La chica de la 62 16
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He necesitado medio paquete de pañuelos.

Literalmente.

Los restos arrugados se acumulan sobre la mesa como pequeñas pruebas de mi absoluta falta de dignidad mientras trato de recuperar el control de una vez por todas. Tengo la nariz roja, los ojos hinchados y la sensación de haber llorado durante horas, aunque en realidad, no ha pasado tanto tiempo.

Me llevo el último pañuelo a la cara y descubro que ya no queda prácticamente nada de mi maquillaje.

Fabuloso.

El corrector ha desaparecido bajo el rastro de lágrimas. El rímel ha dejado unas sombras oscuras bajo mis ojos que me hacen parecer la protagonista de una película de serie B.

Estoy hecha un desastre.

Trevor permanece sentado frente a mí. Me observa con una preocupación que resulta enternecedora.

—Si lo llego a saber escondo la foto —bromea.

Consigue sacarme una risotada que sale disparada, arrastrando algo de saliva. Me muero de la vergüenza.

—Lo siento... Yo no quería…

—Tranquila.

Niego con la cabeza mientras arrugo otro pañuelo entre las manos.

Debería ser al revés.

Es Trevor quien tiene motivos para venirse abajo, es él quien debería estar sentado frente a una montaña de pañuelos mientras yo intento encontrar las palabras adecuadas para consolarlo.

Y, sin embargo, aquí estamos.

—Antes te decía que has venido muy elegante —repite Trevor.

Lo miro. Siento algo difícil de explicar. Una especie de complicidad que evapora mi pena. De algún modo me siento muy cómoda con este apuesto desconocido que me embauca con la mirada.

—No sabía a dónde ibas a llevarme. Por eso he elegido este conjunto. Es bastante versátil.

Él sonríe. Sus ojos recorren el vestido un instante, luego vuelven a mi cara.

—¿Piensas mucho en lo que vas a ponerte o te mueves más por instinto?

—No suelo pensarlo mucho. Supongo que depende de cómo me haya levantado ese día.

Casi me atraganto con mi propia mentira. Bajo la vista hacia mis zapatos. Les he quitado la etiqueta hace literalmente dos horas.

Trevor se reclina en la silla, observándome con demasiada atención.

—Me encantaría saber más cosas de ti. ¿Cuál dirías que es tu mejor virtud? ¿Y cuál tu mayor defecto?

Parpadeo. Agradezco sus esfuerzos para cambiar de tema, pero… ¿De verdad vamos a hablar de esto ahora?

De acuerdo. Desde luego es mejor que seguir llorando.

Cruzo las piernas lentamente y apoyo un brazo en el reposabrazos, dejándome caer hacia atrás.

—Mi mejor virtud es… —titubeo—. La verdad es que no tengo ni idea.

Él sonríe de nuevo.

—Yo creo que tienes muchas virtudes, pero que no sabes verlas.

Vale… que siga hablando, por favor.

—No sabría qué responder a eso —contesto con timidez—. ¿Tú tienes algún defecto?

Él asiente con vehemencia.

—Trabajo demasiado.

—Eso no cuenta. Es el defecto favorito de la gente guapa y exitosa.

Una risa baja escapa de su garganta.

—Entonces, quizá uno de mis defectos es que me cuesta encontrar las palabras correctas. Estoy dando demasiadas vueltas.

Mis cejas se levantan acompañando mi mirada. Aguanto la respiración, expectante.

—Hoy quería verte por lo que sucedió ayer. Es posible que te crearas una imagen equivocada de nosotros, de los trabajadores del Bellevue —continúa Trevor.

Se me había olvidado por completo.

No entiendo muy bien cómo mi mente es capaz de dedicarle toda su atención a un tema para después olvidarlo. Bueno, sí lo sé. Es por culpa de Trevor, y de la historia de su mujer y por lo tremendamente bien que le queda esa camisa.

Megan… Céntrate.

—Fue un poco extraño, sí. Me quedé algo cortada. Pero Valerie me puso al día sobre la historia de Harper Lynch. No volveré a sacar el tema de Linda Ross ni nada parecido.

—No debes fiarte de Valerie.

En mi cabeza, esa frase ha sonado a cristales rotos. No contesto de inmediato, me he quedado bloqueada.

—¿Por qué dices eso? —consigo preguntar al cabo de unos segundos.

Trevor respira hondo.

—Lo que sucedió con Harper y los rumores de que era Linda Ross y que tenía un ligue en el Bellevue fue algo que nos afectó mucho.

Harper era una chica increíble. Te hubiera encantado conocerla, estoy seguro.

Era muy querida y, por la forma en que desapareció, todos empezamos a dudar de todos.

Hubo acusaciones no oficiales. Ya sabes, comentarios que van creciendo en la cafetería, en los pasillos…

Todo el mundo necesitaba encontrar un culpable.

Era la manera más sencilla de conseguir que se hiciera justicia.

—Valerie me contó que todo vino por un rumor que comenzó a difundir la secretaria del doctor Bukowski.

—Lo sé. Lo recuerdo muy bien.

—No entiendo qué tiene que ver Valerie con todo eso.

—Ella no. Su marido.

Ahora el sonido no es de cristales rotos. Es el del estallido de una bomba atómica.

Intento hablar, pero no encuentro las palabras.

—Josh trabajaba en el Bellevue por aquel entonces —continúa Trevor—.

Lo dejó poco después de que sucediera lo de Harper.

No digo que no tuviera ofertas mejores, porque es evidente que es un excelentísimo cirujano.

Pero sí que creo que aquello tuvo algo que ver.

Se rumoreaba que había tenido una aventura con Harper Lynch.

Que él era el médico con el que ella se veía.

Silencio.

Más silencio.

Debo decir algo o moriré en esta misma posición.

—¡Eso es absurdo! Valerie habla maravillas de su marido. He visto fotos familiares y, ¡por el amor de Dios! Son la viva imagen de una familia feliz.

Trevor pone cara de circunstancia. No parece muy de acuerdo.

—Conozco a Josh desde la residencia, Megan. Solo te digo que no te fíes de todo lo que dice su mujer; lógicamente intentará defender a su marido.

Creo que voy a vomitar. ¿Puede que sea ahí donde resida la enemistad entre ambos que percibí ayer?

Me llevo la mano a la boca para comerme las uñas. Estoy demasiado nerviosa como para controlar mis actos ahora mismo.

—Cuando Harper desapareció, Josh cambió su actitud por completo. Era evidente que entre ellos dos había algo y que ese algo se había roto.

—Pero… ¿Cómo puedes decir eso? ¿Y su mujer?

Trevor se encoge de hombros.

—Valerie se quedó embarazada al poco tiempo de empezar a verse con Josh. Siempre se ha dicho que él no quería tener ese bebé y corría el rumor de que se casó con Valerie más por obligación que por amor.

Me quedo callada. Han sido demasiados estímulos en muy poco tiempo.

Trevor se levanta.

—Se ha hecho un poco tarde, Megan. Me gustaría visitar a Zoe antes de ir a casa. ¿Te parece si continuamos con esta conversación en otro momento?

Levanto la cabeza para mirarlo.

—Sí, claro. Por supuesto.

Han sido los peores cuatrocientos dólares invertidos de mi vida.