Capítulo 17
—Gracias —le dije al hombre del restaurante.
Él asintió, sonriéndome.
—Enseguida vienen a atenderlos.
Con esas palabras nos dejó solos. Bruno cogió la carta, sin dejar de observarme.
—¿Te encuentras bien? —terminó preguntándome.
—Claro —sonreí.
Mi amigo elevó las cejas, ya que reaccioné de manera exagerada. Hasta mi sonrisa lo fue.
—Es que iba a hablarte del cliente que viene cada semana a la floristería. El trajeado.
Bruno sabía a quién me refería. No hacía falta que le diera más detalles.
Como ya ha quedado claro, ese cliente era famoso en mis conversaciones con mis amigas, y muchas de estas las habíamos tenido sentadas a una mesa de la terraza del bar en el que trabajaba Bruno. De manera que él nos había escuchado e incluso había intervenido en esas conversaciones.
—Vale —dijo con expresión de curiosidad—. Imagino que tienes alguna novedad sobre él, pero no entiendo a qué viene eso con la cara que has puesto hace unos segundos, mientras te sentabas. La misma que tienes todavía.
—Porque está aquí. Acabo de verlo y él también a mí. Me está mirando.
—¿En serio?
—No, en broma. —Bufé.
Bruno apretó los labios, conteniendo la risa.
—Buenas tardes.
Nos olvidamos de lo que estábamos hablando para atender al camarero que se paró junto a nuestra mesa.
—Buenas tardes —le correspondimos al unísono.
—¿Saben qué quieren para beber? —nos preguntó.
—¿Te parece bien vino? —se dirigió a mí mi amigo.
Asentí y él abrió la carta. Fue muy rápido para elegir el vino. No tuvo ningún problema porque entendía bastante y sabía mis gustos. Yo no quise ni mirar la carta, para no saber lo que costaba la botella que pidió.
El camarero se fue y Bruno y yo nos miramos, aunque los ojos al final se me fueron hacia el hombre que estaba a unas mesas de la nuestra.
En cuanto me encontré con la mirada de mi cliente Ander, levanté una mano hacia él, a modo de saludo. Él asintió a mi gesto y le sonreí. Fue lo máximo que hicimos, después aparté la mirada y me esforcé para mantenerla en mi amigo.
—Parece que bien, ¿no? —me preguntó Bruno, sobre lo que acababa de hacer.
—Sí —suspiré, sin dejar de sonreír.
—Creo que tienes bastantes cosas que contarme. Esa sonrisilla esconde demasiadas cosas.
Se echó hacia delante al hablar y apoyó los brazos en la mesa.
El camarero volvió con la botella de vino y nos sirvió en las copas. Primero lo hizo en la mía para que lo probara, y, cuando le dije que estaba perfecto, terminó de llenarme la copa y después pasó a la de Bruno.
—Danos unos minutos más —le pidió mi amigo, antes de que el hombre nos preguntara.
Se refirió a que no sabíamos la comida que pediríamos. Todavía no habíamos mirado la carta, por lo que cogí la que estaba a mi lado y la abrí cuando nos quedamos solos.
—Como elijas en base al precio, me daré cuenta y me enfadaré —me advirtió.
—No se te escapa ni una, ¿eh? —hablé con diversión.
Tuve la tentación de buscar con la mirada a Ander, pero me contuve.
—Pues no —rio y sonreí.
Después de comentar varios platos, nos decidimos cada uno por uno principal y otro para compartir. Bruno llamó la atención del camarero y cuando se acercó de nuevo a nuestra mesa, le pedimos la comida.
—Por la amistad y por los sueños que se hacen realidad —dijo mi amigo, con su copa de vino en alto.
Lo imité para chocar la mía con la suya y bebimos para completar el brindis.
—Está muy rico —le dije, refiriéndome al vino.
—Sí —afirmó con un guiño—. ¿Puedo girarme ya para ver a tu cliente? Tengo ganas de ponerle cara.
—¡No! —reí, nerviosa—. Se llama Ander.
—Imagino que ya lo sabías, pero ¿por qué hasta ahora no te has referido a él por su nombre?
—Porque ya nos hemos llamado por nuestros nombres entre nosotros y me parece más normal hacerlo.
Me encogí de hombros.
—Cuéntame de qué va todo esto —me pidió.
Eso hice, le conté todo lo que me sucedió el día anterior con Ander, de principio a fin. Y también todo lo que me dijeron Taylor y Cata cuando vinieron a mi piso a última hora de la tarde, para estar conmigo y cenar juntas.
—Taylor me pidió varias veces que tuviera cuidado.
—Me hago una idea de por dónde iba ese comentario —dijo Bruno.
—Le dije que lo haría, para que no se preocupara, pero es que no tiene sentido.
Di otro sorbo al vino y, al dejar la copa en la mesa, me acerqué al borde para hablarle a mi amigo más bajo.
