31
Me quedo helada.
El aire desaparece de mis pulmones. Detrás de mí oigo el golpe de la puerta al cerrarse.
Después el sonido metálico del cerrojo.
Richard se acerca a la mesa.
La mujer me observa sonriente sin apartar los ojos de mí.
Entonces él señala una silla vacía.
—Siéntate, Megan.
El mundo entero parece detenerse.
—Te presento a Harper.
Creo que mi cerebro se ha quedado atascado. Es la única explicación posible.
Miro a mi alrededor esperando que algo encaje, que alguna pieza encuentre su lugar, pero nada tiene sentido. Ni la mujer sentada frente a mí. Ni este sótano que parece existir al margen de la realidad.
Durante un instante llego a pensar que quizá al bajar las escaleras he entrado en una especie de dimensión paralela y que si vuelvo arriba todo volverá a ser normal. Que abriré la puerta, encontraré el salón, la cocina, la botella de vino y a Richard sonriéndome como hace una hora.
Giro la cabeza hacia la escalera.
No puedo volver. La puerta está cerrada con llave.
Respiro hondo, intentando controlar mi taquicardia.
¿Será la sertralina que me recetó el doctor Bukowski?
La idea aparece de repente y no parece descabellada.
Al menos es menos aterradora que cualquier otra explicación.
Tal vez mi psiquiatra estaba equivocado.
Tal vez debí dejar de tomarla cuando empecé a encontrarme mejor.
Él insistió en que era importante continuar al menos un año completo, pero yo soy enfermera.
Sé cómo funcionan los tratamientos. Sé manejar medicación.
Aunque ahora mismo no sé nada.
Absolutamente nada.
—Siéntate, Megan —insiste Richard.
Vuelvo a mirar a la mujer y entonces la reconozco.
No puede ser.
Me siento despacio sin apartar los ojos de ella.
Intento convencerme de que en cualquier momento alguien aparecerá con una cámara y me dirá que todo es una broma de mal gusto.
Me enfadaría muchísimo. Sobre todo, porque eso significaría revelar quién soy realmente y Richard sabe perfectamente que no quiero hacerlo todavía.
Pero la mujer sigue ahí. Es real. Y parece feliz, a juzgar por su expresión.
Cuanto más la observo, más segura estoy.
Es ella.
La chica que me ha estado siguiendo. La que confundí con una periodista obsesionada con descubrir mi identidad.
—¿Qué significa esto, Richard? —consigo preguntar.
La mujer se inclina hacia delante y me toma las manos. Se las retiro de inmediato; ella ni siquiera parece ofendida.
—Tenía muchas ganas de que estuvieras aquí. Vamos a ser muy buenas amigas.
La miro sin responder, solo niego con la cabeza. Después busco a Richard con la mirada. Él ya está tomando asiento, tranquilo.
—Te quedarás con Harper aquí abajo. Hay sitio para las dos. Aprenderás a comportarte como lo hace ella y seremos felices los tres.
Tardo varios segundos en procesar sus palabras.
—¿Qué?
Harper sonríe todavía más.
—Me quedé prendada de ti cuando te vi en televisión. Trevor me contó que había conocido a una mujer que podía unirse a nosotros.
—¿Trevor? ¿De qué estás hablando, chiflada? —le pregunto.
Ella ignora mis palabras.
—Él sugirió buscar a otra chica que me hiciera compañía. Y tuvimos la suerte de que te cruzaras en su camino. No te juzgo, nuestro hombre es capaz de embaucar a cualquiera.
Abro los ojos como platos sin saber qué decir. Me estoy volviendo loca. Ella continúa.
—Cuando me dijo que eras Linda Ross, estaba deseando verte la cara. Te había descrito muchas veces, pero ahora veo que eres muchísimo más guapa de lo que imaginaba. Vamos a ser muy felices juntos.
La observo sin dar crédito.
—No sé de qué estás hablando. Pero no hay un juntos en esta ecuación. No voy a quedarme aquí. No sé qué clase de locura es esta, pero me voy.
La sonrisa desaparece de su rostro de golpe.
—No. No lo harás.
La firmeza de su voz me provoca un escalofrío.
—Te conozco, ¿verdad? Has estado siguiéndome.
—Quería verte actuar. Lo de seguirte por la calle no estaba planeado, de verdad.
Fue un impulso. También he de decir que el numerito que me montaste en el teatro sobró.
Por poco me causas un problema serio. La pesada de mi prima lleva casi un mes intentando encontrarme.
Si alguien hubiera grabado aquello y lo hubiera subido a redes, habría sido desastroso, Megan.
—Por el amor de Dios... ¿Quién es esta loca? —pregunto mirando a Richard.
Él se acerca a ella, le pone una mano sobre el hombro y le besa la mejilla.
—Tranquila. Poco a poco lo entenderá —le dice.
Esto es una completa locura.
Es entonces cuando el miedo me atraviesa de verdad.
Me levanto tan rápido que la silla cae hacia atrás. El estruendo resuena por toda la estancia mientras corro hacia la puerta. Tiro del pomo una vez, luego otra y otra más, pero no se abre.
—Abre la puerta, Richard.
No responde.
—Te he dicho que abras la puerta —insisto.
Empiezo a golpearla con fuerza.
—¡Abre la maldita puerta!
Mi voz rebota contra las paredes. Nadie viene. Nadie responde.
Solo escucho mi propia respiración acelerada.
—¡Socorro!
Golpeo la puerta con fuerza.
—¡Ayuda! ¡Socorro!
El pánico crece por segundos. No entiendo qué está pasando. No entiendo por qué me están haciendo esto ni por qué Richard me mira con tanta calma.
—¡Auxilio!
A mi espalda escucho pasos.
Sigo golpeando. Sigo gritando. Cada vez más fuerte, cada vez más desesperada, hasta que una mano me agarra del brazo. Intento apartarme, intento zafarme, pero él me gira hacia sí.
Veo algo en su mano.
No llego a identificarlo.
Solo noto un pinchazo repentino en el cuello.
—No...
Empujo. Forcejeo. Trato de escapar, pero Richard me sujeta con firmeza.
—Suéltame.
Mis piernas empiezan a fallar.
—Richard...
Esto no puede estar pasando de verdad.
La habitación comienza a deformarse lentamente. Las luces parecen alejarse. Las paredes se doblan. Harper sigue sentada, observándome, y no consigo distinguir si sonríe o no porque todo empieza a girar.
Intento mantenerme consciente. Intento pensar. Intento recordar cómo he llegado hasta allí. Pero es inútil.
Escucho voces cada vez más lejanas y mi cuerpo deja de responder.
La oscuridad avanza despacio hasta que lo consume todo.