Capítulo 12
—Por aquí —le dije.
Abrí la puerta de la cámara de refrigeración y me quedé parada pegada a ella, para que él pasara.
—Será rápido —comenté—. Lo digo por el fresco —aclaré.
—Ahora mismo lo agradezco.
—Sí —sonreí—. Por un rato se está bien porque… ¡¡Oh, mierda!! —exclamé con un jadeo—. No me lo puedo creer. ¡Seré idiota! —susurré.
Los nervios se me dispararon, mientras ambos nos quedábamos como dos tontos mirando la puerta cerrada de la cámara de refrigeración.
—Lo siento —me disculpé, tragando saliva—. Yo…
—No vuelvas a insultarte —dijo interrumpiéndome.
Di un pequeño respingo. Este fue tan leve que a él le habría pasado desapercibido si no hubiéramos estado tan cerca el uno del otro. Pero no fue así.
Se giró hacia mí.
Mi reacción no se debió a que me interrumpiera. La culpable fue su voz, o más bien el tono diferente que utilizó y la forma tan marcada con la que habló. Lo que me dijo no sonó a petición, sino a exigencia.
Fue como una orden dicha desde una serenidad que me puso más nerviosa, ya que en ella había mucha seriedad y bastante rotundidad. Me hizo perder el hilo de lo que iba a decir.
Me froté los brazos con energía cuando la piel se me erizó, lo que no tuvo nada que ver con la temperatura a la que estábamos.
Me costó aclarar la mente, mientras nuestros ojos no se apartaban de los del otro. Por suerte, el frío de la cámara, el que comencé a notar con más intensidad, me hizo espabilarme y salir del aturdimiento.
Volví a hablar, pero no le dije nada sobre su petición u orden. Pasé por alto sus últimas palabras.
—Es la segunda vez que me pasa esto —dije con un suspiro—, pero… ¡Joder! La anterior fue porque acababan de traer la cámara y cerré por… Pues yo qué sé. Fue de esas cosas que haces como acto reflejo. No me di cuenta.
Sentí rabia por lo poco y lenta que me funcionaba la cabeza. El gran cansancio que había acumulado era la causa de lo que había sucedido.
—En esa ocasión estaba conmigo el chico que acababa de instalar la cámara. Nos quedamos atrapados dentro porque entramos para que me explicara las pocas cosas que necesitaba saber. Pero ahora…
—Ahora lo has hecho por lo mismo —habló él, sin alterarse—. Has cerrado sin darte cuenta.
Dada la situación, su calma y comprensión me sorprendieron.
—Es eso, o solo se me ocurre otra posibilidad por la que nos has dejado encerrados aquí dentro —continuó hablando.
—¿Cómo? —le pregunté en voz baja.
Agrandé los ojos porque no tenía ni idea por dónde iba a salir con su siguiente comentario. Yo cada vez estaba más nerviosa.
No me equivoqué para que mis nervios se dispararan…
—Está la posibilidad que has dicho, que hayas vuelto a cerrar la puerta como un acto reflejo. Lo que podría haberme pasado a mí también —comentó.
En ningún momento varió su tranquilidad habitual.
—Sin embargo, también me viene a la cabeza otro posible motivo. Aunque este es arriesgado.
—¿Qué quieres decir? ¿En qué estás pensando? —le pregunté con curiosidad.
—Se me ocurre imaginar que querías alargar el tiempo para estar conmigo y qué mejor manera para hacerlo que dejándonos aquí por un tiempo.
—¡¿Cómo?! ¡¿Qué dices?! —grité con voz ahogada y acelerada.
A continuación, solté una fuerte carcajada. Ya no estaba nerviosa, sino histérica. Al menos durante los largos segundos que me entró de todo por el cuerpo. Sobre todo, sentí mucha vergüenza porque él pensara en esa posibilidad.
—¡No! —dije rápido y entre risas.
—¿Estás segura?
Elevé las cejas.
—Por supuesto —contesté intentando sonar lo más segura posible, sin perderlo de vista—. Lo que has dicho sería imposible.
Me imitó y arqueó las cejas.
—Perdón —me disculpé rápido—. No era mi intención que sonara como… quiero decir… A ver, eres un hombre muy atractivo y guapo para cualquiera que te mire. Eso es evidente y debes saberlo de sobra, pero… mierda.
Cerré los ojos, presionándome el puente de la nariz. No quise ver su expresión, por lo que me giré un poco para no encontrarme con su mirada.
Él debía estar pensando que, con mi intento de aclaración, acababa de darle la razón a la última posibilidad que había dicho. Una aclaración en la que los nervios me habían traicionado soltándome la lengua, ya que le había dicho directamente que me parecía atractivo y guapo.
