La chica de las flores Capítulo 1
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La chica de las flores

La chica de las flores

Por Carlota Manzano

© inepub.com

Capítulo 1

Eimy

La vibración del móvil en la riñonera me hizo aminorar la velocidad.

Paré la moto en la mejor zona que encontré, aunque no me quedé muy bien posicionada. No iba a estar mucho tiempo, solo el necesario para atender rápido a quien continuaba haciendo vibrar mi móvil.

Levanté el casco lo suficiente para liberar la oreja y abrí la riñonera para coger el teléfono. Una vez descolgué, me llevé una pequeña desilusión al oír la voz al otro lado de la línea.

Una vez más, no iba a poder ser. Llevaba casi dos semanas completas que cada vez que me sonaba el móvil, pegaba un bote donde estuviera y corría para descolgar.

Estaba esperando una llamada de trabajo muy importante para mí. Una vez que la recibiera, sabría si había sido la afortunada para ser contratada para la decoración floral de una boda muy importante.

Yo era propietaria de una floristería. Ese era mi negocio y, si me daban el trabajo, supondría un ingreso muy, pero que muy jugoso. Necesitaba esa inyección de dinero, de ahí que estuviera tan nerviosa por saber la respuesta.

No sabía si la pareja que se casaba podía considerarse rica, pero tenían mucho dinero y seguramente vivían en una mansión que debía costar lo que yo no ganaría ni en cien vidas.

El padre de la novia sí que era un importante empresario dueño de una empresa internacional. Debido a ello, los padres de la novia estaban en la lista de las personas más ricas de todo el mundo.

La floristería era un negocio bebé, ya que iba a hacer seis meses que la abrí. El primer mes y medio fue un poco de locura todo; sin embargo, después comenzó a cambiar mi suerte y los clientes fueron descubriendo la floristería.

Había ido sumando clientes, despacito, pero a muy buen ritmo. El cuarto mes ya pude empezar a respirar más tranquila. No era fácil, pero podía con ello. Desde que me decidí a montar el negocio, supe que tendría que trabajar duro y que tendría muchos altibajos.

Estaba muy agradecida porque, aparte de vender en la tienda física de la floristería, también tenía la página web. Esta funcionaba a la perfección y era tan intuitiva que los clientes estaban encantados de poder hacer sus encargos con todo tipo de detalles, de manera fácil, cómoda y rápida.

A la tienda venían clientes, pero, aunque no eran pocos, se podía considerar que sí, en comparación con los que tenía a través de la web.

La primera vez que me sobró dinero a final de mes, después de haber cubierto todos los pagos, tanto de la floristería como de mi piso y los gastos fijos, me eché a llorar con mis mejores amigos, Taylor, Cata y Bruno. No fue mucho, pero igualmente lo celebramos a lo grande. Cata nos invitó a comer.

A lo grande para nosotras equivalía a salir a cenar y a tomar unas copas.

O si era con la luz del día, nos gustaba pasar horas en el centro de la ciudad, por las calles peatonales viendo y entrando en las tiendas, donde nos comprábamos algunas cositas antes de comer en uno de nuestros restaurantes favoritos.

En verano también estaba la opción de pasar la mañana en la playa y comer en el chiringuito.

—Hola —respondí a la llamada.

Sentada en la moto, giré la cabeza hacia atrás para comprobar que no estorbaba demasiado.

—Hola. ¿Floristería Girasol?

—Sí —confirmé.

—Llamo para saber si puedo pasar esta tarde a por el ramo que encargué hace unos días. Me dijiste que llamara por la mañana para asegurarme antes.

—¿Mariana?

—Sí. Soy yo, perdón.

—Tranquila —sonreí—. Puedes pasar esta tarde a la hora que quieras. Estoy a punto de terminarlo. Me quedan solo unos pequeños detalles. He tenido que salir a hacer una entrega. En cuanto vuelva a la floristería, me pondré con lo tuyo.

—Perfecto. Muchas gracias.

—Gracias a ti.

—Pues nos vemos esta tarde.

—Hasta luego.

Colgué la llamada, guardé el móvil en la riñonera y me coloqué bien el casco, para ponerme de nuevo en marcha con la moto.

Después de comprobar que podía salir, me incorporé a la circulación para llegar a la dirección en la que tenía que entregar el ramo que llevaba.

No tardé mucho en parar la moto de nuevo, pero esta vez me bajé dejándola estacionada. Guardé el casco mientras observaba la cafetería que tenía delante.

La afortunada que iba a recibir la sorpresa se llamaba Aroa y trabajaba en la cafetería. El ramo se lo enviaba su novio porque hoy hacían cuatro años que empezaron a salir.

Qué bonito era el amor cuando te querían de verdad. Recordaba perfectamente la cara de ilusión que tenía el chico cuando me dijo lo que quería. Sí, el amor existía. No era algo imaginario, tampoco inalcanzable.

Eso, si no tenías la mala suerte que tenía yo, porque todos los hombres que habían pasado por mi vida tendrían que haber venido con un letrero de advertencia bien grande. Como mínimo del tamaño que tenía el rótulo donde ponía el nombre de la cafetería.

