La chica de la 62 19
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Salgo del teatro por la misma puerta por la que he entrado. No miro atrás. Camino sin prisa entre la multitud que llena las aceras de Broadway mientras intento ordenar todo lo que acabo de descubrir.

Harper Lynch —o alguien que cuadra con su descripción— y Linda tuvieron una discusión. Los guardias de seguridad tuvieron que intervenir expulsándola del teatro.

Poco después, las dos desaparecen. Supuestamente por voluntad propia.

Puede que no tenga relación. Puede que solo esté viendo conexiones donde no las hay. Pero cuanto más lo pienso, menos me convence que sea una mera coincidencia.

¿Tuvo algo que ver Linda con la desaparición de Harper? ¿O tal vez a la inversa?

¿Querían esconderse por alguna razón?

Cruzo la esquina del teatro Majestic y saco el móvil para localizar la estación de metro más cercana. El icono azul aparece apenas a unas calles de distancia. Tengo que bajar por la Octava Avenida y girar después hacia la calle 50. Diez minutos andando, como mucho.

Empiezo a caminar mientras observo el mapa y sigo la línea azul que me marca la ruta. Los taxis pasan rugiendo junto a la acera, grupos de turistas avanzan en todas direcciones y las pantallas luminosas convierten la noche en una especie de falso atardecer permanente.

Guardo el teléfono cuando llego a la siguiente esquina.

Es entonces cuando alguien me agarra del brazo.

Suelto un grito ahogado y me giro de golpe, retrocediendo un paso.

Ya está. Me han descubierto.

La absurda historia de hacerme pasar por la prima de Linda Ross me explota finalmente en la cara y durante una décima de segundo estoy convencida de que voy a acabar dando explicaciones a la policía.

Pero no encuentro a ningún agente.

Encuentro a un hombre. Uno que reconozco al instante.

Es el actor que salió del escenario discutiendo con varios compañeros unos minutos antes.

—¡Suéltame! —le grito.

Él aparta la mano inmediatamente.

—Lo siento. Lo siento mucho. No quería asustarte.

—Pues lo has hecho —recrimino.

Me separo un paso más mientras recupero el aliento.

De cerca parece algo mayor de lo que aparentaba sobre el escenario. Tiene el pelo ligeramente revuelto y unas facciones desgastadas.

—Tú eres Gabriel Braxton —digo.

—Sí.

Durante unos segundos nos observamos con cautela.

—Te he oído hablar dentro —explica—. Has dicho que eres amiga de Linda.

Perfecto. Otra persona más a la que mentir.

—Sí —contesto, manteniendo la compostura.

—¿Tienes alguna forma de contactar con ella? —me pregunta.

Niego con la cabeza.

—No. De hecho, ese es el motivo por el que he ido hoy al teatro.

—Ya… Es solo que llevo meses intentando localizarla…  Lo siento. No debería…

Noto como se ablanda, tal vez pueda sonsacarle algo.

—Linda me habló de ti —miento.

Sus cejas se elevan.

—¿De verdad?

Me pregunto por qué me funciona siempre la misma mentira. ¿Tanto adoraban a esa mujer?

Recuerdo la conversación entre ambos que leí en el teléfono de Linda y también el nombre del novio de Gabriel. Lo utilizaré a mi favor.

—Claro. También me habló de Austin.

Una sonrisa amarga cruza su rostro.

—Ya no es mi novio.

—Me lo imaginaba

—¿Ah sí?

—Linda decía que acabaríais rompiendo.

Parece que mi comentario le divierte.

—También me lo dijo a mí. Lo recuerdo perfectamente. Estaba colocándome un vendaje por un esguince de muñeca que me hice al tropezar en el escenario, tenía buena mano para esas cosas. Me miró a los ojos y me dijo que lo mío con Austin no tenía futuro… Y acertó.

—¿Cuándo hablaste con Linda por última vez? —le pregunto.

—Desde que dejó la obra no he sabido nada de ella.

—Nosotros tampoco. Mi familia está preocupada.

