La chica de las flores Capítulo 15
37%

Capítulo 15

—Buenos días, guapo —saludé a Bruno, mi amigo camarero del bar al que venía muchas veces con mis amigas.

Solo porque Bruno estaba aquí. El bar nos gustaba, pero si no estuviera él trabajando, nos moveríamos por otros más, alternándolos.

Bruno se giró hacia mí, sonriendo.

—Buenos días, preciosa —me saludó y le devolví la sonrisa.

Lanzó a un lado el trapo que tenía en las manos, para apoyarlas en la barra.

—Me alegra verte por aquí. No te esperaba.

—Ya. Yo tampoco pensaba salir del piso, pero al final me he animado. Desde que llegué ayer para comer, no me he movido y he pasado mucho tiempo descansando. Necesitaba estar un rato al aire libre.

—Has hecho muy bien —me dijo con un guiño—. Ve a ocupar una mesa en la terraza. Ahora voy a atenderte.

—¿Puedes tomarte un café rápido conmigo?

—Te permito que me lo robes un tiempo.

Ambos nos giramos hacia Manuel, el dueño del bar. Era muy buen hombre y trataba a todos los que trabajaban para él como si fueran parte de su familia. A Bruno le tenía mucho cariño y se notaba.

Se acercó a nosotros.

—Buenos días, Manuel. Gracias.

—Buenos días, Eimy. No hay de qué. Los clientes están todos servidos, por lo que puedes tomarte ese café tranquilo —se dirigió a Bruno—. Entre los demás nos apañamos con el trabajo.

—Gracias, jefe. Espero que esto no suponga salir más tarde —le dijo él, con diversión.

—No me des ideas, chico —rio Manuel.

Riendo, se alejó de nosotros. Bruno y yo nos miramos sonriendo.

—Elige mesa en la terraza —me pidió de nuevo—. Enseguida voy con los dos cafés con leche. ¿Quieres algo más?

—Más tarde, cuando tengas que volver al trabajo. Ahora no quiero entretenerte más —le dije.

—De acuerdo. —Me hizo un guiño.

Lo dejé preparando los cafés y fui a la terraza sin retrasarme más, ya que no había muchas mesas libres y no quería quedarme sin una. Tuve suerte y ocupé una en una posición que me gustaba.

Bruno no tardó en aparecer con las dos tazas de café.

—Gracias —le dije y me hizo un guiño.

Cuando las dejó en la mesa, me acerqué una para endulzar el café a mi gusto.

—¿Qué tal fue ayer sábado? —me preguntó sentado a mi lado.

—Trabajando y descansando, pero le di más tiempo al descanso.

—Eso está muy bien —sonrió.

—Sí. No te imaginas cómo lo necesitaba —suspiré—.

Dormí mucho por la tarde y las chicas vinieron de sorpresa a cenar conmigo.

Por ellas me desperté, porque apagué la alarma sin darme cuenta.

Cenamos y se fueron temprano, por lo que volví a la cama y, aunque pensaba que me costaría, me dormí muy rápido.

—Y esta mañana te has despertado echándome de menos.

Reí.

—Más o menos —sonreí.

—Elimina ese menos —me pidió con una mueca y volví a reír.

—¿Cómo te fue a ti ayer?

—De maravilla. Era mi día de descanso.

—¡Es verdad! No me acordaba. Si no tenías planes, podrías haberte unido a cenar con nosotras.

—Salí con Raúl y Saúl. Nosotros también estuvimos en plan tranquilo.

—Me alegro —sonreí—. ¿Cómo están? Hace tiempo que no veo a ninguno de los dos.

—Cada uno liado con sus cosas, pero bien.

—Dales recuerdos cuando los veas.

—De tu parte. —Asintió—. Ellos me dirán lo mismo, así que ya sabes…

—Vale —reí.

—Me encanta escucharte más animada. A mitad de semana, cuando hablamos por teléfono, te noté muy decaída. No quise preguntarte en ese momento porque estabas muy liada, pero no me pasó desapercibido.

—He pasado una semana complicada de trabajo y estrés, pero ya está superada. Estoy intentando olvidarla —dije haciéndole un guiño.

—Vale. Captada la indirecta.

Reímos.

—¿Cómo llevas lo de la boda? —se interesó.

—Esperando a que me hagan las primeras entregas de las flores a principios de la semana que viene. Si no fallan, tengo que recibir mañana lunes una parte y el resto entre el martes y el miércoles. Podré trabajar poco a poco, dando forma a todo lo que tengo pensado.

—Estupendo. Seguro que te queda genial todo.

—Gracias. Eso espero —suspiré—. Estoy un poco nerviosa porque es un trabajo muy grande y no quiero fallar en nada.

—No lo harás. Confía en ti, tanto como lo hago yo.

Lo miré agradecida.

—Oye, pero ¿las flores aguantarán hasta la boda? Quedan dos semanas, ¿no?

