Capítulo 8
—Buenos días, cariño.
—Buenos días, mamá.
Me levanté para abrazarla y darnos besos.
Llamé a la camarera para que volviera y mi madre le pidió otro café con leche.
—¿Cómo llevas los nervios? —me preguntó.
—No muy bien, pero bueno —sonreí.
—La mañana te va a ir genial, hija. Lo más difícil ya lo has conseguido, que te contratasen entre todas las opciones que tendrían.
—Sí.
—Tu padre te manda muchos ánimos y me ha dicho que te diga que adelante con todo. Lo he llamado para decirle que no cuente con encontrarse la comida hecha al mediodía —me dijo con un guiño.
—Sois los mejores.
—Para ti, siempre.
—Oye, ¿por qué no le dices a papá que cuando salga del trabajo venga para la floristería? Podemos comer juntos en alguno de los restaurantes que hay por aquí cerca.
—Oh. Me parece una idea genial —aceptó encantada—. Y no te preocupes si te retrasas. Tu padre me acompañará en los últimos minutos en la floristería y, cuando cerremos, saldremos a que nos dé un poco el aire.
—Vale —sonreí—. Podéis ir al restaurante que más os apetezca y esperarme en él, cuando os canséis de mover las piernas. Para hacer tiempo tomándoos algo hasta que llegue.
—Sí. Seguramente terminemos así —me dijo con un guiño—. Conforme se acerque la hora y esté con tu padre, te escribiré un mensaje para decirte lo que vamos a hacer. Te diré también en qué restaurante estamos.
—Perfecto. Eso será si se me complica la mañana, porque puede que termine mucho antes de lo que pienso y llegue a la floristería antes que papá.
Hicimos una pausa cuando la camarera llegó con el café con leche para mi madre. Aproveché para pagárselo a la chica, ignorando la queja de mi madre.
—Sea como sea, no corras para nada —me pidió, siguiendo con la conversación—. Y si por la tarde abres la floristería un poquito pasada la hora, tampoco pasará nada.
—Ya lo sé. —Asentí—. Mamá… En la cámara de refrigeración hay cuatro ramos que preparé ayer. Los clientes se pasarán por la mañana a recogerlos. En el mostrador donde está la caja, en el que atiendo a los clientes, en la parte de abajo hay una libreta.
—Sí, me sitúo.
—En esa libreta busca las dos últimas hojas escritas. En ellas están los detalles de los ramos: las flores que debían predominar, los precios, los nombres de los clientes y el dinero que dejaron pagado. Así sabrás sin problema cuál es para cada uno y lo que tienes que hacer.
—De acuerdo.
—Te lo digo ya porque es lo único urgente y no sé si me dará tiempo a entrar contigo en la tienda.
—No te preocupes, hija. Cuatro ramos y todo lo has dejado bien detallado. Ningún problema.
La miré sonriendo de oreja a oreja.
—Eres libre de hacer lo que quieras, ¿vale? Te va a encantar atender a los clientes. Ya te veo explicándoles por qué unas flores sí y otras no, según para qué las quieran.
Reímos.
—Ay, qué ilusión.
—Lo dices como si fuera tu primera vez en la floristería —reí.
—Hoy me siento la dueña —me dijo con picardía.
—Cuidado con la dueña de verdad, porque puede cortarte rápido las alas.
Mi madre rio con ganas.
—Tengo mis maneras de atar en corto a la dueña, antes de que eso suceda —dijo con un guiño.
Fue mi turno de reír.
—Y, por supuesto, puedes llamarme cuando lo necesites —le remarqué.
—Te llamaré solo si me surge algo urgente.
Nos tomamos los cafés con leche mientras hablábamos de otros temas y yo iba mirando de tanto en tanto la hora en el reloj de pulsera.
Cuando terminamos, nos fuimos de la terraza de la cafetería, despidiéndonos de la camarera, y caminamos hacia la floristería.
Abrí la puerta y le di las llaves a mi madre, por si tenía que cerrar para algo.
Fui al baño un momento y cuando salí vi por el cristal de la puerta de la entrada el coche de Greta. Una mujer estaba al volante, pero no la vi bien.
—Mamá. Tengo que irme —le dije caminando ligera hacia ella.
—Ay, ¿ya está aquí?
Se levantó de la silla de detrás del mostrador.
—Sí.
La abracé y le di un beso sonoro.
—Que vaya muy bien, cariño.
—Gracias. Lo mismo te digo. Si no hablamos por teléfono, nos vemos para comer.
—Ahora llamaré a tu padre para decírselo.
Nos dimos un último beso, cogí el bolso del mostrador y salí de la floristería para acercarme al coche.
