La chica de la 62 12
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Camino desde el Empire Hotel con la mirada perdida mientras intento ordenar mis pensamientos.

A mi izquierda, las sombras de Central Park se adueñan del corazón de la ciudad salpicadas por las luces de las farolas.

A mi derecha, Manhattan sigue viva a pesar de la hora.

Son las once y media y la ciudad continúa rugiendo.

Taxis amarillos aparecen y desaparecen ininterrumpidamente, una pareja se ríe junto a un puesto de perritos calientes todavía abierto y, a lo lejos, escucho una sirena que se pierde avenida abajo.

La ciudad que nunca duerme.

La caminata me está viniendo bien. Necesitaba salir de aquel rooftop antes de volverme loca dándole vueltas a lo que había pasado.

Porque la noche iba bien. De maravilla, de hecho.

Había conseguido relajarme, reírme, incluso olvidarme un poco de mí misma.

Arthur estaba especialmente inspirado y nos hacía a todos reír y Trevor…

bueno. Trevor había estado sentado demasiado cerca de mí durante toda la noche y eso ya era suficiente para sentir mariposas en mi estómago.

Todo cambió cuando mencioné el nombre de Linda Ross.

Fue instantáneo.

No exagero cuando digo que el silencio tan incómodo me dejó claro desde el principio que la había cagado; que había algo sobre esa mujer que yo no sabía.

Yo iba algo tocada por el alcohol, pero no lo suficiente como para no percibir lo que había sucedido.

Lo primero que hice en cuanto vi que cambiaban las caras de todos los presentes fue preguntar si había dicho algo malo.

Nadie me respondió. Miré alrededor esperando que alguno se riera o hiciera un comentario, pero lo único que encontré fueron miradas esquivas y copas que se acercaban a los labios de quienes las sostenían.

Entonces pregunté si conocían a Linda.

Sí, soy muy cotilla, ¿vale?

Y fue Valerie quien reaccionó.

Levantó una mano hacia mí, suave pero firme, haciéndome un gesto para que parase.

Después intentó cambiar de tema. Empezó a hablar de no sé qué gala benéfica del hospital, Arthur hizo un comentario absurdo sobre los canapés que sirvieron y algunos rieron con desgana, pero ya nada volvió a ser igual.

La conversación perdió naturalidad. Las pausas comenzaron a alargarse demasiado. La gente miraba el móvil. Algunos evitaban cruzar la mirada conmigo.

Y entonces empezó el desfile de despedidas.

Arthur fue el primero en irse. Lo más extraño de todo fue que su desparpajo desapareció de golpe. Pareció otro hombre. Hacía apenas unos minutos había estado contando anécdotas exageradas y haciendo reír a toda la mesa y, de pronto, tenía la expresión de alguien distinto. Otra persona.

Se levantó, se acercó y me dedicó una sonrisa cortés.

—Ha sido un placer, Megan.

Después se marchó.

Un poco más tarde quien se marchó fue Nina alegando que tenía que madrugar la mañana siguiente. Luego otra pareja. Y otra más.

Hasta que Trevor, para mi absoluto pesar, dijo que estaba cansado y que iba a regresar a casa.

Todavía noto la pequeña punzada que sentí en el pecho cuando lo dijo.

Sé que soy una ilusa por pensar de esta manera, pero la realidad es que había fantaseado toda la noche con la posibilidad de quedarnos a solas, aunque solo fueran diez minutos.

Había habido momentos… miradas… roces accidentales que me habían hecho pensar que quizá él también tenía ganas de forzar ese momento.

Pero no.

Se levantó y me sostuvo la mirada unos segundos antes de despedirse.

—Nos vemos pronto, Megan.

Así, sin más.

Mi absurda ilusión se evaporó mientras veía cómo se alejaba entre las mesas del rooftop.

El resto tardó poco en seguirlo.

Y al final me quedé sola con Valerie y Josh.

Aprieto los dientes de manera inconsciente mientras espero el semáforo para cruzar Broadway.

Me quedo un instante observando las enormes esferas iluminadas del complejo de Columbus Circle reflejadas en los cristales de los rascacielos.

Los escaparates siguen encendidos a pesar de la hora y las luces se mezclan con el flujo constante de taxis que rodea la plaza.

Cruzo la avenida cuando el semáforo cambia.

Un autobús pasa salpicando agua acumulada junto al bordillo y un hombre con traje sale de un edificio hablando por un auricular.

Miro hacia arriba un instante. Las ventanas iluminadas de los rascacielos parecen pequeñas vidas suspendidas en mitad de la noche.

Sigo caminando, pero mi cabeza continúa atrapada en aquella terraza.

