La chica de las flores Capítulo 16
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Capítulo 16

Sonreí al escuchar el sonido de un mensaje. Sabía que era de Bruno, ya que no hacía ni media hora que habíamos hablado.

Metí el móvil en el bolso, me lo colgué, y salí de la habitación, para ir hacia la puerta principal del piso.

Ya estaba preparada para irme a comer con mi amigo.

Había aprovechado la mañana como más me había apetecido, lo que se resumía a leer un rato, hasta que me entró sueño. Cerré los ojos un instante y cuando volví a abrirlos, había pasado una hora y media. Como me desperté con tiempo, decidí darme una ducha rápida antes de arreglarme para salir.

Para aprovechar que iría en el coche de Bruno, me había puesto una falda corta vaquera. Para ir en moto también me ponía ese tipo de faldas, pero muy de tanto en tanto. No terminaba de sentirme cómoda montada en mi moto, ya que me limitaba los movimientos.

En la parte de arriba me había puesto una camiseta de tirantes básica y en los pies llevaba unas sandalias de cuña.

Guardé en el bolso la llave, una vez cerré la puerta, y bajé en el ascensor para encontrarme con mi amigo.

Al salir del edificio, sonreí en cuanto vi su coche parado en doble fila. Me apresuré para llegar rápido hasta él.

—Hola —lo saludé, con alegría.

Me incliné para darle un beso en la mejilla y recibí lo mismo por su parte.

—Hola, preciosa. ¡Qué energía!

—Sienta bien descansar —dije con diversión.

—Eso mismo pienso hacer yo en cuanto entre en mi piso. Voy a olvidarme del mundo entero hasta el martes.

—De eso se trata. —Le hice un guiño—. Bastante nos cansamos en nuestros trabajos y para salir con los amigos siempre hay tiempo.

—Si fuera viernes o sábado tendría que esconderme bien para que Raúl y Saúl no me encontraran, pero siendo domingo estoy salvado.

Reímos.

Se incorporó a la carretera y nos alejamos de la zona en la que yo vivía.

—He reservado en un restaurante que te gustará —me dijo.

Giré la cabeza hacia él.

—No tengo problema con ninguno.

—Lo sé —sonrió de medio lado—. Pero hoy he querido hacerlo un poco más especial.

—¿Qué has planeado? —le pregunté con curiosidad.

—Vamos a celebrar lo bien que te está yendo la floristería y el trabajo de la boda.

Me miró de reojo.

—Para eso me basta con comer un menú de hamburguesa —hablé riendo.

—Y a mí, pero de vez en cuando va bien mimarnos. ¿No?

—¿Qué consideras tú por mimar? Te recuerdo que igual de rápido que he aceptado que me invites a comer, puedo retroceder. No voy a dejar que pagues por…

—Voy a invitarte y punto. No tienes nada más que decir al respecto. Da igual en el restaurante que sea.

—Bruno…

—No voy a darte más datos, quiero que sea una sorpresa —sonrió.

—Ya me la has dado —imité su gesto.

—Me alegro. —Asintió.

Mi amigo, para tenerme callada, subió el volumen de la música que nos había acompañado de fondo hasta ese momento.

Bien sabía él que eso no era impedimento ninguno para mí, pero acepté esa pausa porque no quise insistirle. Lo veía animado, contento por invitarme a comer para celebrar lo bien que me iba, de manera que opté por quedarme en silencio.

—Hacía mucho que no venía por esta zona —le dije, cuando aminoró la velocidad para encontrar dónde estacionar.

—Yo suelo pasar por aquí con el coche, pero quedarme por la zona lo habré hecho en muy contadas ocasiones.

Lo miré sonriendo y después dirigí la vista hacia la ventanilla.

La zona en la que estábamos era una en la que vivían y se movían personas con un nivel económico muy diferente al de Bruno y al mío.

Estaba considerada la parte pija de la ciudad, por lo que aquí se reunían las viviendas, los comercios y los restaurantes más caros y exclusivos.

A ver, no era todo intocable. Había sitios a los que se podía entrar, aun sabiendo que saldrías de ellos con mucho menos dinero. Era de esas cosas que hacías muy de tanto en tanto, cuando querías darte un capricho o para transformar una ocasión especial en algo más extraordinario e inolvidable.

—Dime que no has reservado el restaurante por aquí.

Mi amigo rio.

—¡Bruno!

—Relájate —me pidió, mirándome de reojo—. Todo está saliendo como esperaba.

—Pero… va a ser mucho dinero y…

Bajé la mirada a mi cuerpo. Una tontería porque sabía muy bien la ropa que me había puesto y cómo me veía, pero aun así…

—Vas perfecta —interrumpió mis pensamientos.

—¿Con una falda corta vaquera y una camiseta básica de tirantes? —pregunté con un jadeo.

