La chica de la 62 21
54%

21

A las ocho menos cuarto ya estoy lista.

Me siento en el sofá a esperar, porque todavía faltan quince minutos para que Trevor venga a buscarme y no se me ocurriría bajar antes.

Hay normas universales que una mujer debe respetar.

Es irrelevante el imperioso deseo que me invade por verle.

No importa que haya mirado el reloj aproximadamente cada tres minutos durante la última hora. No bajaré hasta las ocho en punto.

Ni un solo minuto antes.

Apoyo la espalda contra el sofá y dejo escapar un suspiro. El aire acondicionado sigue funcionando a toda potencia. He tenido que encenderlo hace rato porque no quería empapar el vestido de sudor; la tarde ha sido un auténtico torbellino.

Todo empezó a las cuatro, cuando intenté comer una ensalada de pasta de Reser's que terminé abandonando a mitad.

Últimamente estoy comiendo fatal. Desde la mudanza voy enlazando comidas rápidas, horarios intempestivos y demasiadas dosis de café.

Mi estómago me avisa con retortijones de que este no es el camino y, sinceramente, lo entiendo.

Después salí de casa sin cambiarme siquiera y caminé hasta Columbus Circle. Mi intención era echar un vistazo rápido a un par de tiendas.

Dos horas después, aún seguía allí.

¿Hay algo más hipnótico que un escaparate neoyorquino? No sé cuántas prendas me he probado hasta que apareció el vestido. Un diseño de Eileen Fisher elegante, sencillo y peligrosamente favorecedor.

Cuatrocientos cincuenta dólares.

Sentí cómo mi cuenta bancaria lloraba en silencio mientras entregaba la tarjeta.

Bueno, técnicamente media cuenta bancaria. El resto del sufrimiento lo asumirá la tarjeta de crédito.

Ya me preocuparé por ese problema más adelante. Pero hoy no.

Hoy es un día para disfrutar.

Además, el vestido combina perfectamente con los Jimmy Choo que Richard me regaló y que ya tengo, con lo que no he de comprarme unos nuevos. Si voy a cometer irresponsabilidades financieras, al menos puedo amortizar zapatos caros.

Llegué al apartamento a las seis y cuarto completamente acelerada. Me duché a toda prisa, me sequé el pelo, luché con el maquillaje y estuve a punto de sufrir un ataque de pánico cuando no encontraba uno de los pendientes.

Pero ahora, observando mi reflejo en el espejo del recibidor, tengo que reconocer algo.

He hecho un buen trabajo.

El vestido realza mi figura. El maquillaje acentúa mis rasgos lo justo, sin parecer excesivo. Mi cabello, por una vez, ha decidido colaborar con mis planes en lugar de sabotearlos.

Y lo mejor de todo es que me siento bien.

Jamás lograría estar a la altura de Trevor, pero lo cierto es que me veo guapa y atractiva.

La sensación me aporta un pequeño extra de confianza que pienso aprovechar. Porque dentro de quince minutos voy a bajar y encontrarme con él.

Eso me hace sonreír. Miro el reloj otra vez. Solo quedan trece minutos.

Intento no pensar hasta que llega la hora. Tomo el bolso, compruebo por última vez que llevo las llaves y abandono el apartamento intentando aparentar serenidad.

El ascensor tarda una eternidad en bajar. O quizá es mi desesperación jugándome una mala pasada.

Cuando las puertas se abren en el vestíbulo, Carlos levanta la vista del mostrador de recepción y sus ojos se agrandan ligeramente.

—Vaya, señorita Moore. Está usted muy elegante esta noche.

Noto cómo mis mejillas se calientan.

—Gracias, Carlos.

—Creo que alguien ha venido a recogerla —inclina la cabeza hacia la entrada principal—. Hay un flamante Maserati negro esperando en la puerta desde hace varios minutos. Supongo que debe ser para usted.

