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He perdido la cuenta de los días que llevo aquí abajo.
Intenté contarlos al principio. Como no hay ninguna ventana desde la que pueda ver la luz, me fijaba en las comidas, en las veces que Harper intentaba ocultar más pastillas en un vaso de leche, en las ocasiones en las que Trevor aparecía para contarme una vez más lo felices que seríamos juntos…
Pero desistí. Las benzodiacepinas desvirtúan el tiempo y lo convierten en algo borroso.
Hay momentos en los que estoy convencida de que solo han pasado unos días y otros en los que juraría que llevo meses encerrada.
Soy muy consciente de que mi salud mental está viéndose comprometida. No solo por el continuo estrés al que estoy sometida, sino por la cantidad de medicación que me están dando. Reconozco que hay algo más que añadir a la ecuación.
La realidad es que yo ya era una persona frágil antes de que me sucediera todo esto.
Visitaba al doctor Bukowski por una depresión que me conducía a tomar decisiones equivocadas.
Precisamente allí fue donde conocí a al psicópata que se hacía llamar Richard y que iba a arruinarme la vida. Curioso, ¿verdad?
Harper prácticamente no se separa de mí. Me acompaña mientras como, me cuenta historias sobre Trevor y me coloca una cuña cuando tengo que hacer mis necesidades, lo cual es muy humillante, por cierto.
Solo desaparece cuando está con él.
Con Trevor. Con Richard. Como quiera que se llame en realidad, porque a estas alturas ya no estoy segura de nada.
Algunas noches los oigo a través de las paredes.
Escucho risas, pasos y sonidos inequívocos de una pareja haciendo el amor.
Otras veces pienso que quizá no hay nada al otro lado y que es mi cabeza rellenando los huecos.
Entre tanta medicación, tantas horas sobre esta cama y tantos despertares confusos, empiezo a dudar de mis propios sentidos.
Por eso he decidido cambiar de estrategia. Lo que estoy haciendo, es decir: nada, no funciona y hay que probar algo distinto.
Voy a colaborar. O al menos voy a fingir que lo hago.
Resulta que interpretar un papel es algo que se me da bastante bien. Ya lo he hecho antes sobre un escenario de Broadway, cuando era la archiconocida Linda Ross.
Debo ser realmente buena viendo cómo he conseguido una transición gradual en mi comportamiento a pesar de mi embotamiento mental.
Primero dejé de negarme a todo, comencé a escucharla y poco a poco empecé a hacer preguntas tímidas. Ahora Harper parece encantada de haber avanzado en lo que ella llama mi «recuperación».
Gracias a este nuevo paradigma he logrado descubrir muchas cosas.
Según Harper, Trevor es médico y trabaja en el Bellevue. Por lo visto es un reconocido cardiólogo. El muy cretino me mintió cuando me dijo que estaba por allí de paso. No quería que supiera cuál era su verdadera profesión. Maldito enfermo.
Cuando yo lo conocía como Richard Grayson, su historia era totalmente distinta.
Me habló de su supuesta familia el día que celebramos mi cumpleaños y me regaló unos Jimmy Choo preciosos.
Me dijo que su padre había sido fiscal del distrito de Bergen y que había acumulado un gran patrimonio durante sus años de profesión.
Patrimonio que él se encargaba de gestionar en la actualidad.
Harper es enfermera y ambos se conocieron trabajando en el hospital. Desde entonces sus vidas quedaron unidas.
También me ha contado una historia un tanto rocambolesca.
Al parecer, Trevor está casado. Su mujer: Zoe Grayson, sufrió un accidente doméstico.
Cayó por unas escaleras y el golpe le provocó una hemorragia que derivó en muerte cerebral.
Sigue viva, conectada a máquinas en un centro especializado, mientras su padre, un multimillonario de la flor y nata neoyorquina, se niega a desconectarla pese a que la medicina no puede hacer nada más por ella.
Ayer incluso fingí comprender lo difícil que debía de ser una situación así.
—Debe de haber sufrido mucho —le dije.
Ella casi se emociona al escucharme.
Así que seguí adelante. Le insinué que entendía que Trevor buscara consuelo en otras mujeres.
Que también entendía por qué prefería mantener ciertas relaciones lejos de las miradas indiscretas.
Después de todo, si alguien hablaba demasiado y la información llegaba a oídos de su suegro, podría poner en peligro la fortuna que algún día le corresponderá, incluida esta casa.
Porque no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que no es una vivienda que Trevor pudiera pagar solo con su trabajo.
Al parecer, la pobre Zoe no tiene hermanos con los que compartir el imperio de su padre llegado el momento.
Harper se tragó la historia sin cuestionarla. Yo pienso que hay agujeros que despertarían mi curiosidad de no ser porque ahora mismo no me interesa lo más mínimo.
Lo importante es que ella confía cada vez más en mí.
Incluso me atreví a ir un paso más allá y preguntarle cómo era posible que Trevor la dejara salir sola. Porque recuerdo que la vi, primero siguiéndome por la calle y después en el teatro.
Ella sonrió.
—Porque confía en mí.
Lo dijo como si fuese su mayor logro en esta vida.
Me explicó que sale cuando quiere, que nadie se lo impide, aunque tampoco le apetece demasiado hacerlo. Según ella, prefiere estar con Trevor siempre que tiene ocasión porque no hay nada que le importe más en este mundo.
Me aguanté las ganas de vomitar de puro asco.
Mientras ella hablaba yo seguía observando. Analizando. Esperando. Porque poco a poco estoy consiguiendo exactamente lo que necesito: que baje la guardia.
Ahora ya no parece tan preocupada por mí. A veces se distrae. A veces tarda unos segundos más de la cuenta en comprobar las correas, me habla de manera más distendida... Son pequeños detalles que me hacen pensar que voy por el buen camino.
Solo necesito tiempo.
Las correas que utilizan son las mismas que empleábamos en el hospital con pacientes psiquiátricos o personas desorientadas. Las conozco perfectamente. Funcionan mediante cierres magnéticos especiales y para abrirlas hace falta una llave imantada.
Esa llave la debe tener Harper. Puede que la lleve encima o tenerla guardada en algún lugar cercano. En cualquier caso, no puede estar lejos.
Pienso en ello constantemente. Si lograra arrebatársela y tuviera al menos un brazo libre, tardaría menos de diez segundos en soltarme. Diez segundos para quitar las correas, levantarme de la cama y correr hacia las escaleras.
Después saldría de esta casa.
Y lo primero que haría sería ir directamente a la policía.