La chica de la 62 34
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Despierto en la habitación cuando escucho la puerta abrirse.

Es Trevor. Cuando llega al final de las escaleras, le pide a Harper que nos deje hablar en privado.

Ella sonríe inmediatamente, obediente como siempre, pero después de tantos días observándola estoy convencida de que la idea no le hace ninguna gracia.

Sus ojos permanecen unos segundos más de la cuenta sobre mí antes de subir las escaleras y desaparecer.

Cuando la puerta se cierra nos quedamos solos.

Odio a este hombre, pero también le tengo miedo.

A pesar de todo ello, cuando se acerca a la cama y se sienta en el borde, no puedo evitar reconocer una verdad incómoda: probablemente sea la persona más atractiva que he visto jamás.

Si no estuviera completamente desequilibrado, si no fuera un manipulador capaz de lograr que otras personas renuncien a sus vidas para vivir encerradas en un sótano, alimentando las fantasías que él mismo crea, sería el hombre perfecto.

—¿Cómo estás, Megan? —pregunta con una sonrisa tranquila—. Harper dice que estás mejorando.

Me obligo a devolverle la sonrisa y me dispongo a jugar mis cartas.

—Había olvidado lo guapo que eres. Me gusta verte tan cerca otra vez.

La frase me provoca náuseas por dentro, pero funciona, lo veo en sus ojos.

Me toma una mano y empieza a acariciarla distraídamente.

Por suerte, el espray de pimienta sigue oculto al otro lado de mi cintura y resulta prácticamente imposible que lo descubra desde esa posición.

Cuando sus dedos rozan los míos, cierro la mano suavemente sobre la suya. Él responde con un leve apretón.

—Pronto estarás lista —dice.

—¿Lista para qué?

—Para volver arriba. Te darás una ducha, te pondrás guapa y vendrás conmigo. Igual que Harper. Cuando yo esté trabajando o fuera de casa, os tendréis la una a la otra. Y cuando regrese estaremos juntos.

Lo cuenta con una naturalidad escalofriante, como si estuviera describiendo una vida perfectamente normal.

—Suena bien —murmuro.

—No quiero que te sientas desplazada y pienses que este no es tu sitio.

—¿Por qué dices eso? —pregunto.

—Tenemos un gato que se llama Harpy. Fue idea de Harper —dice sonriendo—. No quiero que pienses que ella puede ponerle nombre a una mascota y tú no. Por eso he llamado a las carpas que viven en el estanque del jardín Romeo y Julieta. En honor a nosotros y a nuestro amor.

Está completamente chiflado.

Por un instante la imagen aparece en mi cabeza de manera abrupta. Un jardín cuidado. Un banco junto al estanque. El reflejo del sol sobre el agua. Yo apoyada contra él mientras contemplamos a los peces nadar. Una tragedia de tono shakespeariano.

La visión dura apenas un segundo, y odio reconocerlo, pero es suficiente para comprender por qué Harper cayó en esta locura.

Percibo dónde reside el verdadero peligro de Trevor. De algún modo me siento bien imaginándome en su regazo. Ahí no parece un monstruo. No levanta la voz. No le temo cuando habla.

No sé cómo demonios lo consigue, pero ha construido una realidad alternativa tan detallada y tan aparentemente perfecta que me seduce la idea de vivir dentro de ella.

Quizá, una parte de mi cerebro, agotada por el miedo, las drogas y el encierro, empieza a entender cómo alguien puede acabar cayendo en su trampa.

Sonrío de nuevo, esta vez no necesito fingir tanto.

—Creo que debo tener un aspecto horrible.

Su expresión cambia al instante.

—No digas eso.

—Llevo días sin ducharme. Me da vergüenza que me veas así. No quiero dejar de gustarte.

Sus ojos se suavizan exactamente como esperaba.

Entonces se inclina y me besa en los labios.

Debería apartarme. Debería sentir repulsión. Y la siento.

Pero no me aparto ni un centímetro.

Incluso respondo con la calidez justa para que parezca sincero. Después de todo, llevo años interpretando emociones que no sentía. Quizá toda aquella experiencia termine salvándome la vida.

Cuando se separa parece satisfecho.

Entonces empieza a hablar. Y ya no se detiene.

Me cuenta que algún día nos casaremos, que le diremos a todos que nos conocimos durante un concierto de OneRepublic.

Que cuando Zoe, su mujer, deje de ser un problema nadie podrá impedir que construyamos la vida que merecemos.

Dice que me dejará organizar la boda exactamente como quiera, que elegiremos juntos el lugar y contrataremos un cuarteto de cuerda carísimo para que entretenga a los invitados, que viajaremos después, que conoceré a todos sus amigos y que los domingos iremos a comer al club de golf.

Habla de vacaciones. De aniversarios. De cenas con amigos. De futuras Navidades. De habitaciones que todavía no existen. De planes para dentro de diez años. De una vida entera creada dentro de su cabeza.

Lo más inquietante es la felicidad con la que lo cuenta. La seguridad absoluta. La convicción con la que describe cada detalle. A ratos incluso consigue que parezca real.

Y yo asiento y sonrío. Le hago preguntas.

Interpreto el papel de una mujer que empieza a creer.

Pero voy a ser sincera. Desde que escucho la palabra «boda» en sus labios, no puedo apartar de mi mente la imagen de ambos subiendo sonrientes al altar. Y me gusta, maldita sea, me gusta lo que me evoca idealizar ese momento.

Cuando por fin parece quedarse sin historias, bajo la mirada y dejo escapar una sonrisa tímida.

—Echo de menos los momentos en los que podíamos disfrutar el uno del otro sin interrupciones.

Sus ojos brillan inmediatamente.

—Yo también.

—Me gustaría volver a sentirme yo misma. Ducharme. Arreglarme un poco. Estar lista para ti.

Durante un instante veo auténtica satisfacción en su rostro. La expresión de alguien que cree haber ganado.

¿Lo ha hecho?

—Pronto —dice acariciándome la mejilla—. Muy pronto.

Después se inclina y besa mi frente.

—Y créeme, Megan. Yo también estoy deseando que llegue ese momento.

Le sostengo la mirada y sonrío, aunque la verdad es que ahora estoy preocupada.

Porque si no llega pronto mi oportunidad, será demasiado tarde y no querré irme, habré caído rendida en sus garras.