Mi sonrisa aparece sola. No consigo evitarlo.

—Sí. Tengo una cita —contesto con orgullo—. Nos vemos mañana, Carlos.

—Disfrute de la noche, señorita Moore.

Vaya si pienso hacerlo.

El Maserati espera junto a la acera con el motor en marcha y las luces reflejándose sobre el asfalto. Trevor se baja para abrirme la puerta. ¿Esto está pasando de verdad?

Por Dios santo... Viste un traje oscuro impecable que parece una extensión de su cuerpo. La camisa blanca resalta el tono bronceado de su piel y capta las miradas de todo aquel que pasa por la acera. Es perfecto.

Lo saludo con una sonrisa y él cierra la puerta cuando me he sentado. Después rodea el coche y ocupa el asiento del conductor. En cuanto lo hace percibo su fragancia.

Limpia. Elegante. Masculina.

Una de esas que no invaden, pero permanecen. Una de esas que podría atraer a todas las féminas fértiles que se hallen en el radio de un kilómetro, como una gota de sangre a un tiburón en el océano.

—Hola, Megan —saluda sonriente.

—Hola.

Trevor toma mi mano antes incluso de que termine de sentarme. La sostiene entre las suyas con una delicadeza que me desarma y deposita un beso sobre mis nudillos.

Un gesto sencillo e inofensivo, pero completamente devastador para mi integridad.

—Estás preciosa.

Las hormigas regresan inmediatamente a mi estómago. Miles de ellas. Quizá millones.

—Gracias.

—Me encantan tus zapatos.

¿Acaba un hombre de prestar atención a unos zapatos? ¿Trevor es perfecto?

—Gracias. Los compré hace tiempo —miento. No pienso decirle que son un regalo de mi ex.

Su mirada permanece sobre mí unos segundos más. Percibo algo distinto.

Lo noto más relajado. Más atrevido tal vez. Más cercano. Más...

No.

No voy a terminar esa frase.

Porque Trevor está casado y tengo claro que esto solo es una cena entre dos personas que se caen bien.

Él es un buen hombre. Probablemente el mejor que he conocido en años. Jamás haría algo que pudiera herir a Zoe, aunque su mente ya no habite entre nosotros y no volverá jamás.

En su situación, cualquiera habría tirado la toalla, pero él no. Él cuida a su esposa, la respeta y permanece a su lado cuando cualquiera hubiera sido más egoísta.

Eso dice mucho de quién es.

Así que no debo hacerme ilusiones absurdas. No debo interpretar erróneamente esta cita, porque seguramente no significa nada.

Somos dos amigos que han salido a cenar. Eso es todo.

Quizá necesita una amiga a la que contarle sus penas. Tal vez solo quiere pasar una noche agradable hablando con alguien sobre cualquier tontería que consiga evadirle de la tormenta que debe habitar su interior.

En cualquier caso, a mí me basta.

Porque sea lo que sea esto, pienso disfrutarlo.

Aunque solo dure una cena. Aunque no signifique nada más.

El coche abandona el Upper West Side y avanza hacia el sur entre el tráfico nocturno de Manhattan. Las luces de Broadway desfilan tras las ventanillas mientras las conversaciones de los peatones se mezclan con el ruido lejano del tráfico.

Trevor me pregunta por mi tarde.

Yo le cuento una versión ligeramente censurada de mi excursión de compras. Él me dice que se ha echado una siesta maravillosa. Su sonrisa se ensancha. Ya no me acuerdo de mis problemas.

De Valerie y su marido infiel.

De los interrogantes que envuelven a Linda Ross y Harper Lynch.

De que tengo que buscarme otro trabajo si no quiero que me embarguen el apartamento.

Solo estamos él y yo hablando en un coche que atraviesa Nueva York. Cuando el Maserati se detiene frente al restaurante, reconozco la fachada inmediatamente.

Me giro hacia Trevor con los ojos abiertos de par en par.