La puerta del conductor se abrió y del vehículo salió una mujer vestida de manera elegante. Llevaba una camisa que se le ajustaba a su figura, con una falda de tubo y unos zapatos de tacones con bastantes centímetros de altura. El pelo lo llevaba recogido en una coleta alta y estirada.
Yo iba de lo más normal y en ese momento me arrepentí de no haberme cambiado de ropa después de recibir su llamada.
Ya no había nada que hacer, tampoco iba mal, de manera que me vine arriba con mi falda corta tejana, mi camiseta de tirantes anchos y escote cuadrado y mis sandalias planas.
—¿Eimy?
—Sí. ¿Greta?
—La misma.
Reímos, por la situación.
Era la primera vez que nos veíamos en persona. Nuestro contacto siempre había sido por teléfono. La primera llamada que recibí de ella fue porque estaba poniéndose en contacto con varias floristerías de la ciudad, para que le enviaran un presupuesto de todo lo que detalló para una boda.
Presupuesto que no estaba cerrado, algo que quedó claro, ya que, sin saber realmente todo lo que se necesitaría, era imposible hacer un cálculo real. El precio fue orientativo y provisional. Lo más importante fue que le envié por correo electrónico fotografías de mis creaciones florales.
Nos dimos un abrazo rápido y me pidió que me montara en el coche. Donde había parado no era buen sitio, pero tampoco había muchas más opciones.
Rodeé el coche y, antes de montarme, le dije adiós a mi madre con la mano. Estaba mirando desde dentro de la tienda y sonreí cuando me imitó.
—¿La persona en la que has pensado ha podido cubrirte en la floristería?
—Sí. Es mi madre y siente pasión por las flores y las plantas, así que la he hecho feliz.
—Eso está muy bien —sonrió.
Me miró de reojo.
—Entonces te contagió su pasión.
—Es algo que compartimos y siempre pensé que sería una afición. Nunca me imaginé que me dedicaría a esto. De hecho, estudié periodismo.
—¿En serio?
—Sí —reí, por su sorpresa.
—¿Terminaste la carrera universitaria?
—Sí —le confirmé de nuevo.
—¿Y trabajaste en la profesión? —me preguntó con mucha curiosidad.
—No. Me hubiera encantado porque me gustaba mucho, pero no tuve suerte después de hacer muchos intentos. Al final terminé trabajando en otras cosas, hasta que se me metió en la cabeza lo de la floristería.
—Lo lamento, pero, por otro lado, parece que era lo que debía ser porque el negocio te va bien. ¿No?
—Hace poco que lo abrí, pero ahora mismo estoy muy contenta.
—¿Cuánto tiempo? Pensaba que llevabas años con la floristería. No sé por qué, la verdad.
Rio y sonreí.
—Mi negocio, bebé, está a punto de cumplir seis meses.
Giró la cabeza hacia mí y nos sonreímos.
—Pues enhorabuena, Eimy. Estoy convencida de que llegarás muy lejos, tanto como te lo propongas
—Muchas gracias, Greta.
—No hay de qué. La mansión está un poco lejos. Se encuentra apartada, a las afueras de la ciudad.
—No conozco la ubicación, pero sé que está por la zona de montaña.
—Lo del periodismo lo sigues llevando contigo, ¿no?
Rio al ver que me ruborizaba.
—Lo siento, no quería…
—Era broma, Eimy —me tranquilizó.
—Vale —reí nerviosa.
—Relájate —me pidió con una sonrisa que me recordó a la de mis amigas—. Me caíste bien por teléfono, desde el principio, y en persona lo has mejorado. Así que me siento cómoda hablándote sin medir las palabras y sin tener que contenerme si me apetece hacerte alguna broma.
—A mí también me sucedió y me sigue pasando. Y te agradezco que seas conmigo tan natural y que no te prives de nada —le dije con sinceridad.
—Entonces estamos de acuerdo. —Me hizo un guiño.
Se lo devolví exagerando el gesto y terminamos riendo.
Me sentí genial gracias a Greta. Me lo puso tan fácil que consiguió que me tranquilizara e hiciera el viaje como si estuviera con una amiga que conocía de toda la vida.
Fue una sensación extraña, pero una muy real.
—Hemos llegado —dijo.
Frenó frente a una gran puerta rectangular que parecía de hierro. Esta comenzó a abrirse para nosotras.
—¿Preparada? —me preguntó, con la cabeza girada hacia mí.
—No —contesté, viendo cómo la puerta se deslizaba hacia un lado—. Pero ya que estamos aquí…
Miré a Greta y soltamos una carcajada. De esa manera, riendo, ella aceleró y entramos en la propiedad.
Mis nervios se dispararon solo con ver los metros de terreno que nos rodearon y teníamos por delante.