La chica de la 62 36
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Cuando despierto, lo primero que veo son los ojos de esa chica frente a mí. Nuestros cuerpos descansan sobre el suelo y nuestras miradas se cruzan, pero la mía aún tiene vida y la suya no.

No se mueve. No respira.

Y sé perfectamente lo que ha sucedido.

Me he equivocado. Hubiera sido más fácil seguir adelante y evitar el enfrentamiento. El resultado ha sido devastador.

Me incorporo y una ráfaga de dolor me atraviesa la cabeza al instante. Maldigo en voz baja. El corazón me late tan deprisa que siento las pulsaciones hasta en la garganta.

Respiro una vez. Luego otra, obligándome a mirar alrededor con calma.

Observo cada detalle con atención, tratando de analizarlo todo. Menos a ella. A ella prefiero evitar mirarla demasiado tiempo.

Me fijo en cómo está todo dispuesto, lo examino con una frialdad que me resulta ajena, como lo haría otra persona al entrar a este lugar por primera vez.

Pienso en los pasos que me han traído hasta aquí, rebuscando cabos sueltos desesperadamente. ¿Qué he tocado? ¿Qué he dicho? ¿Qué podría haber salido mal?

No tengo mucha experiencia en escenas del crimen porque no soy Sherlock Holmes. Pero creo que está todo bajo control.

O eso necesito creer.

No pierdo ni un segundo más. Cojo las llaves, me giro y me marcho corriendo.

Nadie sabrá jamás que yo estuve allí.

No sé ni qué hora es. He perdido por completo la noción del tiempo, pero si Trevor no estaba en casa cuando he despertado, entonces debe de haber sucedido por la mañana.

No he tocado nada de ese sótano, solo he recuperado mi bolso y mi teléfono, que estaba sobre el suelo y que ahora tiene la pantalla rota.

Me preocupa estar actuando más por inercia que pensando con claridad.

Todo parece flotar en una realidad que no termino de aceptar.

Camino, respiro, avanzo, pero una parte de mí sigue atrapada en el sótano.

Mi cuerpo está al límite. Literalmente al límite.

Me duele la espalda, me tiemblan las piernas y siento la cabeza embotada después de tantos días de miedo, tensión y encierro.

No resisto más estrés. La situación me desborda por completo.

Ni siquiera me he mirado en un espejo, pero debo de tener la cara demacrada y consumida. Nadie pensaría al verme que existe la más mínima posibilidad de que yo sea Linda Ross.

Aunque eso ya no importa. Esa posibilidad ha desaparecido para siempre.

Nunca volveré a ser Linda Ross. De hecho, no quiero. Solo quiero huir.

Nada más salir a la calle agacho la cabeza.

Alguien llama mi atención en la acera de enfrente. Es un hombre alto y musculoso. Estaba de espaldas, pero al escuchar la puerta abrirse se gira hacia mí.

Qué maldita casualidad. Acelero el paso inmediatamente.

Cuando creo alejarme, descubro que comienza a caminar en mi dirección.

El pánico me atraviesa de golpe.

No puedo permitir que me vea. Si la policía termina investigando lo ocurrido, podría declarar que me vio salir de esta casa. Podría señalarme en un juicio y declarar que me que me vio abandonar la escena del crimen.

Y yo acabaría en prisión condenada por asesinato.

No habría manera de demostrar que intentaba escapar. No habría manera de demostrar que actué para defenderme. O eso me imagino; la verdad es que tampoco soy abogada.

Seguro que Trevor lo negaría todo. Contrataría a los mejores abogados de Nueva York.

Lo veo con absoluta claridad. Presentarían las correas como algún tipo de juego sexual consentido, hablarían de prácticas privadas entre adultos y desmontarían mi versión pieza por pieza hasta convertirla en el delirio de una mujer inestable que atacó a otra por celos.

¿Estoy perdiendo el juicio?

El hombre sigue acercándose.

Giro a la derecha en la siguiente esquina y acelero el paso.

—¡Disculpe! —me grita.

Ni siquiera vuelvo la cabeza. Sigo caminando.

—¡Oiga!

Lo ignoro.

Entonces escucho sus pasos acelerar.

—¡Por favor, escúcheme!

Ni hablar.

No pienso averiguar qué quiere. No pienso darle la oportunidad de verme la cara.

De soslayo veo aparecer un taxi con la luz verde encendida. Sin pensarlo dos veces abandono la acera y me planto prácticamente en mitad de la carretera levantando una mano. El conductor frena de golpe, abro la puerta y me meto dentro.

—¡Acelere! ¡Ese hombre me está siguiendo!

El conductor me observa por el retrovisor. Tiene rasgos indios y parece no dominar demasiado bien el inglés, pero cuando señalo hacia atrás y le grito que corra, su expresión cambia al instante.