—No puede ser.

Él parece divertirse con mi reacción.

—¿Qué ocurre?

—¿El Atomix?

—Sí. Sabía que te gustaría.

—Tenía muchísimas ganas de probar este sitio.

Trevor sonríe.

Deja el coche en un aparcamiento cercano y caminamos unos escasos cien metros hasta el restaurante. El sitio es increíble. Parece un museo. Y lo cierto es que hace mucho tiempo que quiero probarlo, pero ni lo contemplaba por el precio del cubierto.

El personal lo reconoce al instante.

No de esa forma artificial que tienen algunos restaurantes caros, donde todo parece ensayado y de lo que mi ex, Richard, solía disfrutar como un niño.

Aquí los saludos son naturales y cercanos.

Un par de empleados sonríen al verlo y uno de ellos incluso le pregunta cómo está y lo llama por su nombre antes de acompañarnos hacia el interior.

Definitivamente no es la primera vez que viene.

Avanzamos a una sala interior. Maderas oscuras, iluminación cálida, detalles cuidados hasta el último centímetro y una atmósfera tranquila que invita a bajar la voz. Es el escenario perfecto para que el arte y la gastronomía converjan.

Y me encanta.

Trevor se sienta y me dedica una sonrisa relajada, acercando su silla a la mía.

—Prefiero estar más cerca. Es más personal.

No sé qué responder a eso.

Pestañeo varias veces. Si sigue así me voy a derretir y me van a tener que recoger con una espátula.

Trevor está tan próximo a mí que puedo percibir su colonia cada vez que gira ligeramente la cabeza.

Nos entregan la carta.

Él la revisa durante apenas unos segundos antes de dejarla sobre la mesa.

Listo.

Yo, en cambio, sigo pasando páginas, fijándome en los precios. Sobre todo, en los precios.

Mi cerebro decide recordar aquel episodio de Friends en el que Rachel está sin dinero y termina pidiendo una triste ensalada de acompañamiento mientras el resto disfruta de una cena espectacular.

Empiezo a plantearme si una servilleta bien doblada podría considerarse un plato principal.

Después de varios minutos fingiendo que entiendo perfectamente la carta, Trevor me observa con evidente diversión.

—Si me lo permites, me gustaría aconsejarte.

Levanto la vista.

—Por favor. Salva a esta pobre ignorante.

—Será un placer.

Llama al camarero y, para mi alivio, toma el control absoluto de la situación.

Empieza a pedir con una seguridad que deja claro que conoce el restaurante mucho mejor que yo.

Selecciona el menú degustación con varios de los pases más representativos de la temporada, incluyendo el tartar de atún con caviar, la vieira de Hokkaido, la langosta con arroz y kimchi, el abulón con caldo concentrado y uno de los platos principales de pescado que el camarero recomienda especialmente aquella noche. También añade un maridaje coreano.

Cuando termina, tengo la sensación de que yo no podría pagar todo eso ni con tres meses de mi sueldo.

La velada resulta incluso mejor de lo que había imaginado.

Hablamos durante toda la cena disfrutando cada plato. De películas. De libros. De viajes. De ciudades que nos gustan y de otras a las que jamás regresaríamos.

De música. De restaurantes. De las cosas absurdas que hacemos cuando creemos que nadie nos está mirando.

Lo único de lo que no hablamos es precisamente de aquello que debería estar flotando entre nosotros.

Ni él menciona a Zoe.

Ni yo menciono a Richard.

Durante unas horas ambos dejamos esos fantasmas fuera de la mesa y reímos.

La química está ahí. La noto en cada mirada. En cada sonrisa. En la facilidad con la que la conversación avanza sin necesidad de esforzarse.

Me siento cómoda y feliz. Extrañamente feliz.

Tanto que una parte de mí empieza a temer el momento en que la noche termine.

Porque terminará. Y yo seré la cenicienta que regresa a su vida real, triste y alejada de su príncipe.

