Capítulo 3
—Me encanta. ¡Qué grande! —exclamó emocionada la clienta, en cuanto le enseñé el ramo que acababa de sacar de la cámara de refrigeración.
—Me alegro —le sonreí.
—¡Qué bonito es!
—Gracias.
—Gracias a ti, por todo.
El ramo ya estaba pagado, por lo que se lo llevó en cuanto le añadí un poco de protección en los tallos.
La clienta me lo agradeció, pero lo que más me gustó fue que no perdió la sonrisa en ningún momento. Me la contagió y me quedé sola sonriendo, una vez se fue de la floristería.
Era lo último de la tarde que iba a hacer. Había estado esperando para que la chica llegara, ya que le surgió un problemilla que la obligó a retrasarse para venir. De ahí que me diera las gracias también por esperarla.
No iba a dejarla sin su ramo, y menos cuando iba a regalárselo a sus padres esta noche, en la cena de celebración de sus bodas de plata. Hoy sus padres cumplían veinticinco años de casados y esperaba que les emocionara el ramo tanto como a la hija.
Cerré con llave la puerta, giré el cartelito para que se viera desde fuera que estaba cerrado, y me dirigí hacia el despacho. Ya lo tenía todo recogido, solo me faltaba irme para dar el día de trabajo por finalizado.
Eran las siete de la tarde, hora en la que cualquier otro día todavía estaría terminando algún trabajo. Hoy no, porque desde que recibí la llamada de Greta al mediodía para informarme de que me contrataba para la boda que ella estaba organizando, no había podido tranquilizarme del todo.
Me había costado mucho concentrarme en el trabajo. Ni comer con mis padres en un ambiente alegre, ni todo el trabajo que tenía pendiente con fechas de entrega habían podido hacerme poner los pies en la tierra.
Pero es que no quería porque para mí era algo muy importante. Me sentía como si hubiera ejecutado un salto triple mortal a la perfección, sin tener ni puñetera idea de cómo se hacía. Estaba tan emocionada por lo que suponía para la floristería y para mí ese trabajo…
Cogí del armario el bolso, metí el móvil dentro, y no esperé más para irme hasta la mañana siguiente. Sería sábado, por lo que solo trabajaría hasta la una y media de la tarde. Entonces comenzaría para mí el fin de semana, después de varios días metida en la floristería.
Me aseguré de que la cámara de refrigeración se quedara bien cerrada y apagué todas las luces. Al pasar por el mostrador donde atendía a los clientes y donde tenía la caja con el dinero, coloqué bien la silla.
Cada tarde dejaba la caja casi vacía. El único dinero que dejaba era para poder dar cambio a los primeros clientes del día, pero era muy poco porque hasta el momento la mayoría pagaban con tarjeta.
El resto del dinero ganado me lo llevaba conmigo. Era un poco arriesgado llevármelo a casa, aunque tampoco era una cantidad excesiva. Igualmente, quería protegerla porque, fuera el dinero que fuera, ahí iban mi esfuerzo y mi tranquilidad para los pagos.
De la misma manera que era arriesgado llevármelo, lo era que se quedara en la tienda.
Cerré con llave la puerta principal y después bajé la persiana. Una vez aseguré el candado y me incorporé, me giré hacia donde tenía la moto estacionada.
No llegué a dar ni un paso. Solté un grito, sobresaltada, cuando me encontré de frente y casi encima de mí a mis dos amigas: Taylor y Cata.
—¿Qué narices…? —hablé con un jadeo.
Mis queridísimas amigas soltaron una carcajada y poco les faltó para doblarse de la risa delante de mí.
Arqueé las cejas y me crucé de brazos.
—Ay, Eimy —me dijo entre risas Cata—. Si te hubieras visto la cara y tu reacción…
—Hubiera sido muchísimo mejor verte a ti en mi lugar —sonreí de medio lado.
—Joder, eso habría sido apoteósico —rio con más ganas Taylor—. Ya estaría enganchada a la persiana.
Su comentario nos hizo reír a las tres porque no iba muy desencaminada.
—¿Qué hacéis aquí? —le pregunté, sonriendo.
—No sé… ¿A ti qué te parece? —habló con diversión Taylor.
—Llevamos un ratito haciendo tiempo para darte la sorpresa —comentó Cata.
—He tenido que esperar a una clienta.
—Hemos visto a una chica llegar casi corriendo, así que hemos pensado que tenía que ver con tu retraso.
—Sí, porque cuando hemos hablado nos has dicho que hoy no te quedarías más tarde de la hora de cierre.
Siempre que sucedía eso, la floristería sí que cerraba de cara al público en su horario diario, el que ponía en una placa cerca de la entrada. Aunque yo estuviera dentro alargando el trabajo.
—Por cierto, el ramo era impresionante —añadió Cata y Taylor asintió.
—Así que aquí estamos, como las buenísimas amigas que somos, para celebrar contigo la gran oportunidad que te han dado —dijo Taylor.
Solté un grito y me lancé a ellas. Comenzamos a dar saltos juntas, sin soltarnos, y a reír en medio de la acera.
A Cata y a Taylor les hice una videollamada en cuanto llegué a la floristería de la casa de mis padres. Sabía que estaban en sus ratos de descanso para comer, por lo que no pude contenerme para explicarles lo que me había sucedido.
