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¿Estoy hiperventilando?
Sí, definitivamente lo estoy, no me doy cuenta hasta que el espejo del ascensor me devuelve mi imagen y veo cómo el pecho sube y baja a toda velocidad bajo la tela negra del vestido.
Me apoyo un segundo en la pared metálica y cierro los ojos.
Dios mío.
Ni siquiera estoy haciendo nada ilegal. Bueno… técnicamente quizá sí. O muy cerca. Vale, sí. Esto debe estar penado por alguna ley de protección de datos, violación de la intimidad o algún término parecido por el que cualquier tribunal podría condenarte.
Las puertas se abren y salgo casi atropellándome a mí misma con la prisa. El bolso me resbala por el hombro mientras busco las llaves. Ya he metabolizado el alcohol por completo. La adrenalina se lo ha llevado todo.
Entro al apartamento y cierro la puerta con rapidez. Me siento a salvo en mi zulo neoyorquino. Me descalzo nada más avanzar un par de pasos y dejo los zapatos abandonados junto al recibidor. Me estaban matando. Un par de horas más y habrían tenido que amputarme el quinto dedo de ambos pies.
Cruzo el salón casi corriendo.
Todavía no puedo creer lo que voy a hacer…
Bueno, a intentar. He visto un par de vídeos de YouTube en el que parece sencillo.
Un par de usuarios se grabaron quejándose porque se les habían roto las pantalla y el desbloqueo facial funcionaba con cualquiera, no solo con ellos.
Sinceramente, no sé de qué se quejaban, los teléfonos no se rompen solos.
Me he fijado en que parece que si colocas el teléfono de lado y lo haces girar… No sé si funcionará.
El plan B consiste en pagar a uno de esos hackers que anuncian sus servicios a través de Reddit. Prefiero evitarlo porque una cosa es delinquir y otra muy distinta es dejar evidencias de ello.
Qué cotilla soy, por el amor de Dios.
Bueno, la verdad es que no es una desconocida cualquiera. Es Linda Ross.
El nombre vuelve a producirme ese pequeño escalofrío de curiosidad que lleva días creciendo dentro de mí.
Desde que encontré el móvil atrapado en el hueco del sofá, no he conseguido quitármelo de la cabeza.
La historia alrededor de esa mujer es demasiado extraña.
Demasiadas piezas sueltas. Demasiados flecos que no terminan de encajar.
Y ahora resulta que ambas tenemos algo en común, además de este apartamento: el Bellevue.
No voy a engañar a nadie. Estoy disfrutando de esta sensación. La prefiero mil veces a mi anterior vida rodeada de lujo y de monotonía. A ver… ciertos privilegios no estaban del todo mal, no me malinterpretéis. Pero la monotonía sí.
Ahora siento algo diferente. Es intriga. La emoción absurda e infantil de estar haciendo algo impulsivo. El cosquilleo constante en el estómago que me mantiene ocupada.
Viva.
Y, sobre todo, mantiene mi mente alejada de Richard.
Hasta hace solo unos días, el recuerdo de nuestra ruptura era suficiente para destrozarme por completo.
Ahora solo aparece en mi cabeza de manera esporádica y, cuando lo hace, dura solo unos segundos.
Incluso empiezo a sentir que ciertos recuerdos acuden difuminados a mi mente, como si hubiera pasado una década desde que los viví.
Eso es bueno.
Muy bueno.
Quizá Trevor tenga algo que ver.
Llego a la mesilla de noche y abro el cajón de golpe. El teléfono de Linda sigue allí, exactamente donde lo dejé.
Lo agarro y mi pulso vuelve a acelerarse.
Enciendo el teléfono de Linda mientras me dirijo al sofá. El logo de Apple aparece flotando tras la pantalla desquebrajada.
Tarda en iniciarse. Ocupo ese tiempo buscando noticias de Linda Ross con mi teléfono.
Las primeras imágenes aparecen enseguida.
Menudo cuerpazo tenía. Es lo único de ella que no hay que intuir, pues no aparece ninguna foto en la que su rostro no esté tapado por la misma máscara veneciana que desprende un misticismo especial.
Piernas largas, tonificadas y acordes a los cánones. Ojalá yo las tuviera. Si fuera así, cambiaría todos mis vestidos por algo más corto que regalase al mundo las instantáneas tan perfectas que ella cedió.
También me entretengo mirando vídeos de sus actuaciones.
Tiene algo magnético en su manera de moverse sobre el escenario.
Algo que atrapa. Es puro garbo. Encuentro entrevistas antiguas, pequeños reportajes sobre «la nueva joya de Broadway», reels de actuaciones y clips cantando bajo focos dorados.
Abro uno y la voz me sorprende. Potente, limpia y emocional.
Entiendo perfectamente por qué hablaban tanto de ella.
Sigo bajando. Artículos de hace dos años, de hace uno...
Y luego nada.
El vacío.
Aprieto los labios y continúo buscando distintas combinaciones: «Linda Ross París», «Linda Ross desaparecida», «Linda Ross Broadway escándalo». No aparece nada concreto. Termino entrando en un subreddit de Broadway donde un usuario abrió un hilo hace meses titulado: «¿Qué fue de Linda Ross?»
Empiezo a leer. La mayoría coincide en que era rarísimo que alguien con tal proyección se lo dejara de un día para otro.
Algunos comentan que incluso sonaba para varios musicales importantes y que durante un tiempo parecía imposible abrir redes sociales sin encontrarse con ella.