Gabriel me estudia unos segundos. No parece creerme.

—Lo de París es una pantomima.

Parpadeo.

—¿Cómo dices?

—Que no me lo creo —explica él.

—Pero publicó un vídeo.

—Ya, pero eso no demuestra nada.

No sé qué responder. Porque, si soy sincera, yo tampoco me lo creo del todo y las palabras de Gabriel refuerzan mi teoría.

No hay ni una sola publicación posterior que demuestre que se marchó a París.

Subía cinco fotos suyas a las redes a diario y de repente, nada.

Ni siquiera la típica imagen de la Torre Eiffel.

—Creo que ese vídeo fue una forma de acallar a la gente para que la dejaran en paz —añade él.

—¿Por qué haría eso?

Gabriel suelta una pequeña carcajada sin humor.

—Eso no lo sé. Linda era especial.

—¿Sabes si Linda salía con alguien? —pregunto.

Me estudia con la mirada.

—Veo que tú sabes de ella tanto como yo.

Asiento y me muerdo el labio superior.

—Sospecho que estaba enamorada de un hombre —continúa Gabriel—. Y que ninguno de los dos quería que su relación se hiciera pública.

—¿Qué? —digo haciéndome la sorprendida.

—Lo que oyes.

—Nunca me habló de eso.

—Como te he dicho, lo guardaba todo en secreto.

—¿No sabes quién era ese hombre?

Niega lentamente con la cabeza.

—Ojalá lo supiera.

—Entonces, ¿cómo puedes saber que estaba enamorada?

—He dicho que lo sospecho. No que lo sepa.

Abro la boca para responder, pero algo detrás de él llama por completo mi atención y me paro en seco. Ya no puedo prestarle atención a Gabriel.

Me quedo de piedra observando a una pareja que avanza por la acera entre la multitud.

Al principio no tienen nada de especial.

El hombre rodea los hombros de la mujer con el brazo mientras le dice algo al oído y ella sonríe.

A la chica le brillan los ojos. Parece más joven que él, unos diez años quizá.

Es una chica morena y muy guapa. Atractiva, como tantas otras mujeres que se pueden encontrar en las calles de Manhattan.

Pero no es ella quien consigue que me quede paralizada.

Es él.

Mi cerebro tarda varios segundos en reconocerlo.

No.

Parpadeo.

No. No puede ser.

Pero sí es. Es Josh. El marido de Valerie.

Me quedo mirando incapaz de encajar las piezas. Mi mente busca explicaciones desesperadamente. Una compañera de trabajo. Una amiga. Una prima. Cualquier cosa.

Entonces él se detiene.

Le coge el brazo, la gira hacia él y la besa.

No es un beso rápido, es largo y apasionado.

No, joder…

¿Por qué?

Siento que el estómago se me hunde y no puedo apartar la vista.

Apenas soy consciente de que Gabriel sigue a mi lado observándome con evidente desconcierto. Debe de haber notado cómo toda mi atención se ha desviado hacia aquella pareja, pero no dice nada.

Finalmente, Josh se aparta de la chica. Y nuestras miradas se encuentran.

Ahora sí que me quiero morir.

Estoy temblando. Literalmente.

La expresión de Josh cambia de repente. La sonrisa desaparece de su rostro por completo y se transforma en un gesto hostil. Le dice algo rápido a la chica. Ella gira la cabeza, parece confundida, pero acaba asintiendo.

Ya no vienen hacia mí. Se dan la vuelta y empiezan a caminar en dirección contraria.

Siento alivio al ver cómo se alejan.

—¿Te pasa algo? —pregunta Gabriel.

Tardo unos segundos en reaccionar.

Sigo mirando el lugar por el que han desaparecido.

Valerie.

Dios mío. Valerie.

—¿Hola?

La voz de Gabriel me devuelve al presente.

Trago saliva.

—Tengo que irme.

—¿Qué?

—Tengo que irme.

—Pero...

—Lo siento.

Empiezo a retroceder.

Gabriel me mira con cara de no entender nada y yo aligero el paso.