Capítulo 11
Apagué las luces de la tienda y me dirigí hacia la puerta.
Para ser la una y diez de la tarde del sábado, estaba muy cansada.
La semana había sido agotadora, por todas las horas que había trabajado. Demasiadas, porque quise llegar a todo yo sola y el resultado lo tenía encima. Iba casi arrastrando los pies, ya que me fallaban las fuerzas.
Mi cuerpo sabía muy bien que ya podía relajarse, que estaba a punto de tener un descanso largo. Un día y medio hasta el lunes ya era mucho.
El miércoles comencé a notar esta debilidad o bajón de energías y cada día había ido a peor. Fue el mismo día que volví a quedar con Greta, justo después de regresar a la floristería y de despedirme de ella hasta la próxima vez.
No le había contado a nadie de mi alrededor cómo me sentía porque sabía cómo se pondrían. Aunque tampoco era que hiciera falta que les dijera a los que me conocían bien el cansancio que llevaba encima.
Solo había que mirarme a la cara. Se me notaba por lo poco que estaba durmiendo por las noches. A pesar de la necesidad que sentía por descansar, había empezado a costarme conciliar el sueño. Tenía muchas cosas en la cabeza y, en cuanto me tumbaba en la cama, me asaltaban todas de golpe.
Durante la semana, convertí en una rutina salir muy tarde de la floristería, al igual que estar en ella al día siguiente, desde bien temprano. Fueron varios los días que me fui de noche.
El problema, o no, fue aceptar varios encargos grandecitos. Estos se me acumularon porque el día de entrega para todos fue ayer, con poco tiempo de diferencia entre ellos.
A pesar de lo cuesta arriba que se me había hecho la semana, me sentía orgullosa de lo que había conseguido. A sumar a todo lo anterior, el miércoles, como ya había comentado, volví a ver a Greta.
Fuimos de nuevo a la mansión, pero esta vez Natalie no se encontraba en ella. De hecho, solo vimos a un hombre de los que trabajaban en la vivienda. Él fue quien nos recibió. Después, Greta y yo nos movimos con total libertad por las estancias que yo debía adornar con flores.
Tomé medidas, hice todos los cálculos que necesitaba en base al espacio y, cuando tuve claro todo lo del interior de la mansión, nos fuimos porque en el jardín todavía no habían comenzado a montar nada.
Igualmente, podía hacerme una buena idea, ya que Natalie me detalló cómo iban a ir las mesas en la celebración. Tanto la de los novios como las del resto de los invitados.
El montaje de todo iban a hacerlo con mucha antelación, ya que, una vez que lo finalizaran, ocuparía una buena parte del jardín con decoraciones personalizadas.
Mi encuentro con Greta fue tan bueno como la primera vez y ambas quedamos igual de encantadas.
Me obligué a dejar de pensar en el trabajo, fuera del tipo que fuera, y en todo lo relacionado con él. Necesitaba con urgencia bajar el ritmo, hasta de mi cabeza. Estaba deseando no hacer absolutamente nada y olvidarme de todo.
Ese momento por fin había llegado. Nunca había tenido tantas ganas de llegar a mi piso, comer algo rápido y echarme en la cama a dormir una siesta, sabiendo que después no tenía obligaciones que atender.
Ya había avisado a mis amigas de que esta noche no contaran conmigo porque no iba a salir de mi piso. Me había adelantado a cuando me despertara de la siesta, aturdida y todavía cansada, porque no la alargaría mucho para poder dormir bien por la noche.
Aunque si me lo proponía, estaba convencida de que podría dormir hasta el día siguiente, sin interrupciones. Al menos era la sensación que tenía, por la pesadez del cuerpo.
Eché un último vistazo a la tienda, asegurándome de que todo se quedaba bien hasta el lunes, y abrí la puerta de la floristería. Justo cuando lo hice, me llevé un buen sobresalto.
Me encontré de cara, a muy poca distancia, con el cliente trajeado que venía siempre a por su ramo. Varias veces a la semana.
Solté un pequeño jadeo por la impresión, al encontrármelo de golpe, ya que no esperaba darme de frente con nadie. Y también, por el susto tonto que me llevé.
Sinceramente, ya no esperaba ver a nadie en la floristería, pero muchísimo menos a él. Y, por supuesto, aún menos esperaba encontrármelo parado al otro lado de la puerta como si fuera una estatua, mientras me observaba tan serio como siempre.
Este hombre únicamente se pasaba por aquí de lunes a viernes, nunca los fines de semana.
Esa era una primera vez excepcional, con la que se había saltado su rutina. La segunda, fue verlo vestido sin el traje de chaqueta. Poco a poco fui recomponiéndome de la impresión, por las vistas inesperadas.
El cambio no era para menos. Llevaba una camiseta de manga corta y un pantalón largo de lino que terminaba en unas zapatillas casuales.
Casuales, que quedaban fuera de mi presupuesto. Imaginaba que todo lo que llevaba encima sería de marca o de diseñador. Tal vez hecho a medida. Qué sabía yo.
Sí, sí sabía algo: lo bien que le quedaba a su cuerpo la camiseta y el pantalón, y la manera en la que se amoldaban a ciertas partes de él. A pesar de que todo lo que se ponía le quedaba perfecto, esta imagen de él era muchísimo peor que la de los trajes a los que me tenía acostumbrada.
