La chica de la 62 14
39%

14

Me obligo a respirar hondo.

Trato de calmarme. Me quedo mirando cómo mis dedos se mueven sin que pueda hacer nada para detenerlos.

¿Qué demonios debería hacer ahora?

Tal vez tendría que cambiar el inicio de sesión. Quitar el reconocimiento facial y dejar solo el código. Así no tendría que volver a utilizar la tablet ni repetir el truco que acabo de hacer para desbloquearlo. Podría no volver a funcionar.

Inspiro profundamente y suelto el aire poco a poco.

Una vez. Dos. Estoy yendo demasiado deprisa.

Siento la ansiedad instalada en el pecho, incómoda y persistente, pero lentamente consigo serenarme lo suficiente para navegar hasta los ajustes del dispositivo.

Mierda.

Para cambiar el código necesito introducir el anterior. Y, como es lógico, no tengo ni idea de cuál es.

Aprieto los labios y trato de pensar. Tal vez esta sea mi única posibilidad de averiguar qué pasó con Linda Ross.

Vuelvo a incorporarme y entro en el registro de llamadas.

Hay varias llamadas a su madre. Otras a un tal Braxton. Y luego aparece un contacto con el nombre de Babe con el prefijo 212 de Nueva York.

Por razones obvias ese es el que más me llama la atención. Accedo al historial.

Todas las llamadas tuvieron lugar hace más de un año. La última conversación entre ambos duró exactamente cincuenta y tres segundos. En total hay más de cuarenta llamadas, entre realizadas y recibidas, durante los dos meses que parecen relacionarse.

Cojo mi móvil y fotografío el historial completo antes de seguir investigando. No debo olvidar que el truco del desbloqueo puede no volver a funcionar.

Después entro en la galería. Si Linda Ross era Harper Lynch, lo averiguaré pronto.

Al principio solo encuentro fotos normales.

Capturas de pantalla de tiendas de Nueva York.

Un salón de belleza. Una zapatería de Manhattan con botas carísimas alineadas en escaparates iluminados.

Selfies rápidos donde aparece con la máscara puesta, al igual que en el resto de imágenes. Fotos borrosas de cafés.

Sigo deslizando.

Aparecen instantáneas tomadas entre bastidores de Broadway.

Reconozco enseguida el ambiente: pasillos estrechos, espejos rodeados de bombillas, maquillaje abierto sobre mesas abarrotadas, actores sonriendo agotados después de una función.

Linda aparece abrazada a varios compañeros de reparto.

Resoplo al descubrir que en todas aparece con la dichosa máscara.

Me pregunto si se la quitaba en algún momento.

La obra en la que actuaba se llamaba Némesis . El nombre aparece en carteles colgados detrás del elenco.

Sigo bajando fotografías distraídamente hasta que una imagen aparece en pantalla y el teléfono se me resbala de las manos, cae sobre el sofá y me quedo inmóvil.

Hay fotos íntimas.

Muy íntimas. De esas que no dejan lugar a la imaginación.

El calor me sube por el cuello mientras aparto el móvil unos centímetros, casi como si quemara.

—Joder… —murmuro en voz baja.

Tengo que detenerme.

Me llevo ambas manos a la cara y permanezco así unos segundos, intentando ordenar mis pensamientos.

Estoy invadiendo la intimidad de una persona que ni siquiera puede impedirlo.

Quizá esto esté mal.

Muy mal.

Y aun así… no voy a apagar el teléfono. En este punto, mi curiosidad me genera dependencia física.

Las fotografías íntimas son desnudos integrales, pero en las que no se ve su cara.

Trago saliva.

—Vaya cuerpazo… —murmuro sin darme cuenta.

Linda aparece tumbada en posturas sugerentes, inmortalizada desde ángulos perfectamente calculados. Reconozco inmediatamente el apartamento. El salón. La luz cálida junto al ventanal.

Es el sofá sobre el que estoy sentada ahora mismo; este mismo sofá.

La idea me provoca un escalofrío extraño.

Paso otra fotografía. Y otra.

No hay nadie más en las imágenes, pero las poses dejan claro lo que son. Están hechas para alguien. Para ser enviadas. Para provocar una reacción concreta.

Es el tipo de foto que una mujer imprudente podría enviarle a su amante.

¿Se las enviaría a ese hombre que conoció en el Bellevue con el que supuestamente tenía una relación?

La pregunta me atraviesa la cabeza mientras observo una foto en la que Linda aparece de espaldas. No le encuentro la más mínima imperfección.

Una idea me asalta de repente. Quizá Linda Ross no estaba del todo bien.

