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Y todo para ver cómo Trevor revisa unos informes tan importantes que no podían esperar, claro.
Sentada frente a su escritorio, cruzo las piernas intentando encontrar una postura cómoda en la silla de cuero y que, además de cómoda, capte su atención.
Trevor ni siquiera levanta la vista del ordenador.
Lleva más de veinte minutos alternando entre radiografías, informes, electrocardiogramas y notas de voz que graba con un tono tan profesional y masculino que, reconozcámoslo, me excita un poco.
Por la ventana veo a unos chicos jugando al baloncesto sin camiseta en las pistas del parque. Lamentablemente, ese es mi mayor entretenimiento ahora mismo.
Intento respirar hondo.
Es cierto que no me había imaginado nuestro encuentro así.
Pero tengo que entender que tiene una agenda muy apretada, que además de trabajar en el Bellevue tiene una consulta privada y trabajo atrasado acumulándose sobre el escritorio.
Después de todo, ha hecho un esfuerzo muy grande quedando conmigo un domingo.
Debo ser agradecida.
Deslizo la mirada otra vez hacia él.
Está inclinado sobre unos documentos, con las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y las gafas ligeramente caídas sobre el puente de la nariz. Es la primera vez que le veo con ellas puestas y sería un pecado mortal no comentar lo mucho que le favorecen.
De vez en cuando escribe algo a mano, revisa una imagen en la pantalla o responde un correo sin perder el gesto concentrado ni un solo segundo. Hay algo hipnótico en verlo trabajar.
Cojo el móvil por puro aburrimiento, pero termino abriendo la aplicación del banco y me arrepiento instantáneamente. El saldo que aparece en pantalla me genera un malestar tan grande que solo puedo enfrentarme a él ignorándolo.
Perfecto.
Estoy prácticamente arruinada y aun así me he comprado ropa nueva para impresionar a un hombre que lleva media hora prestándole más atención a una resonancia cardiaca que a mí.
Cierro la aplicación y dejo el teléfono sobre mis piernas.
Trevor pasa una página más. Luego otra.
Ni siquiera parece darse cuenta de que sigo aquí.
—Ya casi he terminado y estoy contigo.
Levanto la vista al escucharlo.
Me fuerzo a sonreír.
—Claro, sin problema.
Él asiente distraídamente y vuelve a bajar la mirada hacia los informes.
¡Por el amor de Dios, que me haga caso ya!
Intento controlar mi impaciencia analizando la consulta: es impresionante.
Todo tiene ese aspecto excesivamente limpio y caro que tienen los sitios donde la gente paga cientos de dólares por veinte minutos de atención.
Hay una lámpara de diseño en una esquina, una cafetera cromada sobre un mueble auxiliar, una enorme pantalla vertical donde Trevor va ampliando electrocardiogramas a golpe de ratón y sobre la mesa hay un marco que…
Un momento.
¡Un momento!
No… Por favor. ¿Es una broma?
El marco es pequeño, no me había fijado en él hasta ahora, quizá porque estaba demasiado ensimismada observando a Trevor. Pero el marco alberga una foto.
Y en esa foto aparece Trevor con una mujer.
Ella es hermosa. No guapa, ni mona.
Hermosa.
Más de lo que yo seré nunca. Es morena, tiene los ojos azules y sonríe.
¿Cómo no va a sonreír si está casada con Trevor?
De repente, tengo náuseas. Me siento estúpida e ingenua.
Muevo el pie intentando descargar algo de ansiedad. También me sirve para comprobar que no me he desmayado. Él sigue trabajando como si yo fuese parte del mobiliario. Un cuadro bonito colocado frente al escritorio.
Finalmente, después de otra nota de voz y dos informes más, Trevor recoge todos los papeles formando una pila perfectamente ordenada. Se quita las gafas y se masajea el puente de la nariz antes de mirarme por fin.
—Discúlpame —dice—. Has venido muy elegante.
Noto el calor subiéndome por el cuello.
—¿Es tu mujer? —le pregunto mirando la foto.
Me clava la mirada y la sostiene durante unos segundos. Su semblante cambia.
—Sí. Se llama Zoe.
—Ah…
Se forma un silencio en el que el mundo parece detenerse, al menos para mí. Trevor me mira, parece estar evaluándome por algún motivo.
—Veo que no lo sabes.
—No. No sé nada. ¿De qué estás hablando?
Aprieta los labios.
—Supongo que ayer te darías cuenta de que no soy el hombre más popular del hospital.
Todos saben lo que le sucedió y pensé que quizá podrían habértelo contado.
Zoe tuvo un accidente doméstico. Hace dos años, de madrugada, se cayó por las escaleras de nuestra casa.
Yo estaba de guardia en el hospital. La encontró nuestra asistenta cuando llegó a casa por la mañana.
Desde entonces está ingresada con muerte cerebral en el hospital Rusk.
Me quedo totalmente callada. No sé qué decir. Trevor se da cuenta y se anticipa a mi pregunta.
—No hay nada que se pueda hacer por ella —añade.
—Es… Es terrible, Trevor. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada. Sé que es incómodo.
He empezado a sudar. Me recoloco en el asiento.
—No puedo imaginarme por lo que estarás pasando… Debe ser durísimo.
—Lo es —dice mirándome fijamente a los ojos—. Es muy triste. Zoe es una mujer increíble y odio verla así.
Tengo que insistir, aunque ya lo haya dejado bastante claro.
—¿Hay alguna posibilidad de que se recupere? —pregunto mirando su imagen en la fotografía, invadida por la pena.
Trevor niega con la cabeza.
—Yo soy médico, Megan. Sé perfectamente que no recuperaré a mi mujer. Pero su padre es un hombre especial y se niega a desconectarla del respirador. También entiendo su parte.
—¿Es por eso por lo que trabajas tanto? Para poder costear el tratamiento de tu mujer, debe ser carísimo.
Me sorprende que yo haya sido capaz de hacer una pregunta así. Me arrepiento casi al instante. Eso no es asunto mío.
—No. Trabajo tanto porque prefiero tener la mente ocupada. Han sido dos años muy duros. Por suerte mi suegro es muy rico. Demasiado. Tiene el dinero por castigo. Aunque eso solo mantiene a su hija con vida, nunca se la devolverá.
Sin saber qué decir, no puedo hacer otra cosa que ponerme a llorar.