La chica de la 62 27
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Despedida

Si no he batido un récord debo estar bastante cerca. Pienso en ello mientras camino por Manhattan.

Despedida.

Todavía me cuesta creer que, en cuestión de días, haya pasado de sentir que mi vida por fin empezaba a encajar a encontrarme otra vez perdida.

Al poco de llegar aquí estaba ilusionada.

Tenía un trabajo que me gustaba, una rutina que comenzaba a parecerse a una vida de verdad y, por primera vez en mucho tiempo, había vuelto a notar ese hormigueo en el estómago que solo consiguen despertar las relaciones incipientes que ilusionan.

Ahora estoy despedida y tengo serias dudas de que la llama entre Trevor y yo se mantenga encendida.

Empiezo a creer que es cierto eso de que tengo un imán para los problemas. Siempre los he atraído. Por mi carácter, por mis decisiones, por mis actos… Quizá, el problema no sea la suerte o la desgracia que haya podido tener. Puede que el problema sea yo misma.

Megan Moore, la problemática.

No sé qué es peor: perder el empleo o la forma en que ha sucedido.

Debería estar enfadada. Debería estar llorando.

Sin embargo, lo único que siento es un agotamiento profundo, uno de esos que se te instala dentro y te acompaña a todas partes.

Porque, si soy sincera, ya estoy acostumbrada a esto.

A fracasar. A correr detrás de algo que deseo y acabar golpeándome contra un muro una y otra vez.

Odio mi vida, pero ayer la amaba.

¿Soy bipolar?

Cambian los escenarios. Cambian las personas. Cambian las ciudades.

El resultado siempre parece el mismo.

Termino sola, recogiendo los pedazos y preguntándome en qué momento lo estropeé todo.

Lo de la relación abierta de Valerie y Josh ha sido toda una sorpresa, lo reconozco.

Y no quiero juzgar a nadie, aunque eso sea algo que no va conmigo.

Pero lo demás era cierto: Josh esconde algún secreto, solo que su mujer no ha escuchado ni una sola palabra de lo que le he contado.

Creo que Valerie no quiere ver más allá de sus narices.

Está cegada, como yo lo estuve con Richard antes de que me abandonara.

Sigo avanzando por la acera mientras la ciudad mantiene su rutina habitual. Yo no le presto la más mínima atención. Esta mañana todo parece suceder muy lejos de mí.

En mi cabeza solo hay niebla.

Una niebla espesa que no me deja pensar con claridad y que me empuja, una y otra vez, hacia las mismas preguntas. Hacia una incógnita cuya respuesta no soy capaz de hallar, pero que presiento voy a obtener pronto.

Intento ordenar los acontecimientos de los últimos días, pero la discusión con Valerie es demasiado reciente como para dejarme pensar en otra cosa con claridad.

Me ha despedido. Eso hace bastante difícil que pueda conseguir una carta de recomendación para encontrar otro trabajo. Y sin trabajo no hay dinero, y sin dinero…

Tal vez pueda revertir la situación…

Qué va… ¿A quién quiero engañar? No consigo apartar de mi mente su expresión, su enfado, su odio hacia mí.

Aprieto la mandíbula mientras cruzo una avenida sin prestar atención al semáforo.

Debería volver a Connecticut y olvidarme de todo y de todos. Vender el apartamento de mi madre, comprar algo decente en New Haven y probar suerte en mi antiguo trabajo de urgencias.

Pero no, no puedo. Siento que algo no encaja en esta historia y que debo quedarme. Ahora estoy más convencida que nunca de que debo llegar hasta el final.

Me faltan piezas. Hay algo que no sé. Algo importante que necesito descubrir.

Por eso camino hasta la dirección que vi ayer en el permiso de conducir de Trevor. No es la primera vez que veo esa dirección, estoy segura. Me suena. Y mucho.

Pero aún no tengo claro de qué; necesito estar allí y verlo con mis propios ojos.

No he tomado un taxi ni el metro. Ni siquiera he comprobado cuánto tiempo llevo andando. Simplemente he salido del diner decadente y he empezado a moverme, incapaz de quedarme quieta. Andar es bueno para pensar. O para volverse loca, como parece mi caso.

Levanto la vista y diviso la calle a la que me dirijo a varias manzanas de distancia. Tengo una especie de déjà vu y noto cómo mi corazón acelera el ritmo.

No sé exactamente qué voy a encontrar cuando llegue.

No sé si las respuestas que busco están realmente allí.

Pero sí sé algo.

He cruzado media ciudad para obtenerlas y no pienso marcharme sin ellas.

Recapitulo todo lo que ha sucedido durante estos días mientras sigo caminando.

Ha sido demasiado intenso. Linda Ross. El teléfono. Aquellas conversaciones que no dejaban lugar a la imaginación. Harper Lynch. Su desaparición. Josh. Trevor. Valerie. Los camerinos de Broadway. Los secretos escondidos detrás de puertas cerradas. Las medias verdades. Las mentiras completas.

Y todas esas preguntas.

Todos esos interrogantes que parecían dispersos, imposibles de relacionarse entre sí y que, sin embargo, empiezan a conducir al mismo lugar. A una misma imagen que se dibuja cada vez con más nitidez en mi cabeza.

No quiero pensar en ella porque hacerlo implica aceptar cosas que preferiría ignorar, pero ya no puedo evitarlo.

Cuando llego a la altura del número 329 al este de la calle 65, después de más de una hora caminando sin detenerme, el barrio me resulta dolorosamente familiar. Mi ritmo disminuye casi sin darme cuenta. Las fachadas, los escaparates, los árboles que bordean la acera... todo sigue exactamente igual.

Los recuerdos empiezan a surgir solos.

La verdadera dirección del doctor Trevor Green no es en Hoboken.

Está frente a mí, en Manhattan. Es una casa de ladrillo rojo imponente.

Tiene tres plantas y es la mejor casa del barrio, no hay comparación posible.

Tiene un aire victoriano que parece sacado de una postal, con ventanales enormes y, aunque no lo puedo ver desde aquí, sé que en el jardín trasero hay un pequeño estanque donde viven dos carpas koi que alguna vez se llamaron Romeo y Julieta.