22
—Lo del pis ha sido una falsa alarma, pienso mientras apoyo una mano en el lavabo para no caerme.
Por suerte acababa de hacer. No sé muy bien cómo habría podido manejar la vergüenza si hubiera empapado las bragas y el vestido. Podría haber sido la mayor humillación de la historia y hubiera terminado de destrozar lo que, hasta hace unos minutos, parecía una noche perfecta.
Los minutos siguen pasando y continúo inmóvil. He conseguido tambalearme fuera de la cabina y observo mi reflejo en el espejo. Estoy hiperventilando. Nadie entra al baño. Nadie se acerca y no puedo pedir ayuda, pero la necesito.
Trevor debe de estar preguntándose qué demonios ocurre.
Intento controlar mi respiración y trato de calmarme. Me obligo a caminar fuera de ese baño. La otra opción es gritar y aún me queda algo de dignidad, creo.
Soy muy consciente de lo que va a ver Trevor cuando consiga salir del baño. Tengo la piel pálida, los ojos demasiado abiertos y una expresión impropia de un ser cuerdo y funcional.
Salgo, a pesar de todo.
Durante dos segundos todo parece continuar con cierta normalidad. El murmullo de las conversaciones. El tintinear de los cubiertos. Las luces suaves del comedor.
Entonces me ve y su sonrisa desaparece de golpe.
Se pone de pie tan deprisa que la silla se desliza hacia atrás produciendo un chirrido que llama la atención de la sala.
El resto de los comensales guarda un silencio incómodo; todo el restaurante me está mirando.
—Megan, ¿estás bien?
Intento responder.
No puedo.
La garganta se me cierra por completo.
Simplemente niego con la cabeza y la preocupación se instala en el rostro de Trevor.
En ese momento aparece el camarero para retirar los platos. Todavía queda el postre. Ni siquiera habíamos terminado de cenar.
Trevor levanta una mano.
—Vamos a marcharnos, Min-jun. Cargad la cuenta en mi tarjeta de crédito, por favor.
El camarero parece desconcertado.
Mira a Trevor. Después me mira a mí. Y supongo que mi cara debe parecer la de alguien que acaba de ver un fantasma porque asiente inmediatamente.
—Por supuesto, señor.
Se aleja sin hacer más preguntas.
Trevor rodea la mesa y me toma del brazo con suavidad.
—Ven.
No hablamos. Atravesamos el restaurante a paso lento hasta llegar al vestíbulo.
Cuando las puertas del comedor quedan a nuestra espalda, siento que puedo volver a respirar un poco. Me tranquiliza estar junto a Trevor.
—¿Puedes caminar o quieres que traiga el coche? —pregunta.
Levanto la vista hacia él.
—No me dejes sola, por favor.
Su expresión cambia de inmediato.
La preocupación da paso a algo mucho más serio.
—No voy a dejarte sola.
Abre la puerta principal del restaurante y el aire fresco de la noche entra de golpe.
—¿Qué ha pasado?
—Yo... estaba en el baño. Entonces...
Las palabras se atascan.
Trevor me guía hacia el exterior.
—Tranquila. Estás a salvo conmigo. Pero necesito que me cuentes qué ha pasado porque no estoy entendiendo nada.
Trago saliva. Todavía puedo sentir el frío del metal contra mi cuello. Por instinto me llevo una mano allí donde el cuchillo, o lo que fuera, me rozó. No ha debido de apoyarme el filo porque no tengo ninguna herida.
—Alguien entró al baño.
—¿Qué? —pregunta con evidente tensión.
Asiento.
—Era una mujer. No pude verla bien. Me agarró por detrás. Me puso... me puso… Me atacó con algo. Un cuchillo o algo así. Me lo puso aquí.
Vuelvo a tocarme la zona.
Veo cómo Trevor aprieta la mandíbula.
—¡Por el amor de Dios!
—Me obligó a girarme y no he podido verle la cara.
—¿Te hizo daño?
—No. Creo que no.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y qué es lo que quería?
Bajo la mirada.
—Me ha… Me ha preguntado por Linda Ross.
El nombre parece golpearlo.
—¿Linda Ross?
—Una y otra vez, creo que me ha seguido y de algún modo sabe que vivo en la misma casa donde vivió ella. Quería saber quién eras tú y después me ha preguntado dónde estaba Linda Ross.
Trevor permanece inmóvil varios segundos. Su expresión se vuelve tan seria que me pone aún más nerviosa.
—Tenemos que ir a la policía.
—No.
—¿Cómo que no?
—No —insisto.
—Alguien acaba de ponerte un cuchillo en el cuello.
Guardo silencio y niego con la cabeza. Estoy haciendo un gran esfuerzo por no romper a llorar.
—Tienes que entender que esto no es una tontería, Megan. Es muy grave.
—Lo sé.
