17
Aprieto los puños mientras bajo las escaleras de la estación y avanzo sin un rumbo fijo.
No sé cuánto he tardado en llegar hasta aquí.
Veinte minutos, quizá algo más. Voy caminando por Nueva York como un zombi, cruzando calles, esperando semáforos y esquivando turistas sin prestar verdadera atención a nada de lo que sucede a mi alrededor.
Mi cabeza sigue enredada con la oscura historia de Linda y Harper; con Trevor y con la luz que irradia.
Ayer, cuando terminé de leer los mensajes entre Linda y «Babe», lo primero que hice fue marcar desde mi teléfono el número de ese contacto. No tengo muy claro qué esperaba descubrir, pero fue inútil. Una voz automática respondió al instante: «El número marcado no existe».
Quizá me estoy tomando esto demasiado en serio.
Cuando el tren llega, subo por inercia y me dejo caer en uno de los asientos mientras las puertas se cierran a mi espalda. Aún es pronto para volver a casa. No quiero hacerlo. No quiero encerrarme en mi apartamento y pasar el resto de la tarde sin nada que hacer salvo pensar en él.
Porque ya no se trata de su atractivo.
Ojalá fuera solo eso.
Sería muchísimo más sencillo si todo se redujera a unos ojos bonitos, una sonrisa capaz de detener corazones y un torso digno de la mejor portada de una novela erótica.
Eso es relativamente fácil de controlar.
Un simple flechazo físico de los que acaba desapareciendo tarde o temprano.
Tan repentino y efímero como una estrella fugaz.
Lo que me preocupa es otra cosa.
Hoy he conocido al ser que existe detrás de todo eso.
He visto al médico brillante, sí, pero también al hombre paciente que escucha de verdad cuando alguien le habla. Al que se esfuerza por hacer sentir cómoda a una persona cuando está pasando vergüenza. Al que intenta arrancarme una sonrisa cuando debería ser yo quien le ofreciera apoyo.
Y ahí está el problema.
Porque ahora ya no me gusta únicamente lo que veo cuando lo miro.
Esa faceta que no conocía de él me ha enamorado.
Apoyo la cabeza contra la ventana del tren mientras una sensación desagradable se instala en mi pecho. Quizá porque sé perfectamente que no debería estar pensando de esta manera. Quizá porque también sé que no puedo evitarlo.
No dejo de preguntarme cómo será su vida cuando sale del hospital.
Lo imagino llegando a casa después de una guardia interminable y encontrándose con un silencio que nadie rompe. Lo imagino cenando solo. Sentándose solo. Durmiendo solo.
Me da mucha pena.
Y la parte más terrible de todo es que no está solo porque haya elegido estarlo o porque sea un capullo que se lo merece.
Está solo porque la vida le arrebató a su esposa, y se cebó con él dejándola con vida para avivar su duelo permanente.
Cierro los ojos.
La realidad es tan cruel que incluso pensarla me hace sentir culpable.
Porque, técnicamente, Trevor sigue siendo un hombre casado.
Pero la mujer con la que se casó ya no comparte conversaciones con él, ni risas, ni planes de futuro.
Permanece atrapada en una cama de hospital mientras las máquinas mantienen funcionando su cuerpo.
Y yo odio pensar en ella de esa manera.
Odio que una parte de mí sienta lástima por Trevor.
Odio imaginar lo desesperadamente solo que debe sentirse algunas noches.
Odio preguntarme quién lo cuida a él. Quién le pregunta cómo ha ido su día. Quién lo abraza cuando está agotado. Quién le recuerda que también merece ser querido.
Aprieto los labios y aparto la vista de mi reflejo en el cristal.
No debería acercarme más a Trevor.
Ni por respeto a la situación que está viviendo ni por mi propio bien. Cada minuto que paso con él consigue que me guste un poco más. Cada conversación me descubre una nueva razón para admirarlo. Cada sonrisa me deja más indefensa que la anterior.
Lo inteligente sería mantener las distancias, dejar de buscar excusas para verlo, olvidarme de él antes de que sea demasiado tarde.
Acabo bajándome en Times Square. La plaza está tan abarrotada como siempre.
Las pantallas gigantes iluminan la noche con anuncios que cambian constantemente de color, grupos de turistas se detienen en mitad de la calle para hacerse selfies y algún espontáneo ha montado un corro de baile rodeado por decenas de personas que aplauden al ritmo de la música.
Cerca de mí, dos tipos disfrazados de superhéroes discuten con unos adolescentes por el precio de una fotografía.
