La chica de la 62 20
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Mi amiga Claire vuelve a llamar cuando estoy terminando de actualizar una historia clínica. Me llama todos los días para ver cómo estoy, comienza a ser un poco molesto, la verdad.

—Hola.

—¿Qué tal estás?

La pregunta llega con ese tono de amiga preocupada que intenta sonar casual sin conseguirlo.

—Estoy bien —contesto tajante.

—¿Seguro?

—Claire, estoy trabajando...

—Lo sé, lo sé. No quiero agobiarte —se excusa.

—Entonces deja de llamarme todos los días.

Ella resopla al otro lado de la línea.

—Siento ser pesada. Solo me preocupo por ti. ¿Qué tal estás durmiendo?

Bufo y me dejo caer un poco más en la silla.

—Cariño, te quiero, de verdad, pero estoy agotada. Ha sido una mañana horrible y estoy deseando comer algo e irme a casa.

Escucho una pequeña risa.

—De acuerdo. No te molesto más. Te llamo mañana. Un beso.

—No hace...

Demasiado tarde. Ya ha colgado.

Aparto el teléfono y me cubro la cara con ambas manos durante unos segundos.

¡Qué pesada es!

Supongo que cree que me ayuda así, pero no estoy de humor para que me traten como a una niña.

La tengo tan atragantada que hace un par de días me pareció verla cerca de mi apartamento del Upper West Side.

Juraría que estaba a unos cincuenta metros de mí, observando cómo entraba en casa.

Es absurdo porque sé que ella está en Connecticut y no será hasta la semana que viene cuando venga a la ciudad.

Visita que, dicho sea de paso, ya no me hace especial ilusión.

La consulta queda en silencio por primera vez en todo el día y disfruto de esa tranquilidad con los ojos cerrados.

Porque la verdad es que esto ya no se parece en nada al primer día.

Ha sido una semana infernal. Desde primera hora haciendo curas sin parar, atendiendo revisiones y lidiando con pacientes que exigen mucho más de lo que están dispuestos a comprometerse con su propia salud.

No recordaba lo agotador que resulta enfrentarse a personas que quieren mejorar sin cambiar un solo hábito, a quienes olvidan tomar la medicación y después se enfadan porque no funciona, a los que vienen buscando una solución mágica para años de malas decisiones.

Hoy vuelve a ser viernes y, a diferencia del fin de semana anterior, no tengo ningún plan. Ninguno. No habrá fiestas de bienvenida en un rooftop ni jugaré a ser detective.

Quizá compre algo de comida preparada de camino a casa, me ponga ropa cómoda y pase la tarde con las piernas en alto para que se deshinchen un poco.

Durante toda esta semana apenas he tenido tiempo de pensar en Linda Ross y Harper Lynch, ni en ese hombre misterioso que completaba un triángulo amoroso.

No porque haya perdido interés en todo aquello, sino porque cada vez que mi mente intentaba regresar al asunto aparecía un paciente nuevo, una llamada o una montaña de trabajo pendiente.

Y, para ser honesta, ahora mismo hay otra persona ocupando mis pensamientos.

Hablo de Valerie.

La imagen sigue apareciendo cuando menos lo espero. Josh sujetando a aquella chica del brazo. Girándola hacia él. Besándola en mitad de la calle con una naturalidad que todavía me revuelve el estómago.

Y yo observándolo todo desde la distancia.

Debería habérselo contado ya. Lo sé. Me lo repito cada vez que hablo con ella. Cada vez que me envía un mensaje, cada vez que aparece en mi consulta y me pregunta cómo estoy… Pero entonces la veo sonreírme con ternura, preocuparse por mi bienestar y tratarme con esa dulzura que me paraliza.

No tengo el valor suficiente de contárselo. No me atrevo.

Es difícil, ¿vale?

Porque si existe una mínima posibilidad de que haya una explicación, ¿qué derecho tengo yo a destrozar su matrimonio? Pero si no la hay, ¿qué clase de amiga soy por guardar silencio?

Haga lo que haga, siento que voy a hacer daño a alguien.

Apoyo la cabeza contra el respaldo de la silla y dejo escapar un largo suspiro. A mí me hubiera gustado saberlo si Richard me hubiera engañado. No perdonaría a una amiga que prefirió guardar silencio en lugar de alertarme de las infidelidades de mi pareja.

Tengo que ser valiente y decírselo. No puedo seguir fingiendo que no ocurrió. No puedo seguir mirándola a los ojos mientras guardo un secreto que ella merece conocer.

Pero el fin de semana no voy a verla, así que se lo diré el lunes.

Me incorporo con un pequeño gemido que nadie escucha salvo yo. Después de tantas horas agachándome para realizar las curas, me duelen músculos que no sabría localizar en un mapa de anatomía.

