Capítulo 13
Ander
Al escucharla pronunciar mi nombre, mis labios se curvaron en una pequeña sonrisa.
Fue muy sutil, tanto que ella no se dio cuenta. Aunque era normal, ya que no apartó los ojos de los míos.
—Tiemblas —le dije, cuando dejé la vista fija en sus ojos.
—No… Yo… Un poco —suspiró.
Incliné la cabeza más hacia ella, hasta que nuestras narices se quedaron a pocos centímetros de separación. Me mantuve en esa posición durante unos segundos, sin notar su respiración.
Para que cogiera el aire que necesitaba, me moví un poco y continué bajando, hasta que mis labios quedaron muy cerca de su oreja. Ella hizo una respiración profunda.
—Nadie te ha dicho que no está bien mentir —le susurré al oído.
Se tensó ligeramente
—He rectificado al decir que estoy temblando un poco.
—Porque no podías negarlo. Estamos en contacto y es evidente. En cambio, has mentido sobre tu reacción anterior.
Me separé de ella, para mirarla a la cara. Me puse recto para darle un buen respiro, pero no aparté la vista de sus ojos.
—No has sido sincera. Solo admítelo.
Frunció ligeramente el ceño y contuve el impulso de sonreír y de acariciarle las finas arrugas que se le habían formado por el gesto.
—Lo admito —dijo.
No me esperaba que retrocediera y admitiera lo que le estaba pidiendo. Nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos durante un buen rato. Al menos me lo pareció, hasta que ella rompió el momento.
—Debemos salir ya —añadió, hablando más bajo.
—Sí —estuve de acuerdo.
No esperé a que me preguntara si me gustaba alguno de los ramos por los que habíamos terminado en la cámara de refrigeración, ni tampoco esperé a escuchar de ella si quería llevarme alguno.
Me incliné hacia un lado de su cuerpo para coger el ramo del que había acariciado una rosa, bajo su atenta mirada.
—Me llevo este —le dije, acabando con este momento.
Dirigió la vista al ramo que ya sujetaba en una mano y después volvió a buscar mis ojos. Terminó asintiendo.
Pasó por mi lado, yendo hacia la puerta de la cámara. La seguí de cerca, pensando en el bofetón que nos iba a dar el cambio de temperatura, una vez estuviéramos fuera.
Eimy agarró con ambas manos la palanca de apertura. La bajó y después tiró de ella hacia su cuerpo. La puerta de la cámara se abrió sin problema, dándonos paso.
Como ya esperaba, el cambio del frío al calor fue chocante.
—Joder —susurró ella, agobiada de repente.
La miré fijamente, antes y mientras cerraba la puerta de la cámara. Una vez la dejó asegurada, volví a seguirla por la floristería. Cuando llegamos al mostrador en el que atendía a los clientes, yo me puse en el lado de fuera y ella ocupó su sitio al otro. Como siempre.
Se sentó en la silla y sacó una libreta, de la que pasó varias páginas hasta que encontró la que buscaba. Dejó la libreta abierta, con un bolígrafo encima, y levantó la cabeza hacia mí.
—No voy a cobrártelo —me dijo, sorprendiéndome—. Solo voy a anotarlo. Puedes irte cuando quieras.
—¿Cómo que no?
—Eres un buen cliente. Vienes cada semana, varias veces y sin fallar ninguna. Siempre te llevas ramos bastante más caros que el que tienes en las manos y ese —lo señaló— no es a tu gusto, sino elegido porque no tenías muchas más opciones.
Se encogió de hombros.
Bajó la cabeza para mirar la libreta y cogió el bolígrafo. Escribió varias cosas y, al terminar, cerró la libreta para colocarla a un lado que no era visible. Se levantó de la silla soltando el bolígrafo.
—Si no me lo cobras, no me lo llevo —le dije.
Suspiró y arqueé una ceja.
—Ander, acepta el detalle, el regalo, o como quieras llamarlo —habló con voz cansada—. Te lo pido, por favor, lo hago de corazón.
Analicé con más detenimiento su cara. Se la veía más agotada que cuando llegué. Las ojeras delataban cómo se encontraba y, a sumarle a ellas, estaba que parecía que en cualquier momento se caería al suelo.
Dentro de la cámara de refrigeración había sido diferente. Allí debía haber gastado las pocas energías que le quedaban.
—Un regalo —dije, mirando el ramo.
—Eso es.
Eimy rodeó el mostrador y se paró a mi lado.
—No es que quiera echarte, pero te agradecería que nos fuéramos. Estoy deseando olvidarme de la floristería hasta el lunes.
Busqué sus ojos y asentí.
—Gracias.
—No hay de qué —sonrió.
Fijé la mirada en su boca y después la regresé a sus ojos.
Eimy no me dio tiempo a decir nada, comenzó a caminar hacia la puerta. Viéndola de espaldas, sacudí la cabeza antes de ir detrás de ella.
Una vez estuvimos en la calle, esperé a que cerrara con llave la puerta de la tienda y entonces la aparté a un lado delicadamente. Ignoré su mirada de sorpresa cuando vio que iba a encargarme de la persiana.
