La chica de la 62 18
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—Espero que tengas una buena razón para que no llame a la policía ahora mismo.

La voz de John Renz resuena en el pequeño camerino. No sé si ha sido buena idea cerrar la puerta.

Su expresión ha cambiado en cuanto he pronunciado el nombre de Linda Ross. No solo la suya. También la del resto del elenco que se encontraba en el pasillo. El murmullo previo que llenaba el pasillo se apagó de golpe cuando dije que era amiga de Linda.

Desvío la mirada por la estancia mientras busco la mejor forma de responder.

Las paredes son un pequeño mausoleo dedicado a él mismo.

Fotografías enmarcadas recibiendo premios teatrales que no reconozco, recortes del New York Times y del Washington Post cuidadosamente conservados tras el cristal de un marco, carteles de producciones antiguas y, entre todo aquello, una fotografía que llama mi atención.

En ella, John aparece sonriendo junto a una mujer con una máscara veneciana.

La máscara cubre gran parte de su rostro, pero el cuerpo perfecto es inconfundible.

Es Linda.

O alguien con un físico extraordinariamente parecido al suyo.

Vuelvo a mirar a John.

Entonces recuerdo algo que leí en el móvil de Linda. La conversación con un tal Braxton; varias bromas que solo entendían ellos y comentarios en los que criticaban a compañeros del teatro. Había un apodo dirigido a alguien que se llamaba John. Ellos lo llamaban «El extra».

Ahora lo entiendo todo.

Después de escuchar los insultos y quejas que le han dedicado al mismísimo director del musical en el pasillo, por fin comprendo el significado. No parecía precisamente la persona más querida de la compañía.

Creo que podré manejarlo.

—La tengo, señor Renz —digo finalmente—. En realidad, soy más que una amiga de Linda, soy su prima. Estamos muy preocupados en la familia porque no conseguimos localizarla.

John se echa hacia atrás en la silla.

—¿Una prima? No sabía que tenía familia en Nueva York. Bueno, no sabía ni eso ni muchas otras cosas, porque nunca contaba nada. ¿Cómo te llamas?

—Susan. —La mentira sale con sorprendente facilidad—. Vengo de Chicago. No soy de Nueva York.

—¿De Chicago? —frunce el ceño—. Jamás lo hubiera dicho. Linda no tenía ese acento.

Se inclina hacia delante, dubitativo.

—No me estarás mintiendo y serás otra periodista intentando publicar un artículo, ¿verdad? —me pregunta,

—Le prometo que no. Linda me hablaba mucho de usted. La última vez que la vi, me dijo que estaba encantada con su obra. Le admiraba como director.

La transformación es inmediata.

Sus hombros se relajan e incluso aparece una pequeña sonrisa satisfecha. Puedo confirmar que la jugada ha funcionado.

—¿Eso dijo?

—Sí. Decía que estaba muy a gusto aquí y que, a pesar de tener otras ofertas, quería continuar trabajando con usted.

La sonrisa crece.

—Sí, bueno... eso era cierto. Esos endiosados de Netflix querían contratarla para una serie documental, pero ella nunca quiso marcharse. Era una romántica del escenario.

Durante un segundo parece sinceramente orgulloso.

Luego la expresión se le apaga. Decido guardar silencio y dejarle continuar.

—Pero me temo que no puedo ayudarte. No hablo con Linda desde que se marchó sin dar una sola explicación.

Menuda decepción, pienso.

—Vaya...

—Lo siento —sentencia John.

Bajo la mirada unos segundos antes de volver a intentarlo.

—¿Notó algo extraño en ella los días anteriores? Cualquier cosa. Algo fuera de lo normal.

John suelta una risa breve.

—Ese es precisamente el problema. Linda fue totalmente hermética con nosotros. Venía, actuaba y se marchaba. Nunca se quedaba a tomar algo después de las funciones ni hablaba de su vida privada. Era educada, profesional y reservada hasta extremos enfermizos.

Asiento lentamente. Eso no encaja con la imagen alegre y cercana que proyectaba sobre el escenario. Ni con la personalidad de Harper Lynch, según la descripción de Trevor.

—Era amiga de Braxton —lo interrumpo.

John reacciona al instante y cruza los brazos.

—Gabriel Braxton. El ejemplo perfecto de cómo tirar una carrera a la basura.

—¿Puedo hablar con él? —pregunto.

—Puedes intentarlo, pero acaba de cerrarme la puerta en las narices hace solo unos minutos.

Así que era él, pienso. El hombre que irrumpió en el pasillo echando pestes.

—¿Tan mal están las cosas?

—Digamos que su actitud está poniendo a prueba mi paciencia.

Se levanta de la silla y se acerca a una pequeña mesa cubierta de guiones.

—Llega tarde. Discute con todo el mundo.

Se presenta a los ensayos cuando le apetece.

Y cree que su nombre en el cartel le da derecho a hacer lo que quiera.

—Toma un bolígrafo y lo hace girar entre los dedos—.

Yo, si fuera tú, lo buscaría en otro momento.

Y tal vez en otro teatro si termino despidiéndolo.

Me tomo unos segundos para pensar.

Intento decidir mi siguiente paso. La realidad es que me he colado en este teatro sin un plan. Lo único que he hecho ha sido improvisar sobre la marcha. Pero puestos a seguir dando palos de ciego, voy a probar suerte.

