23
Tres días después sigo sonriendo, lo cual es preocupante teniendo en cuenta que marca demasiado mis líneas de expresión y no tengo dinero para ponerme bótox ahora mismo.
Intento disimularlo. De verdad que lo intento. Pero es imposible.
Cada vez que recuerdo aquella noche en mi apartamento, cada vez que pienso en Trevor, siento su calidez e inevitablemente ese bienestar acaba reflejándose en mi rostro.
Por suerte el Bellevue es el epicentro del caos y nadie parece prestarme demasiada atención.
O eso quiero creer.
Tengo veinte minutos entre pacientes y decido aprovecharlos para tomar un café rápido. Si tuviera algo más de tiempo podría cruzar la calle y pedir uno en el Starbucks, pero desgraciadamente no es así y debo conformarme con este líquido oscuro, amargo y nauseabundo que intenta parecerse al café.
—Esa sonrisa empieza a dar miedo.
Reconozco la voz inmediatamente.
Levanto la vista.
—Hola, Arthur.
Vuelvo a encontrarme con el doctor Walker, el nefrólogo más pesado de todo Manhattan y el responsable de aquella fiesta de bienvenida que no salió como ninguno de los dos pretendía.
—No, en serio —continúa—. Llevo días viéndote muy alegre. Estás radiante. ¿Hay algo que contar?
—No sé. Supongo que estoy cómoda en la ciudad, después de todo.
—Mentira —me suelta. Odio que se tome estas confianzas.
Le doy un sorbo al café. Sabe a neumático fundido.
—No tengo razones para mentirte, Arthur.
Pone cara de no creer una sola palabra de lo que le estoy diciendo y me señala con el vaso que lleva en la mano.
—Sigo creyendo que no me dices la verdad.
—Lo que usted diga, doctor Walker.
Me estudia con exagerada atención.
—Has conocido a alguien.
Casi me atraganto. No es que yo prefiera mantener en secreto que Trevor y yo nos hemos liado, es que él es un hombre casado. De aquella manera, sí. Pero casado, al fin y al cabo. No quiero causar una impresión equivocada.
—¿Qué? —pregunto, tratando de disimular. Esto se me da fatal.
—Que has conocido a alguien —insiste.
—¿Qué dices? No he conocido a nadie.
—Mentira otra vez.
—Ya basta, Arthur. No tiene gracia.
Se ríe y yo pongo los ojos en blanco. Cada vez lo detesto más.
—Tengo pacientes esperando.
—Eso significa que he acertado.
—Eso significa que eres idiota.
Arthur sonríe satisfecho.
—Cuando te cases quiero que recuerdes que fui el primero en descubrirlo.
—Adiós, Arthur.
—¿Es médico?
No contesto. Me limito a seguir caminando sin siquiera volver la vista atrás.
—¿Trabaja aquí? —le oigo preguntar entre risas.
Qué vida más aburrida debe tener para mostrar semejante obsesión en lo que hago o dejo de hacer. ¿Qué más le dará?
Pero sí, la verdad es que sí he conocido a alguien. Y se trata de un hombre maravilloso. Tanto que lleva tres días apareciendo en mis pensamientos de manera constante.
Giro a la derecha en el pasillo de regreso hacia mi consulta.
El hospital está lleno de movimiento. Enfermeros. Camilleros. Médicos entrando y saliendo de habitaciones… Consulto la hora mientras camino.
Voy justa. Muy justa.
Tengo al menos cuatro pacientes esperando.
Doblo otra esquina y, de pronto, una mano agarra la mía.
Lanzo un pequeño grito de sorpresa. Ni siquiera tengo tiempo de reaccionar. Este tipo de sobresaltos se están convirtiendo en algo demasiado habitual. La persona tira de mí y me hace entrar en una pequeña habitación.
La puerta se cierra a mi espalda y me quedo sin aire.
Durante una fracción de segundo vuelvo a sentir el mismo miedo que aquella noche en el Atomix.
Pero entonces reconozco la cara que tengo delante.
—¡Trevor!
Él sonríe.
—Hola.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
Intento parecer enfadada, pero lo que me sale es una sonrisa infantil. Me he puesto roja.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunto.
—Te estaba esperando.
Antes de que pueda responder, me rodea la cintura con un brazo y me acerca hacia él.
Mi preocupación por los pacientes que esperan se desvanece.
—Llevo tres días pensando en ti —añade.
—Dijimos que no podría repetirse —me fuerzo a decir.
—Lo sé.
Su sonrisa se amplía.
—Y no puede —añade, para besarme justo después.
El beso es largo.
—También podría ser nuestro secreto —digo cuando nos separamos.
Y entonces vuelve a besarme. Mis manos terminan apoyadas sobre su pecho mientras las suyas descansan en mi cintura.
—¿Guardarías el secreto si te invitara a cenar esta noche?
—Sería una tumba —contesto, intentando mantenerme de pie.
Trevor vuelve a besarme y me aprieta contra él haciendo que sienta cada centímetro de su cuerpo.
Me gusta demasiado.
—Bien. Pasaré a recogerte.
Se inclina una última vez y deposita un beso rápido en mi frente.
—Ahora vuelve al trabajo, he visto que tenías cola.