Estupendo, vas de mal en peor , me dije.
—Bueno… —Carraspeé—. No pasa nada —suspiré—. La puerta… —Bajé la mirada al reloj de pulsera—. Deben quedar pocos minutos para que pueda abrirse. Necesita un tiempo.
—Lo imagino —dijo con una voz tan fría como la temperatura que hacía.
Hice un gran esfuerzo para que no me afectara el cambio que dio, así como también me esforcé para no preguntarle el motivo real por el que lo había dado. Por lo visto, no se había sentido halagado por mis palabras.
Por una parte, podía llegar a entenderlo y me parecía normal. No creía que fuera la primera vez que él escuchaba lo que yo le había dicho, e incluso me lo imaginé cansado por ello. También daba por hecho que se acercarían a él con propósitos muy claros.
Por todo ello me alejé, ya que no quería que se sintiera presionado por mí de ninguna manera. No era mi intención y aproveché bien el tiempo, porque no nos quedaba más remedio que pasarlo dentro de la cámara.
No hice el intento de abrir la puerta, ni siquiera me acerqué a ella.
Sabía perfectamente que era imposible abrirla hasta pasado el tiempo que me dijo el chico que la montó.
Me lo remarcó mucho en su momento, para que no perdiera la calma si me quedaba encerrada y me encontraba sola en la floristería.
—Estos son los ramos —le dije.
Me quedé de cara a las flores, por lo que continué dándole la espalda.
Contuve la respiración cuando, sin esperármelo porque no lo escuché acercarse, pasó un brazo muy cerca del mío. Fue muy breve, pero me rozó por lo cerca que estábamos. No me moví.
Dirigió la mano hacia uno de los ramos y comenzó a acariciar despacio una de las rosas que más destacaban. Seguí el movimiento de sus dedos al hacerlo.
¿Algo tan simple podía convertirse, al mismo tiempo, en algo impactante, atrayente y sensual? Él lo hizo posible, con su insignificante movimiento de dedos.
Su presencia a mi espalda me calentó un poco, rodeada de toda la frialdad de la cámara.
—¿Te ha gustado ese? —le pregunté hablando bajo.
—Puede ser.
—Si quieres…
Agrandé los ojos cuando se acercó más a mí, tanto que su pecho tocó mi espalda. Por suerte, él no pudo ver mi expresión.
—¿Qué ibas a decir?
Tragué saliva y cogí carrerilla al hablar.
—Que… que si quieres puedo sacar el ramo. Así lo tienes en las manos y lo aprecias mejor.
—Desde aquí lo veo perfectamente. Gracias.
—De nada —susurré.
Seguí de reojo el movimiento de su otro brazo, el que me pilló por sorpresa. La respiración se me atascó cuando hizo lo mismo que con el otro. Me quedé atrapada por su cuerpo a la espalda, por sus brazos a ambos lados y por los ramos delante.
No me atreví a hablar ni a romper el momento. Lo que sí hice fue respirar, pero para mi vergüenza de manera entrecortada.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Fue demasiado evidente.
—Sí —respondí rápido.
—No lo parece.
—No puedes verme.
—Pero sí sentirte.
Dejé salir el aire de golpe, antes de atreverme a levantar la cabeza mientras la giraba ligeramente hacia atrás. Lo hice lo justo y necesario para poder verle la cara, lo que fue un grandísimo error porque me encontré con la suya a muy poca distancia.
Él también había movido su cabeza, anticipándose a lo que yo iba a hacer.
—Estoy bien —conseguí decir.
No supe cómo, pero la voz me salió.
Él no dijo nada. Se quedó observándome serio, mientras recorría despacio mis facciones con la vista.
—Si has notado algo, es por la temperatura más baja. Un rato se agradece, pero tanto…
—Claro. Es por la temperatura —repitió.
Tensó los labios en una pequeña sonrisa.
—Sí —murmuré.
—Eimy…
Me asombró que me llamara por mi nombre. Era otra primera vez para sumar a las demás.
En una de las ocasiones en las que vino a la floristería, escuchó mi nombre de boca de una clienta que se despedía de mí justo en el instante en el que él se paró junto al mostrador. Por eso sabía cómo me llamaba, pero hasta este momento no se había dirigido a mí de una manera tan personal.
Lo mismo sucedía de mí hacia él. Me refería a que yo también sabía cuál era su nombre, por la tarjeta del banco con la que pagaba. La mayoría de las veces no prestaba atención a ese detalle, pero con él tuve el impulso de hacerlo, para saber algo más de él.
Siempre que me daba la tarjeta para pagar, leía su nombre disimuladamente antes de utilizarla.
De manera que no me lo pensé cuando me dirigí a él de la misma manera…
—Dime, Ander.