—Haré que aguanten y se vean relucientes —le contesté con seguridad—.

Igualmente, las primeras flores que reciba serán para hacer el montaje de prueba de cada una de las decoraciones.

Una vez que los tenga, haré fotos de todo y se lo enviaré a la novia y a la organizadora de la boda.

Si le parece bien a la novia, entonces comenzaré a trabajar en serio.

—Guay. —Asintió—. Me encanta ver cómo te cambia la expresión al hablar de esa boda.

—Es que ya no es solo la oportunidad.

—Lo sé —me dijo con un guiño—. Ya me contaste lo bien que te fue con la organizadora y la novia, y que esta última quería que os conocierais más.

—Sí. La novia se llama Natalie y Greta es la organizadora. Ellas son buenas amigas.

—Eso. No me acordaba de los nombres —sonrió.

—Me hace mucha ilusión por varios motivos y ellas entran dentro de esos motivos —le confirmé.

—¿Te das cuenta de que vas a hacerte amiga de la hija de uno de los hombres más ricos del mundo?

—No sé si llegaré a tanto, pero, de todas maneras, no quiero pensar en eso —reí, negando con la cabeza—. A mí me importa Natalie, cómo es ella y lo bien que me ha caído y hemos encajado. Lo demás es un extra que, sinceramente, me da igual.

Me encogí de hombros.

—No esperaba menos de ti.

—Seguramente la semana que viene volvamos a reunirnos las tres.

—Espero que vaya igual de bien.

—Así será —aseguré convencida de ello.

—¿Qué planes tienes para cuando te vayas de aquí?

—Volver al piso en la moto y continuar descansando. No creo que vuelva a salir de allí hasta que no me quede más remedio mañana por la mañana, para ir a trabajar. ¿Y tú? Hoy trabajas hasta el mediodía.

—Sí, y por eso al verte aquí he pensado en invitarte a comer. ¿Te animas? Iría a por ti sobre las dos.

—Cambio de planes —le dije sonriendo—. Acepto. Tengo el resto de la mañana para descansar y después la tarde. Además, tengo que contarte una novedad que me ha pasado con un cliente.

—Genial. —Me hizo un guiño—. Ahora me dejas con la intriga.

—Sí —reí—. La comida la pagamos entre los dos.

—Claro que sí. Bébete el café antes de que se te enfríe más.

Reímos por cómo lo dijo, para que no hablara más.

—Cuando hace calor me gusta frío —sonreí de manera exagerada, después de sacarle la lengua.

Nos bebimos los cafés entre bromas y el momento de que él tuviera que volver al trabajo llegó demasiado pronto.

—¿Una tostada? —me preguntó cuando se levantó de la silla.

—Esta mañana no tengo hambre. Voy a reservarme para el mediodía.

—No sé si eso es bueno o malo para mi cartera.

Reímos.

—Tú has insistido en invitarme, así que… —Sonreí con picardía.

—Te recojo sobre las dos —me dijo sonriendo—. Te enviaré un mensaje cuando salga del trabajo para ir a buscarte.

—Vale. Estaré preparada.

—Vete cuando te canses. El café lo tienes pagado.

—Eres…

Se perdió dentro del local riendo y a mí me dejó sonriendo de oreja a oreja.

No tardé en levantarme e irme de la terraza. Bruno no volvió a salir y, como no quise interrumpir más su trabajo, me fui sin esperar a verlo otra vez.

Di un pequeño paseo por las calles, yendo directa hacia donde estacioné la moto. No la dejé muy lejos, por lo que no me dio tiempo a caminar mucho.

Cuando me monté y arranqué, comencé a circular por las calles con calma. Durante el trayecto hasta mi piso pensé en llamar a mis padres, una vez estuviera en mi edificio. Fue lo que hice en cuanto llegué a mi destino, a la plaza de estacionamiento.

La conversación con mis padres me acompañó mientras recorría el aparcamiento, subía en el ascensor hasta mi planta y durante un breve tiempo dentro del piso. Cuando me despedí de ellos, me dirigí a mi habitación, donde me quité la ropa para ponerme otra más cómoda.

Por el momento ya había hecho más de lo que tenía pensado, por lo que me sentí contenta. Estar con mis amigos me animaba y Bruno era uno de ellos.

Continuaba sin hambre, por lo que decidí ponerme cómoda en el sofá a leer. Este fin de semana no había hecho nada en el piso, más allá de mantenerlo diariamente, pero poco me importó.

Todo continuaría de la misma manera para cuando pudiera tomarme el tiempo suficiente para darle un buen meneo. En este instante podía hacer algo, pero no me dio la gana moverme para eso. Me puse a mí como prioridad y continué descansando el máximo de tiempo posible.

Había recuperado energías. Me notaba con más fuerzas y más animada, pero todavía sentía que me faltaba un poco para llegar a la normalidad a la que estaba acostumbrada.