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Parte III

MEGAN MOORE

Vuelvo a estar en el mismo sótano. Atada a la misma cama.

No ha cambiado nada. Todo sigue igual: los mismos botes alineados sobre la encimera, el viejo frigorífico blanco, la mesa de madera con una de las patas ligeramente más corta, las mismas sábanas ásperas que durante tantos días me arañaron la piel.

Solo hay una diferencia con respecto a la última vez que estuve aquí.

El cadáver de Harper no está.

Trevor tuvo que deshacerse de él.

Cierro los ojos un instante. Ahora es diferente, no hay confusión ni lagunas.

Los recuerdos son claros y nítidos, alejados de esa niebla que durante meses acepté como realidad.

Ni siquiera el golpe en la cabeza, el que todavía noto palpitar bajo el chichón que me ha salido, ha conseguido hacerme regresar a ese estado de disociación de la realidad.

Ahora entiendo que aquello no era mi vida, sino una historia que mi propia mente construyó para protegerse de algo que no podía soportar.

Un mecanismo de defensa bastante conocido: la represión, que en este caso ha hecho de todo menos defenderme.

La mente tiene formas extrañas de sobrevivir.

A veces, cuando un recuerdo es demasiado insoportable, lo esconde en algún rincón inaccesible de la conciencia.

No se trata de una elección ni de un acto de cobardía.

Simplemente, llega un momento en que la persona deja de poder acceder a lo que vivió, como si su propia memoria hubiera cerrado la puerta desde dentro.

Yo soy Linda Ross.

Siempre lo he sido, hasta que yo misma decidí dejar de serlo.

Y Trevor Green no apareció de repente en mi vida. Yo ya lo conocía. Solo que entonces se llamaba Richard y fue el hombre de quien me enamoré. Y también quien me encerró en este mismo sótano.

Ahora todo cobra sentido. Mi ya de por sí frágil estado mental, unido al estrés postraumático del secuestro, las benzodiacepinas, el accidente en el que murió Harper y, después, el golpe definitivo con la muerte de mi madre, acabaron por romper algo dentro de mí.

Mi cabeza dejó de distinguir dónde terminaban los recuerdos y dónde empezaban las fantasías.

Todo se mezcló hasta formar una realidad distinta.

Recuerdo muy poco de lo que ocurrió después de regresar a mi apartamento el día que Harper murió.

Apenas imágenes sueltas: estoy sentada en el sofá, el neceser abierto sobre la mesa, blísteres vacíos, frascos de medicación desperdigados.

En algún momento me arrepiento de lo que he hecho y busco mi teléfono para llamar a Claire, pero no lo encuentro.

No sé cuántas pastillas llegué a tragar.

Solo recuerdo pensar que necesitaba dormir para que mi cabeza dejara de funcionar durante unas horas.

Demasiados fármacos para un cerebro que ya estaba librando una batalla imposible.

Después despierto en una habitación de hospital.

La luz blanca me obliga a entrecerrar los ojos y el pitido constante de un monitor me confirma que sigo viva.

Claire está sentada junto a la cama con el rostro agotado.

Los primeros días no pronuncio una sola palabra.

Los médicos entran y salen continuamente.

Me preguntan mi nombre, la fecha, dónde estoy, qué recuerdo.

Después llegan otros especialistas y las preguntas vuelven a empezar una y otra vez mientras yo intento reconstruir un puzle al que le faltan demasiadas piezas y no soy capaz de verbalizar lo que siento.

Hasta que un día empiezo a responder.

Estaba convencida de que lo que yo narraba había sucedido de verdad, pero lo cierto es que no. Es una fantasía construida con retazos de recuerdos reales.

Como Claire, que era la persona de mi confianza más cercana, no sabía nada de mí desde que me aislé y emprendí la aventura de convertirme en Linda Ross, nadie pudo rebatir la versión que mi mente aportaba de los hechos.

Les conté que conocí a un hombre maravilloso que se llamaba Richard, que nuestra relación fue creciendo poco a poco, que viví con él durante un tiempo y que llegamos a planear nuestra boda.

Les expliqué que, de un día para otro, él me echó de casa sin darme ninguna explicación.

Lo narro con absoluta convicción. Soy capaz de recordar conversaciones, promesas, momentos compartidos.

Todo parece coherente en mi mente, e incluso siento el dolor por el rechazo y la pérdida de una vida que sentía como real.

Aunque solo estuviera basada en las conversaciones que mantuve con Trevor durante mi cautiverio.

Las promesas sí fueron reales. Richard me habló de construir nuestro hogar, de una boda, de una vida juntos.

Mi mente solo cambió el desenlace y omitió ciertas partes.

Necesitaba una explicación soportable para entender por qué había terminado sola, ingresada y completamente rota, así que convirtió a mi secuestrador en un hombre que solo había dejado de quererme.

Era más fácil aceptar un abandono que afrontar la verdad.

Claire nunca me cuestionó. Nunca intentó desmontar mi relato ni buscó contradicciones. Me escuchó, me sostuvo la mano cuando rompía a llorar y esperó a que yo encontrara el camino de vuelta.

Al recordarlo todo, comprendo hasta qué punto una mente herida puede protegerse.

No inventó una vida desde cero. Solo rellenó los huecos que faltaban.

Tomó los recuerdos auténticos, los mezcló con el trauma y construyó una versión creíble de mi historia, una donde Trevor aún no existía y es Richard quien decide abandonarme cuando ya hablábamos de casarnos.

