La chica de la 62 32
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Llevo tres días atada a esta cama y ya he aprendido que hay castigos peores que el dolor. Uno de ellos es tener que mirar la cara de Harper cada vez que baja al sótano a hablar conmigo.

Por eso fijo la vista en el techo, en la grieta cuya morfología podría dibujar con los ojos cerrados en caso de no estar atada, claro. ¿Por qué sonríe constantemente? Detesto esa sonrisa. Creo que nunca he odiado algo con esta intensidad.

Si pudiera la mataría.

Hay que reconocer que, de no ser porque está como un cencerro, sería una mujer preciosa.

Ese hombre tiene buen gusto, además de una habilidad innata para manipular mujeres.

Harper tiene una belleza singular, de esas que se ven poco y que por eso son tan llamativas, una presencia magnética que llenaría cualquier habitación.

Menos esta. En esta no cabe nada más; mi ira ha llenado cada rincón.

Lo que no entiendo es cómo esa chica ha acabado aquí. En qué momento se torció su vida. Qué ocurrió para que una mujer que podría tener a quien quisiera terminara dependiendo de alguien que, aunque sea terriblemente atractivo, es un completo psicópata.

Tras solo unos minutos con ellos dos a solas me hice una idea de lo que había sucedido. Aunque cueste reconocerlo, no es el momento de ir de digna: me habían engañado.

El hombre al que yo conocía como Richard y que conocí en el Bellevue a la salida de mi sesión con el doctor Bukowski, no era quien decía ser.

Ahora todo encaja… Una pena no haberme dado cuenta antes.

Las citas que siempre tenían lugar en mi apartamento, las excusas para no dejarnos ver juntos, los paseos por zonas apartadas, los restaurantes perdidos en barrios donde nadie parecía conocerlo, los besos únicamente cuando estábamos solos, su negativa constante a hablar de su trabajo.

Todo.

Absolutamente todo.

Trevor. Así lo llama Harper. Trevor esto, Trevor aquello.

No hace más que hablar de él. Bueno, lo cierto es que habla de muchas cosas porque parece incapaz de permanecer callada más de treinta segundos, pero aproximadamente el noventa por ciento de sus palabras son alabanzas dirigidas al hombre que hasta hace poco consideraba mi pareja.

Es fascinante y aterrador al mismo tiempo.

Cada vez que pronuncia su nombre parece una adolescente enamorada y eso me confirma que está tan atrapada como lo estuve yo.

Hasta hace poco yo sentía lo mismo. Jamás me había sentido tan atraída por alguien.

No sé si utilizó viejos hechizos ocultos en un libro de conjuros, pero lo cierto es que ese hombre consiguió embaucarme hasta el punto en que habría hecho lo que él quisiera para complacerle.

Sospecho que utilizó artimañas para conquistarme y dejarme prendada, pero lo que están haciendo ahora no es una sospecha, es un hecho claro y evidente porque Harper me obliga a tomar medicación.

Me ha dicho que es enfermera. ¡Qué casualidad!

Debe de ser algún tipo de fetiche para Trevor porque resulta que yo también lo soy.

O más bien lo fui antes de convertirme en Linda Ross.

Eso fue antes de Broadway. Antes de las entrevistas, las cámaras, las alfombras rojas y todas las estupideces que pensé que me harían feliz. Qué equivocada estaba.

Cierro los ojos y una parte de mí desearía no haber abandonado aquella vida en la que corría de urgencia en urgencia, apagando fuegos que me afectaban, pero que conseguían que me sintiera realizada.

Era feliz en New Haven. Tenía un trabajo que me gustaba; vivía cerca de mi madre; mi amiga Claire estaba a veinte minutos de casa y mis mayores problemas consistían en cubrir algún turno extra o quitarme de encima algún médico vanidoso que creía poder ligar conmigo solo por su posición jerárquica.

Echo mucho de menos aquellos años. Pero da igual porque ahora estoy secuestrada en un sótano.

Fantástico.

La fama parecía una buena idea cuando la observaba desde lejos. Ahora daría cualquier cosa por volver atrás y quedarme en aquel hospital para siempre.

Harper no debe saber que yo soy enfermera.

He intentado hacer memoria y estoy casi segura de que nunca lo he comentado con Richard, o Trevor, o como diablos se llame de verdad.

La chica aparece varias veces al día con bandejas de comida y vasos de agua.

Al principio me negué a tomar nada, pero es inútil.

Me dejan horas enteras sin beber hasta que la garganta me arde, hasta que los labios se me agrietan, hasta que el agua que traen parece un milagro.

Y entonces bebo porque no tengo elección.

Y como, aunque sé que probablemente la comida está llena de benzodiacepinas o de cualquier otra cosa que me mantiene aturdida.

Las he tomado tanto que conozco sus efectos.