Recojo las últimas carpetas de la mesa, dejo todo en orden y apago el ordenador. Me quito la bata y la cuelgo detrás de la puerta. Después, miro la consulta una última vez para asegurarme de que todo está en su sitio.

Perfecto.

Apago la luz, salgo al pasillo y cierro con llave.

Son más de las tres de la tarde y mi estómago ruge con tal fuerza que empiezo a sospechar que podría estar desarrollando conciencia propia.

No he comido nada en todo el día y estoy algo mareada, pero tengo un plan.

Antes de bajar al metro voy a comprarme uno de esos perritos calientes del puesto ambulante de la esquina. El mismo que veo cada mañana al llegar al hospital. El mismo que intento evitar para no seguir engordando como lo estoy haciendo.

Solo que hoy es viernes y me lo merezco después del día de mierda que he tenido.

Además. Es evidente que estoy aprendiendo a controlar mis impulsos; llevo toda la semana sin gastarme un solo dólar en ropa.

Prácticamente estoy ahorrando dinero.

Los pasillos están casi vacíos. Apenas me cruzo con un par de enfermeras que terminan turno y un celador empujando una camilla vacía.

Cuando llego a los ascensores pulso el botón y espero.

Las puertas se abren unos segundos después.

Y me quedo inmóvil.

—Ah… Hola.

Trevor levanta la vista.

—Hola —saluda con una sonrisa que parece sincera.

No lo había vuelto a ver desde el fin de semana pasado.

Hoy lleva unos pantalones oscuros perfectamente ajustados y una camisa azul marino con las mangas remangadas hasta los antebrazos.

Luce una barba descuidada de un par de días cuya imagen podría servir en una enciclopedia para ilustrar el significado de la palabra «sexy». No ayuda a reducir el problema.

Entro en el ascensor intentando parecer una persona normal.

—¿Qué tal estás? —pregunta.

—Agotada. Llevo una semana horrible.

Las puertas se cierran y el ascensor comienza a descender.

—¿Mucho trabajo?

—Muchísimo. He hecho más curas esta semana que en los últimos diez años. Empiezo a sospechar que hay una conspiración en mi contra.

Trevor se ríe.

Por favor… Deberían prohibirle hacer eso.

—Te entiendo. Yo también agradezco que haya llegado el fin de semana.

—¿Semana complicada?

—Bastante.

—Me alegra saber que no soy la única víctima.

—No estás sola, Megan.

Sonrío.

La conversación fluye con una facilidad que me resulta tan agradable como peligrosa.

No hay silencios incómodos ni esfuerzos por mantenerla viva. Simplemente hablamos.

Cuando las puertas se abren en el vestíbulo me sorprende haber llegado tan rápido.

Salimos juntos del edificio.

La tarde es cálida y Manhattan sigue tan llena de energía como siempre.

—Bueno —digo—. Nos vemos el lunes.

—¿Te vas en metro?

Asiento.

—Sí.

—Te llevo. —Parpadeo—. No hace falta.

—No es ninguna molestia.

—En serio, no quiero abusar de tu confianza.

—Hace demasiado calor a esta hora para coger el metro.

Y tanto que lo hace, pienso.

—De verdad que no es necesario, estoy acostumbrada a…

—No hay nada que discutir. Te llevo —interrumpe.

Hay algo en su sonrisa que hace imposible negarse.

Acabo soltando una pequeña risa y poniéndome roja. Qué idiota soy.

—Está bien.

—Ven conmigo.

Lo acompaño hacia el aparcamiento en silencio hasta que saca un mando del bolsillo, aprieta un botón y veo cuál es su coche.

—¿Ese es tu coche?

—Sí.

No entiendo mucho de modelos, pero sé que ese tridente es el logo de un Maserati y aunque no sepa cuántos caballos tiene, ni cuánto corre, ni ese tipo de cosas que saben los hombres; sí sé que es muy caro.

Miro a Trevor. Luego vuelvo a mirar el coche.

—¿Eres médico o diriges una organización criminal?

Trevor se echa a reír.

—Voy a tomar eso como un cumplido.

—Madre mía.

Había asumido que tendría un buen coche, pero no esto.

El vehículo parece recién salido de un anuncio. Trevor desbloquea las puertas y lo rodea para abrirme la del acompañante.

Intento actuar con normalidad mientras me siento.

No lo consigo. El interior es todavía más impresionante. Cuero impecable. Acabados de madera oscura. Pantallas integradas.

Todo es lujoso y huele de maravilla.

—Creo que este coche vale más que mi apartamento.

—No lo creo —dice, restándole importancia.

Se coloca el cinturón, arranca el motor y, mientras ajusta algo en la consola central, apoya la mano sobre mi muslo y me pregunta la dirección.

No es un gesto íntimo. Ni sugerente. Ni siquiera parece consciente de haberlo hecho.

Está a una distancia completamente inocente.

