La chica de las flores Capítulo 6
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Capítulo 6

—¿Te apetece venir a mi piso a cenar? —me preguntó Taylor.

—Es lunes —le dije.

—¿Y? ¿Los lunes no se sale y me entero ahora?

Sonreí.

—Los lunes se sale lo que cada uno quiera, al igual que cualquier otro día —le contesté con diversión.

Me llené la boca de comida.

—Si vienes, cenamos pronto para que antes de las diez estés en tu piso.

—Hoy no sé si me iré cuando cierre la tienda o si me quedaré un poco más trabajando.

—¡Vamos, Eimy! Sé que la floristería es nueva y esas cosas, pero, joder, tú necesitas vivir y descansar. Ambas cosas son importantes y vitales para que puedas seguir al pie del cañón con tanta fuerza en tu negocio.

—Ese discurso ya me lo sé —le sonreí—, pero tengo plazos de entrega que cumplir y, si no hago yo el trabajo, no llego.

Ahora que cada vez tengo más clientes, no puedo aflojar.

Los primeros meses de arranque no fueron buenos y me dieron muchos dolores de cabeza, así que, ahora que parece que todo comienza a funcionar…

—Vale. Mierda. Sabes que te entiendo perfectamente, pero es que llevas un ritmo… —suspiró—. ¡Oye!

—¿Qué? —grité, igual que ella.

Reímos.

—Acabo de decidir que iré algunas tardes a ayudarte.

Elevé las cejas, sonriendo.

—¿Quieres que te enseñe? —le pregunté divertida.

—Yo paso de hablarle y cantarle a las flores, ¿eh? Que entonces al día siguiente te las encuentras todas mustias.

Soltamos una carcajada.

—Tampoco quiero que me enseñes. Yo con ayudarte en lo que pueda, como atender a los clientes en la tienda o al teléfono, y con hacerte compañía, tengo bastante.

Termino en el trabajo a las dos, voy a mi piso, como, descanso un poco porque en ese horario la floristería está cerrada, y vengo para cuando abras por la tarde. ¿Qué te parece?

—Por mí genial, porque estaremos juntas. Siempre y cuando no te lo tomes como una obligación.

—Hecho y no te preocupes. Empezamos a partir de mañana —confirmó animada—. Y como se te ocurra mencionar darme algo de dinero, te las verás con mi peor versión. Avisada estás.

—Conozco todas tus versiones, incluso las peores, así que esa amenaza no me vale —reí.

—Puedo ser mucho, mucho más mala.

Reímos juntas.

—¿Qué tal te ha ido la mañana?

—Muy bien —le contesté—. Estoy muy contenta, Taylor.

—¿Y eso es malo?

—No, para nada. Pero es que me asusta que me cambie la racha —suspiré.

—No pienses en eso. Disfruta del momento y de lo que estás consiguiendo porque todo es gracias a ti, a tu dedicación, esfuerzo y talento.

—A última hora de la mañana he hecho un ramo a una chica y me ha dicho que dentro de poco es el aniversario de su empresa y que ella me recomendará para la decoración y los regalos porque es una de las organizadoras de la fiesta.

—Genial.

Me llené la boca de nuevo, por última vez.

Ya había terminado de comer, por lo que, todavía masticando, me levanté de la silla para ir al baño.

—Un momento. Voy al baño con el recipiente.

—¿Ya has terminado?

—Sí —contesté alzando la voz, mientras salía del despacho.

Debajo del grifo de las manos, limpié el recipiente con agua. Cuando terminé, volví al despacho para taparlo antes de guardarlo en la bolsa que tenía en el armario.

Dejé la mesa baja frente al sofá recogida y, con el móvil en una mano, me tumbé en el sofá. Solté un suspiro al estirarme.

En el despacho quería hacer unos cambios, como montar una cocina pequeña con lo básico y esencial. Podía hacerlo sin problema porque tenía el permiso de la dueña del local, y porque no había que armar mucho para montar un fregadero y poner un fuego pequeño.

La nevera ya la tenía. Esta me acompañó el segundo día que vine a la tienda.

Era grande, pero en ella solo tenía varias botellas de agua, latas de refrescos y leche, ya que, a un lado del armario, había una cafetera con todo lo necesario para prepararme los cafés.

Esta también viajó conmigo desde mi piso a la tienda.

Cuando podía, me gustaba ir a la cafetería que estaba cerca, en la misma calle, porque así me daba el aire y me despejaba, pero tener una cafetera aquí era esencial.

Todo lo que había en el local era mío, incluso la cámara de refrigeración y los mostradores. Cuando lo alquilé, todos los espacios estaban completamente vacíos, por lo que tuve que preparar el lugar para la actividad que iba a desarrollar aquí.

Hubo varias cosas que me convencieron para alquilar este sitio. Entre ellas estaba la zona, su ubicación, porque era una muy concurrida y de paso. Pero lo más importante fue la gran puerta trasera que había en la tienda.