No fui capaz de aceptar que el hombre al que amaba me había mantenido encerrada en este mismo sótano mientras destruía, poco a poco, todo aquello que yo era.

Durante el año que duró mi recuperación en New Haven, Claire se convirtió en mi salvavidas.

Al principio acudía a visitarme casi todos los días al hospital psiquiátrico.

Nunca faltaba. Siempre encontraba algo de lo que hablar, aunque yo apenas respondiera.

Cuando por fin los médicos consideraron que podía recibir el alta con la condición de que alguien me tutelase, ella se ofreció voluntaria; no iba a permitir que volviera a enfrentarme sola al mundo.

Me llevó a su casa y cuidó de mí durante el tiempo que hizo falta.

Claire siempre decía que mi derrumbe tenía una explicación sencilla.

Pensaba que la muerte de mi madre terminó de destrozarme después de una ruptura especialmente dolorosa con Richard. Creía que había perdido al hombre con el que iba a casarme y que ese golpe, unido al duelo, fue demasiado para mí.

Jamás sospechó que detrás de aquella historia había un secuestro, un sótano y un hombre malvado y perverso.

No podía imaginarlo, porque yo nunca se lo conté.

Los meses pasaron y empecé a mejorar. Continué con la medicación, acudí a terapia varias veces por semana y también a reuniones de ayuda mutua donde escuchaba historias tan desgarradoras como la que había inventado como mía, aunque ninguna se parecía realmente a la que yo viví en realidad.

Poco a poco recuperé rutinas, volví a cocinar, salí sola a comprar y di paseos cada vez más largos.

Claire se relajó y dejó de llamarme cinco veces al día para comprobar que seguía bien.

Después fueron tres. Más tarde una sola.

Finalmente entendió que había llegado el momento de recuperar mi vida.

Los psiquiatras hablaban de una evolución excelente. Decían que había respondido muy bien al tratamiento y que el último paso para cerrar la herida consistía en la autonomía.

Así que decidí volver a trabajar como enfermera.

Y fue justo ahí donde mi subconsciente volvió a tenderme una trampa.

Ahora lo entiendo.

Sabía que una antigua compañera de la universidad trabajaba en el Bellevue.

Es lo bueno de las redes sociales hoy en día, que puedes estar al tanto de la vida de personas con las que no hablas desde tu niñez.

Esa antigua compañera era Valerie Fox, quien además era la directora de enfermería de ese hospital.

En circunstancias normales jamás habría llamado a su puerta.

Durante los años de facultad nos llevábamos fatal y no hice precisamente méritos para que me guardara cariño.

Me lie con el chico que le gustaba únicamente para hacerle daño.

Es una verdad bastante miserable, pero ya no tiene sentido disfrazarla. Así actuaba la verdadera Megan Moore.

Mi mente enferma encontró el camino para llevarme de nuevo al infierno.

Obnubilada por lo que creía una decisión racional y a pesar de que Claire insistió una y otra vez en que abandonara aquella idea, regresé a Nueva York y contacté con Valerie.

Entonces estaba convencida de que solo buscaba un gran hospital donde relanzar mi carrera, pero ahora sé que no era eso lo que me llevó de vuelta allí.

Los estímulos enterrados bajo el trauma seguían empujándome en una dirección muy concreta.

Pequeñas asociaciones, recuerdos incompletos, emociones que yo no era capaz de identificar, fueron imponiéndose poco a poco hasta conducir todas mis decisiones al mismo lugar.

Mi subconsciente quería volver al hospital.

A Nueva York.

Quería volver a estar con Trevor.

Es aterrador comprobar hasta dónde puede llegar un cerebro cuando intenta completar una historia que todavía no comprende.

Valerie me ofreció un puesto. Casi con total seguridad, me habría mandado a freír espárragos de no ser porque su psicólogo insistió en que debía aprender a dejar atrás el rencor y hacer las paces con las personas que le hirieron en su pasado.

Sin saberlo, ella me abrió una puerta que jamás debió abrir.

Y así regresé.

No solo a Nueva York. También al escenario donde todo había empezado.

El Bellevue. Donde las únicas personas que podían reconocerme, además de Trevor, eran el doctor Bukowski, que ya se había jubilado, y Greta, su secretaria, que había sido despedida tras destapar los rumores relacionados con Linda Ross.

La primera vez que vi a Trevor en mi consulta, mi mente se negó a reconocerlo.

No quiso aceptar que ya había amado a ese hombre.

Que había compartido una vida con él antes del horror.

Que me había encerrado en este sótano para moldearme a su antojo y convertirme en alguien que obedeciera cada una de sus enfermizas fantasías.

Mi cabeza prefirió inventarse un desconocido por el que me sentía atraída.

Era más seguro. Mucho más fácil.

Pero era mentira y me siento ridícula.

Ahora la puerta del sótano vuelve a abrirse.

Escucho el mismo chirrido y veo la misma sonrisa con la que descendió aquellas escaleras la primera vez que me desperté aquí abajo.

Ahora lo recuerdo absolutamente todo.

Cada palabra. Cada mentira.

No puedo evitar romper a llorar.

No solo por Trevor. Lloro por mí. Por haber vuelto hasta él. Por haber caído exactamente en la misma trampa de la que tanto me costó escapar. Por descubrir que mi propia mente fue capaz de engañarme durante meses hasta conducirme de nuevo a los brazos del hombre que la rompió.

Estoy enferma.

Y necesito ayuda.