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Así que, en lugar de darle mi número personal, le entregué el de la línea prepago que utilizaba mi alter ego: Linda Ross.
Aquel día salí de la consulta del doctor Bukowski sin saber que acababa de encontrar a la persona que estaba a punto de poner mi mundo patas arriba.
Él no se parecía en nada a los hombres con los que había estado antes.
Ni siquiera jugaba en la misma liga.
Con el paso de las semanas empecé a darme cuenta de ello una y otra vez.
Era educado sin resultar artificial, atento sin llegar a ser controlador y poseía una seguridad en sí mismo que resultaba hechizante.
Sabía escuchar, sabía hacer reír y tenía esa extraña capacidad de hacer que cualquier lugar pareciera mejor simplemente porque él estaba allí.
A veces lo observaba mientras hablaba y me preguntaba de dónde había salido alguien como él.
Porque hombres atractivos había muchos en Nueva York. Hombres inteligentes también. Incluso hombres encantadores. Pero él era una combinación imposible de todas esas virtudes.
Elegante, brillante, audaz y seductor. Uno entre un millón.
Inevitablemente, la chispa que nos encandiló fue creciendo hasta convertirse en una llama. Poco a poco empezamos a confiar el uno en el otro. Las primeras citas dieron paso a encuentros cada vez más largos y muy pronto dejamos de buscar excusas para despedirnos temprano.
Muchas veces terminábamos en mi apartamento.
Nos refugiábamos allí durante horas, aislados del resto del mundo.
Pedíamos comida a domicilio, veíamos películas a las que apenas prestábamos atención, hacíamos el amor, nos reíamos por tonterías y hablábamos hasta la madrugada.
Los días comenzaron a pasar a una velocidad alarmante y, sin darme cuenta, aquella relación se convirtió en la parte favorita de mi rutina.
Era fácil estar con él. Por primera vez en mucho tiempo dejé de sentirme sola y, cuando eso ocurrió, confiarle mi secreto terminó pareciéndome algo natural.
Recuerdo perfectamente la noche en que se lo conté. Le expliqué que el nombre que le había dado desde el principio era el verdadero, pero que mi trabajo consistía en convertirme en Linda Ross cada vez que me colocaba la máscara.
Esperaba preguntas. Esperaba sorpresa. Incluso esperaba decepción.
Pero no encontré nada de eso.
Me escuchó con atención y después me tomó la mano como si acabara de compartir cualquier otra parte de mi vida. Como si aquello no cambiara nada. Como si siguiera viendo exactamente a la misma mujer. No le importaba mi fama, le importaba yo.
Comprendí que mi secreto estaba a salvo. Con él podía bajar la guardia. Con él podía respirar.
Los meses siguientes fueron los más felices de mi vida. Tanto que cuando me propuso mudarme a su casa ni siquiera necesité pensarlo demasiado. Quería compartir su vida conmigo, despertar a mi lado y construir algo juntos. Yo sentía exactamente lo mismo.
Me había tocado la lotería.
No encuentro otra forma de describirlo.
Por eso hoy, mientras atravieso la multitud que se agolpa junto a la salida de artistas esperando una fotografía, me descubro sonriendo debajo de la máscara. Saludo, firmo un par de autógrafos y avanzo hasta distinguir su coche aparcado unos metros más allá.
Entre el gentío resalta un hombre alto y fuerte que me mira con el semblante serio y me incomoda.
No me gustaría en absoluto encontrarme con él a solas en un callejón.
Por instinto, echo la mano a la cintura de mi vestido y rozo el bote de espray pimienta que mi madre me obligó a traer conmigo a Nueva York y que escondo en un pequeño bolsillo.
Abro la puerta del copiloto y tomo asiento. Noto cómo desaparece parte del cansancio acumulado durante la función.
Él me dedica una sonrisa.
Esa sonrisa.
—¿Qué tal ha ido? —me pregunta con su dulce y masculina voz.
—Mucho mejor ahora.
Arranca y nos incorporamos al tráfico de Manhattan. Espero pacientemente hasta que nos alejamos varias calles del teatro Majestic y entonces me quito, por fin, la máscara. La sensación de alivio es inmediata.
Él aparta la vista de la carretera apenas un instante, lo suficiente para mirarme y sonreír.
Yo ya no puedo contenerme.
Me inclino sobre la consola central y le planto un beso lleno de deseo. Lo noto tensarse por la sorpresa. Una de sus manos se aferra con fuerza al volante mientras lanza una rápida mirada al tráfico.
—Voy conduciendo. —Su voz arrastra una risa.
—Lo sé. Estoy contenta porque voy a tu casa por primera vez.
—En cuanto lleguemos lo celebraremos. Hay una botella de Château Margaux esperándonos sobre la mesa.
Su sonrisa se ensancha y la mía también.
Hoy no regreso a mi apartamento. Hoy no tendré que despedirme de él en la puerta. Hoy no tendremos que consultar agendas para saber cuándo volveremos a vernos.
Hoy es el primer día que dormiremos juntos en su casa.
El primer día de la vida que hemos decidido construir y, mientras observo las luces de Manhattan deslizándose al otro lado de la ventanilla, no puedo evitar pensar que, después de tantos años buscando mi lugar en el mundo, tal vez por fin lo he encontrado.