En el nombre de Linda Ross flotando sobre la mesa.

Y en la forma en que todos han reaccionado.

¿Por qué?

Josh tenía una cara distinta.

Ahora que lo pienso con calma, estoy casi segura de que estaba enfadado. O incómodo. O ambas cosas. Aunque ya no sé muy bien si acierto con mis percepciones o si es el alcohol quien me lleva a interpretar más de la cuenta. Lo único evidente ha sido que todos han reaccionado de forma extraña.

Especialmente él.

Poco después de quedarnos los tres solos, se levantó diciendo que iba al baño.

En cuanto tuvimos algo de intimidad, Valerie me clavó la mirada.

Yo no supe ni qué decirle. Pero reuní el valor suficiente para abordar el tema.

La música sonaba más baja a esas horas y las mesas empezaban a vaciarse. Ella se echó una mano a la cabeza, apartándose el pelo hacia atrás.

—¿Puedes explicarme qué acaba de suceder? —le pregunté.

Tardó en contestar.

Tenía la expresión de alguien que no sabe si debe abrir la boca o marcharse directamente a casa fingiendo que la conversación nunca ocurrió.

Pero al final habló.

—Linda Ross es una vieja conocida del Bellevue.

Eso me sorprendió inmediatamente.

—Vale… Pero yo no sé nada de ella. No entiendo por qué la gente ha reaccionado así. Solo la he mencionado como curiosidad. No es amiga mía ni nada de eso. Ni siquiera la conozco.

—Lo sé, tranquila, es solo que...

Se quedó callada otra vez.

Yo miré de reojo hacia el interior del local, buscando a Josh por pura paranoia. La chica morena de mirada inquisidora había desaparecido, ya no estaba sentada en la mesa en la que había pasado la noche sola.

—¿Qué? —la apremié antes de que volviera su marido—. Es evidente que no querías hablar conmigo sobre Linda delante de los demás.

Valerie suspiró.

—De acuerdo, supongo que acabarás enterándote tarde o temprano. Más vale que lo sepas por mí. ¿Te suena el nombre de Harper Lynch?

—Pues no.

Hizo una pausa breve.

—Harper era una enfermera que trabajaba en el Bellevue. Precisamente en la unidad de heridas complejas donde tú trabajas ahora.

Percibí algo extraño en la manera en la que me lo decía.

—¿Era? —pregunté.

Valerie se mordió el labio inferior y puso cara de circunstancia.

—Desapareció hace un año. Nadie sabe nada de ella.

—¿Cómo que desapareció?

—Ella se marchó de un día para otro, no avisó con la antelación suficiente ni se despidió de nadie.

Durante un tiempo su familia intentó contactar con ella, pero Harper no quería saber nada de ellos y les pidió que no volvieran a llamarla.

La familia insistió, claro. Aunque fue inútil.

Un buen día Harper dejó de contestar y desde entonces nadie la ha vuelto a ver.

En ese momento sentí miedo. Miedo real. El sentimiento de que la historia avanzaba hacia lugares más oscuros y peligrosos.

—¿Y qué tiene que ver Linda Ross en todo esto?

—Parece ser que Harper estaba obsesionada con Linda. Ya sé que por aquel entonces esa mujer, con su máscara misteriosa y sus declaraciones ambiguas, aparecía en todas las portadas, pero lo de Harper iba más allá.

—¿A qué te refieres?

—Voy a contártelo rápido, no quiero que Josh nos oiga hablando de esto.

Harper era una chica hermosa. Guapísima, pero a nivel de película de Hollywood.

Llevaba a todos locos en el Bellevue. No había un solo día que no recibiera flores, bombones o una propuesta para salir. Era otro nivel, te lo aseguro.

Me acerqué un poco a Valerie, tratando de captar cada palabra.

—Nadie se explicaba cómo una chica como ella quiso aislarse del mundo de buenas a primeras.

La familia especuló con sectas, con problemas con las drogas…

Con cualquier teoría que se te ocurra. Cuando comenzaron a buscarla descubrieron que Harper había sido vista en varias ocasiones en el Majestic, el teatro donde actuaba Linda Ross.

—¿Y qué? ¿Qué tiene eso de malo?

Valerie me sostuvo la mirada y suspiró antes de continuar.

—Corría el rumor en el hospital de que Harper Lynch era Linda Ross.

En ese momento me apoyé sobre el respaldo de la silla, ahora entendía por dónde iban los tiros. Pero había algo que no cuadraba.

—Eso no justifica las caras que habéis puesto cuando la he mencionado.