—Vamos a comisaría.
Niego otra vez.
—No quiero.
Trevor hace un gesto de incredulidad con las manos.
—No, por favor —insisto—. No quiero pasar por eso ahora. Tener que declarar, que la gente lo sepa. No quiero ni imaginar la imagen que estoy dando en el Bellevue y lo que pensarían si se enterasen de esto.
—Eso no importa.
—A mí sí.
Trevor se rasca la coronilla, visiblemente frustrado.
—Megan, alguien te ha amenazado.
—Y ya se ha ido. No quiero ir, Trevor.
—Estás cometiendo un error.
Lo miro.
Sus ojos reflejan algo que me hace sentir todavía más vulnerable.
Tiene miedo. No por él. Por mí.
—Voy a hablar con los dueños del Atomix —dice.
Levanto la cabeza.
—¿Los conoces?
—Sí. Bastante bien.
Por supuesto que los conoce. Trevor parece conocer a medio Manhattan.
—Les pediré las grabaciones de las cámaras de seguridad. Esa mujer tuvo que entrar por alguna puerta. Alguien habrá visto algo.
Asiento.
La idea de que exista una imagen de aquella loca me tranquiliza un poco. Solo un poco.
—Lo haremos —digo—. Pero ahora mismo no me encuentro bien.
Mi voz sale más débil de lo que pretendía.
—Estoy muy nerviosa. Solo quiero alejarme de aquí. Por favor.
La expresión de Trevor se suaviza poco a poco. No está conforme, pero parece entender que no es su decisión.
—De acuerdo.
Me rodea los hombros con un brazo y comenzamos a caminar hacia el coche. No necesita hablar para tranquilizarme, su mera presencia basta.
Caminamos en silencio hasta el coche y me abre la puerta del copiloto. Luego rodea el vehículo, ocupa su asiento y pone el motor en marcha.
Las luces de Nueva York comienzan a desfilar tras las ventanillas y durante varios minutos ninguno de los dos habla.
Yo solo miro la ciudad, que me devuelve reflejos borrosos. Y sigo temblando.
Intento ocultarlo, pero Trevor se da cuenta.
Por supuesto que se da cuenta.
—No puedo dejarte sola esta noche —dice de repente.
Giro la cabeza.
No sé qué contestar a eso, me ha cogido totalmente desprevenida.
—Estaré bien, no te preocupes.
—No lo estarás.
—Cerraré con llave y si aparece alguien llamaré a la policía.
—Esa mujer sabe dónde vives.
No respondo.
Aprieta las manos sobre el volante.
—No pienso dejarte sola —insiste Trevor.
Lo observo de perfil.
Las luces de los semáforos atraviesan el interior del coche iluminando por momentos sus facciones.
Está preocupado. Realmente preocupado. Le importo. Y eso me produce una sensación de bienestar difícil de explicar. Es una sensación cálida en medio de todo el caos.
La idea de que se quede conmigo en casa empieza a parecerme una buena idea. Tanto que incluso me hace superar la angustia que me invade desde que esa lunática me asaltó en el baño.
—¿De verdad? —pregunto preparando el terreno.
Una sonrisa aparece en la comisura de sus labios.
—Sí. De verdad.
—¿Y tu mujer?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla. Y borra la sonrisa de Trevor de repente.
—Mi mujer está ingresada en el hospital. No duerme en casa desde el accidente.
La culpa me golpea inmediatamente.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo.
Demasiadas emociones afloran dentro de mí. Respiro hondo para contener las lágrimas.
Aparto la vista hacia la ventanilla antes de que note el efecto que sus palabras tienen sobre mí.
Trevor interpreta el silencio como una aceptación.
—Entonces, decidido.
Y no pienso decir nada más, no quiero fastidiarlo.
Las calles se vuelven cada vez más familiares. Reconozco los edificios. Las esquinas. Los pequeños comercios cerrados a estas horas.
Finalmente, Trevor aparca en una calle cercana a la 62.
Por un instante ninguno de los dos se mueve. Después él sale primero y rodea el coche para abrirme la puerta.
Volvemos a caminar juntos, sin prisa. Su brazo regresa a mis hombros de forma natural mientras avanzamos por la acera.
El portal aparece al final de la manzana.
Las puertas del ascensor tardan una nueva eternidad en cerrarse alargando un silencio sepulcral.
Subimos sin cruzar una sola palabra. De algún modo siento que nos comunicamos sin necesidad de verbalizar nuestros sentimientos y creo que en estos momentos ambos proyectamos una atracción hacia el otro que parece a punto de desbordar.
El miedo sigue aferrado a mí, aunque ya no siento aquella angustia que me impedía respirar. Es extraño cómo me refugio en su presencia para abandonar ese abismo.
Cuando entramos en el apartamento dejo el bolso colgado del perchero de la entrada y me vuelvo hacia él.