—A sus órdenes, doctor Green.
—Nos vemos esta noche —dice guiñándome un ojo a la vez que me guía con suavidad hacia la puerta.
Salgo del cuartito de limpieza intentando mantener la compostura. No lo consigo y sigo sonriendo. ¿A quién intento engañar?
Tardo unos segundos en recordar que tengo pacientes esperando. Muchos segundos, en realidad.
La puerta del cuartito de limpieza se abre a mi espalda y Trevor desaparece por el pasillo en dirección contraria. Durante un instante me sorprendo observando cómo se marcha. La forma en que camina. La seguridad que transmite. Lo increíblemente atractivo que es.
Definitivamente tengo un problema. Estoy totalmente colgada de ese hombre.
Sacudo la cabeza y continúo hacia las consultas.
Voy tan distraída que casi me llevo por delante a un hombre que sale de uno de los ascensores de servicio.
—¡Megan!
Parpadeo al darme cuenta de quién es.
—¡Carlos!
El conserje de mi edificio sonríe al verme.
Viste como siempre, impecable, y lleva una carpeta bajo el brazo.
—Mire qué casualidad encontrarla por aquí.
—Lo mismo digo.
—Sí, bueno… Me toca revisión con el traumatólogo.
Entonces recuerdo algo.
O mejor dicho, recuerdo que debería recordarlo.
—Claro. Me lo dijo el otro día.
Carlos me señala con un dedo.
—¡Lo recuerda!
No muy bien, pero como estoy de buen humor, asiento e improviso.
—¿Cómo voy a olvidarlo?
El hombre sonríe.
—Me hice una radiografía y hoy me darán los resultados. Todo culpa de esta espalda traidora que me tuvo de baja tanto tiempo. La primera vez que he faltado al trabajo en mi vida.
Se lleva una mano a la zona lumbar. Continuamos caminando juntos por el pasillo.
—¿Y qué tal se está adaptando a Nueva York? —me pregunta para romper un silencio incómodo.
—Mucho mejor de lo que esperaba.
Carlos vuelve a reírse.
—¿Y el hospital? ¿La tratan bien?
—Muy bien. Hay mucho trabajo, pero eso me gusta.
—La veo feliz.
La observación me pilla desprevenida.
Debo de estar sonriendo más de la cuenta.
—Hablo en serio —insiste—. Cuando llegó parecía preocupada por todo. Ahora tiene otra cara.
Omito decirle que el responsable de mi felicidad mide casi un metro noventa y me acaba de acorralar en un cuarto de limpieza para besarme.
—Supongo que estoy en un buen momento.
—Pues siga así.
Llegamos al cruce del pasillo en el que nuestros caminos se separan.
Carlos se detiene en seco.
—¡Anda!
Se detiene frente a una de las fotografías que hay colgadas de la pared.
Yo sigo avanzando un par de metros antes de darme cuenta.
—¿Qué pasa?
—Conozco a este hombre.
Regreso sobre mis pasos y siento como se me revuelven las tripas al ver la fotografía que señala. En ella aparece un hombre recibiendo un galardón durante una ceremonia.
Es Josh. El marido de Valerie.
Es la fotografía que rememora el momento en el que se alzó con el galardón de Mejor cirujano de columna del país.
—¿Lo conoce? —pregunto.
Carlos entrecierra los ojos observando la imagen.
—Sí. Perfectamente.
Percibo que lo dice con un tono hostil.
—¿Sucede algo, Carlos?
La rabia invade sus facciones.
—Supongo que puedo contárselo. Y si no es así, me da igual, detesto a las personas así.
—¿De qué está hablando? —pregunto, incrédula.
—No sé si sabe que hace algún tiempo, en su apartamento vivía una conocida actriz de Broadway que se llamaba Linda Ross.
Esto se pone interesante, pienso.
—Sí, lo sé.
—Ella y yo no llegamos a coincidir. Vivió allí durante el tiempo en el que yo estuve de baja.
Sin embargo, Pablo, el compañero que cubrió mi puesto, me contó que un día un hombre la siguió hasta el mismo ascensor con una actitud agresiva y él tuvo que intervenir.
Linda estaba huyendo de él y se subió corriendo al ascensor.
Pablo le dijo que, si no se marchaba, iba a llamar a la policía.
—¿Me está diciendo que ese hombre era el mismo que aparece en esta fotografía? —pregunto señalando la foto de Josh en la pared.
—Sí. Pablo se asustó y no sabía muy bien qué hacer porque el hombre se resistía a marcharse. Por eso sacó su teléfono móvil, lo apuntó a su cara y le hizo fotos.
Mi corazón amenaza con detenerse.
—¿Era él?
—Sí —contesta, acompañando sus palabras con el movimiento de su cabeza.
No puede ser, pienso.
—¿Está seguro?
—Totalmente, Pablo me enseñó la fotografía cuando me incorporé al trabajo por si ese indeseable volvía a aparecer. Soy bueno para las caras.
Doy un par de pasos y me coloco junto a Carlos.
—Mire bien la foto, por favor —le pido señalando el marco—. ¿Está completamente seguro de que ese hombre es el mismo que estuvo molestando a Linda Ross?
Él me clava la mirada.
—Sí. Fue él. No tengo ninguna duda.