Otros son bastante más crueles. Dicen que estaba sobrevalorada, que era «otra chica guapa con buena voz» y que seguramente se destruyó sola.
Las drogas aparecen varias veces en los comentarios. Fiestas. Alcohol. Malas compañías.
Pero no parece algo fundamentado; nadie sabe nada con certeza.
Eso es lo extraño.
Ni una sola persona parece saber qué ocurrió realmente con ella. Solo repiten lo mismo una y otra vez: se fue a París y desapareció. ¿No tenía amigos? ¿Ni familiares?
Estoy tan concentrada leyendo que casi se me cae el móvil cuando vibra de repente entre mis manos.
Número desconocido.
Pulso sobre el mensaje.
«Hola, soy Trevor. Le he pedido tu teléfono a Valerie; espero que no te importe. Quería disculparme por haberme ido de esa manera. Creo que ha sido incómodo para ti y me gustaría hablar contigo sobre ello. ¿Te apetece tomar algo mañana por la tarde?».
Se me para el corazón.
No es literal, estoy segura de que acabo de tener una asistolia de varios segundos. Por suerte reacciono a tiempo y no caigo desplomada.
Parpadeo varias veces mirando la pantalla.
El doctor Trevor Green acaba de escribirme.
Entro directamente en su perfil de WhatsApp para asegurarme de que no es una broma enfermiza, pero ahí está.
Su foto corporativa. Lleva una camisa blanca ligeramente remangada y luce una leve sonrisa, elegante, de esas que parecen involuntarias.
El fondo es neutro, probablemente alguna fotografía profesional del hospital, o de Vogue, ¿quién sabe?
Dios mío.
Está guapísimo.
Me quedo embobada mirando la pantalla durante varios segundos y tengo que contenerme muy seriamente para no besar el teléfono.
¿Qué demonios me pasa?
Debería esperar para responder. Cinco minutos como mínimo. Quince. Media hora. Eso hacen las mujeres interesantes y misteriosas que saben jugar a estos juegos del cortejo.
Por eso aguanto exactamente ocho segundos.
«Muchas gracias por tu mensaje. ¡Claro! Me parece genial».
Enviado.
Me muerdo el labio nada más hacerlo. ¿Puedo arrastrarme más?
Demasiado rápido, Megan.
Demasiado evidente.
Pero entonces aparece el «escribiendo…» casi al instante y se me olvida respirar otra vez.
«Conozco un sitio que te gustará. Mañana te envío la dirección y nos vemos allí a las 18 h».
No puedo evitar sonreír como una idiota. Hago doble clic para darle like al mensaje y dejo caer el teléfono sobre mi pecho.
Mañana voy a estar a solas con Trevor. ¿Habrá algo abierto un domingo por la tarde? Esto es Nueva York, claro que lo habrá.
La pregunta que debo hacerme es si me queda dinero para comprarme algo de ropa. Pero no pienso en eso ahora.
La idea me recorre entera, cálida y eléctrica, y antes de darme cuenta ya estoy de pie encima del sofá dando pequeños saltos de alegría.
—¡Sí! —susurro riéndome sola.
Empiezo a bailar descalza por el salón con una felicidad desmedida. Giro sobre mí misma, me llevo las manos a la cara y vuelvo a reír. Parezco una adolescente, pero me da igual. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz.
Durante un segundo pienso en servirme una copa de vino para celebrarlo, pero descarto la idea enseguida. No quiero tener resaca mañana. Puede ser un día importante.
Pasados unos minutos mi atención vuelve al teléfono de Linda. Me acomodo de nuevo en el sofá, respiro hondo e intento centrarme.
¡Qué vida más entretenida tengo!
Ahora sí.
Hora de averiguar qué esconde Linda Ross, o Harper Lynch. ¿Quién sabe?
Repaso mentalmente el mensaje del tal Padfoot23, aquello de la pantalla rota y el desbloqueo facial.
Sigo sintiéndome un poco ridícula por estar haciendo esto, pero ya he llegado demasiado lejos como para detenerme ahora.
Cojo el iPhone de Linda con una mano y me lo acerco a la cara. Doblo la muñeca de todas las formas posibles. Intento distintos ángulos, moviéndolo apenas unos centímetros hacia la derecha, luego hacia arriba, acercándolo más a la pantalla.
Nada.
El móvil sigue bloqueado.
Insisto unos segundos más hasta que termino apartándolo con frustración. La postura es incómoda y empiezo a sentirme estúpida por completo. Esto no va a funcionar.
Me froto la cara. Me levanto y me dirijo a la pared para encender más luces, tal vez el ambiente sea un poco tenue. Lo intento de nuevo.
Nada otra vez.
Suelto el aire lentamente y dejo caer la cabeza hacia atrás.
Paso mi dedo por la pantalla rota del iPhone de Linda, un trozo diminuto de vidrio se me clava en la yema del pulgar, donde aparece una pequeña gota de sangre. Me llevo la mano a la boca por instinto y me quedo mirando la pantalla.
Un segundo.
Dos.
Y entonces ocurre.
La pantalla del iPhone se ilumina y se desbloquea.
Se me corta el aire.
—No puede ser…
Pero sí. Lo he conseguido.
Me tiemblan las manos cuando veo la pantalla de inicio completamente desbloqueada.
Fotos. Mensajes. Notas. Correo.
La vida entera de Linda Ross acaba de abrirse delante de mí.