—Cuando Harper cambió de vida y dejó de trabajar con nosotros hubo todo tipo de rumores, como te podrás imaginar.

Pero es cierto que casi se daba por hecho que Harper era Linda.

Las dos tenían el mismo cuerpo perfecto y esa sensualidad especial.

Además, Greta, la secretaria del Dr. Bukowski, contó algo que había escuchado en la consulta.

Parpadeé.

—¿Bukowski?

—Un psiquiatra. Falleció a los pocos meses de jubilarse.

Por desgracia es demasiado común. Toda la vida trabajando y, en cuanto cambias de dinámica y puedes relajarte, el corazón decide dejar de funcionar.

Sufrió un infarto fulminante. Fue una eminencia en su campo y, aunque respetaba mucho el secreto profesional, su secretaria no hacía lo mismo.

—¿Qué es lo que esa tal Greta contó?

Valerie se tomó un segundo para volver la vista atrás y comprobar que su marido no estaba regresando del baño.

—Dijo que un sábado fue a la consulta porque el día anterior había olvidado su teléfono móvil y no se había dado cuenta.

Le sorprendió que la puerta de la consulta de Bukowski estuviera cerrada y escuchó que había alguien dentro.

Puso la oreja a través de la puerta y días después aseguró que había escuchado a una mujer decir que estaba cansada de interpretar el papel de Linda Ross y que lo único que le motivaba era el hombre al que había conocido en ese mismo hospital. El Bellevue.

—Ya veo… Pensáis que la desaparición de Harper no fue del todo voluntaria, y que ese hombre que conoció en el Bellevue tiene algo que ver.

Valerie asintió sin añadir nada más hasta que volvió a comprobar que su marido seguía en el baño.

—Aquello fue duro. Todos empezaron a desconfiar de todos. Habíamos oído mil tipos de teorías distintas, algunas fundamentadas y otras no tanto. Pero lo que era evidente era que el ambiente se había enrarecido desde entonces.

Doblo la esquina mientras un grupo de jóvenes pasaba junto a mí hablando a gritos y riéndose. La ciudad sigue moviéndose a toda velocidad, indiferente a historias misteriosas como la de Harper Lynch.

—¿Y la policía? ¿Investigaron su desaparición? —le pregunté a Valerie.

—Sí, pero no encontraron nada extraño. Es cierto que ella le dijo a su familia que no quería que la buscaran, con lo que se desentendieron con facilidad.

El hospital tampoco quiso tener mucho que ver con esa historia.

Sobre todo, cuando se mezcló con el nombre de Linda Ross.

Eso iba a atraer a la prensa, con lo que puedes imaginarte el revuelo que generó esa historia.

No te voy a mentir, el gerente echaba fuego.

Imagínate una situación así. Con la policía investigando a tus propios trabajadores.

Y me lo imagino perfectamente.

Un hospital como el Bellevue no solo vende tratamientos o prestigio médico. Vende confianza. Seguridad. La sensación de que estás en manos de profesionales. Una noticia así podía destruir carreras, provocar investigaciones externas y convertir al hospital en carne de titulares durante meses.

Todavía ahora, caminando entre las luces de Manhattan, noto el golpe que me produjo escuchar aquello.

Fue como si alguien me hubiera vaciado una jarra de agua helada mientras intentaba procesar lo que Valerie acababa de decirme.

Entonces apareció Josh que regresaba del baño.

Recuerdo que miró primero a Valerie y después a mí, como intentando descifrar si habíamos estado hablando exactamente de lo que él sospechaba.

Luego se miró el reloj de la muñeca.

—Tenemos que volver —le dijo a Valerie—. Quedamos con la niñera sobre esta hora.

La conversación murió ahí.

De golpe. Sin cierre y sin las respuestas que esperaba.

Aprieto el paso mientras avanzo por la Quinta Avenida y mi cabeza sigue funcionando a toda velocidad.

Intentando encajar todas las piezas que Valerie me ha contado.

Intentando entender cómo una historia así se ha podido olvidar sin más.

¿A nadie le importa dónde está Harper? ¿De verdad ella era Linda Ross?

¿Y si está muerta? ¿Y si ese hombre que conoció en el Bellevue ha tenido algo que ver con su desaparición?

La verdad es que ahora comprendo por qué les ha afectado tanto. Hay una chica desaparecida y tal vez uno de ellos sea el responsable.

Yo no soy tan conformista como lo han sido todos. En estos momentos, por algún motivo, me siento con la determinación de llegar al fondo de este asunto. Y, además, yo tengo algo que ellos no tienen.

El teléfono antiguo de Linda Ross que pienso desbloquear sea como sea.