Tenía el tamaño como la de un garaje, de manera que terminó de conquistarme al ahorrarme calentamientos de cabeza para pensar en cómo meter la cámara de refrigeración.

—¿Te has dormido?

La voz de Taylor me hizo sonreír mientras abría los ojos despacio. Por unos segundos los había tenido cerrados.

Me quedé mirando el techo.

—Casi —le contesté.

—Lo sabía —rio—. Pues te dejo para que descanses un poco.

—No voy a dormirme. En cuanto colguemos, me pondré a trabajar.

—Eso, hija, tú no te des ni un respiro…

Bufó y yo apreté los labios.

—¿Sabes quién ha venido a última hora de la mañana? —le pregunté.

Cambié de tema rápido.

—Yo qué sé.

Nos quedamos en silencio.

—¡Oh, espera! —exclamó—. ¿El tío cañón que parece estar siempre de mala leche? Es por el único que me harías esa pregunta.

Solté una carcajada.

—Exacto. El hombre de pocas palabras —le confirmé.

—Joder, qué bueno. ¿Se ha quitado el traje hoy?

—No. Lo llevaba, pero ya me hubiera gustado que me hiciera un estriptis en medio de la tienda.

Soltamos una carcajada.

—¿Te lo imaginas?

—No —le contesté riendo—. Con lo serio que es… —suspiré.

—¿Para quién serán todos los ramos que se lleva? —preguntó con curiosidad—. Madre mía, debe tenerle la casa llena de flores. Unas tanto y otras tan poco —se quejó.

—Ya te digo… No tengo ni idea de quién será la persona afortunada —dije pensativa—. Cada semana se lleva varios ramos y no son nada pequeños.

—Qué pasada. Es tu tercer mejor cliente —comentó—. El segundo puesto se lo lleva el bodorrio para el que te han contratado la decoración de las flores.

—¿Y quién se lleva el primer puesto al mejor cliente? —le pregunté con diversión.

Sabía qué iba a responder.

—Por favor, mi querida Belén. La duda ofende —jadeó, al mencionar a mi madre.

Solté una carcajada a la que se unió mi amiga.

—Bueno, volviendo al cliente buenorro…

—¿Sí?

—¿Te ha hablado algo más hoy?

—No —sonreí—. Ha estado corto en palabras, como siempre, y me encantaría escucharlo hablar más.

—Dijiste que parecía de otro país, ¿verdad?

—Sí. Pero en realidad no lo sé. Tiene una forma de hablar diferente, pero es muy sutil. Casi pasa desapercibido y con lo poco que dice…

—La próxima vez que vaya, provoca que hable. Invéntate cualquier cosa.

—No tengo yo otra cosa que hacer… —dije con diversión—. Por mí, como si se tira toda la vida como hasta ahora. Mientras siga viniendo cada semana varias veces a comprar…

—Tienes razón. A ver si va a hablar y la caga, entonces se acabaron nuestros momentos de soñar despiertas gracias a él.

—Si ese hombre supiera lo que nos da de sí hablar de él en una conversación…

Reímos.

—El día que viene nos entretiene bastante —dije.

—Ya me gustaría a mí que me entretuviera como a ti, en persona —habló con diversión—. A ver si tengo suerte y las tardes que vaya a la floristería aparece por ahí.

—No es por desanimarte, pero hasta ahora siempre ha venido por las mañanas.

—Vaya mierda —suspiró—. ¿Por qué no cierras los ojos un ratito? Aunque sea media hora. Te sentará bien y lo agradecerás.

—Me encantaría, ahora mismo me lo pide el cuerpo, pero voy a ponerme a trabajar ya. Cuanto más tarde en empezar, más tardaré en irme de la tienda, así que…

—Vale, vale… Prefiero que renuncies a una pequeña siesta a que salgas de noche de ahí. Entonces lo de cenar lo dejamos para otro día, ¿no?

—Sí —le confirmé—. ¿Más hacia el final de la semana?

—Está bien —suspiró—. Haces conmigo lo que quieres.

—Más bien es al revés, pero vamos a dejarlo en empate.

Reímos.

Me despedí de Taylor y no tardé en incorporarme. Me quedé sentada en el sofá y cerré los ojos durante unos segundos, hasta que los abrí y me levanté para alejarme de la tentación que suponía el sofá.

Me até el delantal a la cintura, metí el móvil en el bolsillo central delantero y salí del despacho para dirigirme a la zona de trabajo.

Necesitaba espabilarme cuanto antes y lo más rápido era ponerme a trabajar con los cuatro encargos que tenía para mañana por la mañana. Para la tarde de hoy no tenía ninguna entrega urgente, por lo que podía ir un poco más tranquila.

Si conseguía dejar los encargos listos, ya que debía ir parando cada vez que entraba un cliente o me sonaba el móvil, al día siguiente podría dedicarme a otras cosas que no corrían tanta prisa.

Me puse a trabajar para aprovechar bien el tiempo.