—¡Vale, vale! —contesta.

El taxi arranca y me dejo caer contra el respaldo. No me atrevo a mirar por la ventanilla durante varios segundos. Siento un nudo en el estómago mientras imagino al desconocido alcanzando el coche, obligándolo a detenerse o señalándome desde la acera.

Cuando por fin reúno valor para mirar atrás, ya no hay nadie.

Solo entonces consigo respirar.

—A la 62 con Broadway —le digo.

Asiente y continúa conduciendo.

Tengo claro lo que voy a hacer. Voy a por mis cosas y me largo de aquí. Llamaré a Claire para que venga a buscarme. No sé a dónde iremos ni cuánto tiempo estaré fuera. Lo único que sé es que no puedo quedarme en Nueva York.

El trayecto transcurre entre avenidas abarrotadas de gente que sigue con su vida sin sospechar que la mía acaba de saltar por los aires.

Observo peatones cruzando semáforos, repartidores zigzagueando entre coches y turistas haciendo fotografías.

Todo parece normal, menos yo. Hace solo unos minutos estaba encerrada en un sótano.

Cuando el taxi se detiene frente al edificio busco mi cartera en el bolso. Por suerte sigue ahí. Pago y salgo rápidamente.

Pablo está en su puesto habitual detrás del mostrador de recepción. Tendrá poco más de treinta años y lleva apenas unos meses trabajando aquí, cubriendo la baja de Carlos, a quien todavía no he llegado a conocer.

—Buenos días, señorita Ross.

Levanta una mano a modo de saludo. Por razones obvias él sí sabe que yo soy Linda Ross. Me ha visto llegar con la máscara puesta en alguna ocasión, cuando sospechaba que un periodista me seguía para fotografiarme en un descuido.

—Hola, Pablo.

Intento sonreír mientras atravieso el vestíbulo.

Por suerte no comenta mi aspecto.

La empresa que contrata a los conserjes tiene acuerdos de confidencialidad bastante estrictos, así que nunca me ha preocupado demasiado que alguno de ellos revelara mi secreto. La persona que más problemas ha dado con respecto a eso siempre ha sido mi madre.

Nunca ha contado nada de forma directa, pero está convencida de que, si algún día le permito decir que Linda Ross vivió en su apartamento, conseguirá alquilarlo por el doble y hasta organizará un tour guiado para los fans.

Mientras me dirijo hacia los ascensores con la cabeza baja, me pregunto cuánto tardará todo aquello en desaparecer. Lo paradójico es que ahora ya no me preocupa que descubran quién es Linda Ross. Me preocupa que descubran quién es Megan Moore.

Aprieto el botón cuando algo al otro lado de los cristales del vestíbulo llama mi atención.

Un taxi acaba de detenerse a unos metros de la entrada.

Mi estómago se contrae de golpe.

No.

La puerta trasera se abre y el hombre que se baja es el mismo que estaba frente a la casa de Trevor.

Mierda.

Ha debido coger otro taxi justo después de que yo me marchara y pedirle al conductor que siguiera al mío.

Me giro hacia Pablo, que en ese momento centra su atención en algún papel sobre el mostrador de recepción.

—Hay un hombre que me está siguiendo. Llama a la policía.

Su expresión cambia al instante, pero no me detengo a comprobar si realmente va a hacerlo. En cuanto las puertas del ascensor se abren me meto dentro.

Cuando me giro para pulsar mi planta, veo la silueta del desconocido atravesando la entrada principal.

Me quedo de espaldas al fondo del ascensor esperando que las puertas se cierren de una vez.

Vamos, por favor…

Vamos.

El condenado ascensor parece más lento que nunca.

—¡Señor! No puede entrar —dice Pablo.

—Solo quiero hablar con ella —responde el hombre—. Es importante. Necesito preguntarle algo.

—Márchese ahora mismo o llamaré a la policía.

El desconocido intenta avanzar un poco más y Pablo le corta el paso. Yo permanezco inmóvil, dándoles la espalda. Las puertas comienzan por fin a deslizarse y veo cómo el conserje saca su teléfono.

Demasiado despacio.

—¡Por favor! —grita el hombre.

Las puertas siguen cerrándose.

—¡Necesito tu ayuda!

Se me corta la respiración.

No sé quién es, pero tampoco pienso averiguarlo.

El ascensor comienza a subir. Solo entonces suelto el aire.

Me apoyo contra una de las paredes mientras observo cómo los números se iluminan uno tras otro. Tengo las manos temblando y el cuerpo tan agotado que apenas me sostengo en pie.

Lo único que quiero es llegar al apartamento, recoger mis cosas, llamar a Claire y desaparecer.