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El vacío fue precisamente lo que me empujó a buscar ayuda. Viví una paradoja difícil de entender.
Había pasado media vida soñando con escapar de la miseria y la monotonía en la que crecí.
Había trabajado hasta la extenuación para llegar donde estaba y, cuando por fin lo conseguí de la mano de un golpe de suerte, cuando tenía dinero, éxito y una carrera que millones de personas envidiaban, fue cuando me encontré más perdida que nunca.
Extraño, ¿verdad?
Con cada colaboración que hacía para Instagram con la máscara puesta cobraba diez mil dólares, a veces más.
Solía firmar tres acuerdos en una semana, otras cuatro.
Las marcas se peleaban por trabajar conmigo y yo derrochaba todo el dinero en caprichos innecesarios, sobre todo en ropa.
No había un solo día que no despertase y tuviera el móvil echando fuego.
Creo, con sinceridad, que hubo unas cuantas propuestas comerciales que no atendí, simplemente, porque no llegué a verlas en la interminable lista de mensajes que recibía.
A todo eso había que sumar mi salario en el espectáculo de Broadway.
Y sin embargo, a nivel emocional, me sentía vacía. Completamente vacía.
Al principio intenté convencerme de que era agotamiento, que necesitaba unas vacaciones o que simplemente estaba trabajando demasiado y, en cierto modo, me había distanciado de mis amigos y familiares al mudarme a otra ciudad.
Pero los días pasaban y la sensación seguía allí, acompañándome a todas partes.
Por eso empecé a salir sola a caminar por Nueva York. Necesitaba escapar de mí misma durante unas horas.
Recorría barrios que apenas conocía, entraba en cafeterías al azar y pasaba tardes enteras caminando por Central Park.
Era curioso porque aquellos paseos se habían convertido en los únicos momentos del día en los que realmente podía respirar.
Podía quitarme la máscara y que nadie me reconociera.
Nadie me señalaba por la calle ni me pedía fotografías.
Por unas horas dejaba de ser un personaje y volvía a ser una persona.
Una mujer normal y corriente sentada en un banco observando a la gente pasar, escuchando conversaciones ajenas y sintiéndose parte del mundo en lugar de un espectáculo.
Fue una sensación difícil de explicar. Libertad, quizá. Anonimato. Paz.
Lo irónico era que aquella misma máscara que me había dado todo, también se había convertido en una prisión.
Había construido una carrera entera alrededor del misterio.
La gente no seguía únicamente mi música; seguía la incógnita, las teorías, las preguntas y la fantasía de descubrir quién era realmente la mujer que no mostraba su rostro.
Y cuanto más crecía el personaje, más miedo me daba destruirlo.
Tampoco soy tonta; no se mata a la gallina de los huevos de oro, ¿verdad?
La simple idea de revelar mi identidad me aterraba. Me preguntaba constantemente qué ocurriría después, si la gente seguiría interesada en mí, si continuarían queriéndome o si todo aquello desaparecería tan rápido como había llegado.
Aquellos pensamientos terminaron colándose en mis noches. Me costaba dormir. Pasaba horas dando vueltas en la cama mirando el techo y, cuando conseguía cerrar los ojos, una presión desagradable aparecía en mi pecho. El corazón se aceleraba sin motivo y la cabeza parecía incapaz de detenerse.
Reconocía perfectamente aquellos síntomas. La ansiedad ya me había visitado en otras etapas de mi vida, pero nunca con aquella intensidad. Nunca de una forma tan constante.
Decidí buscar ayuda.
Una noche, abrí internet y empecé a investigar. Leí artículos, opiniones y recomendaciones hasta que un nombre comenzó a repetirse una y otra vez: el doctor Bukowski. Una especie de eminencia de la psiquiatría que trabajaba en el Bellevue y que contaba con referencias excelentes.
Siempre había pensado que los mejores terapeutas eran los amigos, las personas que te conocían de verdad y podían decirte lo que necesitabas escuchar sin cobrarte un dineral por ello.
El problema era que en Nueva York estaba sola.
Terriblemente sola. No tenía amigas a las que llamar cuando las cosas iban mal.
No tenía a nadie con quien compartir mis miedos sin filtros.
Así que pedí cita.
Recuerdo perfectamente la primera vez que crucé la puerta de aquella consulta.
Su secretaria fue lo primero que me llamó la atención.
Era... particular. Demasiado curiosa para mi gusto.
Habladora, entrometida, una de esas personas que tienen un talento natural para hacer preguntas que no les incumben. No me gustaba en absoluto.
Por suerte, el doctor Bukowski era todo lo contrario.
Transmitía una tranquilidad superlativa. Nunca tenía prisa, nunca me interrumpía y tampoco intentaba impresionarme con grandes discursos. Simplemente escuchaba y, cuando hablaba, parecía escoger cada palabra de manera calculada y acertada.
Sesión tras sesión fue ayudándome a ordenar pensamientos que llevaba años evitando.
A veces salía de allí frustrada, otras aliviada, pero siempre tenía la sensación de haber avanzado un paso más.