Los párpados me pesan constantemente. Los pensamientos se vuelven lentos. El tiempo se estira y se encoge de formas extrañas. A veces me despierto sin saber si han pasado dos horas o doce.

Trevor baja de vez en cuando exhibiendo la seguridad que le caracteriza. Siempre lleva consigo esa expresión serena que cautiva y que le hace parecer una buena persona.

Lo primero que hace es acercarse a Harper. La besa delante de mí sin ningún pudor. No hablo de un beso cordial, no. Se besan apasionadamente y a ella le brillan los ojos y se derrite. Después viene hacia la cama.

Yo intento apartarme. Intento girar la cabeza. Intento mover los brazos. Intento hacer lo que sea para evitarlo. Pero estoy atada de pies y manos.

Entonces él se inclina y me besa en la frente.

Es repugnante.

Hoy ha venido con la camisa que llevaba puesta en nuestra primera cita. Me sorprendo acordándome de esos detalles. Después de besarme se ha quedado unos cinco minutos mirándome fijamente sin decir nada.

Este hombre está para que lo encierren.

—Todo irá mejor cuando aceptes tu nueva realidad, Megan.

Lo dice con una dulzura que resulta más aterradora que cualquier amenaza directa.

—Estás enfermo —consigo murmurar.

Él sonríe, como si acabara de escuchar algo gracioso.

—No. Estoy enamorado.

La respuesta me provoca un escalofrío porque no hay rabia en su voz, no hay duda, ni siquiera parece estar mintiendo. Trevor está completamente convencido de lo que dice y creo que eso es precisamente lo más peligroso de todo.

—Tendremos una vida maravillosa, Megan. Ya lo verás. Viajaremos por todo el mundo. Compraremos una casa junto al mar. Seremos felices. Todo esto habrá merecido la pena. Ya me darás las gracias. Al igual que hizo Harper.

Veo de soslayo como ella asiente con vehemencia.

Dejo de escucharlo.

Desvío la vista hacia el techo, cuento las grietas una por una y me repito, una y otra vez, que alguien tiene que estar buscándome. Porque la alternativa es demasiado terrible para soportarla.

Harper tiene mi bolso.

Llevo viéndolo sobre la misma silla desde que recuperé la consciencia, a pocos metros de la cama.

Ella sabe que lo miro constantemente. Es el mismo bolso que colgué en el perchero junto a la puerta el día que llegué a esta casa.

Aquel día me sentía una princesa entrando en su reino. Qué ridícula fui.

Hoy puedo decir que estaba equivocada. No era un reino, era una mazmorra.

Harper desbloquea mi teléfono colocándolo delante de mi cara cada vez que quiere utilizarlo. Ni siquiera intenta ocultármelo. Me explicó orgullosa que se dedica a responder por mí para que nadie me eche en falta y comience a buscarme.

Le ha escrito varios mensajes a John Renz diciéndole que me encuentro mal, que necesito unos días de descanso y que no puedo actuar. Según ella, ha sido bastante convincente. John, por lo visto, no debe estar muy de acuerdo porque no deja de llamar.

Lo sé porque escucho vibrar el teléfono con frecuencia y solo él puede ser tan insistente.

Harper nunca contesta. Deja que suene hasta que se corta. Luego manda un mensaje y dice que no se encuentra con ánimos de hablar.

También publica cosas en mis redes sociales. Fotografías antiguas. Frases ambiguas. Reflexiones absurdas sobre la felicidad, la paz interior y la necesidad de encontrar el verdadero camino.

Según ella, está preparando el terreno.

—La gente necesita entenderlo poco a poco —me explica mientras revisa una publicación—. Cuando aceptes tu nueva realidad querrás dejar atrás tu antigua vida y esto te vendrá muy bien para no tener que dar muchas explicaciones.

Después sonríe, satisfecha consigo misma.

—Serás tan feliz que no querrás volver a ser Linda Ross. Ni Megan Moore.

Cada vez que pronuncia esas palabras me entran ganas de escupirle a la cara.

Pero respiro, aún tengo un as en la manga, porque lo que esa niñata no sabe es que han cometido un error.

Un error enorme: me han dejado la ropa puesta.

No solo porque tanto tiempo sin ducharse es demasiado y empiezo a ser consciente de que huelo fatal, sino porque todavía llevo sujeto al cinturón interior de mis vaqueros el pequeño bote de espray de pimienta que me compré cuando vine a vivir a Nueva York.

Nadie lo ha encontrado.

Nadie lo ha buscado.

Pero está ahí. Lo noto cuando presiono mi cadera contra el colchón. Y cada vez que recuerdo que sigue ahí, oculto bajo la tela, siento esperanza.

Porque tarde o temprano voy a conseguir liberar una mano.

Solo necesito una oportunidad.

Un descuido.

Y cuando eso ocurra pienso vaciar ese bote entero sobre la cara de quien esté lo bastante cerca.