La bajé y, de cuclillas frente al candado, alargué la mano para que sujetara el ramo. Cuando lo hizo, esperé con la palma hacia arriba para que me diera la llave correcta para cerrarlo. En cuanto lo bloqueé, me incorporé despacio.
—¿Vienen a buscarte? —le pregunté, frente a ella.
—No. Me voy ya a mi piso y, sinceramente, en bastantes horas no quiero saber nada de nadie —sonrió.
—Haces bien. Se te ve cansada.
—Ya… —suspiró—. Gracias, Ander.
—Gracias a ti, Eimy.
Me devolvió el ramo y yo hice lo mismo con las llaves, aunque cuando las agarró, yo no las solté. Nos quedamos sujetándolas por un extremo cada uno.
Eimy buscó mi mirada.
—No puedes llevarte tan al límite.
Mi voz sonó tranquila, pero con fuerza y determinación.
—Pones en juego tu salud —añadí.
—Ha… ha sido esta semana. La que viene será más normal de trabajo —susurró—. Gracias por tu preocupación.
Tiró de las llaves y permití que se hiciera con ellas. Metí en el bolsillo del pantalón la mano libre, antes de inclinarme un poco hacia ella.
—No me des las gracias por eso —le dejé claro—. ¿De acuerdo?
Asintió en silencio.
—Vete ya —le pedí, mientras me incorporaba para volver a estar recto frente a ella.
—Espero que a quien le des el ramo le guste y se ponga contenta —sonrió.
—Me voy contento con mi regalo. Así que sí, gustará.
Su sonrisa se amplió y dio un paso atrás, alejándose de mí.
—Que tengas buen fin de semana, Ander —me deseó.
—Igualmente, Eimy. Sobre todo, cuídate.
—Sí.
Levantó una mano hacia mí, a modo de despedida, y asentí a su gesto dándole la mía.
Eimy se giró. Me dio la espalda y, para mi sorpresa, no fue muy lejos. Se dirigió al estacionamiento de motos que había enfrente y se paró junto a una.
Fruncí el ceño, mientras la observaba moverse. Sacó el casco, se lo puso, se montó y miró hacia mí, mientras arrancaba la moto.
Di un paso hacia ella para decirle que, como se encontraba, no era seguro que utilizara ese medio de transporte, pero no me dio tiempo a abrir la boca ni a acercarme más, cuando Eimy salió del estacionamiento y se incorporó a la carretera.
—Mierda… —murmuré.
La seguí con la mirada hasta que la perdí de vista y no me moví hasta que el sonido de una llamada de mi móvil me distrajo.
Saqué el teléfono de un bolsillo y me puse a caminar por la acera, yendo hacia donde dejé el coche estacionado.
—Hola, tío —me saludó mi amigo Quinn, en cuanto descolgué su llamada.
—Hola.
—¿Qué haces?
—Ahora mismo voy hacia el coche para irme a casa —le contesté.
—Pensaba que estarías en ella cómodo y a punto de comer.
—Dentro de poco. En unos minutos.
—Pues he llegado antes que tú —dijo con diversión.
—¿Estás en mi casa? —me extrañó—. No me dijiste nada ayer.
—Es que se me ha ocurrido hace un rato y me he dicho: ve a darle una sorpresa a tu gran amigo —rio—. Estoy frente a la puerta, dentro del coche.
—Si has llegado con la comida, le digo a Mairi que no te eche.
Soltó una carcajada y sonreí de medio lado.
—Entonces tenemos las puertas abiertas de tu casa, de par en par.
—¿Tenemos?
Me paré frente a mi coche y, antes de abrir, dirigí la mirada hacia donde Eimy había desaparecido con la moto. Fue inevitable que volviera a pensar que no debería haberse ido en ese medio de transporte.
Sacudí la cabeza, abrí el coche y me monté.
—Leo y yo. Tus adorables amigos —me contestó Quinn.
—Adorables cuando queréis.
—Por supuesto. Aprendimos del mejor, de ti —rio.
Sonreí de medio lado mientras arrancaba el motor. La voz de mi amigo sonó a través de los altavoces.
—¿Qué habéis planeado? —le pregunté.
—Hace unas horas llamé a Mairi, para decirle que hoy descansara de hacer la comida. Le conté que Leo y yo la pediríamos a un restaurante y le pareció una idea genial. Tú habías salido, pero pensaba que ya estarías de vuelta.
—He pasado un momento por la empresa y me he retrasado.
—En sábado…
—Sí, en sábado —repetí—. Voy para allí.
—Leo acaba de llegar. Está estacionando.
—De acuerdo. Hasta ahora.
—Salgo del coche.
Colgamos la llamada y salí del estacionamiento, mientras miraba de vez en cuando, de reojo, hacia el ramo de flores que reposaba en el asiento del copiloto.
En esta ocasión lo había comprado para Mairi, ya que le encantaba y le hacía mucha ilusión. Sonreí pensando en que durante unos días me mimaría preparándome mi comida favorita y los dulces que más me gustaban. Aunque estos últimos los tomaba de tanto en tanto.