La chica de la 62 25
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Estoy tan cómoda que no tengo ninguna intención de moverme.

La lámpara de la mesilla proyecta una luz cálida sobre el dormitorio. Es un alivio sentirse así después de lo de esta mañana. Ahora puedo respirar sin notar la tensión en mis hombros y el dolor de cuello que se irradia a la mandíbula.

No me ha costado convencer a Trevor para que no salgamos esta noche.

Después de lo ocurrido en el baño del Atomix, la idea de pasear por Manhattan cuando anochece ha perdido gran parte de su atractivo tanto para él como para mí.

Una cosa es cruzarme con miles de personas en el metro a plena luz del día o pasar la mañana rodeada de compañeros en el hospital.

Otra muy distinta es tener que aguantarme las ganas de hacer pis para no tener que ir sola al baño.

Si sigo así voy a coger una infección de orina bastante seria.

Trevor me ha dicho que les ha pedido a los dueños del Atomix las grabaciones de las cámaras de seguridad. Por lo visto, las gestiona una empresa de videovigilancia y para poder compartirlas exige una orden judicial por aquello de la ley de protección de datos.

Me ha insistido para que acuda a la policía y le he asegurado que me encargaré de ello, solo que, en realidad, no tengo ninguna intención de hacerlo. No quiero enfrentarme a eso, prefiero que lo olvidemos y no volver a sentir la vergüenza que sentí cuando salí del baño.

Debería superarlo, aunque es cierto que la idea de pedir cena a domicilio y pasar la noche con Trevor metidos en mi cama ha resultado infinitamente más tentador.

—Tienes que arreglar este somier —dice Trevor, de repente.

Me giro hacia él. Está tumbado boca arriba, con una mano detrás de la cabeza y una expresión relajada que me reconforta.

—Qué exagerado eres.

—No exagero. Escucha esto.

Se mueve ligeramente y el somier responde con un quejido lastimero.

No puedo evitar echarme a reír.

—Aun así, me encanta tu piso —comenta Trevor.

—Seguro que tu casa es mucho más grande.

—Sí, lo es. Pero no sabía que esto era una competición.

—Ahora que caigo, ni siquiera te he preguntado dónde vives —pienso en voz alta.

La sonrisa se le apaga un poco.

—En Hoboken. Te invitaría a visitarla, pero también es la casa de Zoe y es un poco...

Deja la frase suspendida y yo no intento completarla. No quiero hablar de Zoe. Estoy demasiado feliz, demasiado tranquila y demasiado ocupada disfrutando de Trevor como para fastidiarlo voluntariamente.

—Seguro que tiene jardín y espacio suficiente para jugar al escondite.

—Algo de jardín sí hay, pero no te imagines perros correteando por hectáreas de césped recién cortado.

—Yo mataría por una terraza donde cupiese medio cuerpo.

Extiendo un brazo señalando mi pequeño apartamento. Trevor observa el dormitorio y sonríe.

—Esto es más acogedor. ¿Para qué necesitas más?

—Para guardar cosas. Para caminar sin tener que ponerme de lado. Para que cuando mi amiga Claire me visite, una de las dos no tenga que dormir en el sofá.

—Yo creo que el apartamento está de maravilla, Megan. Bien situado, limpio, ordenado… Sí es cierto que debes cambiar este somier. Mira.

Se desplaza unos centímetros y el colchón se hunde de forma alarmante.

No puedo contener una carcajada.

—¿Lo ves?

—Ya estaba así cuando llegué —comento.

La respuesta sale sola y estoy a punto de añadir algo más. Estoy a punto de decirle que sé perfectamente quién lo rompió, que encontré aquella información cuando cotilleé el teléfono de Linda Ross, pero las palabras se quedan atrapadas antes de salir.

Trevor me observa durante unos segundos. Veo el instante exacto en que entiende que hay algo más detrás de esa respuesta.

—¿Sucede algo?

—No.

Se queda callado un largo minuto, estudiándome con la mirada.

—No te lo tomes a mal, Megan. Pero hace unos días vivimos un incidente muy desagradable. Si hay algo que debería saber, es importante que me lo cuentes y este es el momento oportuno.

No hay reproche en su voz. Tampoco enfado. Solo preocupación. Y quizá eso es lo que más me desarma.

¿Cómo sería una discusión con Trevor? ¿Hablaría así de calmado? Ganaría todas nuestras peleas en caso de mantener la compostura como lo hace. Yo no puedo ser tan medida. Yo explotaría… Por suerte esto no es una discusión.

Bajo la vista hacia las sábanas mientras noto cómo algo dentro de mí empieza a ceder.

Llevo días guardándome información, ordenando piezas que no terminan de encajar y preguntándome hasta qué punto debo involucrar a Trevor en todo esto.

Sin embargo, cada vez me resulta más difícil mantenerlo al margen.

Me siento sola en ese aspecto y no me vendría mal hablarlo con alguien.

Además… Creo que de algún modo le estoy mintiendo y no se lo merece, en absoluto.

