Capítulo 4
Me pinté los labios y di por terminada mi preparación para la salida con mis amigas.
Bueno, me quedaba lo más importante: vestirme y calzarme.
Iba en ropa interior después de la ducha, por lo que fui a la cama, donde tenía la ropa que iba a ponerme.
Para esta noche había elegido una falda plisada muy mona con un top palabra de honor que quedaba perfecto con la falda. Me vestí y me puse las sandalias de cuña. Estas eran comodísimas y una opción ideal siempre porque, además, arreglaban.
Al terminar, volví al baño para echarme el perfume y para cepillarme el pelo por última vez, ya que me lo había dejado suelto.
Fui a por el bolso, el que revisé para asegurarme de que llevaba dentro todo lo que iba a necesitar. Metí el móvil y me lo colgué al hombro.
Miré la hora en el reloj de pulsera y aceleré los pasos por el interior del piso. Salí dejando bien cerrado y fui al ascensor. Faltaba un minuto para que me avisaran de que el taxi había llegado, por lo que iba muy bien de tiempo.
Recibí el aviso cuando las puertas del ascensor se abrieron delante de mí. Me dirigí a la calle, donde vi rápido el taxi. Estaba parado en doble fila y me apresuré para llegar hasta él.
—Buenas noches —le dije al hombre, al entrar.
—Buenas noches.
Me sonrió y le devolví el gesto. Le di la dirección a la que debía llevarme y, cuando se puso en marcha, saqué el móvil para avisar a mis amigas de que iba en camino.
Habíamos quedado en el que era nuestro punto de encuentro: el bar en el que trabajaba Bruno, nuestro amigo y camarero de confianza entre todos los que conocíamos. Eso le decíamos siempre, en broma, pero con mucha verdad también.
A Bruno lo conocimos por primera vez en el bar. Ahí lo conocimos años atrás. Fue una tarde en la que mis amigas y yo paramos por casualidad, ya que, a pesar de que teníamos muy visto el bar, con anterioridad nunca nos dio por elegirlo entre las demás opciones. No por nada, simplemente no surgió.
Ese día que nos decidimos, tuvimos la suerte de que nos atendió Bruno. Suerte, sí, porque desde ese momento y con el paso del tiempo, fuimos repitiendo y poco a poco cogimos una confianza que nos llevó a crear una buena amistad.
El bar se encontraba en la parte más céntrica de la ciudad, en una de las plazas más famosas. Esta daba comienzo a las calles peatonales más concurridas y animadas.
El restaurante en el que Taylor había reservado se encontraba cerca de allí, por lo que no tendríamos que movernos mucho cuando llegara la hora. En esa parte se concentraban muchos comercios, restaurantes variados, bares, una coctelería y varios pubs .
—Ya hemos llegado —me dijo el taxista.
—Sí —le sonreí.
Saqué el monedero y la tarjeta de él para pagarle.
—Que disfrute de la noche —me deseó.
—Gracias. Lo mismo digo, en la medida de lo posible.
Después de su agradecimiento y de guardarlo todo en el bolso, me bajé del taxi con una despedida rápida al taxista.
Caminé por las calles y pronto accedí a la zona peatonal, por la que seguí caminando con calma.
—¡Y aquí está mi florista favorita! —exclamó Bruno cuando me vio.
Solté una carcajada, mientras me acercaba a él.
—Lo digo muy en serio —se dirigió a todos los que había en la terraza—. Si queréis o necesitáis algo relacionado con flores y plantas, ella es la persona indicada. —Me señaló.
A continuación, dijo en voz alta la dirección exacta donde estaba la floristería e incluso se ganó varios aplausos de los clientes. Él o yo, no lo tuve muy claro, pero no iba a averiguarlo.
—No tienes remedio —le dije a Bruno.
Nos dimos un abrazo.
—Tú déjame a mí, que en un par de meses tu floristería va a ser la más famosa de la ciudad —me dijo con un guiño.
—Me emocionas.
Me llevé una mano al pecho.
—El día que se haga realidad me cobraré todas las bromitas al respecto. —Sonrió de medio lado—. Para tu información, ya no me quedan tarjetas para dárselas a los clientes.
—¿Ya no tienes? —le pregunté sorprendida.
—Joder, si es que no me haces caso —rio—. Te acabo de decir lo que sucederá dentro de poco.
Elevó las cejas, varias veces de forma graciosa.
—Pues he traído unas pocas por traer. No se me ha ocurrido coger más de la tienda porque pensaba que no necesitarías más por ahora.
—No te preocupes. La semana que viene me paso para hacerte una visita y así te secuestro para tomarnos un café. Ya me darás todas las que quieras.
