39
Escucho sus pasos antes de verlo aparecer. Desciende la escalera con una tranquilidad que me aterra, se acerca a la cocina y abre el grifo. Escucho el agua correr mientras me pregunto si será lo último que oiga antes de morir. Sirve un vaso de agua y se gira.
Se acerca hacia mí sin decir una sola palabra. Se agacha frente a la cama y me acerca el vaso.
Tengo la garganta tan seca que no puedo resistirme. Doy un pequeño trago, dejo que el agua me humedezca la boca y le escupo el resto directamente a la cara.
Las gotas le salpican los ojos y las mejillas. No reacciona. Ni un gesto de rabia. Solo cierra los párpados un instante y, muy despacio, se limpia con el dorso de la mano. Después deja el vaso en el suelo y vuelve a incorporarse.
Su mano termina acariciando mi pelo.
—¡No me toques! —bramo—. Ahora lo recuerdo todo. Eres un psicópata.
No parece escucharme. Me observa fijamente, con esa serenidad enfermiza que hasta hace poco me parecía una virtud.
—Me quedé helado cuando te vi en la consulta. Pensaba que habías venido a buscarme, que querías vengarte. Me habías metido en un buen lío, ¿sabes?
Niego con la cabeza.
—Lo siento, pero como tú me encerraste en este sótano creo que estamos en paz. Suéltame, Trevor.
—¿Ya no me llamas Richard?
—Se me ocurren mil buenas maneras de llamarte y ninguna te va a gustar.
Suspira con auténtica tristeza.
—Me llevé una gran desilusión cuando llegué a casa y vi que no estabas. También me dolió que Harper estuviera muerta, claro. La quería. Pero, si te soy sincero... tú siempre fuiste mi favorita. De hecho, fui yo quien convenció a Harper para traerte con nosotros. Ella no quería al principio.
Empiezo a sentirme muy incómoda.
—Estás enfermo, Trevor.
Esboza una sonrisa ligera.
—He imaginado esa escena muchas veces, cómo debió ser. Fue una verdadera lástima habérmela perdido. Vosotras dos forcejeando. Supongo que Harper confió en ti y tú aprovechaste para matarla antes de escapar. Siempre fue demasiado confiada.
—Yo no la maté. Fue un accidente.
Esboza una mueca.
—Tenía el cuello roto, Megan. ¿Se le rompió de repente?
—¿Eres idiota? Se cayó y se golpeó con una silla.
Arquea las cejas, divertido.
—Me generaste un gran problema. Por suerte ya tenía preparado todo lo necesario para deshacerme de un cadáver y no tuve que improvisar.
Utilicé una mortaja que ya tenía, la compré hace tiempo y es bastante buena, muy resistente.
Luego hay que calcular el peso del cadáver y sumarle algo de lastre.
Lo suficiente para que no vuelva a la superficie, pero sin pasarse, en caso contrario, la corriente no podrá arrastrar el cuerpo.
La naturalidad con la que lo cuenta me revuelve el estómago.
—Hay un lugar perfecto para eso —continúa—. Al oeste, en la bahía de Hempstead, cerca de Execution Rocks. ¿Conoces la historia de ese faro?
Niego sin apartar la vista de él.
—No me importa lo más mínimo.
—Dicen que recibió ese nombre durante la época colonial.
Los esclavistas de Sands Point encadenaban a los esclavos durante la marea baja y los dejaban morir ahogados cuando el agua subía.
Es una muerte desagradable, pero la historia sirve para demostrar que la corriente allí siempre ha sido muy fuerte.
Aparto la vista, no puedo mirarle a los ojos, pero a él le da igual y sigue hablando.
—Solo tuve que meter a Harper en el maletero y conducir de madrugada.
A esas horas no hay nadie por esa zona. Solo encuentras mansiones de multimillonarios a los que no les importa vivir a una hora y media de Nueva York y que no tienen que preocuparse jamás por lo que pasa en su barrio a las tres de la mañana.
Dejé el cuerpo a unos metros de la orilla.
La corriente hizo el resto. Acabó en el fondo del Atlántico mucho antes de que amaneciera.
El aire deja de entrar en mis pulmones cuando entiendo lo que está haciendo.
No está intentando asustarme.
Está confesándomelo con orgullo.
—Lo tenías todo planeado. Eso era lo que querías hacerle a tu mujer. No se cayó por las escaleras, ¿verdad? Tú la empujaste.
