La chica de las flores Capítulo 14
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Capítulo 14

Eimy

Me levanté de la cama más dormida que despierta, desorientada.

El timbre del piso volvió a sonar y solté un bufido, mientras iba todo lo rápido que podía hacia la puerta principal.

Quien fuera, acababa de despertarme de la siesta, por lo que no tenía ni idea de qué hora era. Esperaba que al menos llevara un buen rato durmiendo, porque si no…

Giré la llave en la cerradura y abrí la puerta de un tirón, entre cabreada y dormida.

—¿Qué hacéis aquí? —les pregunté a mis amigas, sorprendida.

—¡Sorpresa! —exclamó Cata.

Después de hablar, se lanzó a mi cuello para abrazarme. Le correspondí como mejor pude, lo mismo que hice con Taylor, quien no dejó de observarme sonriendo.

Entraron en mi piso y me las quedé mirando, apoyada con la espalda en la puerta que cerré.

—Por tu aspecto te hemos despertado —dijo Taylor, acertando.

—Está clarísimo —rio Cata—. Solo hay que verle los pelos.

—Cualquiera de las dos nos despertamos mucho mejor que tú —le dijo Taylor, picándola.

—¿Qué hora es? —pregunté, interrumpiéndolas.

Caminé con pesadez hacia el sofá, donde se habían sentado, y me dejé caer en un lateral.

—Las siete y media —me contestó Taylor.

Agrandé los ojos y entreabrí los labios.

—Madre mía… No me he despertado con la alarma —me lamenté.

—Es evidente —me sonrió Cata—. ¿A qué hora la habías puesto?

—Hace una hora —respondí con una mueca.

—Pues menos mal que hemos venido —dijo Taylor, observándome con más atención—. Tienes mejor cara.

—Gracias —sonreí—. He dormido muy a gusto y bastante.

—Pero aún no has recuperado del todo la energía —habló Cata.

—Me queda mañana para no hacer nada —les dije con un guiño.

—Venimos para cenar juntas —comentó Taylor.

—Lo siento, chicas. No he cambiado de opinión. No voy a salir.

—Contábamos con eso, de manera que vamos a pedir la cena para que nos la traigan pronto y así cenamos juntas, pero cómodas. Y tú en pijama.

—No nos iremos tarde —añadió Cata.

—No puedes decir que no. —Me hizo un guiño Taylor—. Para las ocho y media, si quieres, pedimos la cena. O antes. Una cenita tranquila en el sofá.

—Me gusta el plan —les dije, sonriendo.

—Estupendo —habló Cata, dando una palmada—. ¿Qué comida os apetece? Para tenerlo claro cuando llegue el momento.

—A mí me da igual —hablé encogiéndome de hombros.

—Todavía estás dormida —dijo riendo Taylor—. Yo voto por comida japonesa.

Cata y yo nos miramos y asentimos sonriendo.

—Pues decidido. En media hora llamo al japonés —comentó Cata—. ¿O has merendado y quieres que sea para más tarde? —me preguntó a mí.

—Llevo durmiendo desde que me acosté después de comer —le contesté.

Negué con la cabeza y mi amiga silbó, por las horas que había dormido.

—En media hora está bien —comentó Taylor.

Se levantó del sofá.

—¿Un refresco? —se dirigió a mí.

—Vale.

En este instante, recién despertada, no me entraba nada con alcohol. Esa sería la elección de mis amigas, y no me equivoqué.

—Para nosotras, cerveza —dijo Cata.

—Correcto, amiga —rio Taylor.

Se fue hacia la cocina a por las bebidas.

—¿Cómo te encuentras? —quiso saber Cata.

—Más descansada, pero a la vez siento que necesito más.

—Normal. La próxima vez que no salgas a la hora del cierre de la floristería, por las tardes, te aseguro que apareceré y te sacaré a rastras de los pelos —comentó Taylor.

Volvió con dos botellines de cerveza y una lata de refresco. Me ofreció la última y a Cata un botellín. El otro se lo quedó ella, mientras colocaba un mantel pequeño en la mesa baja de enfrente del sofá.

Volvió a sentarse en su sitio, en medio, entre Cata y yo.

—No puedes continuar con el ritmo que has llevado esta semana —insistió.

Le dio un sorbo a su cerveza, mirándome.

—Tiene razón, Eimy —me dijo Cata.

—Lo sé. Tranquilas —les sonreí—. A partir del lunes vuelvo a los horarios normales.

—Pero no se te ocurra aceptar otra vez varios trabajos tan grandes juntos, como has hecho esta semana. Es una locura —insistió Taylor.

—Lo pensaré bien si me llega la oportunidad, para organizarlo con tiempo.

—Es un buen comienzo —comentó Cata, sonriendo.

Le hice un guiño.

—Sí. La semana que viene estaré contigo en la floristería el lunes, el miércoles y el viernes. ¿Qué te parece?

—Que te lo estás tomando como una obligación y no es tu responsabilidad —le contesté a Taylor.

—Voy porque quiero estar contigo y no tengo nada más importante que hacer.

Se encogió de hombros.

—Déjala, mientras está en la floristería no deja temblando la tarjeta —rio Cata.

—Mira qué graciosa… —Se quejó Taylor.

—Estar en la floristería no la frena —hablé—. El último día que estuvo de esta semana, el jueves, se compró un bolso del que no quieres saber el precio.

Taylor y yo reímos, recordando el momento.

