Capítulo 10
—Mamá, ¿pasa algo? —le pregunté, nada más descolgar su llamada.
—Perdona, cariño. Es que tengo aquí a un cliente que me pregunta si podría encargar un centro de mesa para mañana, antes del mediodía.
—Es muy justo… —dije pensativa—. Pero dile que sí. Dejaré bastante adelantado hoy, aunque salga de noche de la floristería. Tómale los datos, sobre todo, el número de teléfono. Y que te diga la idea que tiene para el centro. Como las flores que quiere que predominen, la forma… esas cosas.
—Vale, tesoro. Puedo quedarme contigo, para que no estés sola.
—No te preocupes. Además, estaré con Taylor. Ayer quedamos en que vendría por la tarde para pasarla conmigo en la floristería y, si se nos hace tarde, cenaremos juntas. Seguro que Cata se une en algún momento.
—Ah. Entonces, arreglado.
Sonreí.
—Coméntale también al cliente que esta tarde lo llamaré para decirle lo que le costará el centro de mesa, antes de ponerme a trabajar con su encargo.
—Estupendo. Ahora lo hago todo. ¿Cómo te va?
—Genial, mamá. Es todo una pasada —susurré—. Desde las personas que estoy conociendo hasta la propiedad. Si estuvieras aquí, en la mansión… —Bufé—. Te enamorarías de ella. Es de ensueño. Y los jardines también.
—Vale, te cuelgo, que estás poniéndome los dientes largos.
Reímos.
Cuando colgamos, me guardé tranquila el teléfono, sabiendo que mi madre atendería bien al cliente. Iba a ir contra reloj para preparar ese centro de mesa, pero por un ingreso más valía todo.
No podía rechazar ningún trabajo, así como así. Daba igual cuántas horas me llevara y cuánto tuviera que correr. En el momento en el que me encontraba necesitaba todo lo que me llegara.
Y no quería tomármelo con más calma, aunque fuera a tener un gran ingreso por el trabajo de la boda de Natalie. Eso sería un extra muy grande y bien recibido, pero el dinero se iba demasiado rápido y las facturas no dejaban de llegar.
Era prioritario sumar clientes.
—¿Todo bien? —me preguntó Natalie, cuando me uní a ella y a Greta.
—Sí.
Me senté en el sillón de jardín.
—Era mi madre. Está con un cliente en la floristería y dudaba de si decirle que sí a un encargo para mañana. Es muy justo de tiempo.
—¿Lo has aceptado? —me preguntó Greta.
—Sí. Trabajaré en ello esta tarde porque para mañana no tengo otros encargos urgentes. Para el siguiente día sí, pasado mañana, así que me tocará correr unos días.
—Me alegro de que tengas tanto trabajo, pero ¿crees que es bueno que no descanses las horas necesarias? —me preguntó Natalie—. Porque, por lo que estoy entendiendo, es lo que va a suceder.
—Mira la que habla —carraspeó Greta.
—Oye —rio Natalie—. Yo trabajo dentro de mi horario.
—Clarooo… Entonces, cuando te llamo para quedar porque estás en tu casa y me dices: Uy, es que estoy terminando unas cosas de trabajo y todavía me queda un rato… ¿Qué?
Elevó las cejas Greta.
—Vale. Mejor me callo —terminó diciendo Natalie.
Las tres reímos.
—Aquí tienen.
La que habló fue la chica del servicio, aunque no lo parecía porque todo era muy natural. Como si una de mis amigas me estuviera sirviendo el café solo, con el vaso con hielo que había pedido.
—Gracias, Sofía —le dijo Natalie, sonriendo.
—Si necesitáis algo más…
—Te gritamos, sí —la interrumpió Greta.
Rieron las tres y yo las observé sonriendo.
Cogí mi café de la bandeja que había dejado Sofía y lo endulcé, para después echarlo en el vaso con hielo.
—¿Qué te han parecido las zonas para decorar? —me preguntó Natalie, con interés.
—Preciosos y grandes. Voy a disfrutar mucho trabajando para decorarlas —dije emocionada y sonreímos—. Ahora que tengo en la cabeza las ideas, me pondré a ello en cuanto pueda. Tengo que hacer los pedidos con tiempo.
—Estupendo. ¿Te apuntas mi número de teléfono? Me gustaría que fueras pasándome de vez en cuando las ideas que tengas.
—Claro. —Asentí.
Miré a Greta porque lo último que quería era incomodarla de alguna manera.
—Te agradezco el gesto —me dijo ella, captando el motivo por el que la había mirado—. Puedes comunicarte tranquilamente con Natalie, no hace falta que pase por mí todo. Yo estoy encantada de quitarme una obligación, por pequeña que sea. Te lo aseguro. —Me hizo un guiño.
—Vale —sonreí.
Saqué el móvil del bolso y anoté el número de teléfono de Natalie, para después grabarlo.
—Ya te tengo —comenté.
—Estupendo. —Dio una palmada ella.
—En unos días comenzarán a organizar los espacios en la casa —me dijo Greta, refiriéndose a la mansión en la que estábamos—. Así que volveremos a venir tú y yo.