—Lo siento. No tengo nada de ropa cómoda para ofrecerte.
Trevor se quita la chaqueta y la dobla sobre el brazo.
—Creo que sobreviviré una noche sin pijama.
La respuesta consigue arrancarme una sonrisa.
—¿Te apetece una copa de vino?
—Por favor. La necesito.
Voy a la cocina y saco una botella a estrenar que compré hace un par de días.
Mientras sirvo las copas, no puedo evitar pensar en lo extraño que resulta todo.
Hace apenas una hora alguien sostuvo un cuchillo sobre mi cuello y ahora estoy en mi cocina sirviendo vino al hombre al que llevo semanas idealizando.
Regreso al salón y me acomodo junto a él en el sofá. Al principio dejo cierta distancia entre nosotros. Una distancia prudente.
Conversamos durante unos minutos sobre mi apartamento. El restaurante. La ciudad. El trabajo. Temas banales que poco a poco consiguen relajar la tensión que me atenaza desde el Atomix.
Trevor deja la copa sobre la mesa y me observa.
—Siento mucho que estés pasando por todo esto.
—No es culpa tuya.
—Desde que llegaste a Nueva York parece que no has tenido ni un solo día tranquilo. Entre tu llegada al hospital con susto incluido por el infarto del señor Wilson, las caras de los compañeros cuando preguntaste por Linda Ross y ahora esto... Qué desastre.
—Sí, es cierto que últimamente soy un imán para los problemas.
—No solo para los problemas.
Sonrío por inercia.
Espera.
¿Qué?
¿Qué acaba de decir?
Trevor se inclina hacia mí. Reduce la distancia y yo me quedo totalmente quieta.
—No tienes ni idea de lo mucho que me alegro de haberte conocido.
Lo miro. Él me mira.
El silencio del apartamento es sepulcral. Casi se puede escuchar cómo late mi corazón; está a punto de explotar.
Sostenemos las miradas.
—Yo también me alegro de haberte conocido —murmuro.
Un cosquilleo me recorre de arriba abajo.
Intento apartar la mirada, pero fracaso estrepitosamente.
Él tampoco parece muy interesado en mirar hacia otro lado.
Sus ojos bajan lentamente hasta mis labios.
Los míos hacen exactamente lo mismo. En algún lugar he leído que eso es una especie de invitación. Una llamada a la acción.
Y entonces sucede.
Trevor rompe la distancia que nos separa con lentitud, dándome todo el tiempo del mundo para detenerlo si quiero hacerlo.
No quiero.
Cuando sus labios encuentran los míos siento que algo dentro de mí se libera.
El beso es suave al principio. Un mero roce que me pone los pelos de punta. No quiero que se separe. Llevo semanas imaginando este momento.
La realidad supera cualquier fantasía. Sus movimientos se sincronizan con los míos en perfecta armonía.
Apoyo una mano sobre su pecho y noto sus tersos y firmes músculos. El ritmo se acelera y el beso se apasiona en su justa medida. Siento que me ha hechizado y no me puedo separar.
Es él quien lo hace, apenas unos centímetros, Trevor apoya la frente contra la mía.
—Megan, yo...
La forma en que pronuncia mi nombre basta para acabar con la poca cordura que me queda.
Soy yo quien vuelve a besarlo. Esta vez con más fuerza. No quiero que diga algo que ponga fin a esto.
Trevor responde al instante y la intensidad crece entre nosotros avivándose con la fricción de nuestros cuerpos. Su brazo rodea mi cintura y me acerca más. Yo me acomodo contra él sin oposición y durante unos segundos el mundo entero desaparece.
No existe Linda Ross.
No existe Harper Lynch.
No existe la mujer del cuchillo.
Solo existe este hombre. ¡Y qué hombre santo Dios!
Las copas quedan olvidadas sobre la mesa. La conversación también.
En algún momento nuestras manos se encuentran y los dedos se entrelazan proyectando complicidad.
Cuando necesitamos aire concedemos una breve pausa en la que ambos sonreímos.
No puedo evitarlo.
Me siento feliz en este momento. Hacía mucho tiempo que no me sentía así.
Trevor me aparta un mechón de pelo de la cara.
—¿Estás segura?
No necesito pensarlo.
—Sí.
Sus ojos recorren mi rostro durante unos segundos, como si estuviera asegurándose de que realmente lo digo en serio.
Después me ofrece la mano.
La tomo y mi corazón vuelve a acelerarse.
Después caminamos juntos por el pasillo. Sin prisas. Tampoco hacen falta palabras. Todo lo importante ya se ha dicho de otra manera.
La luz tenue del apartamento nos acompaña hasta el final del corredor.
Y cuando llegamos a la puerta de mi habitación, ninguno de los dos tiene intención de detenerse.