26
No voy a ir a trabajar hoy.
La decisión está tomada desde el momento en el que Trevor agarró su cartera y se despidió de mí.
No he dormido. Ni un minuto.
He pasado la noche entera dando vueltas en la cama, mirando el techo de mi apartamento y repasando una y otra vez cada pieza de este maldito rompecabezas que no deja de complicarse.
Linda Ross. Harper Lynch. Bukowski, el psiquiatra de Linda.
Greta, su asistenta cotilla. Valerie y su adúltero marido Josh.
La mujer que me atacó en el cuarto de baño.
Cuanto más pienso en ello, más convencida estoy de que todo está conectado y, al mismo tiempo, más lejos parece quedar la respuesta.
Es algo así como intentar distinguir una figura al otro lado de un cristal cubierto de vaho. Sé que está ahí. Puedes intuir los contornos e imaginarte lo que hay detrás, pero no lo veo.
Necesito encontrar la manera de despejar la niebla.
Y voy a hacerlo.
Aunque tenga la cabeza embotada por el cansancio y sienta los párpados tan pesados que cada vez que cierro los ojos sea un esfuerzo titánico abrirlos después.
A primera hora de la mañana sigo la misma rutina de siempre.
Me ducho, me visto y bajo al metro. Incluso realizo el mismo trayecto hasta el Bellevue y me cruzo con un par de personas que cogen el tren a la misma hora que yo.
Sin embargo, cuando salgo a la calle y veo el hospital al otro lado de la avenida, mis pies toman otra dirección.
Termino entrando en el Murray's Corner Diner, un local situado en la esquina de la primera avenida con la calle 28.
El cartel rojo de la fachada parece propio de los años de la ley seca y el interior no mejora la primera impresión.
Las paredes están recubiertas por paneles de madera oscurecidos por el tiempo, los asientos de vinilo presentan grietas en las costuras y las lámparas fluorescentes muestran signos de agotamiento parpadeando con frecuencia.
Junto a los baños descansa una vieja máquina de discos que consigue darle un toque aún más vintage al local.
Me siento junto a la ventana y pido un café.
Luego otro. Y después otro más.
La camarera deja de ofrecerme la carta cuando comprende que no tengo intención de comer nada. Durante casi una hora soy la única clienta del local. Una pareja de jubilados ocupa una mesa al fondo durante unos minutos antes de marcharse y, después de eso, nadie cruza la puerta.
Nadie.
Observo las mesas vacías, la camarera hojeando una revista detrás del mostrador y la cocina prácticamente silenciosa. Si este establecimiento sigue abierto dentro de un año, alguien debería inspeccionarlo porque sería evidente que es una tapadera.
Cuando vuelvo a mirar el reloj son exactamente las ocho.
Saco el teléfono y llamo a Valerie.
Responde al tercer tono.
—¿Megan?
—No voy a ir a trabajar hoy.
Una pausa.
—¿Te encuentras mal? —me pregunta.
—Estoy bien.
No es verdad, pero tampoco tengo fuerzas para explicarlo.
—Necesito que canceles mi consulta y avises a los pacientes.
—¿Qué ocurre? No entiendo nada.
Dirijo la vista hacia el Bellevue al otro lado de la calle.
—Necesito hablar contigo.
—¿Ahora? —pregunta Valerie, incrédula.
—Ahora.
—De acuerdo, te escucho.
—Estoy en el Murray's Corner Diner. Está cerca del hospital. ¿Lo conoces?
—Sí. —Escucho cómo se mueve al otro lado del teléfono—. Vale. Voy para allá.
—Te espero.
Cuelgo antes de que pueda formular más preguntas y dejo el móvil sobre la mesa.
A través del cristal veo entrar y salir trabajadores del Bellevue ajenos a todo lo que pasa por mi cabeza.
Valerie tarda exactamente quince minutos en llegar.
Los cuento uno a uno mientras remuevo un café que ya se ha quedado frío, tratando de controlar mis nervios.
Cuando aparece por fin cruzando la avenida, caminando a paso rápido, sé inmediatamente que no está de buen humor.
Su expresión mezcla enfado e incertidumbre, y cuando entra en el diner ni siquiera pierde tiempo esbozando una sonrisa de cortesía.
Me localiza enseguida, se acerca a la mesa y toma asiento frente a mí.
Mira alrededor con evidente desaprobación.
—¿No había un sitio peor en todo Manhattan?
En cualquier otra circunstancia me habría reído, pero hoy sus palabras no vienen envueltas en la habitual amabilidad. Está enfadada porque le he hecho salir del hospital a primera hora y le he generado un problema cancelando mi consulta.
La seriedad de mi expresión debe advertirle que algo va realmente mal porque la ironía desaparece de su rostro casi al instante.
—¿Qué ocurre?
Decido no dar rodeos.
—Tengo que contarte algo y creo que te va a hacer daño.
Entorna los ojos y se inclina hacia mí.
