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Llegamos a su casa agarrados de la mano, con una sensación tan intensa recorriéndome el cuerpo que apenas puedo concentrarme en otra cosa que no sea él.
Ojalá algún día lo haga y vea el espectáculo. No sé por qué me importa tanto, pero es así. Creo que sería especial y estoy segura de que me motivaría tanto que cantaría mejor que nunca. Desde que lo conozco siento una necesidad constante de impresionarlo.
Por suerte, no ha vuelto a venir esa chica extraña, o, al menos, yo no la he visto entre el público.
Sé que perdí la compostura hace unos días cuando le monté un numerito al terminar el espectáculo, pero estoy convencida de que me estaba siguiendo y eso no es normal.
En absoluto. Este tipo de situaciones son las que me llevan a odiar al personaje que he creado tras la máscara.
Cuando llegamos a la puerta de su casa, deslizo la palma de la mano por su pecho despacio, provocándolo.
—No me habías dicho que tu casa es increíble.
La fachada de ladrillo rojo destaca sobre el resto de edificios de la calle. Es elegante, imponente y perfectamente cuidada. Una de esas viviendas que llaman la atención y a las que se intuye un interior repleto de lujo y comodidades.
Él sonríe. Después se inclina y deposita un beso suave en mi mejilla. Noto su respiración recorrer mi cuello y me excito sin poder controlarlo.
Estoy deseando entrar y quitarle la ropa. Ya me enseñará la casa después.
Empiezo a sospechar que está jugando conmigo. Es la manera que tienen algunos hombres de provocar a las mujeres.
A él le sale de maravilla.
Abre la puerta y me invita a pasar. Dejo el bolso en el perchero de la entrada.
Sí, la casa es impresionante por dentro.
El suelo de mármol brilla tanto que hay que adaptar la vista.
Los techos son altos, los acabados opulentos y de primera calidad.
Todo resulta amplio, luminoso y sorprendentemente silencioso.
Incluso hay un aroma agradable flotando en el ambiente que hace que el lugar parezca más acogedor de lo que esperaba. Un ligero toque floral que embriaga.
Llegamos a una enorme cocina americana. En el centro hay una isla de piedra oscura sobre la que descansa una botella de vino.
Ha mencionado el nombre hace unos minutos, pero ya lo he olvidado.
Solo con verla entiendo que debe costar una pequeña fortuna. Me gusta el buen vino, pero no creo que sea necesario gastarse esas cantidades de dinero. Pero si a él le hace feliz… Me la beberé entera.
Me entrega la botella y una copa.
—Ayúdame.
Obedezco mientras él abre un armario y saca dos copas más.
Dos.
No sé si sospecha que estoy tan acelerada que es posible que se me escape la que llevo en la mano y termine hecha añicos contra el suelo. Me gusta que sea previsor.
Es tan perfecto.
—Acompáñame.
Lo sigo sonriendo. Sin embargo, algo cambia.
Su expresión se vuelve seria.
Atravesamos un salón inmenso y un pasillo decorado con cuadros modernos.
Entonces llegamos a una puerta.
La abre y descubro una escalera. Conduce a un sótano.
Eso me sorprende, tengo que reconocerlo. Aunque bajaría con él hasta el centro de la tierra si así lo decidiera.
Bajamos.
Al llegar al final de la escalera, abre una segunda puerta y descubro una estancia enorme.
No hay divisiones ni paredes interiores. Todo está integrado en un único espacio abierto. Veo una cocina equipada al completo, una televisión gigantesca frente a un sofá muy amplio, una cama en una de las esquinas y un cuarto de baño al fondo sin puerta.
Es prácticamente un apartamento independiente.
También hay una mesa rodeada de sillas de madera.
Y una mujer sentada junto a ella.