—Sois las mejores —les dije emocionada—. Gracias por estar aquí.
—Lo sabemos —lo confirmó con diversión Taylor.
Nos sonreímos.
—Son las siete y diez —comentó Cata—. ¿Vamos a tomarnos algo al bar al que vamos cuando venimos a verte?
—Claro —acepté encantada.
Me puse en medio de ellas y me agarré de sus brazos. Me olvidé de la moto y comenzamos a caminar por la acera.
—¿Os ha costado mucho aparcar a esta hora? —les pregunté.
—Hemos venido en mi coche —me contestó Cata—. Y sí, me ha costado.
—Mira con qué tranquilidad lo dice —rio Taylor—. Tendrías que haberla visto después de no sé cuántas vueltas, por no sé cuántas calles, porque he perdido la cuenta de todo el tiempo que hemos tardado en encontrar un estacionamiento para que dejara el coche.
—Vale, sí, ha sido desesperante y me he vuelto un poco loca —admitió Cata, con un bufido.
Reímos las tres.
—Qué lástima habérmelo perdido —dije con diversión.
—¡No seas mala! —exclamó Cata.
Taylor comenzó a picarla y Cata a defenderse, contraatacando. De esa manera llegamos a la terraza del bar.
Se tranquilizaron cuando ocupamos una mesa.
—Hola —nos saludó una camarera.
—Hola —le devolvimos mis amigas y yo.
—¿Qué queréis tomar?
Pedimos tres refrescos. El café para mí estaba descartado tan tarde y la cerveza también, ya que debía conducir la moto. No es que fuera a subirme, pero era por precaución.
—¿Estás más tranquila? —me preguntó Cata.
—No —reí—. Cada vez que paro de hacer algo y me viene a la cabeza… —suspiré.
—Estamos muy contentas por ti, cariño —me dijo Taylor.
—Lo sé. —Las miré con cariño—. Aún no me lo creo.
—Pues ya va siendo hora porque, por lo que te ha dicho la organizadora de la boda…
—Greta —le recordé.
—Eso mismo. Por lo que te ha dicho Greta, volverá a llamarte a principios de semana.
—Madre mía, ¡qué voy a estar en la mansión de uno de los hombres más ricos a nivel internacional! —exclamé bajando la voz.
—Es que es muy fuerte. —Se tapó la boca Cata.
—Tiene que ser una pasada. —Bufó Taylor—. Hazle fotos a todo lo que veas.
—¿Qué dices? —reí—. No voy a hacer eso. Nunca —les dejé claro.
—Eso digo yo —habló sorprendida Cata—. Si la pillan, a la mierda la grandísima oportunidad que le han dado. No tengo ni idea de cuántas opciones y presupuestos de floristerías le enseñó Greta a la novia, pero imagino que muchos. Con el nivel de dinero que tienen ella y sus padres…
—Joder, qué malas sois pillando las bromas… —Se quejó Taylor.
—Ya… broma —carraspeé—. Si cuela, cuela.
—Efectivamente, amiga. Pero como no ha colado…
Me hizo un guiño y soltamos una carcajada.
La camarera llegó con nuestras latas de refrescos y los vasos con hielo, y Taylor se adelantó a pagarle.
—Mañana por la noche lo celebraremos mucho mejor. Es sábado y toca cenar fuera y tomar unas copas —dijo.
—Sí —sonreí.
—Qué ganas —suspiró Cata.
Taylor y yo la miramos con curiosidad.
—Esta semana me ha ido cansando mucho. Cada día era algo nuevo. —Hizo una mueca.
—¿Y eso? —Fruncí ligeramente el ceño—. Hablamos cada día, aunque sea unos minutos por mensaje, y hasta ahora no nos has dicho nada.
—Porque quería que llegara hoy, cuando tengo dos días de descanso —suspiró.
—¿Problemas en el paraíso? —le preguntó Taylor, seria.
—Ojalá fuera un paraíso —rio sin ganas Cata—. En esa empresa solo hay víboras.
Puso los ojos en blanco.
—Deja que se envenenen solas. Tú a lo tuyo, que te quedan los días contados —intenté animarla.
—Joder, sí. Tengo unas ganas de mandarlos a todos a la mierda —dijo entre risas Cata.
Taylor y yo estuvimos de acuerdo y nos unimos a sus risas.
A Cata la habían cogido para trabajar en una empresa muy importante. En la que estaba no podía ni intentar competir con un titán tan grande como al que iba.
Su contratación ya estaba cerrada y firmada, pero hasta dentro de unas semanas no comenzaba a trabajar. Aún quedaba para que ese día llegara, el que sería el primero de muchos años.
Estaba convencida de ello porque Cata era una profesional increíble en su materia.
Había un buen motivo por el que todavía no había dejado su actual empresa, a pesar de que tenía los días contados allí. Cata quería joderlos lo máximo posible y para eso nada mejor que decirles de un día para el otro que ya no volvería.
Mi amiga ocupaba un puesto de responsabilidad y llevaba muchas cosas adelante. Cosas de las que nadie más tenía el control. Tampoco sabrían por dónde empezar.