—Megan… ¿Qué pasa?
Tomo aire.
—Hace unos días vi a Josh. —Ella asiente, esperando que continúe—. No estaba solo.
Su mirada permanece fija en la mía.
—Estaba con una mujer. Los vi en Times Square —añado con un nudo en la garganta.
Valerie sigue escuchando sin interrumpirme.
—Parecían muy cercanos —añado.
—¿A qué te refieres con muy cercanos?
—Se estaban besando, Valerie.
La frase flota en el aire. He estado imaginando esta conversación durante toda la noche. Había imaginado lágrimas, negación, rabia. Incluso que se levantara y se marchara.
Lo que no había imaginado era esto.
Valerie baja la mirada hacia la mesa.
—Ya lo sé.
Me quedo inmóvil. Ha sido un buen giro de guión.
—¿Cómo que ya lo sabes?
—Pues eso, que ya lo sé.
La sorpresa es tan grande que durante unos segundos ni siquiera sé qué decir.
—¿Desde cuándo? —pregunto.
—Desde hace bastante tiempo.
Parpadeo varias veces.
—Valerie, no entiendo nada.
Ella suspira y se recuesta ligeramente en el asiento.
—Porque no hay mucho que entender. Josh y yo dejamos de funcionar como pareja cuando nació nuestro hijo.
La escucho en silencio, con los ojos bien abiertos.
—Cuando me quedé embarazada las cosas ya estaban mal. Nos sentamos a hablar porque sabíamos que no podíamos seguir fingiendo que todo era perfecto. Él tenía necesidades que yo no podía cubrir y yo tenía otras prioridades.
Aparta la vista un instante hacia la ventana.
—Yo quería una familia. Quería que nuestro hijo creciera con sus padres juntos. Así que valoramos nuestras opciones y llegamos a un acuerdo —explica Valerie.
Empiezo a comprender antes de que termine la frase.
—¿Tenéis una relación abierta?
Asiente.
—Sí.
No hay orgullo en su voz. Tampoco vergüenza. Solo resignación.
—No me gusta pensar en Josh con otras mujeres, Megan. No me hace feliz. Pero si quiero conservar la vida que hemos construido juntos, esta es la única forma que hemos encontrado de hacerlo funcionar.
Me quedo observándola sin saber qué sentir.
Todo aquello resulta mucho más triste de lo que esperaba.
—Y tú… ¿Eres feliz?
La pregunta escapa de mis labios antes de poder detenerla.
Valerie me sostiene la mirada durante unos segundos.
—No vayas por ese camino.
—Solo te he preguntado si eres feliz.
—Y yo te estoy diciendo que no vayas por ese camino.
Su tono no es agresivo, pero sí tajante.
—Fue una decisión propia —continúa—. Nadie me obligó. Nadie me presionó. Es algo entre él y yo. Te agradezco el detalle de contármelo y te pediría que no se lo dijeras a nadie, pero tengo mucho trabajo y tú deberías ir a tu consulta.
Asiento despacio. No porque esté convencida, sino porque comprendo que no quiere seguir profundizando en ello.
Durante unos segundos reina un silencio mucho más incómodo para mí que para ella. Entonces recuerdo el verdadero motivo por el que la he hecho venir.
—Hay algo más.
Valerie vuelve a concentrarse en mí.
—¿Qué más puede haber?
—He estado investigando algunas cosas sobre Linda Ross.
Su expresión cambia ligeramente.
—Otra vez con eso… ¿Por qué?
—Porque cada vez aparecen más personas relacionadas con ella y porque empiezo a pensar que algunas conexiones no son casualidad.
Tomo aire. Lo que le voy a contar sobre su marido es fuerte. Me tiembla todo el cuerpo cuando comienzo a hablar. Le explico lo de Carlos, el portero. Le cuento la conversación que mantuvimos y cómo acabó reconociendo a Josh en la foto de la pared del hospital.
Al principio Valerie escucha con atención, pero a medida que avanzo noto cómo algo empieza a cambiar.
La calma desaparece y su mandíbula se endurece.
Le repito las palabras de Carlos buscando una reacción que no llega. No encuentro resignación en sus ojos. Encuentro algo muy distinto.
Mientras hablo veo cómo la furia comienza a abrirse paso poco a poco en su rostro. Ya he llegado a un punto de no retorno, así que no me detengo.
—Y, además. He oído rumores que dicen que Josh tuvo una relación con Harper Lynch antes de que ella desapareciera.
Valerie da un golpe sobre la mesa tan fuerte que me estremezco. La camarera nos mira, cohibida.
—Hasta aquí podíamos llegar —sentencia Valerie.
La frase sale de sus labios con una frialdad tajante. Su expresión se ha endurecido por completo y ya no queda rastro de la mujer resignada que hace apenas unos minutos me hablaba de su matrimonio.
—Lleva cuidado con lo que dices, Megan.
—De verdad que no quiero darte problemas, no te lo estaría contando si no creyera que es importante.