—Cuando me digas. Mientras tenga tiempo de preparar bien el día…
Reímos.
—Hoy casi la saco de la cama para venir aquí —dijo con diversión.
—Anda que… —rio Natalie—. ¡Pero si no me voy hasta primera hora de la tarde! Voy a comer con mis padres. Por cierto…
Se giró hacia mí.
—Saludos de ellos. Querían conocerte, pero no han podido estar. Mi padre siempre está muy liado y es complicado que pueda variar su rutina si no lo planifica con antelación. Y mi madre hoy ha dado la casualidad de que debía ir a una de las asociaciones con las que colabora.
Me parecía tan increíble que sonara de una manera tan natural, por lo que representaba la pareja y por quiénes eran.
—Dales las gracias de mi parte y devuélveles el saludo —le pedí, intentando sonar tranquila.
—Lo haré —sonrió.
—¿Te ha gustado la casa? —me preguntó Greta.
—Muchísimo. Creo que he experimentado por primera vez en mi vida lo que es el amor a primera vista —hablé emocionada.
Soltamos una carcajada.
Skye levantó un poco la cabeza, pero no encontró nada interesante y volvió a apoyarla en sus patas delanteras.
Estaba tumbada a un lado del sillón de jardín en el que estaba sentada Natalie. Había ido moviéndose. Antes estaba más cerca de mí y, dentro de poco, si seguía como hasta ahora, volvería a acercarse.
—Me gustaría invitarte a la casa en la que viviré con Eduardo cuando nos casemos. Todavía no hemos pasado ni una noche allí, pero sí vamos en otros momentos del día. Hemos estado haciendo unos cambios de última hora y ya están terminados.
—¿Por fin? —le preguntó Greta.
—Sí. Ayer mismo —le respondió ella, con un guiño.
—Joder, ¡qué bien! Pensaba que al final llegaba la boda y vosotros todavía estaríais empeñados en arreglar cosas. Siempre se os está ocurriendo algo.
Greta puso los ojos en blanco y Natalie rio con ganas.
—No le hagas caso. Todo lo que está sacando es la envidia que siente por lo que tenemos Eduardo y yo —me dijo Natalie, como si me estuviera contando una confidencia.
Apreté los labios, divertida.
—Serás…
Skye dejó callada a Greta, cuando se levantó de repente y salió corriendo. Las tres la miramos hasta que la perdimos de vista.
—¿Qué le pasa? —pregunté, aunque Natalie y Greta no parecían preocupadas.
—Ha escuchado algo interesante —contestó la dueña y sonrió.
—Skye encuentra interesante cualquier cosa, incluso las que no se mueven —rio Greta.
—Porque es una perra muy inteligente y pone interés en todo. —Bufó Natalie.
Bebí varios sorbos seguidos del café con hielo.
Cuando dejé el vaso en la mesa, miré la hora en el reloj de pulsera. Pasaban unos minutos de las doce del mediodía.
—¿Qué me dices? —me preguntó Natalie.
—¿Cómo? —La miré extrañada.
—Que qué te parece venir a la casa en la que viviré. Me gustaría enseñártela. ¿Qué me dices?
—Me encantará verla —le contesté sonriendo.
—Genial —habló contenta—. Greta te llevará. Pasaremos un rato divertido las tres. No te esperes que sea una propiedad parecida a esta —rio.
—No. Pero tampoco es pequeña —comentó Greta, antes de beber de su té.
—Eso es verdad, pero no tiene punto de comparación con esta casa de mis padres. Aquí tengo tantos recuerdos buenos… —suspiró—. Es uno de los motivos por los que acepté encantada cuando mis padres nos propusieron a Eduardo y a mí que celebráramos la boda aquí.
Skye pasó corriendo por la hierba, yendo a lo suyo, y nosotras continuamos hablando. Cuando vi que había pasado media hora, desde la última vez que miré la hora, Greta me preguntó si nos íbamos ya.
Le dije que sí, para que nos diera tiempo a ir tranquilas a la iglesia y así llegar bien a la floristería.
Nos fuimos del porche rodeando la vivienda, caminando por el jardín, hasta que llegamos a la parte delantera de la casa. Allí seguía el coche de Greta.
—Me ha encantado conocerte, Eimy —me dijo Natalie.
—Lo mismo digo. Ha sido un placer venir aquí.
Nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla y, después de que Greta y ella se despidieran de la misma manera, nos montamos en el coche.
Antes, con la puerta abierta del copiloto, me paré a hacerle unas caricias a Skye. Apareció corriendo por una esquina de la mansión, para despedirse.
Le dijimos un último adiós a Natalie y entonces Greta comenzó a conducir hacia el camino que llevaba a la puerta de la propiedad.
—¿A que no era para tanto? —me preguntó, mirándome de reojo.
—No. Tenías razón —sonreí—. Estoy muy contenta y me voy con una sensación muy agradable.
—Me alegro. —Asintió, sonriendo también—. Creo que hoy hemos comenzado algo mucho más importante e interesante que el trabajo. ¿No te parece?
—Sí. Tengo la misma sensación.