Y por encima de todo flota ese inconfundible olor a marihuana que ya forma parte de la ciudad.
Termino sentándome en las famosas escaleras rojas de TKTS. A mi derecha una pareja se besa con tanta intensidad que parece haberse olvidado de que existen miles de personas alrededor.
Saco mi móvil. Quiero mantener la mente ocupada y por eso decido alimentar mi obsesión con el misterio de Linda Ross.
Empiezo por lo más obvio: Némesis. La obra dirigida por John Renz que sigue representándose en Broadway.
Unos minutos después descubro que el papel de Adrastea, el que interpretaba Linda, ahora es de Lucía Schwab, una actriz alemana de veintiocho años que se ha convertido en una presencia habitual en los escenarios neoyorquinos.
Antes de incorporarse a Némesis consiguió bastante notoriedad interpretando a Clara Beaumont en el exitoso musical The Clockmaker's Daughter, una producción que permaneció varias temporadas en cartel.
Abro uno de los vídeos promocionales.
Lucía aparece sobre el escenario envuelta en las características telas oscuras del personaje.
La máscara veneciana sigue formando parte del vestuario, igual que ocurría con Linda, pero la semejanza termina ahí.
Durante las escenas fuera de la identidad de Adrastea, Lucía muestra su rostro con total normalidad, al contrario que Linda.
Observo la grabación durante varios minutos.
Es buena.
Muy buena, de hecho.
Se mueve con elegancia. Su voz llena el teatro con facilidad y cada gesto parece perfectamente calculado.
Pero no es Linda. Ni mucho menos.
Lo de Linda Ross era otra historia.
Incluso a través de una pantalla puedo apreciarlo. Poseía algo difícil de explicar. Una especie de magnetismo mágico. La sensación de que toda la atención de la sala gravitaba hacia ella, aunque hubiera veinte personas más sobre el escenario.
Cierro el vídeo y entro en la página del teatro Majestic.
El espectáculo de esta noche está a punto de terminar.
Miro la hora. Luego la dirección de la puerta de artistas: 270 Oeste de la 45.
Bueno… Está cerca y no tengo nada mejor que hacer.
Me pongo en pie, guardo el móvil en el bolsillo y abandono las escaleras rojas.
La multitud me obliga a zigzaguear entre turistas, vendedores ambulantes y familias enteras que parecen incapaces de decidir hacia dónde quieren caminar.
Las luces de los teatros iluminan la calle mientras avanzo siguiendo el mapa del teléfono hasta alcanzar la parte trasera del Majestic.
Cuando llego, me detengo unos segundos para observar el lugar.
Todavía faltan unos diez minutos para que termine la función. Después los actores tendrán que quitarse el maquillaje, cambiarse de ropa, despedirse de compañeros y atravesar el ritual habitual que sigue a cualquier representación.
Aun así, me sorprende lo que veo. O, más bien, lo que no veo.
No hay nadie esperando. Ni una sola persona.
La acera permanece prácticamente vacía salvo por un repartidor que circula en bicicleta y una pareja que cruza la calle sin prestar atención al teatro.
Me paso la lengua por los labios.
Pienso en que, si Linda Ross fuera a salir por esa puerta, la situación sería completamente distinta. No habría diez personas esperando. Ni veinte.
Casi con total seguridad, cerca de un centenar de admiradores ocuparían toda la calle con los teléfonos preparados para grabar y bolígrafos listos para conseguir una firma.
Me apoyo contra la pared del edificio observando la puerta de artistas desde unos metros de distancia.
Durante un par de minutos no sucede absolutamente nada, hasta que la puerta se abre y una mujer sale hablando a voces por un auricular inalámbrico que lleva colgado de una oreja.
Tendrá unos cuarenta años y la expresión agotada de alguien que lleva demasiadas horas trabajando.
—¡Pues claro que es un problema! —protesta mientras avanza unos pasos por la acera—. ¡Se ha roto un árbol de cuatro metros de cartón piedra en mitad del escenario!
Saca un paquete de cigarrillos, enciende uno y comienza a caminar de un lado a otro. Yo apenas le presto atención hasta que escucho el resto de la conversación.
—¿Y sabes cuándo dicen que pueden repararlo?
Pausa.
—¡El viernes! Imposible esperar tanto. Tenemos dos funciones antes de eso.
Mientras habla se quita la credencial que lleva colgada al cuello.
Después se desprende de una chaqueta ligera que claramente le sobra con el calor de junio y deja ambas cosas sobre una pequeña escalera metálica que conduce a otra zona lateral del teatro.