—Ah, ¿no?
—Claro que no. Por eso fui a ver a Josh antes.
Valerie frunce el ceño.
—¿Que has hecho qué?
—Ayer fui al gimnasio de Josh.
Su sorpresa se vuelve ira.
—¿Fuiste a hablar con mi marido?
—Necesitaba saber si Carlos decía la verdad.
Se inclina hacia delante.
—¿Y bien?
Respiro. No puedo ocultar el tremendo respeto que le tengo a Valerie.
—Cuando mencioné a Linda Ross vi algo en su cara. Intentó disimularlo, pero se puso nervioso. No puedo demostrarlo, pero estoy segura de que Carlos no se lo inventó.
Valerie me observa durante varios segundos. Después se cruza de brazos y, para mi desconcierto, sonríe.
No es una sonrisa amable.
Es la sonrisa de alguien que acaba de confirmar algo que sospechaba desde hace tiempo.
—Sabía que esto iba a pasar.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Sabía que acabarías haciendo algo así —repite Valerie.
—No te sigo.
—Claro que no. —Sacude la cabeza lentamente—. Porque nunca entiendes cuál es el problema.
Empiezo a sentir una incomodidad creciente.
Me encojo de hombros.
—¿Sabes por qué te contraté? —inquiere con cierta ironía.
La pregunta me deja desconcertada.
—Porque necesitabas una enfermera, supongo.
—No. —La respuesta es inmediata—. Te contraté porque me lo recomendó mi psicólogo.
Me quedo mirándola.
—¿Tu psicólogo?
—Sí. El mismo que me ayuda a gestionar todo lo relacionado con Josh y nuestro matrimonio.
Decidí acudir a él después de obsesionarme con una chica con la que había tonteado Josh.
Pasé por un bache y lo pagué con ella; no la dejaba tranquila e incluso la acosaba por redes.
Al principio, la terapia me ayudó, pero me estanqué.
Un día, mi psicólogo me sugirió un ejercicio.
Me dijo que intentara acercarme a alguien con quien tuviera una mala relación.
Alguien a quien guardara resentimiento; a quien odiase.
Que intentara reconstruir puentes y superar viejas heridas.
Mi estómago empieza a encogerse.
—¿Pensaste en mí?
—No en un primer momento, no eres tan importante. Pero a los pocos días me llegó tu solicitud de empleo y dije… ¿Por qué no? Eras perfecta para ese papel.
No me gusta hacia dónde se dirige la conversación.
—No sabía que tuviéramos una mala relación.
Valerie suelta una carcajada amarga.
—Claro que lo sabías. —Se atusa el pelo—. Te odio desde la universidad.
Las palabras me golpean con tanta fuerza que durante un instante me quedo sin respiración.
—¿Qué?
—No te hagas la sorprendida. No funciona, Megan.
—Valerie, de verdad que yo…
—Demostraste exactamente quién eras cuando te liaste con Eric. Sabías perfectamente que yo estaba colada por él.
Tardo unos segundos en recordar de quién habla.
¿En serio? ¿Aún estamos con esas? Creía que era una mujer increíble, pero ahora me resulta patética.
—Han pasado años. Éramos unas crías. Y te aseguro que no sabía que te gustaba.
—Lo sabías perfectamente.
—No es verdad —afirmo.
—¿De verdad vas a seguir fingiendo?
Su voz va cargándose de años de resentimiento. No respondo a esa pregunta.
—Siempre has sido igual, Megan. Siempre necesitas gustar. Necesitas que te miren. Necesitas ser el centro de atención. Y cuando alguien más recibe interés, apareces tú para reclamar tu sitio.
Niego con la cabeza.
—Eso no es justo.
—Tonta de mí, intenté seguir el consejo de mi psicólogo. Te contraté. Te presenté a mi marido y a mis amigos. Compartí tiempo contigo. Escuché tus problemas. Me repetí una y otra vez que la gente cambia.
Su sonrisa regresa, pero es puro sarcasmo.
—Yo creía que éramos amigas —digo.
Nada más decirlo me doy cuenta de lo ingenua que he sonado.
Valerie me sostiene la mirada.
—Nunca hemos sido amigas. Y todo esto que cuentas sobre Josh no lo puedo tolerar.
—No me lo he inventado.
—Claro. —Su tono está cargado de desprecio—. Mi marido será muchas cosas, pero no es un mentiroso, Megan. No es como tú.
—Yo solo intento ayudarte…
Se pone en pie antes de que pueda terminar.
—He intentado darte una oportunidad, Megan. De verdad que lo he intentado.
Su voz se suaviza como preludio de una pausa que se alarga. Intento volver a hablar, pero ella me interrumpe.
—Estás despedida.
¿He oído bien?
—¿Qué?
—No vuelvas al Bellevue.
Me quedo inmóvil.
Ella se gira, camina hacia la salida y desaparece por la puerta sin concederme una sola oportunidad de responder.