La chica de la 62 37
91%

37

Introduzco la llave en la cerradura, luchando contra el temblor de mis manos y cierro la puerta nada más entrar. Durante unos segundos me quedo apoyada contra ella, escuchando el ruido apagado de la ciudad al otro lado. Estoy en casa. Lo he conseguido.

No pierdo el tiempo. Camino de una habitación a otra recogiendo lo imprescindible. La ropa acaba doblada de cualquier manera dentro de la maleta. Los cargadores, documentos y objetos personales desaparecen en los bolsillos laterales. No me molesto en ordenar nada. Tampoco en limpiar. Ya no importa.

A mitad de camino entre el dormitorio y el salón tengo que detenerme.

Me llevo una mano al pecho y cierro los ojos.

No soy capaz de controlarlo. La ansiedad me golpea con una fuerza brutal.

El corazón se acelera hasta hacerme daño y creo que voy a desplomarme allí mismo.

Me obligo a respirar despacio, tal y como me enseñó el doctor Bukowski.

Una inspiración larga. Otra más. Intento contar objetos a mi alrededor. La lámpara. La mesa. El sofá.

Tardo varios minutos en recuperar el control.

Cuando por fin consigo continuar, descubro que estoy sudando y que mis piernas parecen de gelatina.

Sigo guardándolo todo. Me ayudará estar ocupada en algo

La segunda crisis llega cuando vacío el baño.

Es incluso peor. Tengo que sentarme en el inodoro para no caerme.

La imagen de Trevor aparece una y otra vez en mi cabeza.

También Harper. La escena de la boda imaginaria, el club de golf.

Todas las fantasías que Trevor me contó.

Recuerdo cuando aún era Richard para mí.

Lo que me hacía sentir. Lo enamorada que estaba.

Pero consigo superarlo. No tengo alternativa.

Cuando termino de recoger, el apartamento parece una versión abandonada de sí mismo. Hay cajones abiertos, algunas perchas vacías y rincones que cuentan la historia de una mujer que perseguía un sueño y se marcha envuelta en una pesadilla.

Miro la hora. Es el momento de hacerlo.

Saco la máscara de Linda Ross.

Durante unos segundos la observo entre mis manos. Ese disfraz me lo ha dado todo. Fama. Dinero. Reconocimiento. Una vida que millones de personas desearían tener. Pero también caos.

Ahora necesito desprenderme de ella.

Busco una pared lisa del apartamento, una zona completamente neutra que nadie pueda reconocer. Coloco el teléfono sobre un mueble, compruebo el encuadre y pulso grabar.

La máscara cubre mi rostro.

Linda Ross aparece por última vez.

—Hola a todos. He pensado mucho sobre este momento y aun así no sé muy bien cómo empezar.

Bajo la mirada unos segundos antes de continuar.

—Supongo que lo más importante es ser sincera. No estoy en un buen momento. Llevo tiempo intentando convencerme de que podía seguir adelante, de que podía continuar trabajando al mismo ritmo y mantener todas mis responsabilidades, pero la realidad es otra.

Respiro hondo.

—He llegado a un punto en el que necesito parar. Necesito escucharme, cuidarme y centrarme en mi salud. Por eso he tomado una decisión muy difícil. Voy a dejar la obra Némesis.

Inspiro profundamente.

—Quiero dar las gracias a todo el equipo, a mis compañeros y a cada persona que ha comprado una entrada para verme sobre el escenario.

Ha sido una experiencia increíble y siempre estaré agradecida por ello.

También quiero deciros que no voy a poner una fecha para mi regreso.

No sería honesto hacerlo. No sé cuánto tiempo voy a necesitar.

Voy a marcharme a Europa, a Francia, quizá.

Necesito encontrarme a mí misma lejos del ruido, lejos de las expectativas y lejos de todo aquello que me ha impedido escuchar lo que realmente necesito.

Mantengo la mirada fija en la cámara.

—Espero volver algún día. Espero regresar siendo mejor. Pero ahora mismo solo puedo prometer una cosa: voy a intentar estar bien. Gracias por acompañarme durante mi breve carrera. Gracias por vuestro cariño.

Extiendo la mano y detengo la grabación.

La pantalla se queda negra.

Linda Ross acaba de desaparecer. Sólo quedo yo, Megan Moore, esmerándome para no terminar en la cárcel.

Subo el vídeo y me quedo observando la pantalla durante unos segundos, incapaz de procesar que acabo de grabar mi despedida. Se acabó.