—Por supuesto —sonrió de medio lado—. Van a mirarte muchos ojos.

—Leche, así no me ayudas.

Rio.

—Estás impresionante, Eimy. Así que deja de pensar en tonterías.

Apreté los labios sin estar muy segura de todo lo que decía. No era una mujer insegura, para nada. Pero sí que me gustaba ir acorde con la situación y en esta me sentía muy fuera de lugar.

No supe por qué, pero así fue.

Bruno encontró aparcamiento y, una vez estacionó y apagó el motor, se bajó del coche.

—¿Vas a salir o tengo que llevarte a cuestas? —me preguntó mi amigo, después de abrir mi puerta.

—Es que no sé por qué no me has dicho que íbamos a comer a un sitio más exclusivo —comenté con un bufido.

Me bajé mientras él sujetaba la puerta, la que cerró. Al igual que hizo con el coche.

—¿Para qué? ¿Sabes qué es lo único importante aquí?

Me giré hacia él, cruzándome de brazos.

—Tú y yo, y lo que vamos a celebrar. Hace unos meses estabas intranquila porque no sabías cómo te iría el negocio, ahora ya sabes lo que esperar de él y mejor no puede irte.

Me importa una mierda el dinero que tenga toda la gente que estará a nuestro alrededor y la que esté por esta zona.

Yo sé lo que tengo y lo que valgo, y hoy me apetece compartir parte de eso contigo. No necesito aparentar algo que no soy.

Hice una mueca, curvando los labios hacia abajo. Bruno me sonrió con cariño.

—Yo tampoco quiero aparentar algo que no soy. Mi reacción no ha sido por eso —suspiré.

—Lo sé —me dijo con un guiño—. Vamos a ir a comer al restaurante, pediremos sin miedo, disfrutaremos de todo porque nos lo merecemos, y a la mierda lo demás porque lo importante es que voy a pagar como cualquier otra persona.

—Jo. Vale. Me has convencido —dije emocionada.

Soltamos una carcajada.

—Y te repito —me dijo, pasando un brazo por mis hombros—. Estás perfecta tal y como vas. Voy a ser la envidia del restaurante.

—Eres muy tonto —reí.

—Sí, pero acierto en todo —dijo uniéndose a mis risas.

Caminamos por la acera sin soltarnos, mientras nos entreteníamos en comentar todo lo que veíamos. Al ser domingo, los comercios estaban cerrados, pero los escaparates se veían perfectamente y junto a ellos, admiramos también algunas fachadas.

—Sabes que no tenías por qué organizar algo así, ¿verdad? —le pregunté a Bruno.

—Sí, pero me ha apetecido.

—Claro, has dicho: como me sobra el dinero, voy a gastarlo con mi buena amiga Eimy —comenté con diversión.

—Exacto —rio él.

Sonreí mirándolo de reojo.

—Gracias por todo —le dije de corazón.

Apoyé la cabeza en su cuerpo.

—No me las des, solo disfruta.

Me dio un ligero apretón en el hombro, con la mano.

Le sonreí y asentí, y unos segundos más tarde silbé mientras nos acercábamos al restaurante.

—Qué bonito —dije, observando la preciosa entrada que tenía.

—Sabía que iba a gustarte. Entre todas las posibilidades, he elegido la que más encajaba contigo.

—Es imposible que te supere.

—No tienes que superarme —rio.

—¿Una vez que pisemos los escalones comenzará a costarnos dinero?

—Estás muy tonta, hoy.

Reímos.

—Hay una rampa. Si quieres, vamos cada uno por un lado.

—Y la tonta soy yo —reí.

Subimos la escalera y cuando entramos al restaurante, nos quedamos callados por el lujo que había solo en la entrada. Un lujo con mucha clase.

—Señores.

Nos giramos hacia el hombre que salió a atendernos.

—Hola —lo saludé y él me sonrió.

—Hola. Bienvenidos —dijo con un asentimiento—. ¿Tienen reserva?

—Hola. Sí. A nombre de Bruno —contestó mi amigo.

—Estupendo. Síganme.

Eso hicimos, mirándonos con una gran sonrisa.

El hombre se paró en un pequeño mostrador y, después de revisar el libro de reservas, nos sonrió y nos pidió que volviéramos a seguirlo hasta nuestra mesa.

Todas las zonas por las que pasábamos eran una maravilla. El salón donde estaban las mesas con los clientes era muy elegante, como cada detalle que había en él.

La mayoría de las mesas estaban ocupadas y las que no, muchas tenían el cartelito de reservadas.

El hombre nos llevó hasta la nuestra, la que me encantó porque se encontraba pegada a una cristalera desde la que se veía un pequeño jardín.

Todo iba genial, con mis nervios controlados, hasta que estos me saltaron por los aires. Sucedió justo cuando lo vi, mientras me sentaba en la silla que el hombre del restaurante apartó para mí.