Capítulo 2
Coloqué el ramo recién acabado en el recipiente con agua fría y me quedé mirándolo, mientras me incorporaba sonriendo.
Era el de la clienta que me había llamado mientras conducía la moto para entregarle a Aroa su ramo en la cafetería.
Otra obra terminada y de la que acababa enamorada. Esperaba que a la clienta le sucediera lo mismo.
Siempre había sentido pasión por las flores, por las plantas en general. Desde bien pequeña fue algo que me llamó mucho la atención, sobre todo, las flores coloridas.
Mi madre tenía un jardín en el que las cultivaba y las mimaba, y yo crecí rodeada de ellas. Había pasado muchas horas ayudando a mi madre a tratarlas, a cuidarlas y plantando nuevas cada pocas semanas.
Hacerlo y pasar tiempo con mi madre de esa manera era algo que me daba muchísima paz.
Pero, a pesar de mi debilidad por todo tipo de plantas, nunca imaginé que acabaría montando una floristería y haciéndolas aún más importantes en mi vida.
Mi madre era mi fiel clienta. La primera venta que hice en la floristería fue a ella. Compró algunas variedades de semillas para plantar y un par de plantas para trasplantarlas en el terreno de su jardín.
En mi floristería no solo ofrecía arreglos florales decorativos, plantas en macetas y flores cortadas que vendía sueltas o en ramos. En absoluto. Yo quise ir un poquito más allá al montar la floristería, por lo que tenía una pequeña sección dedicada a la jardinería.
En esta había una buena variedad de semillas y todo lo necesario para llevar a cabo un buen trabajo.
Me quité los guantes mientras salía de la cámara de refrigeración, donde conservaba las flores para mantenerles la humedad. De esta manera, cuando los clientes se llevaban sus ramos o les hacía la entrega yo, siempre se mantenían como si estuvieran recién hechos.
Apagué la luz del pasillo y fui un momento al baño, donde me lavé las manos.
Al salir, fui a mi despacho para coger el bolso.
El despacho era mi zona personal donde trabajaba con el papeleo cuando era necesario y donde me liaba a organizar mi agenda.
Esta la ponía al día al final de cada tarde, ya que durante el día iba anotando en un papel todos los encargos, las fechas importantes, los números de teléfono y las cosas que debía hacer por prioridades.
El despacho hacía de un dos por uno. Era un espacio grande en el que, aparte de la mesa de escritorio, la silla y las estanterías, hacia el lado opuesto, tenía un sofá de tres plazas, ancho y cómodo, con una mesa pequeña enfrente.
Ahí comía los mediodías que me quedaba en la floristería. Intentaba que no fueran muchos, pero en ocasiones no me quedaba más remedio porque, por mucho que alargara los días, no llegaba a los plazos.
Por lo que estaba muy feliz y no me quejaba.
Quitando esos ratos para comer y los finales de la tarde en el despacho, el resto del tiempo lo pasaba en mi zona especial trabajando con las flores o cuidando las que vivían en sus maceteros.
Aparte de atender a los clientes que entraban en la floristería o los de la web, como a los que llamaban por teléfono.
También salía con la moto para hacer las entregas de los pedidos.
Por el momento me las arreglaba bien yo sola y así continuaría, aunque a veces notara que iba a volverme loca.
Debo decir que de vez en cuando tenía la ayuda de mi madre. A ella le encantaba poder colaborar y estar rodeada de plantas y flores diferentes a las suyas. Lógicamente, también lo hacía para estar conmigo y a mí me encantaba que me acompañara y pasar tiempo juntas.
Abrí el armario del despacho, saqué el bolso y me lo colgué cruzado al pecho. Cogí el casco de la moto, me aseguré de que llevaba el móvil en un bolsillo del pantalón y salí del despacho para ir hacia la puerta de entrada de la floristería.
Este mediodía iba a comer en la casa de mis padres, de manera que cerré la tienda y caminé los pocos metros en línea recta que me separaban de la moto.
Tenía la suerte de que había un estacionamiento para motos justo enfrente de la floristería. Siempre había tenido facilidad para aparcar.
Me puse el casco, me monté y arranqué.
Mis padres no vivían lejos de la floristería, a unos seis minutos yendo en la moto. Caminando era un paseíto que se hacía muy bien y era entretenido porque había muchos comercios en el recorrido.
Cuando llegué, tampoco tuve problema para estacionar. Dejé la moto en el camino que llevaba al garaje de la casa de mis padres.
—Cariño —me recibió mi madre.
—Hola, mamá.
Nos abrazamos y nos dimos besos.
—¿Cómo está yendo el día? —me preguntó.
Entré en la casa y ella cerró la puerta.
—¿Y papá?
Me extrañó no verlo.
—Va a retrasarse unos minutos. Me ha dicho que debía dejar una cosa solucionada en el trabajo.
—Vale —sonreí—. Mejor así, que ir por la tarde —le dije con un guiño.
—Eso le costaría la vida porque ya no está acostumbrado.
Reímos.
—La mañana me ha ido muy bien —le respondí a su pregunta de cómo me estaba yendo hoy.
—Me alegro, cariño.
Me quité el bolso para dejarlo colgado en una silla y seguí a mi madre a la cocina.
—Qué bien huele.
—Nos vamos a chupar los dedos con la salsa de las albóndigas.
Sonreí.
—¿Te ayudo a algo?
Me puse a su lado.
—No. Solo falta aliñar la ensalada y los pocos minutos que quedan para apagar el fuego. Voy a llamar a tu padre porque, si va a tardar mucho, comemos nosotras.
