte —me dijo Quinn.
—Estás tentando mucho a tu suerte. Amigo —remarqué la última palabra.
—Ya te digo —admitió Leo, riendo.
Sacudí la cabeza y me levanté.
—Comed mientras voy al baño —les pedí, señalando mi plato vacío—. Tenéis los vuestros llenos y yo no tardaré en irme. Es domingo y quiero descansar bien, porque la semana es muy pesada.
—A sus órdenes —dijo Quinn, colocándose la mano en la frente.
Puse los ojos en blanco, antes de alejarme de la mesa. Los dejé riendo. Cuando se ponían en ese plan, no había manera de hacerlos cambiar rápido. Esperaba que cuando regresara ya se hubieran calmado y se hubieran dejado de tonterías.
Recorrí el salón sin mirar hacia ningún lado, yendo directamente hacia el pasillo donde estaban los servicios.
Una vez que llegué a él, me crucé con un hombre, pero el resto del tiempo estuve solo. Me demoré un rato en salir, entreteniéndome con el móvil una vez me sequé las manos. Contesté al mensaje de Mairi y de mi madre.
La primera estaba con la segunda, en la casa de mis padres. Mairi era como una más de nuestra familia y, al no estar yo en mi casa para comer juntos, se había ido con mis padres. Y estos estarían encantados de tenerla con ellos. Como si los viera.
Me guardé el teléfono y salí del baño, justo en el mismo momento en el que Eimy lo hacía del de mujeres. Nos encontramos de frente, ya que las puertas estaban una delante de la otra.
—Hola —me dijo, cuando se recompuso del pequeño sobresalto que se llevó.
—Hola —le correspondí.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón, mientras la miraba fijamente.
—¿Te está gustando? —me interesé, para romper un poco la tensión que había vuelto a crearse entre nosotros.
—Sí —contestó con una sonrisa—. La comida está increíble y el sitio es inmejorable.
—Me alegro. —Asentí.
Nos quedamos en silencio, sin que ninguno de los dos lo interrumpiera.
Hasta que Eimy tuvo que moverse para dejar salir del baño a una mujer y el momento se rompió.
—Bueno… —dijo ella.
—Ayer no tendrías que haberte ido en moto. Lo digo por cómo estabas de agotada.
Tuve la necesidad de sacar el tema, porque yo no me lo había podido quitar de la cabeza.
Mis palabras la sorprendieron y le provocaron un rubor precioso en las mejillas.
—Es mi medio de transporte. Llevo muchos años…
—Da igual —la interrumpí—. Tendrías que haber pensado en las consecuencias de un simple despiste.
Eimy frunció el ceño y dio un paso hacia mí. Me dio la sensación de que no se dio ni cuenta de que se adelantó, acercándose.
—Siempre pienso en todo cuando voy en moto y pongo toda mi concentración en la conducción. Desde que utilizo ese método de transporte, y hace mucho, nunca he tenido un accidente por mi culpa.
La miré fijamente a los ojos.
—Por tu culpa… —repetí—. ¿Cuántos accidentes has tenido? —le pregunté y apreté ligeramente la mandíbula.
—¿A qué viene esto? —Levantó los brazos a los lados—. No entiendo cómo hemos terminado hablando de mi moto —dijo con una risa nerviosa—. Qué más da. No tiene importancia.
—A mí me importa. Sí —le dejé claro.
Cuando di un paso hacia ella, fue consciente de lo cerca que me quedé.
Incliné la cabeza hacia la suya, por la diferencia de altura. Necesitaba más cercanía.
—¿Cuántos? —insistí en saber ese dato.
—Cuatro —me contestó susurrando.
Me sorprendió y al ver mi expresión, añadió…
—Pero dos de los accidentes fueron insignificantes. Quedaron en una tontería —habló de carrerilla.
—¿Y los otros dos?
—Eh… Bueno… —Carraspeó—. ¿Por qué tengo la sensación de que si digo la verdad te vas a cabrear? Es una locura —terminó murmurando.
—Porque me cabrearé —le confirmé.
Agrandó los ojos y entreabrió los labios, los que me quedé mirando durante unos largos segundos.
—Ya me has dicho todo lo que necesito saber para hacerme una idea —le dije, con la voz ronca—. Lo que da más peso a lo que te he dicho al principio.
—Ayer estaba cansada, pero podía llevar perfectamente la moto —susurró—. Con eso no juego.
Hice una respiración profunda, aspirando su aroma, y me dejó tan tocado que me aparté rápido de ella.
Me puse recto y di un paso hacia atrás, mientras que Eimy no se movió.
—Me alegra ver que estás mejor. Has recuperado energías desde ayer —le dije.
—Sí —suspiró—. He descansado mucho.
Asentí.
—Yo… Bruno debe estar preguntándose por qué tardo tanto. Ya nos veremos por la floristería, Ander —se despidió.
—Por supuesto —le aseguré.
Me sonrió como respuesta y después se giró para darme la espalda. Comenzó a caminar por el pasillo, tomando distancia conmigo.
—¿Sois pareja? —le pregunté.
Al escucharme, se paró de golpe y se giró hacia mí.
—¿Cómo?
—¿Bruno es tu pareja? —insistí.
Sus mejillas se pusieron de un rojo intenso, pero no apartó la mirada de la mía, enfrentándome.
—No.
Me relajé al instante al escuchar su negativa y la rotundidad con la que me contestó.
Sonreí de medio lado, mientras caminaba hacia ella. Eimy tragó saliva.
—Es bueno saberlo —le dije—. ¿Entonces qué sois? —quise saber, cuando me paré frente a ella.
—Amigos —me confirmó.
—Pues ve ya con tu amigo. Te está esperando al final del pasillo.
Agrandó los ojos y se volvió para comprobarlo. La pillé desprevenida cuando me incliné hacia ella y coloqué una mano en su cintura.
Su reacción fue tensarse y dejar de respirar.
—Creo que vas a tener que responder a algunas preguntas —le susurré al oído.
Eimy soltó un pequeño jadeo y comenzó a caminar ligera hacia su amigo. Yo no perdí la sonrisa, ni siquiera cuando me encontré con la mirada de Bruno.
Él estaba apoyado en la entrada del pasillo, observando hacia nosotros, y elevó las cejas hacia mí. Esa fue su primera reacción, después terminó sonriendo como yo.
Cuando Eimy llegó junto a él, rio por algo que le dijo ella.
Desaparecieron de mi vista y entonces me moví yo, para recorrer el pasillo en la misma dirección.