Asiente sin el menor atisbo de vergüenza.
—Zoe no era... Bueno, no es… Esa maldita arpía se resiste a morir.
No era una buena mujer. He de reconocer que cometí un error, pero en mi defensa diré que tenía muy poco tiempo y era importante que no fuese yo quien la encontrara.
Se suponía que yo no podía estar en casa, porque estaba de guardia en el hospital; necesitaba una coartada perfecta.
Era imprescindible para que el desgraciado de mi suegro no me tuviera en su punto de mira.
Es un hombre muy tenaz, Megan. Si lo conocieras, lo entenderías.
Cruza las manos sobre las rodillas. Siento repulsión por la persona que tengo delante, que continúa contándome la historia con absoluta indiferencia.
—Aquella noche la guardia estaba siendo muy tranquila.
Todos pensaban que me había encerrado un rato en el cuarto de descanso para dormir, así que salí sin que nadie lo notara.
Vine a casa, desperté a Zoe y le dije que tenía que contarle una mala noticia sobre su padre.
Se levantó inmediatamente. Cuando pasó por delante de la escalera... La empujé.
Calla un instante.
—Poco después, cometí un error, pero el golpe fue tremendo, ¿sabes? ¿Cómo iba a imaginar que seguía viva? Le busqué el pulso y no encontré nada. Juraría que su corazón se había detenido. Pero olvidé un pequeño detalle.
Me señala con un dedo, yo cierro los ojos y rezo con la esperanza de que esto termine.
—Tú eres enfermera, deberías saberlo. En algunos traumatismos craneoencefálicos graves aparece la respuesta de Cushing.
La presión intracraneal aumenta, el organismo responde con hipertensión arterial y una bradicardia muy marcada para intentar mantener la perfusión cerebral.
El pulso puede volverse tan lento que si no te tomas el tiempo necesario en comprobarlo puedes cagarla.
Creí que estaba muerta cuando en realidad seguía aferrándose a la vida.
Me entran náuseas.
—Qué delicadeza por tu parte agacharte a comprobar que estaba muerta. Eres todo un caballero, Trevor.
Se echa a reír.
—Después regresé al hospital. A la mañana siguiente nuestra asistenta la encontró al pie de la escalera, moribunda, pero aún viva la muy...
Aprieto los dientes.
—¿Por qué le hiciste eso a tu mujer?
Su expresión se endurece.
—Ya te lo he dicho. Era mala persona. Siempre quería imponer su voluntad. Nunca bastaba con lo que hacía por ella. Estaba constantemente enfadada conmigo, no soportaba que fuera amable con otras mujeres y jamás reconocía mis méritos. Vivía convencida de que el mundo giraba a su alrededor.
—¿Y por qué no te divorciaste?
Me mira como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—¿Y perder esta casa? Ni hablar. Adoro este hogar. Es parte de mí. Aquí está mi vida, mis recuerdos, todo lo que he construido. Además... tú habrías vivido muy a gusto aquí de no haberlo echado todo a perder. Habríamos sido felices.
Noto un nudo cerrándome la garganta.
—¿Por qué me cuentas todo esto, Trevor?
Su sonrisa desaparece. Durante unos segundos se limita a observarme.
—Creo que ya sabes la respuesta, Megan.
El sótano parece encogerse a mi alrededor.
—No tienes por qué hacerlo.
Vuelve a acariciarme el pelo, esta vez con mucha delicadeza.
—Recuerdo la primera vez que te vi. Me pareciste tan atractiva…
Yo acababa de terminar mi jornada y ya me iba, por eso vestía de calle, sin la bata.
Fue tan fácil engañarte. Te pido disculpas, Megan, pero te deseaba.
Te deseaba como nunca he deseado a una mujer, tienes un cuerpo tan perfecto… Me encantaste desde el primer momento.
—Deja que me vaya, Trevor. Por favor.
Me ignora.
—Todo se torció cuando mataste a Harper y desapareciste, claro. Pero antes de eso fuiste mi debilidad. Cuando volví a verte en el Bellevue reconozco que me asustaste. Pensé que habías venido a hundirme. No entendía qué estabas haciendo allí.
—Te aseguro que no era consciente de lo que estaba haciendo.
—Lo sé, cariño. Lo sé. En un primer momento reconozco que pensaba que fingías.