Me doy cuenta de que confío en él. Y una idea aparece con nitidez en mi cabeza. Confío en Trevor como confiaría en mi pareja. Como alguna vez llegué a confiar en Richard.

Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos. No me presiona. No exige respuestas. Simplemente espera.

Quiero contárselo todo. Quiero poner todas las cartas sobre el tapete. Solo que debo hacerlo de una manera en la que no piense que estoy completamente loca.

—De acuerdo. Creo que quizá será mejor que te cuente algunas cosas.

La expresión de Trevor cambia al instante.

Se incorpora despacio y se sienta en el borde de la cama.

La luz tenue de la lámpara es ahora insuficiente.

Sobre la cómoda descansan las cajas de pizza junto a un par de latas vacías.

No hemos salido del dormitorio desde que llegó.

Entre la cena, las conversaciones y todo lo demás, el resto del apartamento prácticamente ha dejado de existir.

—¿Debo preocuparme? —me pregunta con el rostro serio.

—Bueno... empezaré por el principio.

Trevor asiente.

—Eso suele ayudar.

—Ya te conté en el Empire que en esta casa vivió Linda Ross.

Él asiente y yo continúo con la historia:

—Resulta que cuando me instalé aquí encontré un teléfono móvil dentro del hueco del sofá y descubrí que era el suyo.

Arquea una ceja, contrariado.

—¿Cómo supiste que era suyo?

—Lo encendí y apareció una foto de ella en el fondo de pantalla.

Él se yergue de inmediato, parece que he dicho algo que no le cuadra.

—Llevaba la máscara puesta, entiendo. ¿O acaso tú la conocías?

Niego rápidamente con la cabeza.

—No la conozco. La reconocí porque llevaba la máscara puesta, como siempre.

—Entonces puede que simplemente sea de algún admirador. Es una actriz relativamente famosa.

—Era suyo —me reafirmo.

Trevor asiente, parece que va entendiendo dónde reside mi seguridad.

—¿Y qué hiciste con él?

La pregunta tenía que llegar y ha llegado.

—Yo... bueno, estuve cotilleando un poco.

Ladea la cabeza y sus labios dibujan una mueca, como si hubiera ido demasiado lejos.

—Lo sé —continúo—. Sé que no debía hacerlo, pero después de conocer la historia de Harper Lynch y todos aquellos rumores sobre Linda... no pude evitarlo. Lo siento.

—¿Y cómo lo desbloqueaste? ¿No tenía contraseña?

—Encontré un tutorial en internet.

Trevor se lleva una mano a la frente y cierra los ojos durante un instante.

Empiezo a preguntarme si es buena idea contarle el resto. Me quedo callada. Después de unos segundos vuelve a abrir los ojos y suspira.

—¿Encontraste algo relevante?

—Pues... poca cosa. Descubrí que fue ella quien rompió el somier.

La mirada de Trevor baja automáticamente hacia la cama.

—¿Perdón?

—Haciendo el amor con alguien. Había muchos mensajes entre ellos.

—No estoy seguro de que esos detalles sean necesarios —dice Trevor.

—Te lo cuento por lo que hablamos en tu despacho sobre Josh, el marido de Valerie.

—¿Por qué? ¿Crees que fue Josh quien se veía con Linda?

A medida que sigo hablando voy cogiendo impulso. Le cuento que después de verle en su consulta fui al teatro Majestic para intentar averiguar más cosas sobre Linda, las preguntas que hice y lo que conseguí sacar en claro. Después paso a explicarle lo que ocurrió ese mismo día en Times Square.

—También vi a Josh. Estaba con una chica.

Trevor se encoge ligeramente de hombros.

—¿Los viste juntos de paseo o como pareja? —inquiere.

—Los vi besándose. Y créeme, ese no era su primer beso.

Trevor permanece unos segundos, pensativo.

—En cualquier caso, eso no prueba nada, Megan. Dudo mucho que esa chica tenga algo que ver con Linda Ross.

—Ella no, pero Josh sí.

—¿De qué estás hablando, Megan?

—Esta mañana me he encontrado con el portero de mi edificio, se llama Carlos y estaba de visita en el Bellevue porque tenía una cita médica. En un momento dado vio una fotografía de Josh, una de esas que hay colgadas en la pared. Lo reconoció al instante. Entonces me contó algo.

Trevor se queda inmóvil.

—Me dijo que el día antes de que Linda se marchase, un compañero suyo estuvo a punto de llamar a la policía porque Josh se presentó en el edificio —continúo—. Según Carlos, su actitud era violenta y le suplicaba que le hiciera caso, a lo que ella se negaba y huía de él.

Trevor se pone en pie tan deprisa que me sobresalto.

—Por Dios santo… ¿Eso es cierto?

—Sí. Tal cual, Trevor. No me lo estoy imaginando. Aquí está sucediendo algo extraño.

Empieza a negar con la cabeza, claramente intentando ordenar toda la información.

