La chica de las flores Capítulo 5
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Capítulo 5

—¿Y estas qué te parecen? —le pregunté a la clienta.

Levanté en cada mano un tipo de flor.

—No me decido —contestó riendo—. Jo, es que son todas bonitas.

—¿Quieres que elija yo?

—Te lo agradecería. Además, tú eres la experta y tus elecciones quedarán geniales.

La puerta de la floristería se abrió y un hombre alto vestido de traje entró en la tienda.

Le sonreí y él asintió hacia mí, serio. Ese era su saludo de siempre, ya que no era la primera vez que venía. De hecho, era uno de mis clientes más fieles porque se pasaba varias veces por semana.

Se quedó a un lado a esperar su turno, con las manos en los bolsillos del pantalón del traje. Ni una sola vez lo había visto vestido diferente, pero claro, suponía que era como un uniforme de trabajo para él, ya que venía de lunes a viernes.

La postura en la que se quedó hizo que la chaqueta se le abriera por la posición de los brazos, lo que provocó que se viera más la parte delantera de la camisa y lo bien que le quedaba a su cuerpo.

Me obligué a apartar la vista para centrarme en la clienta que estaba atendiendo. Era complicado, ¿eh? Me refiero a dejar de prestarle atención a ese hombre.

Cuando venía, llenaba todo el espacio que quedaba libre en la floristería, solo con su presencia. Deberían prohibirle salir a la calle, al menos ponerle restricciones para evitar desmayos por donde pasara.

Ese pensamiento tonto, de los que tenía muchos y me divertía con ellos, me hizo apretar los labios para contener la risa.

—Voy a ello, entonces. Espero que te guste el resultado —le dije a la clienta.

—No tengo dudas de que será que sí —me sonrió.

—A unos metros, al otro lado de la calle, hay una cafetería —le comenté—. Lo digo por si prefieres hacer tiempo allí y no esperar aquí de pie, mientras te preparo el ramo.

—Muchas gracias. Pues sí, voy a aprovechar para tomarme algo rápido.

—No tengas prisa. Si me das tu número de teléfono, te aviso cuando termine si no has vuelto. Puedes tardar lo que quieras.

—Estupendo. Te lo agradezco.

—De nada.

Nos sonreímos.

Saqué el móvil para grabar el número que me dio, antes de que saliera de la tienda. Yo me acerqué al otro cliente.

—Hola —lo saludé.

—Hola —me devolvió el saludo.

—¿Qué será hoy?

Cada vez que venía, tenía muy claro qué flores quería llevarse en el ramo que le preparara.

—Puedo esperar. Termina primero con lo de la clienta que se ha ido.

—Puedo hacerlos al mismo tiempo.

—No pasa nada. No tienes necesidad de correr, hoy no tengo prisa.

—Ah… Vale —le sonreí—. Pues enseguida estoy contigo.

Asintió y le di la espalda.

Comencé a coger las flores para el ramo que se me vino a la mente cuando la clienta me contó lo que le gustaría regalar.

Yo lo tuve claro desde que la escuché, pero es que era a lo que me dedicaba y también mi pequeña pasión, por lo que era normal que a los demás les costara visualizar ciertas cosas, ya que no estaban habituados a ello.

Fui dejando todas las flores y la decoración sobre el pequeño mostrador que había hacia la derecha de la tienda. Este formaba parte de mi zona de trabajo exterior. Detrás de él tenía todo lo necesario para tratar con las flores y las plantas, así como para preparar todo lo que creaba.

Cuando tuve todo lo que iba a necesitar, rodeé el mostrador. Me senté en la silla de trabajo, poniéndome los guantes, y comencé a montar el ramo.

Desde donde estaba veía toda la tienda, por lo que al hombre que esperaba a que terminara, también.

Hice todo lo posible para no mirarlo directamente, pero mis ojos traicioneros se me iban hacia él sin darme cuenta.

Cuando esto sucedía, le sonreía como si no tuviera importancia y después bajaba la mirada para seguir con el ramo.

Al cabo de un tiempo, no sé cuánto porque no lo miré, sonreí de oreja a oreja. Pero esta vez fue mirando el ramo, por lo bonito que me había quedado. Recoloqué en varias partes las flores nube, como a mí me gustaba llamarlas, y comencé a envolver el ramo con papel transparente decorativo.

Las flores nube eran las florecitas blancas que decoraban los ramos. Estas aportaban delicadeza, una belleza natural y ligera con toques románticos.

Al terminar, dejé el ramo en un cubo con agua, listo para que se lo llevara la clienta.

Me quité los guantes y me alejé de la zona de trabajo, sacando el móvil del bolsillo central del pequeño delantal que llevaba atado a la cintura.

—Un momento. Voy a avisar a la clienta —le dije al hombre, al pararme frente a él.

—Tranquila.

Entré en la aplicación de mensajes y le escribí uno.

Eimy: Soy la chica de la floristería. Ya tienes el ramo preparado, para cuando quieras pasar.

Salí de la aplicación, bloqueé el teléfono y lo metí de nuevo en el bolsillo del delantal.

