La chica de la 62 35
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Me duele tanto la espalda que he dejado de distinguir dónde termina el dolor y dónde empieza el colchón.

Los días se han convertido en algo abstracto.

Sigo inmóvil sobre esta cama, observando las mismas paredes, escuchando los mismos pasos sobre mi cabeza y soportando la misma sensación de impotencia.

Tengo heridas en los talones por el roce constante contra las sábanas.

Los hombros me arden. Apenas noto los brazos; llevan demasiado tiempo en la misma postura.

Si intento moverlos, una desagradable corriente de hormigueo me atraviesa desde los dedos hasta el cuello.

Lo peor es mi estado mental. Soy consciente de que he empezado a mezclar lo que es real y lo que es imaginario.

En mi cabeza hay imágenes que no sé si he vivido realmente o solo las he escuchado en alguna conversación y mi mente ha reconstruido la escena.

Me veo junto a Richard en un club de golf junto a sus amigos.

Las mujeres de sus compañeros de trabajo no me caen nada bien, pero me compensa soportarlas si gracias a ello estaré con él.

No puedo seguir así.

En los momentos de lucidez, sospecho que mi madre debe estar buscándome desesperadamente.

La idea se desvanece cuando caigo en que Harper ha previsto eso también y ha respondido todos sus mensajes.

Todos. La imagino sentada en el pequeño salón de su casa de Connecticut, convencida de que su hija está ocupada trabajando.

Seguramente habrá recibido respuestas cariñosas, alguna excusa sobre horarios imposibles y llamadas pendientes.

Lo bastante convincentes para que no sospeche nada.

Y mi madre ya no es la misma. Los años han empezado a pasar factura, cada vez olvida más cosas, cada vez le cuesta más conectar unas situaciones con otras.

Engañarla no debe ser muy laborioso para Harper.

Eso significa que nadie va a venir a rescatarme.

Tengo que hacer algo. No puedo esperar más. Debo hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

La puerta del sótano se abre de nuevo y Harper aparece con su habitual sonrisa.

—Buenos días, cariño —me saluda.

—Hola.

Deja una bandeja sobre una mesa cercana y se sienta junto a mí.

—Has progresado muchísimo.

—¿De verdad lo crees?

—Claro que sí.

—Entonces quizá podrías soltarme un rato.

—No estoy segura de que estés preparada.

—Harper, me duele todo el cuerpo. Llevo demasiado tiempo aquí tumbada. Apenas puedo moverme. Necesito ponerme en pie, darme una ducha o caminar un poco. Lo que sea.

Ella me observa durante varios segundos.

—Todavía sigues recuperándote.

—Lo sé, pero precisamente por eso necesito moverme, mi cuerpo se está marchitando.

Se produce una pausa.

—¿Y qué ha cambiado? —pregunta finalmente.

Trago saliva. La noto receptiva. Es el momento.

—Todo.

—Explícamelo.

—Tenías razón.

Veo cómo se ilumina.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi vida. Dejé atrás demasiadas cosas para dedicarme a la interpretación. Pensaba que aquello iba a hacerme feliz y nunca ocurrió. Cada vez necesitaba más reconocimiento, más trabajo, más aplausos... y aun así seguía sintiéndome vacía.

Harper escucha con atención.

—Cuando conocí a Richard ya estaba mal.

—A Trevor —corrige Harper.

—Sí, perdón. —Carraspeo antes de continuar—. Había empezado a visitar al psiquiatra. Necesitaba ayuda. Lo cierto es que nada me servía, nada me llamaba la atención. Vivía con una sensación de anodinia constante. Hasta que conocí a Trevor. Él lo cambió todo.

—Conozco esa sensación, Megan.

—Solo sé que quiero estar con él. Lo amo.

Una sonrisa satisfecha aparece en su rostro.

—Lo sabía —dice ella, orgullosa.

—Quiero dejar de luchar. Quiero estar con Trevor y hacerlo feliz. Tú y yo queremos lo mismo.

Sus ojos permanecen fijos en mí. Estoy convencida de que intenta detectar cualquier grieta en mi discurso. Mi corazón se acelera mientras espero.