—Voy a tener que hacer más. Eres un pozo sin fondo.
Reímos.
—Todo por mi chica preferida.
—Como te oigan Cata y Taylor… Sobre todo, la última —dije con diversión.
—Entre tú y yo, sabes que os tengo ganadas a las tres.
—Y te aprovechas de eso.
Negué con la cabeza, sonriendo.
—¿Yo? Pero si no hago nada.
Solté una carcajada y, mientras me reía, le di varios golpecitos en la espalda. Bruno me miró con una gran sonrisa.
—Las chicas no han llegado —me avisó—. Así que te toca elegir mesa.
—Vale —le sonreí.
Me decidí por una que quedaba un poco apartada, de las últimas, porque a un lado de ella no había más mesas. Estaba en la fila que cerraba la terraza por este lado.
—¿Una cerveza? —me preguntó.
—Sí.
—Marchando.
Me hizo un guiño y me dejó sola.
Observé la calle peatonal. Había mucho movimiento y gente llenando las terrazas.
No vi por ningún lado a mis amigas, por lo que saqué el móvil para comprobar si habían escrito en el grupo, después de enviarles yo el mensaje de que venía para el bar.
Así fue, Cata y Taylor habían enviado mensajes diciendo que estaban en camino. De eso hacía unos minutos, por lo que tardarían poco más en aparecer.
—Aquí tienes —me dijo Bruno.
Me dejó el botellín de cerveza delante.
—Gracias —le sonreí—. Tengo una novedad muy importante que contarte.
—¿Qué dices? ¿Buena?
—Sí. Es sobre la floristería.
—¿Y?
—¿Te acuerdas de que te conté que había una mínima posibilidad de que me eligieran para el trabajo floral de una boda y que era muy importante? Al menos para mí lo es.
—Joder, sí. —Agrandó los ojos—. ¡Te han elegido!
—Sí —reí.
—Me alegro muchísimo, Eimy —me dijo con ilusión.
Acepté el abrazo que me dio y se lo devolví con las mismas ganas.
—Gracias. Estoy muy emocionada, todavía no me lo acabo de creer —reí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el respaldo de la silla vacía que estaba a mi lado.
—Desde ayer viernes. Recibí la llamada a la hora de comer, cuando estaba en la casa de mis padres.
—Qué bueno, Eimy.
—Mucho. Para mí es una ayuda inmensa para el negocio.
Supone una gran inyección de dinero, aparte de lo que voy a disfrutar con el trabajo —sonreí—.
Cada vez que pienso que estaré en la mansión de los padres de la novia…
Iré con la organizadora de la boda, para tomar nota de todo y organizarme. Ella se llama Greta.
—Menuda aventura —silbó y reí.
—Espero que me salga bien.
—¿Estás de broma? Pues claro que te saldrá bien. Vamos, es que sería lo último en lo que dudara.
—Gracias.
Sonreí de oreja a oreja.
—Es la verdad. —Se encogió de hombros—. Te he visto trabajar y las obras de arte que creas. Los clientes quedarán encantados y les darás una boda y celebración mágicas, en lo que a tu parte corresponde.
—Para ya, que no quiero llorar —le pedí riendo—. Estoy muy sensible desde ayer.
—¿Esto qué es? Tardo unos minutos y los aprovechas para ligar con mi amiga.
Al escuchar a Taylor, Bruno y yo soltamos una carcajada y nos giramos hacia ella.
Nuestra amiga estaba parada a un paso de la mesa, sonriendo. No habíamos notado su presencia.
Taylor se acercó y saludó primero a Bruno, ya que él estaba de pie. Se dieron un abrazo y, cuando fue mi turno, me levanté para abrazarla también.
—Imagino que ya sabes la gran noticia —le dijo Taylor a Bruno.
—Recién salida del horno —le confirmó él.
—Pues vamos a celebrarlo. Tráeme otra cerveza y a ver si puedes escaquearte un poco para estar con nosotras.
—Un sábado por la noche no lo creo, pero haré lo que pueda.
—Hola, chicos —nos saludó Cata.
Los tres la miramos y tocó otra ronda de abrazos y saludos.
La noche comenzó bien. Genial. Con mis amigos y en un ambiente festivo. Tenía mucho que celebrar porque, cuando la vida sonreía, había que aprovecharlo al máximo.
Eso pensaba hacer con mis amigas este fin de semana. Con Bruno, lo que él pudiera, aunque antes de marcharnos, en algún momento antes de ir para el restaurante, le diría de quedar para desayunar por la mañana.
Me apetecía que él estuviera tranquilo para hablarle con calma del tema y, ya de paso, que Bruno me contara cómo le había ido la semana.