—Si viene en media hora, puedo esperar.
—Vale.
Se fue de la cocina para buscar el móvil y yo fui a la nevera, para sacar un refresco. Con una lata en la mano, fui a por un vaso. Lo llené con el refresco, tiré la lata vacía y me acerqué a la isla dando el primer sorbo.
—Vale, cariño. Te esperamos. Pero no corras —dijo mi madre, antes de colgar la llamada—. En unos minutos sale de la empresa.
—Estupendo. ¿Quieres uno?
Señalé el vaso y negó.
—Me alegro de verte tan bien, hija.
—Gracias, mamá. Hoy me ha puesto muy contenta una entrega que he hecho y desde entonces me continúa la energía.
—Eso es buenísimo. ¿Cómo van los encargos?
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Van entrando más clientes a la tienda?
—Mamá, estoy muy contenta de cómo va la floristería.
—Entonces los números van saliendo —suspiró.
—Sí. Tranquila, que los tengo en positivo —le aseguré, con un guiño.
—Ay, hija, cómo me alegro.
—Y yo.
Reímos.
Me encargué de aliñar la ensalada mientras mi madre se apañaba con las albóndigas en salsa que tenía al fuego. Este lo apagó rápido y retiró la olla, hasta que mi padre llegara.
Nos fuimos al salón para sentarnos en el sofá.
—Esta tarde me pasaré por la floristería —me dijo.
—Perfecto.
—¿Mañana has quedado con las niñas?
Las niñas para mi madre eran Taylor y Cata, mis amigas. Yo también, pero cuando me mencionaba hablando con mi padre.
—No hemos hablado de qué vamos a hacer, pero cuento con que quedaremos por la tarde o para salir por la noche. No sé.
Al día siguiente era sábado, por lo que, una vez que cerrara la floristería a la una y media de la tarde, el resto del día lo tenía libre.
—Este domingo descansa, cariño.
—No tengo planeado ir a la tienda.
Era lo que llevaba haciendo dos domingos seguidos, pero este tocaba descanso porque así lo había decidido yo.
—Qué bien —sonrió.
La melodía de mi móvil nos interrumpió cuando comenzó a sonar y me levanté para sacarlo del pantalón.
—Diga —respondí.
Me había acostumbrado a descolgar sin conocer el número que aparecía en la pantalla, por todas las llamadas que recibía por la floristería.
—¿Estoy hablando con la dueña de la floristería Girasol, Eimy?
Desde arriba, porque me quedé de pie y mi madre sentada, la miré nerviosa al reconocer la voz que me habló. Mi madre me observó extrañada y preocupada, sin saber todavía el motivo de mi reacción.
Comencé a caminar por el salón, de un lado a otro.
—Soy yo —le confirmé.
—Perfecto. Yo soy Greta, la encargada de la boda de Natalie y Eduardo. Soy la organizadora. ¿Te acuerdas de lo que hablamos en la primera llamada que te hice, para la decoración floral del evento?
—Sí. Por supuesto. Lo recuerdo todo.
—Pues ahora te llamo para decirte que estás contratada. Desde que la novia vio tus ideas, quiso que fueras tú la encargada de toda la decoración de la iglesia y de la mansión de sus padres. En esta última se hará la celebración, con cientos de invitados. ¿Aceptas?
—¿Qué si acepto?
Greta no podía verme, pero estaba dando saltos de alegría. No podía imaginarse lo que me estaba conteniendo para no gritar. Me obligué a calmarme un poco porque quería y debía mostrarme profesional.
Mi padre llegó en ese momento y me encontró dando saltitos. Miró a mi madre, que se había levantado del sofá, y ella le devolvió la mirada emocionada.
Mi madre ya había comenzado a intuir de qué iba la llamada y mis siguientes palabras se lo confirmaron.
—Para mí es un honor hacer ese trabajo. Estoy encantada y muy emocionada por la oportunidad.
Mi madre soltó un chillido y se tapó la boca. Mi padre sonrió de oreja a oreja, a su lado.
—Me alegro, Eimy. En unos días volveré a llamarte para comenzar con todo. Parece que hay tiempo, pero con tantas cosas por hacer se pasará demasiado rápido. Eso sin contar los inconvenientes que podemos encontrarnos.
—Sí, prefiero ponerme cuanto antes. Tengo que hacer los pedidos y organizarlo todo para que no me falle nada.
—Estupendo, entonces. Hablamos en unos días y nos veremos pronto, por fin. Tengo que enseñarte la mansión y los sitios de esta que serán los más importantes en la celebración. Así tomarás tus notas o lo que necesites.
—Vale. Muchas gracias.
—Gracias a ti. Dejaste a la novia emocionada.
Perdóname por lo que voy a decir, pero yo no entiendo nada de flores.
Las veo y digo que son bonitas, pero hasta ahí llego —rio—.
En cambio, la novia, Natalie, empezó a decirme yo qué sé del amor, del cariño y de la energía que transmitían, y más cosas con las que me perdí.
Solté una carcajada, feliz de la vida y con ganas de llorar. Greta rio conmigo.
Nos despedimos hasta dentro de unos días y cuando colgué, entonces sí que grité, reí y lloré, volviendo a saltar frente a mis padres.
—¡Me han cogido para el trabajo de la boda! —les dije—. ¡A mí! Diosss… ¡Lo he conseguido! No sé cómo, pero lo he conseguido.
Reí entre lágrimas, lanzándome a los brazos de mis padres. Me recibieron entre felicitaciones y alegría, igual de emocionados.