En ese momento la mujer se queda completamente inmóvil.
—¿Cómo que no hay presupuesto?
Su voz resuena por toda la calle.
—¿Es una broma?
Empieza a alejarse de la puerta gesticulando furiosamente mientras despotrica sobre contabilidad, seguros y personas incompetentes. Y yo no me paro a pensar.
Simplemente actúo.
Antes de que mi cerebro pueda recordarme la cantidad de delitos menores que probablemente estoy a punto de cometer, ya estoy cruzando la distancia que nos separa. Agarro la credencial, me la cuelgo y entro por la puerta de artistas que la mujer ha dejado abierta.
Nada más cruzarla, mi corazón empieza a latir con tanta fuerza que me tiemblan los dientes.
El vestíbulo está vacío. Tiene un suelo de moqueta color burdeos, paneles de madera oscura cubriendo las paredes y varias fotografías enmarcadas de antiguas producciones del teatro.
Todo desprende esa elegancia clásica que tienen los grandes escenarios de Broadway.
Me ajusto la credencial intentando aparentar una seguridad que no siento ni remotamente.
En cualquier momento alguien va a aparecer, me va a mirar a la cara y me va a preguntar quién demonios soy.
Como si el edificio quisiera recordarme lo mala que es esta idea, una enorme ovación estalla en algún lugar por encima de mí. Miles de aplausos atraviesan paredes y techos acompañados por gritos y vítores.
La función acaba de terminar.
Genial.
Justo cuando estoy pensando en dar media vuelta y marcharme, escucho pasos acercándose por detrás.
Mierda.
Levanto la cabeza y descubro un pasillo lateral que nace desde el vestíbulo. No me lo pienso. Me deslizo por él justo antes de que aparezca quienquiera que venga hacia el vestíbulo.
A ambos lados encuentro una sucesión de puertas numeradas. Son los camerinos.
Avanzo unos metros sin saber dónde ir. La puerta del fondo se abre y comienzan a atravesarla personas caracterizadas para la función.
Algunos llevan túnicas blancas adornadas con bordados dorados, otros, capas oscuras sujetas por broches metálicos.
Veo sandalias de cuero, coronas de laurel, corazas ornamentales inspiradas en la Grecia clásica y varias máscaras ceremoniales que reconozco de inmediato por las fotografías promocionales de Némesis. Todos caminan hacia mí.
Los dos primeros en aparecer son hombres y están discutiendo.
—Menudo entusiasmo le pones... Seguro que somos la obra del año.
—¿Perdona? ¿Me lo dice quien no sabe vocalizar?
—¿Por qué no lo dejáis ya? —interviene una mujer que sale detrás de ellos poniendo los ojos en blanco.
El primero resopla, agarra una botella de agua de una de las mesas que descansan junto a la pared y se aleja unos pasos. Bebe un largo trago antes de volver a girarse hacia el grupo.
—Lo estáis echando todo a perder. No tenéis ninguna ambición —insiste el hombre enfadado.
Después se gira hacia mí y me coloca la botella vacía en las manos con total naturalidad.
Yo la agarro automáticamente.
El hombre me observa durante un segundo, como si intentara recordar quién soy, pero enseguida pierde el interés y sigue caminando.
Me quedo allí sosteniendo una botella que no es mía mientras intento procesar el hecho de que, aparentemente, llevar una credencial basta para que todo el mundo asuma que perteneces al lugar.
Entonces aparece otro hombre acercándose a paso ligero por detrás.
Es delgado, ronda los cincuenta años y lleva una libreta repleta de anotaciones. Se mueve de una forma peculiar esquivando a actores y actrices.
—¡Espera, Gabriel! Tengo que hablar contigo.
—¡Que te follen, John! —responde antes de cerrar de un portazo la puerta de un camerino.
Varias personas se echan a reír.
Yo parpadeo.
John.
Vuelvo a mirar al hombre de la libreta; se ha quedado de pie frente a mí.
Doy un paso adelante.
—¿Usted es John Renz? ¿El director del musical?
El hombre se detiene. Me observa de arriba abajo y luego fija la vista en la credencial que llevo colgada del cuello. Cuando vuelve a mirarme, tiene las manos apoyadas en las caderas.
—¿Y quién demonios eres tú? ¿Y por qué tienes la credencial de mi asistenta?
Mi cerebro empieza a buscar una mentira convincente. No encuentra ninguna.
Se hace un breve silencio en el pasillo que acapara las miradas.
—Soy amiga de Linda Ross —digo finalmente—. Y tengo que hablar con usted.