—¿En serio? —se sorprendió Cata—. ¿Qué bolso te has comprado? —le preguntó a Taylor con interés y volvimos a reír, las tres.

Desconecté por un instante de la conversación. Bebí un sorbo de refresco, dejé la lata sobre el mantel, y apoyé la cabeza en el respaldo. Flexioné las piernas sobre el asiento del sofá y me las rodeé con los brazos.

Cuando mis amigas reían por no sé qué comentario sobre bolsos, dije algo que captó la atención de ambas. Y de qué manera… Ya sabía que sería así.

—Esta mañana ha estado en la floristería el cliente fijo trajeado.

Lo dije de esa manera para que supieran rápido de quién hablaba y lo conseguí porque se quedaron calladas de golpe. Se giraron hacia mí, pero yo no me moví de la postura cómoda que había encontrado.

Solté un suspiro y sonreí, recordando cómo se dio todo entre nosotros.

Había pensado bastante en ello. Durante el trayecto en moto hasta mi piso y en el tiempo que estuve despierta, antes de echarme en la cama a dormir la siesta.

Todavía me parecían increíbles ciertas cosas y no entendía algunos de los comportamientos y actitudes de ese hombre, pero todo había sido muy real. Demasiado.

—Vaya… en sábado —comentó Cata—. ¿Y estaba tan atractivo como siempre?

Bebió de su cerveza y dejó el botellín en el mantel.

—Sí. Se ha saltado la norma de ir a la floristería entre semana. Y alguna más —dije, con un carraspeo

—Ya estás tardando en contarnos cuáles más —intervino Taylor.

Las puse al día de todo. Desde el instante en el que decidí irme antes de la floristería, hasta mi despedida del cliente en la calle, cerca de mi moto. No me dejé ningún detalle, ni siquiera la forma en la que iba vestido.

Me escucharon con la boca abierta, sobre todo, cuando llegué a la parte de que nos quedamos encerrados en la cámara de refrigeración y les conté todo lo que sucedió dentro de ella.

Tal vez podía verse como algo insignificante, pero para mí no lo fue. Ni los roces de nuestros cuerpos, ni los susurros de su voz en mi oído, ni su cercanía y preocupación, ni la forma en la que me había mirado y ayudado. No. Para mí había sido importante cada detalle de él.

—Joder —dijo Cata—. Qué fuerte, ¿no?

—Tampoco ha sido para tanto… —Quise quitarle importancia hacia mis amigas.

Una cosa era lo que yo sentía y otra muy diferente era lo que quería que se viera desde fuera. No tenía sentido sacar las cosas de contexto ni extendernos mucho en el tema, ya que, por mucho acercamiento que hubiera habido entre ese hombre y yo, si algo tenía claro, era que él estaba con alguien.

—Pues perdona que te diga, pero por lo que has contado sí que parece que ha sido para tanto —dijo Taylor, con una ceja arqueada—. Al menos mi sensación es que él ha querido tener un acercamiento más íntimo contigo. Por poco que fuera, como para tantear por dónde salías tú.

—Qué va. —Negué con la cabeza.

Taylo elevó las cejas durante unos segundos, pero después las frunció, observándome muy detenidamente.

—¿Qué no nos estás contando? —me preguntó.

—Nada —le contesté riendo—. Todo ha sucedido como os acabo de contar. Ni más ni menos.

Me encogí de hombros.

—¿Entonces por qué te niegas a ver lo que los demás vemos con claridad? —Fue el turno de Cata para preguntar.

—Efectivamente —la apoyó Taylor.

—Es que lo mismo lo he exagerado —dije pensativa.

—¿No acabas de decir que nos lo has contado como ha pasado? —Frunció el ceño Taylor.

—Sí, pero lo mismo yo lo he visto de una manera y en realidad no ha sido para tanto —aclaré.

Hice una mueca.

—Es imposible que un hombre como ese esté libre. Además, la prueba de ello son todos los ramos que se lleva a la semana. Lo que a mí me parece perfecto por mi negocio, así que…

—Así que, mierda —habló Taylor.

—Estoy de acuerdo. —Bufó Cata.

—El caso es que lo he dejado contento al regalarle el ramo y ya está. Espero que sea así y que siga viniendo a la floristería.

—Pues claro que irá. Si encima has hecho una excepción para darle el ramo, en vez de decirle que ya habías cerrado y que no podías atenderlo —comentó Cata.

—Sí —sonreí.

Nos quedamos un rato en silencio, mirándonos de vez en cuando. Mis amigas se descalzaron y se pusieron tan cómodas como yo, con los pies en alto en el sofá.

—¿Llamas ya al restaurante? —le preguntó Taylor a Cata.

—Claro —nos lo confirmó cogiendo el móvil.

Se levantó para hablar un poco alejada de nosotras. Cata sabía de sobra lo que pedíamos siempre, por lo que no tuvimos que hablarlo.

—Sobre ese hombre… —dijo Taylor.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué?

—Ten cuidado.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Sí. Ten cuidado —repitió, al ver mi expresión—. Es de esos de los que es muy fácil enamorarse y con el nivel que parece tener, y todo lo demás…

—Por Dios, Taylor. Es un cliente y ya está. Hoy ha pasado algo que nos ha acercado un poco más, pero hasta ahí. Me refiero a que, por lo menos, ya nos dirigimos al otro por el nombre.

—Hazme caso: ten cuidado con Ander.

No volví a hablar. Nos quedamos observándonos en silencio y al final terminé asintiendo, dándole la razón.