¿Por qué iba al psiquiatra?

Con su éxito, con semejante cuerpazo…

A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas con problemas mentales.

En urgencias, entre mis compañeros, en mi día a día.

Yo misma he visitado a un psiquiatra después de mi ruptura con Richard.

En realidad, a dos porque el primero solo me atiborró a pastillas para que me pasara el día durmiendo, pero eso no me devolvió una vida normal.

Con la autoridad que cierta experiencia me aporta, no consigo quitarme de la cabeza la historia que Valerie me ha contado sobre Linda.

Sobre que la enigmática actriz fuera en realidad una enfermera del Bellevue llamada Harper Lynch.

Sobre su supuesta visita a un especialista para que la ayudara con sus problemas mentales.

Lo cierto es que sé reconocer ciertos patrones cuando los veo.

Y esto empieza a oler raro.

Tanto secretismo con su rostro... Ni siquiera en su propio móvil aparece su cara. Está claro que este es el teléfono que utilizaba para su alter ego .

Además, está esa relación misteriosa con alguien a quien conoció en el hospital, lo que se suma a su repentina y oportuna desaparición.

Aprieto el teléfono entre las manos. Estoy decidida a llegar al fondo de todo esto.

Eso lo tengo clarísimo.

Averiguaré qué le pasó a Harper Lynch y descubriré si de verdad era Linda Ross.

Sigo avanzando por la galería durante varios minutos más hasta llegar al final. Cuando termino, siento la cabeza embotada después de haberme tragado más de quinientas fotografías de Linda tratando de conseguir la pose perfecta. Es agotador.

Dejo escapar el aire lentamente y cierro la galería.

Después abro WhatsApp.

Y aquí viene lo realmente interesante.

WhatsApp aún conserva algunas conversaciones.

El icono verde acumula mensajes de meses enteros de vida convertidos en texto. Durante unos minutos voy entrando y saliendo de chats sin demasiado orden, intentando encontrar algo que merezca la pena.

Todos los mensajes que recibe en este teléfono están enfocados al trabajo.

En algunos negocia el importe a cobrar por una determinada publicación. Se le da bien y consigue aumentar las cantidades por norma general.

También habla mucho con un contacto al que tiene guardado como «Kate Producción».

Con ella sí parece tener algo más de confianza.

Kate le pregunta con cierta asiduidad cómo está.

A veces justifica la pregunta añadiendo que la ha visto algo apagada y distante.

Linda le contesta que está bien, que no se preocupe.

En una ocasión le cuenta que ha discutido con su madre, quien insiste en venir a verla, pero ella no se lo permite.

Paso al siguiente chat.

Es el del hombre cuyo nombre es Braxton.

Aquí el tono cambia por completo. Deduzco por el contenido del chat que Braxton debe ser algún compañero de reparto.

La conversación es prácticamente un monólogo de él quejándose de un tal Austin. Entiendo que debe ser su novio.

Que si Austin ha vuelto a llegar tarde.

Que si Austin no le escucha.

Que si Austin es incapaz de comprometerse emocionalmente con nadie.

Linda apenas participa. Responde con frases cortas. Restándole importancia. Intentando tranquilizarlo.

«Seguro que no es para tanto. Habla con él cuando estés calmado. Te estás montando una película».

Entre medias hablan del trabajo y hay varios mensajes que me arrancan una sonrisa involuntaria porque se burlan constantemente de alguien llamado John, al que se refieren como «El extra».

«El extra ha vuelto a quedarse mirando al vacío en mitad del ensayo».

«Creo que El extra ni siquiera sabe en qué obra trabaja».

Sigo avanzando y encuentro algo llamativo.

Está claro que Linda se tomaba muy en serio el anonimato. No parece que nadie ajeno a su vida como enigmática actriz de Broadway tenga ese número. No hay mensajes de familiares ni amigas.

He dejado para el final el chat más importante, el del contacto llamado Babe.

Lo abro sintiendo cómo vuelve a acelerárseme el pulso.

Y desde la primera frase que leo me doy cuenta de que aquello no es una conversación cualquiera.

Los mensajes están llenos de provocación. De insinuaciones. De encuentros. De propuestas concretas en las que solo dos adultos podrían participar.

Reviso el chat entero. No aparece ningún nombre en toda la conversación.

Linda lo llama varias veces « Babe ».

Voy bajando poco a poco hasta llegar al final del chat.

El último mensaje lo escribe Linda. Es tan claro como el resto del chat.

«Sí, puedes venir esta noche. Así nos despedimos de este apartamento diminuto. Estoy deseando volver a verte. Quiero que rompas el otro lado del somier».