Finalmente se pone en pie.

—Creo que quizá podamos probar.

Tengo que contener el alivio.

Sin decir una sola palabra más, se levanta y se dirige a la puerta.

Saca un manojo de llaves y echa el cerrojo.

Después camina hasta la cocina, donde abre un pequeño estuche que descansa sobre la encimera y que no alcanzaba a ver desde mi posición.

De él extrae la llave imantada de las correas.

Luego vuelve a la cama, se acerca a las ataduras y empieza a soltarlas una a una.

Cuando suelta la última, intento mover los brazos y una punzada tan intensa me atraviesa los hombros que tengo que apretar los dientes y se me escapa un gemido.

No puedo hacer nada. Todavía no. Estoy demasiado débil y es inviable.

Intento incorporarme y el mundo entero empieza a girar.

—Despacio —dice Harper sujetándome.

Tengo que cerrar los ojos.

—Dios...

—Es normal. Has pasado mucho tiempo en la cama.

Permanezco sentada unos minutos hasta que el mareo disminuye. Después intento ponerme de pie. Estoy sudando y mi piel es blanca como la nieve. Las piernas apenas me sostienen y las rodillas amenazan con doblarse bajo mi peso.

—Todavía estás muy débil.

—Sí.

Y es verdad.

Mucho más de lo que esperaba.

Harper me ayuda a caminar hasta la cocina. Cada paso resulta extraño. Los músculos protestan, las articulaciones parecen oxidadas y la sangre vuelve poco a poco a zonas de mi cuerpo que llevaban demasiado tiempo dormidas.

Al llegar a la encimera busco un vaso para servirme agua, pero descubro que los cajones están cerrados. Cierro los ojos con fuerza, intentando enfocar mi visión borrosa. Harper se saca el manojo de llaves del bolsillo y lo alza para que lo vea solo un segundo. Luego lo guarda de nuevo.

—¿Por qué están cerrados con llave? —pregunto.

—Cariño, hay muchos cuchillos y utensilios con los que podrías hacerme daño.

—No voy a hacerte daño.

—Lo sé, pero también podrías hacértelo a ti misma.

—No haría eso.

—Quizá no de forma consciente. Para eso tendremos que esperar un poco más, ¿de acuerdo? Todavía es demasiado pronto.

Obligo a mis labios a dibujar una sonrisa. Necesito coger algo de fuerzas.

—Lo entiendo.

Harper abre el frigorífico y saca una manzana y una botella de agua.

—Será mejor empezar con algo suave.

Me siento a la mesa mientras ella deja la comida frente a mí. Bebo despacio. Luego pruebo la manzana. Poco a poco el entumecimiento empieza a disminuir y la cabeza deja de dar vueltas. Mi cuerpo continúa dolorido, pero ya no siento que vaya a desplomarme de un momento a otro.

Mientras como, observo a Harper. Sigo siendo su prisionera, pero ya no estoy atada a la cama. Necesito arrebatarle las llaves para poder salir. Eso implica una lucha y creo que nadie apostaría por mi victoria en este estado.

—Me viene bien que ya estés operativa. Tienes que enviarle un mensaje de audio a tu director y decirle que dejas la obra. Está muy enfadado y no ha parado de insistir en que tienes que volver. Por lo visto te han sustituido con una actriz que no le convence.

Harper sonríe y se gira para buscar mi bolso, que sigue sobre la misma silla. Hurga en él y coge mi teléfono. Está de espaldas a mí.

Mi corazón se acelera.

Es ahora.

No voy a tener una oportunidad mejor.

Llevo la mano a la cintura. El espray pimienta sigue sujeto, exactamente donde lo coloqué. Todo sucede muy deprisa.

Harper se gira hacia mí.

—Vamos, cariño. Solo tienes que decirle que...

No termina la frase.

Ya tengo el espray preparado frente a su rostro y aprieto el pulsador.

El chorro le alcanza de lleno en los ojos.

Harper grita y el teléfono cae de su mano, golpeando el suelo con un ruido seco. La pantalla se rompe.