—¿Le suena el nombre de Harper Lynch?

John frunce ligeramente el ceño.

—No. ¿Debería?

—Era amiga de Linda. Solía venir mucho a verla al teatro.

Su expresión cambia.

—¿Una chica morena? ¿Muy guapa?

He visto alguna foto de Harper cotilleando algunos perfiles de Facebook y Valerie tenía razón. Harper era preciosa.

—¡Sí! ¿La conoce?

—No. En realidad, solo la vi una vez. Bueno, verla es mucho decir.

Recuerdo una función en la que Linda estaba incómoda.

El público no lo habría notado, pero personas como yo, que llevamos muchos años en este mundillo, sabemos detectar esas cosas.

Son pequeños detalles como entrar una fracción de segundo tarde; no alcanzar algunas notas con la misma facilidad; miradas que se pierden.

Asiento, dejando que continúe. Pero espero que vaya al grano. ¡Menudo pedante!

—El caso es que, cuando terminó la función, Linda bajó directamente a las butacas hecha una fiera. Ni siquiera pasó por los camerinos primero. Fue directa hacia aquella chica.

—¿Hacia Harper?

—Supongo que sí. Yo no sé cómo se llama. Hablo de la chica morena, fue hacia ella y las dos empezaron a discutir.

—¿Las vio a las dos juntas? —pregunto.

Él entorna los ojos. No entiende a qué me refiero.

—¿Cómo que si las vi juntas? ¿No acabo de decirte que las vi discutir en una butaca?

—Sí, sí… Disculpe. Continúe con la historia.

—No sé qué se dijeron. Estaban demasiado lejos. Pero sí recuerdo que Linda acabó llamando a uno de los guardias de seguridad. Le pidió que sacara a la chica del teatro y que no volviera a dejarla entrar.

Esto es interesante. Si esa historia es cierta, eso descartaría que Harper y Linda fueran la misma persona. Siempre y cuando, la chica morena que John Renz vio junto a Linda aquel día fuese realmente Harper.

—¿Linda no dio una explicación? —inquiero.

—Nada de nada.

Él niega con la cabeza y se encoge de hombros.

Entonces se produce una pausa y John ladea la cabeza. Me clava la mirada de manera incómoda.

—Siempre he sospechado que Linda era alguien conocido.

Parpadeo.

—¿Cómo?

—Que era famosa. —Se inclina hacia delante—. Y que ese era precisamente el motivo por el que nunca mostraba su rostro.

No digo nada.

—De hecho, cuando terminaba la función ni siquiera se quitaba la máscara entre bastidores. Era la primera en salir por la puerta trasera. Siempre había un coche esperando. Subía, desaparecía y no volvía a verla hasta la siguiente función o el siguiente ensayo.

Mueve una mano señalando el aire en un gesto que no comprendo.

—No venía a las cenas. No tomaba algo con los compañeros. No aparecía en las fiestas. No participaba en nada.

—¿Ni con Braxton?

—Ni siquiera con él.

La respuesta parece sincera.

—Así que tal vez tú puedas sacarme de dudas. —Sonríe—. Dime. ¿He acertado? ¿Es famosa por alguna razón además de cantar y tener un cuerpo maravilloso?

Mi mente se queda completamente en blanco.

¡Mierda es verdad! Claro. Soy su prima. Se supone que debería saberlo. Y se supone que debería tener una respuesta preparada.

—Yo...

Trago saliva.

—No puedo contestar a eso.

—Vamos... —Su sonrisa se vuelve traviesa—. No se lo diré a nadie, lo prometo.

Me pongo de pie.

—Lo siento.

Creo que ya no voy a sacar mucho más de esta conversación.

Recojo el bolso y camino hacia la puerta.

—Gracias por su tiempo.

El hombre aprieta los labios con un gesto de resignación. Me giro y me dispongo a abandonar su camerino.

—Espera un momento.

La voz de John me detiene cuando ya tengo la mano en el pomo.

Lo miro por encima del hombro.

Una mano sostiene su barbilla mientras me observa con una intensidad que empieza a ponerme nerviosa.

—¿Sí?

—¿Puedes darte la vuelta?

Parpadeo.

—¿Qué?

John hace un gesto circular con el dedo.

—Date la vuelta.

Durante un instante me planteo salir corriendo, pero la curiosidad termina ganando.

Obedezco y me giro muy despacio. Rezo para no arrepentirme. Cuando vuelvo a quedar frente a él, sigue observándome.

—¿Sabes cantar?

Arqueo las cejas. Eso sí que no me lo esperaba.

—Pues... supongo que como todo el mundo. Otra cosa muy distinta es que lo haga bien.

—Bueno... —Inclina ligeramente la cabeza—. Te veo bastante potencial. Quizá habría que buscarte un atuendo un poco más ancho, pero una de mis ninfas se ha quedado embarazada y el médico le ha prohibido cantar y bailar sobre un escenario durante una temporada.

Tardo un segundo en procesar lo que está diciendo.

—¿Perdón?

—¿Te interesaría hacer una prueba mañana?

Lo miro fijamente.

No sé si enfadarme porque acaba de insinuar que necesito ropa más grande o sentirme halagada porque, aparentemente, considera que podría aparecer en un espectáculo de Broadway.

La segunda opción gana por muy poco.

Aunque tampoco demasiado.

—No es lo mío —contesto con una sonrisa educada.