Cambio de teléfono y cojo el personal. Me percato de que tengo más de cuarenta llamadas perdidas.

Busco el contacto de Claire, la única persona en quien confío.

Necesito que venga a por mí, necesito salir de Nueva York y llegar a New Haven cuanto antes.

Quiero encerrarme en algún lugar donde nadie me encuentre durante una temporada.

Una semana, un mes o un año. Me da igual.

Hace tiempo que no hablamos. Desde que explotó mi fama la he dejado de lado y no la he hecho partícipe de mi vida. Tal vez se lo cuente todo más adelante. Le explicaré que yo era Linda Ross y le hablaré de mi vida como actriz de Broadway.

El destino decide adelantarse.

El teléfono vibra entre mis manos y el nombre de Claire aparece en la pantalla. Parpadeo. Es como si hubiera sentido que la necesito y acudiera en mi auxilio.

—Hola —saludo al descolgar.

—Hola, cariño. Necesito hablar contigo. Es urgente.

Estoy a punto de decirle que yo también necesito hablar con ella, que probablemente mi vida acaba de saltar por los aires, pero le cedo el turno.

—Dime.

—¿Dónde estás?

—En el apartamento de mi madre.

—Ah... ¿Estás en Nueva York? —pregunta Claire, sorprendida.

—Sí. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Al otro lado se hace un silencio que no me gusta nada.

—Es tu madre, Megan. Esta mañana había quedado con mi madre para tomar café, pero no ha aparecido.

No contestaba las llamadas y mi madre se ha preocupado.

Ha ido a buscarla a casa. No abría la puerta.

Como ella sabía dónde guardaba una llave de emergencia, ha entrado y...

—Dejo de respirar—. Se la ha encontrado en la cama.

Estaba muerta, Megan. Ha fallecido mientras dormía.

No respondo.

No puedo. No me salen las palabras.

Mi cuerpo entero acaba de paralizarse. La noticia me rompe con tanta fuerza que ni siquiera soy capaz de sentir dolor. Es como si algo en mi interior desapareciera de repente. Estoy tan conmocionada que no puedo sentir tristeza. Ni rabia. Ni miedo. Nada.

Claire continúa hablando. Su voz llega amortiguada, distante. Puede que me esté preguntando si estoy bien. Quizá me esté diciendo que va a venir, que no me quede sola.

No lo sé.

Cuelgo.

Simplemente cuelgo.

El teléfono se me resbala de la mano y cae al suelo. En la otra mano sostengo el móvil que he estado utilizando como Linda Ross.

La pantalla permanece iluminada frente a mí. Diez notificaciones. Doce. Quince. Todas respondiendo al reel que acabo de subir a Instagram. Personas que me suplican que no abandone la obra, que vuelva pronto; otras me piden que me cuide, que me tome el tiempo que necesite.

Una rabia insoportable me atraviesa de golpe.

Lanzo el teléfono con todas mis fuerzas hacia el sofá. Esperaba escuchar el impacto y verlo rebotar, pero desaparece entre los cojines. Ni siquiera me molesto en buscarlo.

Me da igual.

Ya todo me da igual.

Mi madre está muerta.

Harper está muerta.

La vida que tenía ha desaparecido.

Empiezo a caminar por el apartamento sin rumbo, pasando del salón al dormitorio y del dormitorio a la cocina.

Apenas soy consciente de lo que hago. Sólo siento una presión insoportable en el pecho, una sensación de ahogo que no desaparece.

Abro la maleta y recupero el neceser donde guardo las medicinas que me recetó el doctor Bukowski.

Comienzo a coger cajas sin mirar siquiera las etiquetas.

Ansiolíticos. Antidepresivos. Analgésicos. Todo lo que encuentro.

Las aprieto contra mí y camino hasta la cocina.

Las dejo sobre la encimera. Me quedo observándolas.

Estoy cansada. Terriblemente cansada.

No quiero pensar en mi madre sola en aquella cama. No quiero pensar en Harper. No quiero pensar en que amé a Richard y me rompió el corazón cuando se convirtió en Trevor. No quiero pensar en nada. Sólo quiero que este sufrimiento termine de una vez.

Apoyo ambas manos sobre el mármol y bajo la cabeza. Mis ojos permanecen secos. Ni siquiera puedo llorar. El dolor es tan grande que ha dejado atrás las lágrimas.

Mi madre ya no está. Esa ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Empiezo a tomar pastillas.

Voy a tomármelas todas.