—¡Ahhh! ¡Joder! ¡No veo nada! —grita.

Retrocede tambaleándose mientras se lleva ambas manos al rostro. La expresión dulce que ha mantenido durante todos estos días desaparece de golpe y deja paso a otra completamente distinta.

—¡Maldita hija de puta!

La frase va cargada de ira. Nadie podría decir que ese monstruo que acabo de despertar y Harper Lynch son la misma persona.

La adrenalina toma el control de mi cuerpo. Sigo débil, las piernas me sostienen con dificultad, pero avanzo como puedo hasta la puerta del sótano. Tiro del pomo una vez. Luego otra.

Soy idiota. Acabo de recordar que está cerrada.

Me quedo paralizada durante una fracción de segundo. Las llaves las tiene ella, claro. Tengo que quitárselas.

Detrás de mí, Harper continúa moviéndose a ciegas entre los muebles.

—¡Te vas a arrepentir de esto, Megan! ¡Te juro que te vas a arrepentir!

Su amabilidad ha dejado de existir.

—¡Después de todo lo que he hecho por ti! —grita.

Respiro hondo.

Tengo que conseguir esas llaves.

Me giro y avanzo hacia ella. Harper sigue restregándose los ojos.

Si fuera una buena enfermera debería saber que eso solo va a empeorarlo.

Maldice sin parar mientras intenta orientarse.

Aprovecho que está de espaldas. Alargo la mano hacia su cintura e intento meter la mano en su bolsillo.

Durante un instante lo logro y consigo tocar las llaves.

Entonces ella se retuerce, se gira y me agarra el brazo.

—¡Te tengo!

Sus manos me atrapan con una fuerza brutal.

Intento apartarme, pero apenas tengo energías. Forcejeamos en mitad de la cocina. Yo tiro hacia atrás. Ella intenta inmovilizarme. Mis dedos siguen aferrados a su bolsillo.

—¡Suéltame! —grito.

Su rostro está completamente desencajado. Las lágrimas provocadas por el espray ocupan su rostro y no le dejan ver, pero es más fuerte que yo en este momento.

Tira de mí. Yo tiro de ella.

La cocina gira a mi alrededor. Las piernas me tiemblan. Apenas puedo respirar.

Una silla se vuelca, movemos la mesa durante la contienda y me resbalo cayendo al suelo. Ella se desestabiliza y me suelta para no caer conmigo.

Se tambalea unos instantes.

Sucede en un suspiro.

Escucho un golpe seguido de un crujido.

Se ha tropezado y ha caído, con tan mala fortuna que su cuello ha ido a parar a la silla que se había volcado.

El golpe ha sido letal. Parece que alguien haya apagado un interruptor.

Veo que su cuerpo se desliza inerte hasta que se deposita completamente sobre el suelo. Queda de lado, su rostro y el mío enfrentados directamente.

Tiene los ojos abiertos. Pero no respira.

Tardo varios segundos en comprenderlo. Mi estómago se encoge. No hay dudas de que la fractura cervical ha sido fulminante. Un daño medular completo que acaba de interrumpir la inervación del diafragma. Ya no puede respirar.

Podría respirar por las dos. Podría practicarle el boca a boca y mantenerla con vida hasta que llegue Trevor. Entonces llamaríamos a una ambulancia, la conectarían a un respirador y pasaría el resto de su vida en una cama bebiendo agua con una pajita.

Pero como no soy idiota, pensaré alguna alternativa que no implique esperar a mi secuestrador.

Sus pupilas comienzan a perder el enfoque. El color desaparece poco a poco de su rostro. Tengo que moverme.

La habitación empieza a girar. Me estoy mareando.

Intento ponerme en pie.

No puedo.

Las paredes se inclinan.

Vuelvo a mirar a Harper. Ha sido un accidente, yo no quería hacerle daño…

Todo se mezcla frente a mí hasta convertirse en una imagen borrosa.

Lo último que veo antes de perder el conocimiento es su cuerpo inmóvil tendido sobre el suelo de la cocina.