Y, sobre todo, tenía algo que no encontraba en ningún otro lugar: la certeza de que mi secreto, la identidad de Linda Ross, estaba a salvo.
Porque él conocía la verdad. Sabía quién era cuando la máscara desaparecía y durante aquellos meses terminé aferrándome a sus consultas como si la vida me fuera en ello, porque dentro de aquel despacho encontraba una calma que no era capaz de encontrar en ningún otro lugar de Nueva York.
También, supongo, la sertralina que me recetó jugó su parte importante en la partida. Pero hubo algo más. Un factor determinante que fue crucial para mi recuperación.
Conocí a mi media naranja un día que salí de la consulta del doctor Bukowski.
El ascensor estaba averiado y tuve que bajar por las escaleras. El Bellevue es enorme y me perdía con facilidad, así que terminé dando más vueltas de las necesarias por varios pasillos hasta llegar a una zona que no recordaba haber visto antes.
Lo que no olvidaré nunca es el momento en el que lo vi a él.
No sé cómo explicarlo sin sonar ridícula. Fue un flechazo. Uno de esos que siempre pensé más propio de Hollywood que de la vida real.
Apareció al doblar una esquina con una carpeta en una mano y un maletín impecablemente colgado del hombro. El peinado perfecto, desbordando elegancia. Era extraordinariamente atractivo. Alto, fuerte, seguro de sí mismo y con esa aura mágica que embauca.
Cuando nuestras miradas se encontraron tuve la sensación de que algo se detenía durante un instante, tal vez la rotación de la tierra. Fue solo un segundo, quizá menos, pero suficiente para que me quedara completamente inmóvil en mitad del pasillo.
Debió de notar mi desconcierto porque una sonrisa apareció en sus labios.
Una sonrisa tranquila y natural. Peligrosamente bonita.
—Hola. ¿Puedo ayudarla? ¿Se ha perdido?
Estuve a punto de decirle que sí, que llevaba años perdida y que acababa de hacerlo de nuevo, pero que aquella vez fue dentro del laberinto que suponían sus ojos. Por suerte conservé algo de dignidad.
Me limité a sentir cómo el calor me subía a las mejillas y asentí.
—Sí, un poco. Buscaba la manera de salir de aquí.
Mentí. En realidad, ya había localizado los carteles de salida unos metros atrás, pero mis reflejos funcionaron más rápido que mi sentido común y encontré una excusa perfecta para que me acompañara.
—Voy hacia allí. Si quiere, la acompaño.
Quise responder algo ingenioso. Algo sofisticado. Algo que no sonara vulgar. Lo único que conseguí fue asentir otra vez.
Empezamos a caminar juntos y durante los primeros segundos apenas fui capaz de abrir la boca. Estaba tan pendiente de no desentonar que mis andares se volvieron tórpidos. Por suerte, mi silencio funcionó e hizo exactamente lo que yo esperaba que hiciera.
Fue él quien inició la conversación.
Me preguntó qué hacía en el Bellevue, si trabajaba allí o si había acudido por algún otro motivo.
Mentí de nuevo, le dije que había ido a visitar a una amiga que estaba ingresada.
Aquella respuesta parecía mucho más sencilla que explicarle que llevaba meses sentándome en la consulta de un psiquiatra intentando poner orden en mi cabeza.
Él aceptó la explicación sin cuestionarla y siguió hablando.
Y qué bien hablaba, por el amor de Dios...
Cuando llegamos a la planta baja ya sabía que él había acudido al hospital para realizarse un chequeo.
Algo absurdo teniendo en cuenta que cualquiera que lo mirase podría afirmar que era la representación física de la salud.
También sabía que tenía un sentido del humor inesperado, que le gustaba correr por las mañanas y que poseía esa seductora capacidad de hacer que cualquier conversación pareciera interesante.
Ni siquiera recuerdo en qué momento dejamos de caminar.
Solo sé que terminamos detenidos junto a las puertas de salida mientras la gente entraba y salía constantemente a nuestro alrededor. Nosotros seguíamos allí, hablando como si nos conociéramos de toda la vida en lugar de solo quince minutos.
Tal vez fueron más, no lo sé.
El continuo espacio-tiempo ya no era tan continuo.
Él me contó algunas cosas sobre sí mismo y yo le ofrecí una versión cuidadosamente editada de quién era. Lo suficiente para resultar interesante sin poner en peligro mi secreto.
Cuanto más hablábamos, más claro tenía que aquel hombre era fascinante. De los peligrosos. De los que te hacen sonreír sin darte cuenta. De los que consiguen que olvides mirar la hora.
Finalmente sonrió y se metió una mano en el bolsillo de la americana.
—¿Puedo pedirte una cosa?
Arqueé las cejas.
—Depende.
—Tu número de teléfono.
Así de fácil. Sin juegos ni rodeos.
Y yo se lo di.
Le habría dado mucho más que eso. Probablemente, le habría entregado a mi primogénito varón a cambio de una primera cita, pero para entonces ya empezaba a ser consciente de algunos de mis errores pasados y había aprendido a protegerme un poco mejor.