Además, con su aire informal, llevaba el pelo un poco revuelto.
Como si se lo hubiera despeinado a propósito porque, independientemente de su apariencia, la que ya había dejado claro que era perfecta, pues a pesar del efecto despeinado que daba su pelo, se notaba que cada mechón estaba muy bien colocado en su desorden.
Le sentaba demasiado bien todo.
—¿Estás cerrando?
Su voz fuerte, con ese toque especial y diferente que había notado en las veces anteriores y que me llamaba tanto la atención, me hizo aterrizar de golpe en la tierra.
Me sacó del aturdimiento y busqué su mirada. Joder, hasta sus ojos me parecían diferentes hoy.
—Eh… Sí. Voy a cerrar —conseguí contestarle.
Carraspeé para aclararme la voz.
—Faltan unos minutos. Pensaba que llegaba a tiempo —dijo.
Miró a un lado de la puerta, a la placa donde ponía el horario.
—Ya. Es que este sábado he decidido cerrar un poco antes de la hora.
Nos quedamos observándonos en silencio y pensé que podía quedarme así durante infinidad de tiempo. Mientras me mantenía pendiente de él, no me acordé del malestar que me acompañaba desde hacía días.
El único motivo por el que hice el siguiente comentario fue porque era uno de mis mejores clientes. Uno que nunca fallaba.
Solté un suspiro.
—No puedo prepararte un ramo ahora, pero en la cámara de refrigeración he guardado varios que puede que te gusten.
Frunció ligeramente el ceño.
Su expresión me sorprendió porque… ¿No le parecía bien mi ofrecimiento? Estuve a punto de hacerle un comentario al respecto, como que podía simplemente haberlo echado de aquí con las manos vacías, pero…
—¿Te encuentras bien?
Su pregunta me desconcertó y me dejó sin saber qué decir.
—¿Eh?
—¿Estás enferma? —insistió.
—No —contesté.
De repente sentí mucho calor en la cara y lo lamenté porque me puse en evidencia al ruborizarme.
—Estoy bien —añadí rápido.
—Pues no lo parece.
Ladeó un poco la cabeza, sin apartar los ojos de los míos.
—Solo estoy cansada y con muchas ganas de terminar la semana de trabajo. Por eso he decidido irme un poco antes —le aclaré.
No tenía por qué, pero la preocupación que estaba mostrando me pareció tan auténtica que tocó algo en mi interior. Me agradó mucho y me hizo sentirme muy bien, de manera que le di esa pequeñita parte de mí, con una versión muy suavizada de la realidad de lo que me sucedía.
—Entonces es mejor que regrese la semana que viene —volvió a hablar, con un carraspeo.
Yo no daba mucho más de mí. No estaba para captar rápido ciertos detalles, por lo que me costó darme cuenta. Me refería a que hasta ese momento no caí en que estaba teniendo otra primera vez con él, la tercera. Estábamos manteniendo una conversación.
Cuando les contara a Taylor y a Cata que había conseguido hacerlo hablar más que unas pocas palabras sueltas…
—No quiero dejarte sin la opción de un ramo —le dije—.
De verdad, puede que los que te enseñe no sean del todo como el que venías a buscar, pero están frescos de hoy y alguno puede encajarte en lo más parecido que tuvieras pensado.
Y si no, pues al menos por mi parte lo habré intentado con lo que tengo para ofrecerte —insistí con lo mismo.
—Está bien. Enséñame cómo son esos ramos.
Algo debió de ver en mí para aceptar tan rápido. Otra cosa más a sumar que no me esperaba de él, ya que me sorprendió gratamente.
—Claro —hablé en un tono más bajo.
Antes de que me diera tiempo a apartarme para dejarlo pasar, él levantó un brazo y apoyó la mano en la puerta, por encima de mi cabeza. La empujó para abrirla un poco más y, al hacerlo, dio un paso hacia mí.
Se quedó tan cerca que tuve que levantar la cabeza para seguir mirándolo a la cara. Él no hizo ni dijo nada, solo esperó observándome también.
Me costó muchísimo reaccionar. Su proximidad me paralizó, al igual que lo bien que olía.
Me concentré en moverme. Cuando lo logré, le di la espalda rápido para que no notara que las mejillas habían comenzado a arderme. ¿Qué me pasaba con este hombre? En la vida había actuado de esta manera con ningún otro, por mucho que me hubiera gustado o atraído.
No lo comprendía, pero me desestabilizaba demasiado y me daba rabia porque él no hacía nada para conseguirlo. Y eso era lo peor, porque era un gran problema mío.
Hice una respiración profunda cuando escuché la puerta de la floristería cerrarse detrás de mí.
No solo la encajó, sino que se encargó de cerrarla con llave.
En cualquier otro momento o circunstancia, eso hubiera hecho saltar todas mis alarmas y me habría cabreado, pero no fue lo que sucedió con él.
—Si te parece bien acompañarme a la cámara de refrigeración… Así no tengo que sacar los ramos —comenté.
No me paré ni me giré al hablar.
—Está bien —aceptó con voz calmada.
Continué recorriendo el interior de la tienda, siendo muy consciente de su presencia a mi espalda. Me siguió en silencio.