Y aun así siento una oleada de calor subiéndome por el cuello. Un calambre que me llega hasta las mejillas y se irradia por todas partes.

Dios mío.

—62 con Bradway. ¡Qué calor hace! —digo, arrepintiéndome al instante.

Trevor gira la cabeza hacia mí.

—No te preocupes. —Retira la mano para tocar los controles—. Pongo el aire.

Una corriente fresca empieza a salir por las rejillas.

Yo asiento, intentando aparentar que el verdadero problema es la temperatura exterior y no el hombre sentado a menos de un metro de mí.

El Maserati abandona el aparcamiento y se incorpora al tráfico de Manhattan. Trevor pone la radio. En estos momentos suena American Pie de Don McLean y él comienza a tararearla.

Avanzamos por la Primera Avenida. A nuestra derecha, el East River aparece entre los edificios mientras nos dirigimos al norte. Trevor conduce con una mano apoyada en el volante y la otra sobre su regazo.

Yo intento controlar mis nervios.

Intento.

Pasamos junto a varios cruces congestionados antes de girar hacia el oeste.

—He estado pensando toda la semana en ir a visitarte —me suelta.

La frase me toma por sorpresa.

—¿Sí?

Trevor asiente sin apartar la vista de la carretera.

—Pero no me he atrevido.

Lo observo unos segundos.

—A mí me ha pasado lo mismo —confieso.

Ahora es él quien me mira.

—¿En serio?

—Sí, pero no quería molestarte.

Trevor niega suavemente con la cabeza.

—No molestas, Megan.

Hay algo en la forma en que pronuncia mi nombre que me estremece.

—La verdad es que me siento bastante mal por haberte hecho llorar —añade Trevor.

—Soy yo la que...

—Déjame terminar.

Lo hago.

—Me encantó verte. De verdad. Pero entre lo que pasó en el rooftop del Empire cuando mencionaste a Linda Ross y lo de mi mujer... Creo que te debo una disculpa.

Lo miro sin poder creer lo que estoy escuchando.

—De eso nada. Soy yo quien debería pedirte disculpas a ti.

Trevor gira la cabeza hacia mí y una sonrisa lenta aparece en sus labios.

La conversación continúa mientras dejamos atrás Columbus Circle y nos acercamos a mi edificio. Intento cambiar de tema y le hablo de una paciente que tengo a la que no soporto. Él se ríe. Pasamos cerca de un restaurante que Trevor señala con el dedo y me comenta que allí se come de maravilla.

Por algún motivo me siento cómoda de repente.

Con él todo resulta extrañamente fácil. Cada vez que nuestras miradas se cruzan siento que algo se afloja dentro de mí y, por primera vez en toda la semana, no estoy preocupada por lo de Josh y Valerie, ni pienso en Linda Ross o Harper Lynch. Solo estoy disfrutando del momento.

Cuando el Maserati se detiene frente a mi edificio me sorprende descubrir lo corto que se me ha hecho el trayecto.

—Bueno... gracias por traerme.

—Ha sido un placer.

Sonrío, me desabrocho el cinturón y voy a abrir la puerta cuando noto que su mano rodea suavemente la mía.

Me quedo inmóvil.

—Espera.

Levanto la vista hacia él.

—¿Sí?

—Quería preguntarte algo.

Mi corazón empieza a acelerarse.

—Vale.

—¿Te apetecería cenar conmigo esta noche?

—Sí. —La respuesta sale disparada de mi boca ipso facto .

Su sonrisa se ensancha.

—¿Sí?

—Sí, por supuesto.

—Bien.

Juro que parece tan satisfecho con mi respuesta que me entran ganas de repetirla otras diez veces.

—Te recojo a las ocho.

—Perfecto.

Consigo salir del coche antes de que mi dignidad desaparezca por completo. Trevor espera hasta que cierro la puerta y después se incorpora al tráfico. Yo me quedo observando cómo el Maserati desaparece calle abajo con una sonrisa que ya empieza a dolerme en las mejillas.

—Buenas tardes, Megan.

La voz de Carlos, el portero, me devuelve a la realidad. Sostiene la puerta del edificio mientras me observa con expresión divertida.

—Hola, Carlos.

—Parece que hoy está usted de mejor humor.

Y lo peor es que tiene razón.

—Puede que sí.

—Me alegro. Por cierto, el lunes tengo que ir al Bellevue. Trabaja allí, ¿verdad?

Solo asiento y le dedico una sonrisa sincera, pero no hago ni caso a lo que me está diciendo. Mi mente está en otro lugar.

Mientras camino hacia los ascensores empiezo a hacer cálculos mentalmente.

Son casi las cuatro.

Tengo una cita con Trevor a las ocho.

Y eso significa que dispongo de menos de cuatro horas para resolver un problema gravísimo.

Porque después de una semana sin gastar un solo dólar en ropa, de repente no tengo absolutamente nada que ponerme.