Lo mío con los hombres era de escándalo, pero me consolaba saber que no era la única en el mundo. Mis mejores amigas iban conmigo de la mano, que para algo eran mejores amigas.

Hacer las entregas me subía el ánimo porque daba alegrías y estas eran contagiosas en la mayoría de los casos.

Abrí el cajón que tenía la moto en la parte trasera y saqué de él el ramo. Sonreí al verlo. No era por dármelas de nada, pero me había quedado precioso. Era una maravilla para la vista y el olfato. Olía increíble.

Le había puesto mucho amor al hacerlo, el mismo que me transmitió por su novia el chico que me lo encargó.

Me aseguré de que la tarjetita estaba en su sitio y caminé por la acera, yendo directa hacia la cafetería.

Al entrar, llamé la atención de las personas que había más cerca y, cuando me paré en la parte de fuera de la barra, tenía toda la atención de las trabajadoras de la cafetería.

De todas, porque las que atendían a los clientes se acercaron rápido.

—Hola —saludé.

Al otro lado de la barra había cuatro chicas que me miraban con curiosidad. Y también, con esperanza de ser la afortunada.

—¿Aroa? —pregunté.

—Soy yo —respondió ella, con una gran sonrisa.

Se la devolví, mientras sus tres compañeras soltaban un grito contenido y saltaban alrededor de Aroa.

A esto me refería con ser portadora de alegrías y felicidad. Me encantaba.

—Es para ti —le dije.

Extendí los brazos para darle el ramo y ella hizo lo mismo, para cogerlo emocionada.

—Es precioso, Aroa —le habló una compañera.

—Mucho. Muchas gracias. —Me miró.

—A ti. Disfrútalo. —Le hice un guiño—. Ya que estoy aquí, voy a aprovechar para pedirme un café con leche para llevar.

—Claro.

—Yo se lo preparo —dijo otra de las chicas.

Aroa asintió, mientras sacaba el sobrecito del ramo. Lo abrió y los ojos le brillaron de una manera diferente y especial al leer lo que su novio le había escrito en la tarjeta.

—¿Podemos saber lo que pone o es muy íntimo y marrano?

—¡Rita! —se quejó Aroa, pero riendo.

Apreté los labios, conteniendo la diversión.

Aroa se quedó en silencio durante unos largos segundos, tiempo en el que no dejó de mirar el ramo y la tarjeta.

Cuando sus compañeras pensaban que ya no les diría lo que ponía en el mensaje, Aroa comenzó a leerla en voz alta.

«Felicidades, cariño. Después de cuatro años en los que no lo hemos tenido nada fácil, sigo sintiéndome el hombre más feliz y afortunado del mundo teniéndote a mi lado. Por una vida eterna junto a ti, te amo».

—Oh, ¡qué bonito! —exclamó Rita.

—Dios, yo quiero un clon de Eloy —lloriqueó en broma otra compañera.

—No existe y el verdadero lo conocí yo primero —le dijo Aroa con gracia.

Riendo, sus tres compañeras la abrazaron. Cuando se calmaron, la que había dicho de prepararme el café se puso a ello. Las demás continuaron con lo que habían dejado a medias.

Aroa salió de la barra y se perdió por un pasillo.

—Aquí tienes —me dijo la chica.

Dejó delante de mí el vaso abierto con el café con leche.

—Gracias.

—Estás invitada. Me llamo María.

No llegué a abrir la riñonera. Me quedé a medio camino.

—Te lo agradezco, pero no…

—No es nada. Bébetelo a la salud del amor.

—Por el de tu amiga y el de las demás, si lo tenéis, porque como sea el mío…

Reímos.

—Yo me llamo Eimy.

—Encantada.

—Igualmente —le sonreí.

—Aquí la única con suerte es Aroa —me dijo con diversión.

—¡Oye! ¡Yo estoy conociendo a Rubén! —se quejó una de sus compañeras—. Yo soy Salma.

Nos sonreímos.

Rita, que era la que faltaba y de la primera que supe el nombre al decirlo Aroa, estaba atendiendo a los clientes en las mesas.

—Rubén tiene que pasar por muchas pruebas todavía. Cuando él saque sobresaliente en todo, ya hablaremos, amiga —le dijo María, riendo.

Hicieron varios comentarios más de lo mismo, mientras yo me preparaba a mi gusto el café con leche.

Le eché el azúcar, la removí y le puse la tapa al vaso.

Aroa volvió a la barra con una sonrisa radiante.

—Mírala —rio Salma.

—Qué mala es la envidia —comentó Aroa.

Reímos las cinco, ya que Rita llegó en ese momento.

Me presenté a ella y a Aroa, para que no fueran las excepciones, y después me despedí de las cuatro.

Me hizo ilusión que me pidieran los datos de la floristería y que me dijeran que tenía cuatro clientas nuevas. Les di una tarjeta a cada una, aunque podían saber todos los datos por Eloy.

Me fui con una sensación muy agradable y sin dejar de sonreír.

Me habían subido el ánimo y el café terminó por arreglarme la mañana.