Capítulo 9
—¿Estás respirando?
Reí por la pregunta de Greta.
—Empieza a preocuparte cuando me veas cambiando de color… —Le advertí.
—Gracias por el consejo —dijo con diversión.
—Es la primera vez que estoy en un sitio así —comenté distraída.
Los ojos se me iban hacia todos lados. Por el momento, continuábamos rodeadas de vegetación mientras el coche avanzaba por un camino asfaltado. Este era ancho y cabían bien dos coches en paralelo.
—Quedan unos minutos para llegar a la propiedad —me informó Greta.
—¿Tanto? —pregunté sorprendida.
—Sí —sonrió—. La mansión está rodeada por muchos metros cuadrados de terreno.
—Ya…
—No te dejes imponer por todo lo que veas. Te lo digo por experiencia.
—Es un poco difícil.
—Cambiarás de pensamiento por ti misma. Solo tienes que acostumbrarte y lo harás en cuanto tengas contacto con las personas que vamos a ver.
—¿Sueles trabajar para clientes con el mismo nivel económico o parecido? —le pregunté con curiosidad.
—Tengo una gran variedad, pero sí, la mayoría de mis clientes son como los Thomson —me confirmó.
—Vaya… Vas con ventaja —suspiré.
—Mucha. Llevo años con lo mismo —me dijo con un guiño.
—¿Trabajas para una empresa o vas por libre?
—Trabajo para una empresa. Para la mía —sonrió de medio lado—. Tu historia y la mía son diferentes, pero tienen algo en común. Yo tampoco esperaba dedicarme a organizar bodas y eventos y ya ves… No solo me dedico a las bodas, también trabajo para empresas y asociaciones.
—Ah. Suena genial.
—Lo es. Me va muy bien, pero no pienses que tengo una empresa grande. La oficina está en un local mediano y ahí tengo a mi hermana trabajando junto a mis dos amigas de toda la vida. Nosotras eso de no mezclar las cosas nos lo saltamos hace mucho tiempo. No va con nosotras.
Se encogió de hombros.
—Mi hermana y mis amigas siempre han sabido estar en su lugar, dándome el que me corresponde a mí. Y si descarrilan, solo tengo que soltar cuatro gritos y cagarme en todo, para hacerlas reaccionar.
Reímos.
—Eso sí, después me lo devuelven. Pero fuera del trabajo —dijo con diversión—.
En serio. Me va muy bien trabajando con gente de mi total confianza.
Sin mi hermana y mis amigas no podría llevarlo todo para adelante.
Son demasiadas cosas. Aparte de que son mis pilares, me dan fuerzas y ánimos cuando me fallan.
—Me lo imagino. —Asentí sonriendo—. Es bonito poder trabajar con alguien de esa manera. Sentir esa seguridad y paz con ellas es un gran extra. Yo trabajo sola en la floristería. Como ya te he dicho, es muy nueva y está en rodaje todavía. Como digo siempre —suspiré.
—Para ser un negocio bebé, como te has referido a él, está aprendiendo a correr muy rápido. Ha cogido carrerilla.
Reímos.
—La verdad es que sí —dije pensativa—. Quién sabe, lo mismo dentro de un tiempo, unos años, puedo tener a alguien contratado.
Pero no serán mis amigas, ellas tienen sus vidas hechas profesionalmente.
Aunque me ayudan siempre que pueden y que lo necesito.
Mi madre también viene a ratos a la tienda, para estar conmigo. Estoy muy agradecida con todo.
—Parece que tienes un ángel de la guarda que cuida muy bien de ti —sonrió.
—Pues si me oye, espero que siga haciéndolo —dije con diversión—. ¡Madre mía! —exclamé.
Me quedé maravillada porque, al mirar hacia delante, me encontré de frente con la mansión.
Era una construcción impresionante, con unos jardines maravillosos rodeándola.
—Ay, ¡qué susto!
Di un bote en el asiento cuando un perro grande salió de algún sitio y me sorprendió persiguiendo al coche por mi lateral.
Me moví hacia el centro del vehículo. Poco me faltó para echarme encima de Greta, mientras ella conducía los últimos metros sin poder parar de reír.
Había soltado una carcajada por mi reacción.
—Tranquila. Nos está dando la bienvenida y saludándonos.
—¿En serio? —pregunté con un jadeo—. Porque parece que quiere abrir mi puerta y arrastrarme fuera de aquí.
Greta volvió a reír y yo hice una mueca cuando paró el motor del coche.
El perro se sentó frente a mi puerta, con la lengua fuera y jadeando. Estábamos justo en la entrada de la vivienda, a unos metros de la escalera que llevaba hasta ella.
—¿Y ahora qué? —le pregunté—. A ti te conocerá, pero a mí…
—Se llama Skye y es muy buena.
—¿Es una perra? —pregunté con un jadeo—. ¡La virgen! ¿Cómo deben ser de grandes los machos?
—Bastante más. Te lo aseguro —respondió riendo.
