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PARTE II

LINDA ROSS

Escucho los aplausos al terminar la función.

Resuenan al otro lado del telón y, por un instante, cierro los ojos.

Cada noche son más fuertes. Cada noche duran un poco más.

Resulta extraño porque, cuanto más crecen, menos importancia tienen para mí.

Hubo una época en la que habría dado cualquier cosa por escuchar una ovación así.

Ahora que la recibo a diario me parece absurdo.

Los aplausos solo significan que otra función ha terminado y que, durante dos horas, he conseguido convertirme en alguien que no soy: Linda Ross interpretando a Adrastea.

La mujer misteriosa. La estrella de Broadway a la que nadie ha visto jamás sin máscara.

La prensa está obsesionada con ello. Me han llegado a ofrecer un millón de dólares por la exclusiva a través de John Renz, el director del musical.

Los fotógrafos esperan durante horas junto a la salida trasera del teatro por si cometo un descuido.

Los programas de televisión inventan teorías absurdas y las revistas publican especulaciones todavía peores.

Algunas aseguran que soy una actriz famosa escondida bajo otra identidad.

Otras sostienen que oculto alguna enfermedad o una cicatriz terrible.

La realidad es mucho más simple y si saliera a la luz decepcionaría a todo el mundo.

Me aterra actuar en público, que sepan que soy yo quien canta, quien baila y quien se mueve de esa forma tan sugerente sobre el escenario.

Taparme la cara era la única solución viable para cumplir mi deseo de actuar frente a miles de personas.

Acompaño al resto del reparto y doy un paso al frente para saludar. Las luces golpean mi máscara y arrancan reflejos dorados de su superficie. Nadie aquí conoce mi rostro. Ni mis compañeros de reparto, ni los músicos, ni los técnicos, ni siquiera el director.

A veces pienso que todo empezó por una estupidez.

Vi el anuncio de una audición y quise presentarme, pero solo imaginarme cantando en una sala llena de desconocidos hizo que se me revolviera el estómago.

Así que grabé un vídeo cantando de espaldas por mera curiosidad, por saber qué opinaban de mi voz.

Ni siquiera se me veía el perfil. Me puse ropa ajustada porque, ya que estaba ocultando la cara, al menos quería llamar la atención de alguna manera.

Siempre he sido consciente de que mi físico juega a mi favor y he sabido utilizarlo. Negarlo sería absurdo.

Lo que nunca he sabido manejar es la vergüenza a ser juzgada, a ser expuesta.

Me encanta cantar. Lo he hecho toda mi vida. Canto mientras cocino, mientras limpio la casa, mientras conduzco, mientras me ducho. Pero hacerlo delante de otras personas es diferente. Cuando alguien me observa siento que el aire desaparece de mis pulmones.

Por eso, cuando recibí la llamada de John, surgió un gran dilema.

Todavía recuerdo estar sentada en el borde de la cama sujetando el teléfono con ambas manos mientras él hablaba sin parar.

Me dijo que mi voz lo había encandilado, que quería conocerme y que deseaba que hiciera una prueba para interpretar a Adrastea en su obra Némesis .

Yo apenas podía responder. Me estaba muriendo de vergüenza.

No se lo conté a nadie. Ni a mi madre, ni a mi círculo de confianza. A nadie. Ni siquiera a Gregg, el chico cinco años menor que yo que tenía un cuerpo perfecto y con el que me acostaba. Me planteaba dejarlo día sí, día también, después de que se enamorase perdidamente de mí.

Guardé el secreto porque estaba convencida de que jamás tendría valor para aceptar el trabajo. Sin embargo, los días pasaron y una idea comenzó a abrirse camino en mi cabeza. Si encontraba la forma de ocultarme, quizá podría hacerlo.

Fue entonces cuando surgió la idea de utilizar una máscara.

Así que me subí a un tren y me lancé a la aventura. Aún recuerdo la cara de John y de su equipo cuando entré a la sala de audiciones con la máscara puesta y les expliqué que esa era la única manera en la que pisaría un escenario. Contra toda lógica, aceptó sin poner ninguna pega.

Mi director está completamente loco. Es de esos artistas que creen que la creatividad es una especie de maldición divina y que cada ocurrencia extravagante merece ser llevada a la práctica. En lugar de echarse las manos a la cabeza, dijo que era brillante.

Le encantó.

Afirmó que añadía misterio al personaje, que la gente se obsesionaría intentando descubrir quién era yo y que convertiría la obra en algo único. Puede que tuviera razón. Lo cierto es que nunca volvió a preguntarme por mi identidad. Le daba exactamente igual.

Mi rostro no le interesaba. Mi voz sí.

Y también mis curvas.

Eso quedó claro desde el momento en que comenzaron a llegar los primeros diseños de vestuario. Todos ellos escasos de tela. Según él, Adrastea debía resultar magnética, provocadora e imposible de olvidar. Yo sospechaba que simplemente le gustaba presumir de actriz.

Y funcionó.

La voz era mía. El cuerpo era mío. Pero nadie sabía quién era la mujer que se escondía detrás de la máscara.

La obra comenzó a ganar popularidad a los pocos días de su estreno y, a día de hoy, los aplausos siguen sonando mientras abandono el escenario y me adentro entre bastidores.

Entonces siento la misma emoción que me acompaña desde que sacié mi narcisismo tras cuatro funciones interpretando a mi personaje en Broadway.

Alivio.

Porque el espectáculo ha terminado. Porque ahora puedo regresar a casa y quitarme la máscara delante del único hombre que ha visto quién soy.

Bueno, ha visto eso y cada rincón de mi cuerpo.

Os contaré cómo lo conocí.