24
Las palabras de Carlos no abandonan mi cabeza en lo que queda de mañana. ¡Qué manera de fastidiarme un día que pintaba tan bien!
Intento concentrarme en los pacientes. Lo intento de verdad. Pero cada vez que tengo un momento libre vuelvo a escuchar la misma frase.
Josh conocía a Linda. Y lo que es peor, tuvieron algún tipo de problema.
El marido de Valerie cada vez parece ocultar más cosas. Me concentro en recordar la conversación que tuvimos en el rooftop del hotel Empire sobre Linda hace días… Ella no mencionó que Josh conociera a Linda. No, de eso me acordaría.
Luego está lo que me contó Trevor sobre él y Harper Lynch en su consulta.
Y, además, lo de Times Square.
La imagen de Josh besando a aquella mujer regresa una y otra vez a mi memoria.
La jornada me resulta más larga de lo habitual.
Cuando termino, me siento incapaz de volver a casa y fingir que no ha pasado nada.
No puedo mirar hacia otro lado. Necesito respuestas.
Tengo una cita muy importante esta noche que no me pienso perder, pero debo hacer algo antes.
En cuanto engullo un deprimente sándwich en la cafetería del hospital, salgo corriendo y voy directa a las escaleras del metro.
Mientras espero el tren y repaso mentalmente el plan que acabo de improvisar empiezo a preguntarme si me estoy volviendo loca.
Probablemente sí.
Una persona normal estaría en su apartamento preparándose para la cena con Trevor y dejaría que de estos asuntos se encargasen otras personas.
Yo, sin embargo, estoy cruzando Manhattan en busca del oscuro marido de una amiga.
Definitivamente estoy perdiendo el juicio.
Cuarenta minutos después salgo a la superficie en Tribeca.
La zona tiene ese aire elegante y exclusivo tan típica de algunos barrios de Nueva York. Calles limpias. Edificios de ladrillo reformados. Cafeterías pequeñas que compensan su escasez de mesas multiplicando por diez el precio del café.
Valerie me contó que Josh suele entrenar a diario antes de recoger a su hijo de la guardería, salvo que esté operando en otro estado por aquello de que es un cirujano excelente y todo eso...
Recuerdo perfectamente el nombre del gimnasio que frecuenta: El Coliseum; lo he buscado en internet.
Por el camino entro en un T.J. Maxx y me gasto casi cien dólares en la bolsa y la ropa deportiva más básica que encuentro.
La improvisación tiene sus inconvenientes.
Cuando finalmente llego al gimnasio, la recepcionista me dedica una sonrisa profesional que enmascara su deseo de convencerme para que me suscriba durante diez años.
Tenemos una conversación de cinco minutos en los que resisto sus encantos y la convenzo para probar solo un día y tomar una decisión más adelante.
—¿Pase de un día, entonces? —pregunta, resignada. Maldita sociedad consumista.
—Sí.
Teclea algo en el ordenador.
—Serán cuarenta y cinco dólares.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Cuarenta y cinco —repite.
Miro el cartel. Luego vuelvo a mirarla.
—¿Por un día?
—Sí.
Nueva York debería ser estudiada por los economistas.
Pago porque ya he llegado demasiado lejos para echarme atrás.
Quince minutos después estoy sobre una bicicleta estática fingiendo que hago ejercicio mientras observo discretamente la sala. Mañana me arrepentiré de esto. No quería admitirlo, pero aún tengo agujetas del encuentro con Trevor hace tres días. Es lamentable, lo sé.
Busco a Josh con la mirada. Tal vez haya sido un error y debería haberlo pensado mejor antes de hacer este ridículo.
Me pongo un programa de cocina en la pantalla de la bicicleta y me entretengo con una receta de Poutine en la que se utilizan patatas chips.
Después de media hora pedaleando, cuando las piernas comienzan a pesar y estoy a punto de largarme de allí, lo veo aparecer.
Accede por una de las puertas laterales vestido con ropa deportiva demasiado ajustada a mi parecer. Bueno, a mi parecer y al de las leyes de la física.
Camina con la cabeza alta. Seguro de sí mismo, irradiando esa chulería tan propia de ciertos hombres que saben que son fuertes y atractivos.
Me acobardo de repente. Por un instante me pregunto si debería marcharme, pero después recuerdo las palabras de Carlos.
Y a Linda Ross.
Y a Harper Lynch.
Y a Valerie. Sobre todo, a Valerie.
Decido quedarme.
Josh tarda unos minutos en verme.
Cuando lo hace, la sorpresa aparece dibujada con claridad en su rostro.
—¿Megan?
Levanto una mano.
—Vaya. Qué casualidad.
Se acerca. Esta vez no va a hacer como que no me ha visto y darse la vuelta.
—Eso mismo iba a decir yo.
Evita mencionar lo que sucedió en Times Square.
—No sabía que entrenaras aquí.
—Ni yo —contesto, forzándome a sonreír—. Me hablaron bien del gimnasio.
Josh parece poco convencido.
—Te queda bastante lejos de casa.
—¿Tú crees?
—Vives en la 62.
—¿Cómo lo sabes? —inquiero.
—Lo dijiste en el Empire.
—¡Ah, sí! Es verdad, cuando conté lo de Linda Ross y todos os quedasteis mudos.
Hace una mueca con los labios. No contesta.
—Por cierto, hablando de eso, hoy me ha pasado una cosa curiosa —añado.
—¿Sí?
—El conserje de mi edificio estaba en el Bellevue.
Josh asiente distraídamente.
—Vale...
—Y resulta que te ha reconocido en una fotografía. Ya sabes, esa en la que sales recogiendo un premio que está colgada en el pasillo.
Su expresión no cambia todavía.
—¿Ha sido paciente mío?
—En absoluto. Dice que un compañero suyo estuvo a punto de llamar a la policía porque estabas molestando a Linda Ross.
La transformación es instantánea. La sonrisa desaparece. Sus hombros se tensan. Y durante una fracción de segundo veo algo oscuro cruzar sus ojos.
—Se equivoca.
La respuesta llega demasiado deprisa.
—Parecía bastante seguro. De hecho, le pregunté varias veces porque me pareció extraño.
—Pues se equivoca de persona.
—El caso es que el hombre dice que es muy bueno para las caras.
—¿A qué estás jugando, Megan?
La firmeza de su voz me sorprende. Pero aquí rodeada de tanta gente, no puede hacerme nada. Me siento a salvo. Así que insisto.
—¿Conocías a Linda Ross?
—No.
—Entonces, ¿por qué te vieron en el edificio?
Josh da un paso hacia mí. Se coloca demasiado cerca. Desvío la mirada hacia un lado. Hay un grupo de hombres jóvenes hablando en círculo. Bastaría con gritar para que vinieran a ayudarme.
—Megan. —Ya no sonríe—. Estás cometiendo un grave error.
Un escalofrío me recorre la espalda. Hay algo diferente en él ahora.
Lo observo durante unos segundos. Después tomo una decisión. Quizá una mala decisión.
—Sé lo que vi en Times Square.
Josh se queda inmóvil.
—¿Qué?
—Te vi con esa chica, Josh. Y sé que tú me viste a mí.
El silencio cae entre nosotros.
Su mandíbula se tensa.
—Te estás equivocando, Megan. Aléjate de mí y de mi mujer.
—Creo que eres tú quien se equivoca.
Me clava la mirada y suspira.
—Ándate con cuidado —advierte.
Sus palabras llegan tan frías que siento un nudo en el estómago.
—Valerie merece saberlo.
—Ha sido un placer verte, Megan.
Dice antes de marcharse.