—¡Espera! ¿Adónde vas?
Greta no me hizo caso. Se bajó del coche para rodearlo y venir hasta mi puerta, pero Skye fue hacia ella y la paró delante del coche.
Me estiré un poco sentada en el asiento, para ver cómo Greta le acariciaba la cabeza a Skye y le decía algo. No escuché el qué, pero Skye ladró y me pareció feliz.
Cuando Greta se incorporó y miró hacia mí, me pidió que me bajara. Negué con la cabeza, sin dudar. Ella rio.
Al final no me quedó más remedio que lanzarme, a pesar de que todavía no me sentía cómoda.
Abrí la puerta despacio y enseguida tuve a Skye cerca. Esperaba que fuese para darme la bienvenida, como había dicho Greta, porque si no…
Para mi sorpresa, la perra salió corriendo y se alejó de mí, ya que respondió a un silbido que sonó de repente.
Me bajé del coche mirando hacia la entrada de la casa, donde había una chica sonriente. Skye se había ido hacia ella y se había sentado a su lado. Tanto la chica como la perra me miraban a mí.
—Ella es Natalie, la novia —me dijo Greta.
—Oh.
La observé con más detenimiento.
—Algo que no te he dicho es que somos muy amigas.
Giré la cabeza hacia Greta. Ella me hizo un guiño y me pidió que la siguiera.
Caminé a su lado, sin perder de vista a la perra. Estaba mostrándose obediente, pero nunca se sabía.
Subimos los pocos escalones que llevaban a la entrada y me paré a unos pasos de la novia y la perra. Esta última ladeó la cabeza, sin perderse detalle de mí. Intenté controlar los nervios, para no ponerme más nerviosa.
—Encantada de conocerte, Eimy —se dirigió a mí la novia.
Su tono de voz suave y tranquilo y su sonrisa constante me tranquilizaron un poco.
—Estaba deseando que llegara este momento —dijo con sinceridad.
Al menos yo lo recibí de esa manera porque me lo pareció.
—Es un placer conocerte, Natalie.
Utilicé su nombre para mantener la cercanía. Como había empezado ella llamándome por mi nombre.
—Y también poder estar aquí —sonreí—. Gracias por confiar en mí para una ocasión tan especial.
Natalie amplió su sonrisa y se acercó a mí. En ese momento la perra se puso sobre sus cuatro patas.
—No te preocupes por ella —me dijo riendo Natalie—. Ya te lo habrá dicho Greta, es un trocito de pan. Eso sí, muy celosa. Ahora mismo quiere ser ella el centro de atención y recibir todos los mimos y caricias.
Me hizo un guiño antes de inclinarse hacia mí. Era un poco más alta que yo.
Nos dimos un beso en la mejilla y después se fue hacia Greta. Ellas se dieron un abrazo y se sonrieron como amigas que eran.
La primera impresión de la novia no podía haber sido más buena. Se veía simpática, comprensiva y muy agradable, incluso cariñosa, y eso que acababa de conocerme. Para nada tenía la imagen que me había formado de ella en la cabeza, de mujer rica que tiene todo lo que se le antoja.
Me gustó mucho, tanto como Greta. Estaba teniendo una suerte increíble porque iba a trabajar en un ambiente muy bueno.
—Ahora sí. Es tu turno, Skye, pero con cuidado —le habló Natalie a la perra.
Sonreí un poco tensa, pero enseguida se me pasó y solté un suspiro de alivio. En cuanto la perra rozó la cabeza en mi pierna y se quedó quieta para recibir una caricia.
Su dueña y Greta nos observaron sonriendo, mientras yo le daba a Skye lo que quería. Una vez que comencé a acariciarla, me costó parar.
—Si sigues portándote así, nos llevaremos genial —le dije a la perra.
Ella ladró y Natalie y Greta rieron.
—Vamos —dijo la novia y después se dirigió a mí—. Voy a enseñarte la mansión completa y te diré los espacios de dentro que quiero decorados con flores.
—Vale —sonreí.
—Después daremos un paseo por los jardines y también te indicaré en qué parte montaremos el banquete para la ceremonia. De todo lo demás te informará Greta. —Me hizo un guiño.
—Perfecto.
—Y una vez que terminemos, si os parece bien, podemos quedarnos en el porche para tomar algo y hablar. Me gustaría conocernos mejor.
Lo último lo dijo mirándome a mí, por supuesto.
—No tengo prisa. Por mí, estupendo —le confirmé.
Me vino a la cabeza mi madre, pero no había problema porque calculaba que, con todo lo que había dicho Natalie, más después ir a la iglesia con Greta, igualmente llegaría a tiempo para comer con mis padres.
En la iglesia no tardaríamos casi nada, ya que solo era echar un primer vistazo al interior.
—Yo me he tomado el día para ti, así que… para uno que no tienes que trabajar —comentó Greta.
Ambas rieron.
—Genial —dijo animada Natalie.
Caminó hacia la puerta de la casa y Greta y yo la seguimos.