—Espera. Vuelve a contármelo punto por punto.

Preferiría que volviéramos a meternos bajo las sábanas. Es mucho mejor para aclarar la mente, pero bueno…

Lo hago. Le repito exactamente la misma historia, sin saltarme nada. Le explico detenidamente cómo Carlos identificó a Josh, nuestro encuentro en su gimnasio, su actitud, sus palabras…

Cuando acabo, Trevor se ha puesto a caminar por la habitación.

—¿Y Carlos está seguro de que era Josh?

—Le pregunté unas treinta veces.

Se queda callado. Coloca las manos en la cintura y camina de un lado a otro por el dormitorio mientras intenta procesar todo lo que acaba de escuchar.

Yo lo observo desde la cama debatiéndome entre dos sentimientos completamente opuestos. Por una parte, empieza a preocuparme la magnitud que está adquiriendo toda esta historia. Por otra, resulta francamente difícil ignorar la imagen de Trevor recorriendo mi habitación en calzoncillos.

No me permite mantener la concentración.

Finalmente se detiene, gira la cabeza hacia mí y me mira con una intensidad que hace desaparecer cualquier pensamiento inoportuno.

—Megan... si todo esto es verdad, acabas de contarme algo muy importante.

Trevor permanece inmóvil unos segundos más antes de dejar escapar el aire lentamente.

Asiento. Él se frota la nuca y vuelve a sentarse en el borde de la cama.

—Lo mejor que podemos hacer es acudir a la policía y contarles todo lo que sabes. Ellos son quienes tienen que investigar, no tú.

No parece enfadado. Más bien preocupado.

—Ya, pero le debo mucho a Valerie.

Él alza una ceja.

—¿Le debes mucho porque te contrató?

—Me dio una oportunidad cuando más la necesitaba.

—Megan, hacen falta enfermeras en cualquier punto del país. No te hizo un favor personal. Contrató a una profesional porque necesitaba a alguien cualificado. No tienes que rendirle pleitesía por eso el resto de tu vida.

—Quiero hablar con Valerie antes, debe saber lo que hace el cerdo de su marido.

La respuesta llega tan directa que provoca un silencio. Trevor tampoco añade nada más. Se queda pensativo, mirando la pared.

—¿Crees que no hago lo correcto? —pregunto finalmente.

Trevor evita mirarme a los ojos.

—No lo sé. No es mi decisión, Megan. Solo que... Todo esto me hace dudar de mí mismo.

—No te sigo —digo, contrariada.

—Cada situación es diferente… Pero imagina que alguien supiera que tú y yo estamos viéndonos y decidiera ir a hablar con los padres de Zoe. ¿Cómo crees que se sentirían ellos? ¿Y cómo crees que me sentiría yo?

La comparación me desconcierta.

—No es lo mismo.

—¿Tú crees?

—No. Tu mujer no está ni va a volver. No estás engañando a nadie.

Trevor asiente lentamente.

—Ya… Quizá no.

Pero hay algo en su voz que me hace sentir incómoda. No porque esté enfadado, sino porque parece estar cuestionándose algo que ni siquiera sé identificar.

La conversación pierde parte de la ligereza que había tenido hasta entonces. Hace apenas unos minutos estábamos riéndonos del somier y ahora siento que caminamos por un terreno mucho más delicado.

Trevor se pone en pie de repente.

—Creo que será mejor que me vaya.

Lo miro sin entender.

—¿Qué?

—Es tarde y estoy cansado.

La respuesta me deja helada y una desagradable sensación de culpa comienza a abrirse paso en mi estómago.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas? —pregunta él.

—No lo sé.

Y es verdad. No sé exactamente qué he hecho mal. Solo tengo la impresión de haber dicho algo que ha estropeado la noche.

—Si he dicho algo que te ha molestado...

—Olvídalo. Solo estoy cansado. Ha sido una semana larga.

Se inclina para recoger la camisa del suelo y comienza a vestirse mientras yo permanezco sentada entre las sábanas, observándolo. La escena resulta extraña.

Cuando termina de ponerse la camiseta viene hacia mí.

—Hablaremos mañana.

Asiento.

—Vale.

Se inclina y me besa con suavidad en la frente.

—Descansa —dice a modo de despedida.

—Tú también.

Me dedica una pequeña sonrisa, coge las llaves y sale del dormitorio. Escucho sus pasos atravesando el apartamento, después el ruido de la puerta al cerrarse y finalmente el silencio.

Entonces miro el lado vacío de la cama y la mesilla sobre la que Trevor dejó sus pertenencias. Se ha dejado la cartera.

La puerta suena justo cuando la cojo. Por suerte se ha dado cuenta pronto. Mientras se la llevo me tomo la licencia de abrirla y echar un vistazo, no puedo evitar ser una cotilla empedernida.

La foto de su carné de conducir es actual. Sale guapísimo, como siempre. Debajo puedo leer su dirección.

No vive en Hoboken, vive en una dirección de Nueva York que conozco perfectamente.