Mi sorpresa vino cuando interactuamos y descubrí que no lo hacías.
Que no te acordabas de nada, que de verdad sufrías una amnesia que te impedía reconocerme...
Me resultó fascinante. Te puse a prueba el día que quedamos en mi consulta.
Coloqué a propósito la foto en la que aparezco con Zoe sobre el escritorio y esperé a que la vieras.
Tu reacción fue sincera. Me gustó jugar contigo.
Era una oportunidad que jamás habría imaginado tener. La de reconquistarte.
—Si me dejas ir no le diré nada a nadie. Me iré de Nueva York, te lo prometo.
Baja la mirada un instante.
—La verdad es que te echaba muchísimo de menos. El sexo contigo es fantástico. Ha sido maravilloso que hayamos tenido un último baile, Megan.
El corazón comienza a latir con tanta fuerza que lo noto en las sienes.
Trevor se da una palmada en las rodillas con resignación.
—Pero ya no puedo seguir corriendo riesgos.
Has generado demasiados problemas y eso no es bueno para ninguno de los dos.
Eres un libro abierto, después de todo. Ayer mismo, en cuanto me devolviste la cartera, sabía que algo había cambiado en ti con solo verte la cara.
Por eso esta mañana te he seguido y he tenido que actuar cuando has llegado a la casa —Levanta la vista y vuelve a sonreír—.
Espero que entiendas que tengo que matarte.
El mundo se detiene.
—Pronto te reunirás con Harper en el fondo del océano —añade.
Se forma un silencio que se alarga en el que ninguno de los dos respira. Solo nos miramos, nos contemplamos. Yo a su merced y él disfrutando de la escena.
De repente, se escucha el timbre de la calle. Trevor gira el cuello al instante y un segundo más tarde vuelve a mirarme, pero ahora hay duda en sus facciones. Juraría que le tiembla el labio inferior.
Inspiro con fuerza para gritar, pero él reacciona con rapidez y me tapa la boca con una mano. Intento zafarme, muevo mi cabeza de un lado a otro, pero es inútil. Su brazo me aplasta la cara y soy incapaz de liberarme.
Con la mano libre se saca un pañuelo del bolsillo y me lo mete en la boca poco a poco. Intento morderle, pero una vez más sus reflejos le dan ventaja y me aprieta la garganta con tal violencia que me obliga a abrir la boca.
—No hagas ruido —me dice.
Y no podré. Es imposible, casi me estoy ahogando y por la impotencia empiezo a llorar.
El timbre de la puerta vuelve a sonar. Esta vez acompañado de unos golpes.
Se incorpora y sale del sótano. La puerta se cierra tras él. Me estoy mareando. Cuanto más intento escupir el pañuelo más me lo trago y siento arcadas. Si vomito me ahogaré en mi propio vómito.
Tiro de las muñecas con todas mis fuerzas. Las correas me abrasan la piel. Intento doblar los brazos, girar el cuerpo, deslizar una mano, cualquier cosa. Nada. Están demasiado apretadas. No puede terminar así.
Jadeo por el esfuerzo mientras sigo forcejeando hasta que los músculos empiezan a temblarme. Solo escucho mi respiración descontrolada y, muy por encima de ella, unas voces apagadas que llegan desde la planta superior. Trevor está hablando con alguien. Juraría que es un hombre.
Contengo el aire para intentar distinguir alguna palabra, pero no consigo entender nada. Las voces aumentan de volumen. Algo está sucediendo.
De pronto un estruendo sacude la casa. Cristales rotos. Después otro golpe. Un grito.
Madre mía... ¿qué está pasando ahí arriba?
De repente silencio. Luego otro golpe. Alguien vuelve a gritar.
Vuelve el silencio. El ruido de una puerta al abrirse con más fuerza de la necesaria.
Escucho una carrera. Unos pasos que bajan la escalera a toda velocidad y, un segundo después, la puerta del sótano se abre de golpe.
Levanto la cabeza.
Él me mira.
Yo lo miro a él.
Ahora lo recuerdo. Es el mismo hombre que estaba en la puerta de esta casa la primera vez que escapé del sótano. El mismo que se subió a un taxi para seguirme hasta mi apartamento. El mismo al que el conserje obligó a marcharse.
El mismo que está casado con Valerie.
Es Josh.
Y ha venido a salvarme.