—Ya estoy por ti —le dije al hombre.

Entonces me di cuenta de que estaba observándome con la cabeza un poco ladeada.

—¿Ocurre algo? —le pregunté.

—No.

—Vale. Entonces, ¿qué será hoy? —repetí la pregunta que le hice con anterioridad.

Señalé con la mano los recipientes en los que lucían preciosas las rosas, las peonías, los lirios, los tulipanes, las calas, las hortensias, las margaritas, los claveles, las orquídeas, y algunas variedades más.

Normalmente dejaba solo un puñado de cada variedad, para que las vieran los clientes y para utilizarlas las primeras para los ramos. Las demás estaban en la cámara de refrigeración.

—Lirios rosas —me contestó.

—Estupendo. —Asentí.

A él no le propuse que saliera si le apetecía, ya que, la primera vez que vino a por un ramo se lo dije y su respuesta fue que no se iba, que esperaba en la floristería.

Desde entonces siempre era de la misma manera: yo trabajaba en lo que me pedía y él se quedaba a un lado, entreteniéndose con el móvil en los momentos que no me observaba trabajar.

Cogí unos cuantos lirios rosas del recipiente, pero no los cogí todos porque igualmente no iba a tener suficiente para el tamaño del ramo que este cliente siempre se llevaba.

Dejé los lirios sobre el mostrador de trabajo y fui hacia la parte trasera, donde estaba la cámara de refrigeración. De ella cogí todos los lirios que creí que necesitaría y unos cuantos más para reponer los que había cogido del recipiente.

Salí dejando bien cerrada la cámara y regresé a la parte delantera de la tienda. El hombre continuaba en el mismo sitio.

Coloqué todos los lirios en la mesa de trabajo, me puse los guantes y me senté en la silla, para comenzar a montar el ramo.

Trabajé concentrada, o al menos puse todo mi empeño en conseguirlo porque, como era habitual, cada vez que este hombre me miraba, yo me alteraba. A veces incluso se me resbalaban las cosas de las manos.

Eso estaba haciendo en este momento él. Notaba el peso de su mirada, aunque mi vista estuviera en las flores. Era imposible no sentirlo.

Cuando tenía medio ramo montado, llegó la otra clienta a por su ramo.

Me levanté quitándome un guante y cogí el ramo del cubo de agua. Sequé bien el exceso de agua de los tallos y los protegí para que se mantuvieran frescos y que no mancharan a la chica.

—Aquí tienes —le dije, dándoselo—. ¿Qué te parece?

—¡Me encanta! —exclamó con una gran sonrisa—. Es precioso.

Me miró.

—Me alegro de que te guste —le sonreí.

—Claro. Es una pasada. Es que tiene algo…

—Difícil de explicar.

Ambas nos sorprendimos, por la intervención del hombre.

Por unos instantes, por su silencio prolongado, se me había olvidado que estaba cerca.

—Exacto —estuvo de acuerdo la chica.

Ella se sonrojó y soltó una risilla, observándolo con atención. Pero no fue descarada, solo mostró interés.

Debía ser algo normal para este hombre poner a las personas nerviosas cuando lo miraban, porque él no modificó su expresión por la reacción de ella. Lo vio como algo normal.

—¿Te cobro?

Me vi en la necesidad de preguntarle, porque la chica se quedó embobada mirando al hombre.

Y también, porque yo quería terminar de una vez el ramo que le estaba haciendo a él. Sería lo último que haría de trabajo por el momento.

En cuanto me quedara sola, cerraría e iría al despacho a comer la comida que me preparé la noche anterior.

—Sí, perdona —me dijo la chica.

Se sonrojó más y le sonreí, para tranquilizarla.

Fui hacia la caja para anotar la venta del ramo y después le ofrecí el datáfono, cuando sacó para pagar la tarjeta del banco.

—Gracias.

—Gracias a ti. Dentro de un mes celebramos el aniversario de la empresa y, como me tocará a mí organizar la fiesta, junto con otros compañeros, les propondré venir aquí a por la decoración. Y también a por algunos ramos que se darán de regalo.

—Muchísimas gracias —hablé ilusionada.

—No hay de qué. Nos veremos pronto.

—Aquí estaré.

Nos sonreímos.

La acompañé hasta la puerta y, cuando se fue feliz con su ramo, cerré con llave y giré el cartelito para que desde la calle se viera que estaba cerrado.

Me quedé con el hombre dentro, pero él también se iría rápido.

Me dirigí de nuevo a la zona de trabajo y esta vez sí, me concentré bien en el ramo y en dejarlo lo más bonito y llamativo posible.

Hice una gran obra de arte, al menos bajo mi punto de vista.

El cliente no mostró ninguna emoción nueva. Solo asintió cuando dejé el ramo a su lado, después de observarlo con detenimiento.

Era su manera normal de actuar. Nunca me decía nada al entregarle los ramos, pero siempre volvía. Ahí tenía su respuesta y yo estaba encantada, ya que él venía varios días a la semana, cada semana.

Desde la primera vez no había fallado ni una.