Siento la necesidad de ir al baño. El maridaje me ha impregnado una sensación agradable en la que parezco levitar. Después de uno de los pases principales, me disculpo y me levanto para ir al baño.

Mientras atravieso el restaurante todavía llevo una sonrisa dibujada en los labios.

El baño es tan elegante como el resto del restaurante.

Mármol oscuro, iluminación cálida y unos espejos enormes que convierten un simple aseo en algo parecido al vestíbulo de un hotel de lujo.

Y estoy sola.

Me acerco al lavabo y me observo unos segundos.

El maquillaje sigue intacto. El pelo también. Ni siquiera el pintalabios parece haber sufrido demasiado durante la cena.

La mujer que me devuelve la mirada parece feliz.

No recuerdo la última vez que me vi así. Sonriendo sin esfuerzo. Sin fingir. Sin intentar convencerme de que todo va bien. Simplemente feliz.

Sacudo la cabeza y entro en una de las cabinas.

Mientras hago pis me doy cuenta de que sigo sonriendo.

Soy ridícula.

Creo que llevo tanto tiempo haciéndolo que empiezan a dolerme los músculos de la cara. Y lo peor es que no consigo parar.

Cuando termino, salgo de la cabina con la intención de lavarme las manos.

No llego a hacerlo.

Una sombra aparece a mi espalda.

Todo sucede tan rápido que apenas tengo tiempo de reaccionar.

Una mano me agarra por el cuello y se me escapa un jadeo de sorpresa.

La persona me gira bruscamente antes de que pueda ver su reflejo en el espejo.

Mi corazón se dispara.

No puedo verla.

Solo sé que está detrás de mí y que no parece especialmente grande.

Entonces escucho su voz. Es la de una mujer.

—¿Quién eres? —me pregunta.

Algo frío toca mi cuello. Es metálico. Un cuchillo, tal vez. O algo muy parecido.

El pánico me atraviesa el cuerpo de arriba abajo.

—Me... me llamo Megan.

—¿Megan qué más?

—Moore.

La palabra sale convertida en un balbuceo.

—¿Quién es el hombre que te ha traído hasta aquí?

Parpadeo varias veces.

No entiendo nada.

—¿Qué quieres de mí? No tengo dinero ni joyas.

—¡Cállate! Dime el nombre.

—¿De quién?

La presión del metal aumenta ligeramente.

—Del hombre que te ha traído.

Trago saliva.

—Se llama Trevor Green.

Durante un segundo no sucede nada. Solo escucho mi propia respiración.

Después la mujer vuelve a hablar.

—¿Dónde está Linda Ross?

Ahora comprendo de qué va todo esto.

—Yo no conozco a Linda Ross.

—¡No mientas! Vives en su casa.

—Yo no... es mi casa...

—Dime la verdad.

—Bueno, era de mi madre. Yo...

Las palabras se atropellan unas a otras.

—No conozco a Linda Ross, de verdad.

—Dime dónde está.

—¡Que no lo sé!

Mi voz sale más aguda de lo normal.

Más desesperada.

—Nunca he hablado con ella. Mi madre le alquiló el piso. Eso es todo.

La mujer guarda silencio unos segundos.

Y entonces me empuja con fuerza.

Tropiezo hacia atrás hasta chocar contra el inodoro.

—Cierra los ojos.

—Por favor...

—¡Ciérralos!

Los cierro inmediatamente.

Un instante después vuelve a empujarme y escucho abrirse la puerta de la cabina. No me atrevo a levantar la mirada.

Luego un golpe y finalmente su voz a través de la madera.

—No salgas hasta dentro de cinco minutos o te arrepentirás.

Después se marcha.

Yo sigo temblando, completamente incapaz de moverme.

La verdad es que voy a obedecer.

Es más. Puede que necesite bastante más de cinco minutos.

Porque estoy casi segura de que acabo de hacerme pis encima.