—No voy a enamorarme de un cliente que viene cada semana a por ramos preciosos para vete a saber quién. Ese hombre está muy pillado. A saber, si está casado, pero no lleva alianza.
Me encogí de hombros.
—Lo dices como si todo eso fuese un impedimento para dar rienda suelta a tus sentimientos.
Arqueó una ceja.
—Sé cuál es el sitio de todo. Te lo aseguro. Que haga buenas bromas y hable de Ander con admiración no significa nada. Taylor y Cata también lo hacen.
—Pero ellas no lo ven cada semana, varias veces, ni hablan con él.
—Quitando el día de ayer, yo tampoco he hablado mucho con él en todo el tiempo que lleva viniendo a la floristería.
Negué con la cabeza.
—Ya… Has entendido muy bien lo que quería decir.
—Sí —le confirmé—. Cuando lo veas, entenderás por qué es difícil no hablar de él —le dije con un guiño.
—Me estás creando muchas expectativas y después ya verás el chasco que voy a llevarme.
Solté una carcajada, mientras negaba con la cabeza. Bruno me sonrió con picardía.
—Como te dijo Taylor, ten cuidado —me advirtió cuando me tranquilicé y asentí—. Pero al mismo tiempo no pierdas la chispa de alegría que te provoca lo que estás viviendo. Sea lo que sea. Me encanta verte así, pero no quiero que cambie de repente y pases a estar triste.
—No es para tanto. De verdad —le sonreí—. Solo me provoca el interés normal de cualquier que ve a un hombre atractivo y guapo. No siento nada por…
—Hola.
Al escuchar la voz que me interrumpió, agrandé los ojos mirando a mi amigo.
¿Por qué, entre todas las cosas que podría haberme encontrado diciendo, precisamente tenía que oírme esas puñeteras palabras en el momento que había decidido acercarse? Eran las mismas que le dije a él, por lo que sentí mucho calor de golpe.
Bruno ya no me prestaba atención a mí; ahora miraba hacia su derecha, donde estaba parado Ander. Lo analizaba con una sonrisa, satisfecho por ponerle cara, por fin.
—Hola —le correspondió al saludo mi amigo—. ¿Te conocemos? —le preguntó de manera natural.
—Soy Ander.
Este le ofreció la mano y Bruno la aceptó al instante. Se dieron un apretón.
—Soy cliente de la floristería de Eimy y me ha parecido bien acercarme a saludar, ya que todavía no os han traído la comida. No quería interrumpiros en ese momento.
—Encantado —le dijo Bruno.
—¿Y tú eres…?
Sin haberme recuperado del todo, levanté la cabeza hacia Ander. Lo hice sorprendida por su interés hacia Bruno.
Verlo de lejos tenía un pase, pero de cerca era demasiado para los sentidos. De repente retrocedí en el tiempo y volví a la cámara de refrigeración de la floristería, justo al momento en el que su pecho rozaba mi espalda y sus brazos me dejaron atrapada entre las flores y él.
Estaba guapísimo y no, de nuevo no llevaba traje de chaqueta. Iba vestido con un pantalón largo que se ajustaba a su cintura, el que le caía recto hacia los pies. Le quedaba de maravilla, incluso sin que se ajustara a sus piernas.
En la parte de arriba llevaba una camisa de lino, de manga corta. De esta llevaba abiertos los primeros botones que comenzaban por debajo del cuello.
No le miré los pies por vergüenza, pero imaginaba que iría con un calzado acorde con su vestimenta. Como no podía ser de otra manera. En Ander todo encajaba y encima lo mostraba de una manera muy natural.
El pelo volvía a llevarlo peinado como si lo tuviera despeinado. Exactamente igual al día anterior, porque cuando aparecía por la floristería vestido de manera impoluta, con sus trajes de chaqueta, el pelo lo llevaba siempre como más dominado.
El efecto de todo el conjunto era increíble y perfecto para pasarte horas admirándolo. Mi amigo ya sabía a lo que me había referido.
—Soy Bruno —se presentó, sin dar más detalles.
Ander asintió y cuando giró la cabeza hacia mí se encontró con mi mirada.
—Hola, Eimy.
Su voz sonó un poco más grave al dirigirse a mí.
—Hola, Ander —le sonreí, queriendo mostrarme natural y tranquila—. ¡Qué casualidad vernos aquí!
—La verdad es que sí. No sé si es vuestra primera vez o es que no hemos coincidido en otras ocasiones, pero por si os interesa, saldréis muy contentos. Es uno de mis restaurantes preferidos, por lo bien que se come y la buena atención que dan.
—Es bueno saberlo. Gracias.
—Que disfrutéis —nos deseó.
—Gracias —le dijo Bruno.
Ander asintió. Esa fue su despedida, antes de alejarse de nosotros para ir hacia su mesa.
No estaba solo. Lo acompañaban dos hombres que no habían dejado de observarnos en ningún momento.